
Por Mike Sain't Louis ·
Las canciones que casi no publico
Cuando la gente oye la cifra de 273 singles, suele pensar que publico todo lo que hago. Que escribo una letra por la mañana y por la tarde ya está en Spotify. Es una idea comprensible y es falsa. Detrás de cada canción publicada hay otras que se quedaron por el camino. Y hay una categoría intermedia, la que más me interesa hoy: las que estuvieron a punto de quedarse fuera y al final salieron.
Esas canciones tienen algo en común. Durante unos días, a veces semanas, estuvieron en una carpeta que yo llamo, sin mucha imaginación, «ya veremos». Es la sala de espera de mi sello. MIKE SAIN'T LOUIS es una discográfica de una sola persona, así que en esa sala no hay nadie más que yo, mirando el reloj y dudando.
Demasiado tonta
La primera razón por la que casi no publico una canción es que me parece demasiado tonta. Escribo con humor, y el humor tiene un límite muy fino. Hay letras que me hacen muchísima gracia mientras las escribo y que al día siguiente me parecen una ocurrencia de sobremesa estirada hasta los tres minutos.
El problema es que no siempre sé distinguir la tontería que funciona de la que no. Un título como «La dieta del cucurucho» puede leerse como una broma ligera o como algo con más fondo, porque detrás de cualquier dieta hay una conversación sobre el cuerpo y sobre lo que nos han dicho que debemos parecer. Esa doble lectura es la que busco. Pero cuando dudo, dudo de verdad, y la carpeta de «ya veremos» se llena de canciones que no sé si son ligeras o huecas.
Lo que he aprendido es que esa duda casi nunca se resuelve pensando. Se resuelve escuchando la canción en otro sitio, en otro momento, con otra cara. Si me vuelvo a reír, sale. Si me da vergüenza, también la miro dos veces, porque a veces la vergüenza es señal de que he tocado algo que no quería tocar.
Demasiado mía
La segunda razón es la contraria. Hay canciones que casi no publico porque me parecen demasiado personales. No porque cuenten nada escandaloso, sino porque al releerlas me reconozco demasiado en ellas. Me veo desnudo de una manera que no me apetece enseñar.
Con estas el truco no sirve. Puedo escucharlas en cualquier sitio y a cualquier hora y la sensación es la misma: un poco de vértigo. Lo que me ayuda es pensar en quién podría escucharla. No en el público en general, que es una idea muy abstracta, sino en una persona concreta que esté pasando por lo mismo. Si pienso en esa persona, la canción deja de ser mía y pasa a ser un poco suya. Y entonces me resulta mucho más fácil soltarla.
Escribo sobre el amor gay, los exnovios, el orgullo y la autoestima. No se puede escribir de eso sin dejar algo de uno mismo en la página. Lo sabía desde el principio. Lo que no sabía es que el pudor iba a aparecer tan tarde, con la canción ya terminada, en el último paso.
Demasiado parecida
La tercera razón es más práctica y más aburrida. A veces una canción se parece mucho a otra que ya he publicado. El mismo tema contado desde un ángulo casi igual, o una producción que recuerda demasiado a la de hace unos meses.
Con tanto catálogo, esto pasa más de lo que me gustaría admitir. La música la produzco con herramientas de inteligencia artificial, y aunque yo la dirijo, descarto y elijo, hay sonidos que vuelven. Igual que hay obsesiones que vuelven en mis letras. Cuando veo dos canciones demasiado cerca, suelo retrasar la segunda. No siempre la tiro. A veces solo necesita aire, que pase tiempo para que suene distinta al lado de lo demás.
Aquí tengo una contradicción que no resuelvo. Por un lado me parece honesto no repetirme. Por otro, los artistas que más quiero se repiten muchísimo, y eso es parte de lo que me gusta de ellos. Un estilo propio también es una manera de insistir en lo mismo.
Por qué al final salieron
Casi todas las canciones de la carpeta «ya veremos» acabaron publicadas. Eso dice algo de mí, y no estoy seguro de que sea bueno. Puede que sea demasiado indulgente con mi propio trabajo. O puede que la duda sea parte del proceso y no una señal de alarma.
Mi teoría actual, que cambiará, es esta: si una canción me provoca algo, aunque sea incomodidad, merece una oportunidad. Las que de verdad no deberían salir son las que no me provocan nada. Las que escucho y pienso «vale, correcta». Esas se quedan fuera sin drama. Las otras, las que me hacen dudar, suelen tener algo vivo.
Hay otra razón más prosaica. Si guardara cada canción hasta estar completamente seguro, no habría publicado ninguna. La seguridad total no llega nunca. Lo que llega es un día en el que la duda pesa menos que las ganas de que alguien la escuche, y ese día le doy al botón.
Ahora dejo que las canciones pasen un tiempo en la sala de espera, pero con fecha de salida. No las dejo ahí indefinidamente, porque he comprobado que una canción olvidada en una carpeta no mejora. Se enfría. Y una canción fría me cuesta mucho más defenderla que una que todavía me quema un poco.
También he aprendido a escuchar mis dudas sin obedecerlas siempre. Una duda me dice que mire algo con más cuidado. No me dice que lo tire. Confundir esas dos cosas me habría costado la mitad del catálogo.
Todas las que salieron, incluidas las que casi no, están con su letra en mikesaintlouis.com.