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La palabra «aquí», repetida hasta el suelo: «Aquí escupo»

Aquí.

Es una de las palabras más pequeñas del idioma. Cuatro letras. Un adverbio de lugar que usamos cien veces al día sin pensar. Aquí tienes. Aquí estoy. Déjalo aquí. Aquí no se fuma.

En «Aquí escupo» lo repito hasta que se clava en el suelo como un tacón en la tierra de una verbena. Aquí escupo. Aquí vivo. Aquí ardo. Aquí sigo. Cuatro veces seguidas, cada una con un verbo distinto, y luego otra vez, y otra.

Es una letra muy corta y muy bruta, y por eso conviene leerla despacio. En la ficha de la canción está el resumen. Aquí, y nunca mejor dicho, quiero contar cómo está hecha: qué hace esa palabra de lugar repetida, por qué todo lo que se nombra va precedido de «mi» y qué sale del cuerpo en cada estrofa.

Un adverbio que planta los pies

Cuando uno dice «aquí», señala. Con el dedo, con la barbilla, con los ojos. Es una palabra que necesita un cuerpo para tener sentido. «Aquí» no significa nada si no hay alguien diciéndolo desde algún sitio.

Eso es lo que buscaba. Una letra que no pudiera separarse de un cuerpo concreto, plantado en un sitio concreto. No «en el mundo», no «en la vida», no «en este planeta». Aquí. Donde estoy yo. Donde tienes que mirar.

La repetición, que los profesores de lengua llaman anáfora, es uno de mis recursos favoritos. Lo uso en listas de agravios, en esos «ni psicólogos, ni amigos, ni hermanos» que se acumulan hasta reventar. En «Aquí escupo» la anáfora es más física. Cada «aquí» es un pisotón. Al cuarto, el suelo ya tiene marca.

Lo primero que sale: el semen y la rabia

La letra arranca sin presentación, con una lista:

mi semen, mi rabia, / mis tacones rotos, / mi falda manchada.

Ni «hola», ni contexto, ni una escena. Directamente, lo que se escupe.

Empiezo por el semen porque es lo más bruto, y lo más bruto conviene ponerlo al principio. Si lo dejo para el final, parece un golpe de efecto, una provocación preparada. Al principio es otra cosa: es una declaración de que aquí no se va a esconder nada. Si la primera palabra de la lista es esa, todo lo demás que venga ya no escandaliza. El listón queda puesto desde el primer verso.

Y justo al lado, la rabia. Semen y rabia, en la misma línea, con una coma en medio. Lo que sale del cuerpo por placer y lo que sale del cuerpo por dolor, tratados igual. Las dos cosas se escupen. Las dos manchan.

Lo escribí así a propósito, y creo que es lo que más define la canción: no hay jerarquía entre lo sexual y lo emocional. Todo es fluido. Todo sale.

Tacones rotos y falda manchada

Luego vienen dos prendas: «mis tacones rotos, / mi falda manchada».

Aquí entra el drag, sin nombrarlo. Un cuerpo que lleva tacones y falda, y que además los lleva estropeados. Tacones rotos, falda manchada. No es la drag de gala, la del concurso de la tele con las uñas perfectas y la peluca de cuatrocientos euros. Es la del final de la noche. La que vuelve a casa a las siete con un tacón en la mano y el otro puesto, cojeando por la calle Pelayo mientras los barrenderos riegan la acera.

Ese personaje vuelve en otra canción del mismo disco, «La primera drag de Benidorm», que empieza casi igual: «Aquí me arrastro, / con tacones rotos». Son primas hermanas. Hablé de esa otra en su ficha, y del drag como fiesta y no como disfraz en este otro texto. En «Aquí escupo» la drag no tiene nombre ni ciudad. Solo tiene sus prendas rotas, y las escupe.

«Mi», «mi», «mi»

Fíjate en una cosa: casi todo lo que se nombra en la letra lleva delante un posesivo. Mi semen. Mi rabia. Mis tacones. Mi falda. Mi lengua. Mi miedo. Mi risa. Mi grito. Mi sangre. Mis noches. Mis sueños. Mi hambre. Mi espanto. Mi amor. Mi pecho.

Fotogramas del videoclip oficial de «Aquí escupo», de Mike Sain't Louis

Quince posesivos en una letra que no llega a cuarenta líneas.

Lo hice porque escupir es, en el fondo, un acto de propiedad. Escupes lo que es tuyo. No puedes escupir lo del vecino. Y al poner «mi» delante de cada cosa, la canción reclama todo eso como propio, incluso lo feo. Mi falda manchada. Mi risa torcida. Mi pecho quebrado. No le pido perdón a nadie por tener esas cosas. Son mías.

Hay una larga tradición de que el cuerpo marica es algo que hay que esconder, corregir o disculpar. Escribí sobre ello en escribir sobre el cuerpo sin pedir perdón. «Aquí escupo» es, creo, la letra más extrema que tengo en ese sentido. No hay ni una línea de disculpa. Solo posesivos.

La segunda lista: lengua, miedo, risa, grito

Aquí escupo, / mi lengua, mi miedo, / mi risa torcida, / mi grito en el suelo.

La segunda tanda ya no son fluidos ni prendas. Son cosas que salen por la boca.

La lengua, que es el órgano de hablar y también de besar y de otras cosas. El miedo, que se escupe como quien escupe un hueso de aceituna que se le ha atragantado. La risa, pero torcida, no limpia, una risa que sale de lado. Y el grito, que acaba en el suelo.

«Mi grito en el suelo» me gusta mucho porque es una imagen imposible. Un grito no cae al suelo, se va por el aire. Pero en la letra el grito se escupe, y lo escupido cae. Así que el grito acaba en el suelo, como un chicle. Es lo que queda de un grito cuando ya nadie lo oye: un resto pegado a la acera.

Si en la primera lista el cuerpo expulsaba lo de abajo, en esta expulsa lo de arriba. La canción va subiendo por el cuerpo.

El estribillo de cuatro verbos

Y llega lo que hace las veces de estribillo:

Aquí escupo. / Aquí vivo. / Aquí ardo. / Aquí sigo.

Cuatro verbos. Escupir, vivir, arder, seguir. Cada uno en su línea, cada uno con su «aquí» delante.

Es una progresión, aunque no lo parezca. Escupir es expulsar. Vivir es quedarse. Arder es consumirse, pero también brillar. Seguir es lo que viene después de todo lo anterior. Si lo lees de arriba abajo es casi una biografía comprimida: echo fuera lo que me sobra, me quedo, me quemo y sigo.

El último verbo es el que me importa. «Aquí sigo.» Después de tanta saliva, tanto semen y tanto grito, la frase final es de resistencia. La misma que en «Gatekeeping», en inglés: «I stayed». Me quedé. Aquí sigo. Son la misma frase en dos idiomas y en dos tonos. En inglés, fría. En esta, empapada.

Y luego un «Aquí escupo…» con puntos suspensivos, antes de volver a empezar. Los puntos suspensivos son la saliva que queda en los labios.

La tercera lista: sangre de feria

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «mis tacones rotos, mi falda manchada» de «Aquí escupo»
Aquí escupo, / mi sangre de feria, / mis noches de polvo, / mis sueños de piedra.

Esta es la tanda más bonita, si una letra así puede tener algo bonito.

«Sangre de feria.» No sangre de herida, sino de feria. Es la sangre de quien vive en la verbena, en el ferial, entre casetas de tiro al blanco y algodón de azúcar. Una sangre con olor a churros y gasoil de generador. Me suena a copla, a gitanería de pueblo, a sangre caliente de agosto. Y además en la feria se sangra: en las peleas de madrugada, en las caídas de la noria, en los tacones que se rompen bajando del Saltamontes.

«Mis noches de polvo.» Aquí la palabra tiene doble sentido y lo dejé a propósito. Polvo de camino, de tierra, de feria sin asfaltar. Y polvo del otro, el de cama. Las dos cosas a la vez. Noches de feria y de follar. Cada uno que elija la que más le guste, o las dos.

«Mis sueños de piedra.» Es la imagen más triste de la canción. Los sueños no flotan, no vuelan. Son de piedra. Pesan. No se van. Y se escupen igual, aunque pesen.

La cuarta lista: amor de barriada

mi hambre, mi espanto, / mi amor de barriada, / mi pecho quebrado.

La última tanda es la más social. «Amor de barriada» es un amor de barrio obrero, de bloque, de descampado. No es el amor de las películas de Hollywood, con su apartamento en Manhattan y su cena con velas. Es el amor de los bancos del parque de Orcasitas, de los portales de Usera, de las escaleras de un bloque de Vallecas. Un amor sin dinero.

Y «mi hambre». Que puede ser hambre de comida, de sexo o de todo. En una letra que habla de barriada, el hambre suena también a falta de dinero, a fin de mes. No lo explico. Lo dejo al lado del espanto, que es el miedo grande, el que paraliza.

Y el cierre: «mi pecho quebrado». No roto, quebrado. «Quebrado» es una palabra más antigua, más de copla, más de romance. «Tengo el pecho quebrado» lo podría decir Rocío Jurado en una canción de desamor. Lo puse al final para que la letra, que ha sido toda brutal, terminara con una palabra de canción antigua. Con un poco de dignidad de tonadillera.

Versos de dos palabras

Una nota de forma, para quien escriba.

Casi todos los versos de «Aquí escupo» tienen dos o tres palabras. «Mi semen, mi rabia.» «Mis tacones rotos.» «Mi falda manchada.» Son versos que se dicen de un golpe, sin respirar en medio. Como un escupitajo, que no se hace en dos tiempos.

Si hubiera escrito versos largos, con subordinadas y adjetivos, la canción habría perdido el gesto. «Escupo mi rabia, que llevo acumulada desde hace años en el pecho» es una frase de diario. «Mi rabia» es un escupitajo. La brevedad no es pereza: es la forma del gesto.

Y luego está el ritmo de los posesivos. «Mi», «mi», «mis», «mi». Una sílaba que se repite al principio de cada elemento, como un golpe de bombo. La lista no tiene adjetivos de relleno; cuando hay uno, como «rotos», «manchada», «torcida» o «quebrado», es para estropear la cosa. Todos los adjetivos de la canción son de daño. Ninguno embellece.

Es la regla que me puse: si un adjetivo no rompe algo, fuera. Ni «preciosos», ni «eternos», ni «luminosos». Si quieres adjetivos bonitos, ahí tienes el catálogo de Zara Home, que va lleno.

Una tradición de locas que escupen

No me invento nada si digo que el gesto de escupir, de sacar lo feo a la calle, tiene una tradición larga en la cultura marica.

Collage con un detalle de la carátula de «Aquí escupo» y las carátulas de «La primera drag de Benidorm», «El Descarte del Narcisista»

Pienso en Ocaña paseándose por las Ramblas de Barcelona en los setenta, vestido de mujer, con su abanico y su desafío. Pienso en el chileno Pedro Lemebel y su «Manifiesto», el de «hablo por mi diferencia», leído en un acto político en 1986 con unos tacones y una hoz y un martillo pintados en la cara. Pienso en tantas drags de barrio que hicieron números en bares sin nombre, delante de cuatro borrachos, mucho antes de que existieran los programas de la tele.

No me comparo con ninguno de ellos. Lo que digo es que «Aquí escupo» viene de ese sitio. Del sitio de la loca que no pide permiso, que se pone la falda aunque se le manche y que, si hace falta, escupe. Es una tradición que la cultura oficial ha preferido olvidar, porque es fea, porque no vende colonia ni se puede poner en una campaña de un banco durante el mes del Orgullo.

Las locas que escupen no salen en los anuncios. Salen en las canciones.

El «aquí» de Madrid

Aunque la letra no dice ciudad, yo la escribí desde la mía, que es Madrid. Y cuando leo «aquí» pienso en sitios muy concretos de Madrid donde se escupe, en sentido literal y en el otro. Las aceras de Chueca a las siete de la mañana de un domingo. Las escaleras del metro de Tribunal. Los bancos de la plaza de Pedro Zerolo. Las puertas de los after de la zona de Atocha.

No los nombro en la canción porque la canción quería ser de cualquier sitio. Pero los tengo en la cabeza. Madrid es una ciudad que no sale bien en postal y que a mí me gusta precisamente por eso, y lo conté en Madrid sin postal. «Aquí escupo» es Madrid sin postal llevada al extremo: sin edificios, sin calles, solo el suelo.

Si quieres ver cuántas de mis letras pasan por Madrid y cuántas no dicen dónde están, el índice completo está en la página de letras.

Por qué «escupir»

Me han preguntado por qué el verbo es escupir y no «saco», «suelto», «grito» o «echo fuera». La respuesta es que escupir es un gesto feo. Socialmente feo. A los niños se les dice que no escupan. Escupir en la calle es de mala educación. Escupirle a alguien es el peor insulto físico que hay, casi peor que un bofetón.

Y la canción quería un gesto feo. Si hubiera usado «suelto» o «libero», me habría salido un texto de terapia, de esos con velas y cuencos tibetanos. Escupir no tiene nada de terapia. Es expulsar con asco. Y hay cosas que solo se pueden sacar con asco.

Además escupir tiene algo de reivindicación callejera. Escupe el que no tiene otra forma de protestar. Escupe el que está en el suelo y no puede dar un puñetazo. Es el gesto del de abajo, del que no tiene abogado ni altavoz.

Tengo otra canción en el primer disco que se llama «Escupiré sobre tu tumba», que es otra forma de escupir: hacia el otro, hacia el ex, con venganza. En «Aquí escupo» no hay destinatario. No escupo a nadie. Escupo al suelo, aquí, delante de mí. Es un escupitajo sin víctima. Una forma de vaciarse.

Sin humor, casi

Esta es una de las pocas letras mías donde casi no hay humor. No hay famosos, no hay marcas de supermercado, no hay chistes con nombre propio. Hay cuerpo, prendas rotas, feria y barrio.

¿Por qué? Porque hay cosas que, si les metes un chiste, se ablandan. Y esta letra no tenía que ablandarse. Es una letra de piedra, como los sueños de la tercera estrofa.

Aunque, si me apuras, hay un humor muy negro en la propia brutalidad. Empezar una canción con «mi semen» tiene algo de provocación de chaval de instituto, de pintada en la puerta del baño. Me río de eso. Me río de mí escribiéndolo. Pero la risa se queda fuera de la letra, en el que la escribe, no dentro.

Tengo un texto sobre hacer humor gay sin hacer daño. Esta canción es el otro lado: lo que pasa cuando el daño ya está hecho y el humor no llega a tiempo.

Una canción que casi no salió

No voy a inventar la historia de cómo se hizo, porque no la recuerdo con el detalle que haría falta para contarla sin adornar. Lo que sí sé es que una letra así está siempre en la cuerda floja. Es fácil que suene a provocación gratuita. Es fácil que alguien la oiga y piense: este tío solo quiere escandalizar.

Ficha de la canción «Aquí escupo» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Hay canciones que casi no publico, y lo conté en las canciones que casi no publico. El criterio que uso es el de la primera regla de la casa: una canción guardada en un cajón no le sirve a nadie. Si una letra me incomoda a mí, pero dice algo que no dice ninguna otra, sale. «Aquí escupo» dice algo que no dice ninguna otra: que todo lo que sale del cuerpo es mío, incluso lo que mancha.

En el disco de las ganas

La canción está en «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco, el del deseo. Y me hace gracia que esté ahí, porque es la canción menos «ojalá» de todo el disco. No desea nada. No dice «ojalá». Dice «aquí».

Es el contrapunto perfecto. Un disco entero mirando a un planeta lejano, con ganas de irse, y en medio una canción que planta los pies en el suelo y dice: no, yo estoy aquí. Aquí escupo, aquí vivo, aquí ardo, aquí sigo. Antes de viajar a ningún sitio, hay que vaciarse aquí.

Si GAYFOLK es el sitio donde no hay que explicarse, «Aquí escupo» es el momento previo: el de soltar todo lo que se lleva dentro antes de subir a la nave. Nadie viaja con el pecho quebrado lleno de cosas. Primero se escupe.

Cómo leerla en voz alta

Es una letra que funciona muy bien leída en voz alta. Mejor de pie. Con cada «aquí» marcado como un pisotón. Pruébalo con la letra delante, que está en su página de letras.

Si la lees sentado, con voz bajita, suena a lista. Si la lees de pie y con fuerza, suena a manifiesto. Esa diferencia es toda la canción. Las palabras son las mismas; lo que cambia es el cuerpo que las dice.

Y eso, precisamente, es lo que quería decir con «aquí». Que la letra no existe sin un cuerpo.

Lo que no hay

No hay historia. No hay un ex, ni una noche concreta, ni un sitio con nombre. Ni siquiera hay ciudad. Es la única de las canciones de tacones rotos que no dice dónde está. «La primera drag de Benidorm» tiene Benidorm. Esta solo tiene «aquí».

Y no hay final feliz. Tampoco final triste. Hay un «aquí sigo» y unos puntos suspensivos. La canción no se cierra: se queda escupiendo.

Me parece honesto. Hay cosas que no terminan. Se siguen escupiendo. Mañana, pasado, el martes que viene. La rabia no tiene fecha de caducidad como los yogures del Día, y la saliva tampoco se acaba. Lo que sí cambia es el sitio desde donde se escupe. Y mientras ese sitio sea «aquí», con los pies en el suelo y la falda manchada, la canción sigue siendo verdad.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Aquí escupo»? Es una lista de cosas que salen del cuerpo y de la vida de quien habla, desde «mi semen, mi rabia» hasta «mi amor de barriada, mi pecho quebrado», con un estribillo de cuatro verbos: «Aquí escupo. / Aquí vivo. / Aquí ardo. / Aquí sigo».

¿Tiene relación con «La primera drag de Benidorm»? Sí. Las dos comparten imágenes como los tacones rotos, la falda y el gesto de escupir, y están en el mismo disco. «La primera drag de Benidorm» tiene ciudad; «Aquí escupo» solo tiene «aquí».

¿En qué disco está «Aquí escupo»? En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK de Planeta Gayfolk.

¿Por qué tantos posesivos en la letra? Porque escupir es un acto de propiedad: solo se escupe lo propio. Mike Sain't Louis pone «mi» delante de casi todo para reclamar como suyo incluso lo feo.

¿Quién escribió «Aquí escupo»? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor de Madrid. La música y las voces se producen con inteligencia artificial como herramienta; la letra es suya.

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