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Escribir sobre el cuerpo sin pedir perdón

Hay una frase que he leído mil veces en perfiles de aplicaciones para ligar y que no voy a copiar entera porque me da pereza. Viene a decir qué cuerpos se aceptan y cuáles no, con la misma frialdad con la que se escribe la lista de la compra. Cada vez que la leo pienso lo mismo: alguien ha decidido que el cuerpo es un requisito, como tener carné de conducir.

Escribo canciones de amor gay, de exnovios, de autoestima. Era imposible no acabar escribiendo sobre el cuerpo. Lo difícil fue decidir cómo.

El tono de disculpa

Cuando una canción habla del cuerpo de alguien que no es perfecto, suele hacerlo en uno de dos tonos. O pide perdón, o pide que lo aplaudas por valiente. En los dos casos el cuerpo sigue siendo un problema. Uno lo esconde y el otro lo exhibe como una medalla, pero ninguno lo trata como lo que es la mayor parte del tiempo: algo normal que sale en la vida de todos los días.

Yo quería otra cosa. Quería escribir de una barriga como se escribe de una lámpara. Algo que está ahí, que tiene su gracia y que no necesita un discurso.

No siempre lo consigo. A veces me pillo corrigiendo una línea porque me parece demasiado cruda, y luego me pregunto si la corrijo por el oyente o por mí. Casi siempre es por mí.

La comedia como permiso

Hay un título mío que se llama «La dieta del cucurucho». No te voy a explicar la canción, pero el título deja claro el tono: la palabra «dieta», que lleva décadas cargada de culpa, se junta con un cucurucho, que es la cosa menos culpable del mundo. Ese choque me interesa mucho. Coges una palabra que pesa y la pones al lado de otra que flota, y de repente la primera pesa un poco menos.

El humor me da permiso para hablar del cuerpo sin que la conversación se vuelva un sermón. Si me río de la báscula, la báscula pierde autoridad. Si escribo sobre el gimnasio como si fuera un sitio un poco absurdo, con gente mirándose al espejo con una seriedad de notario, el gimnasio deja de ser un tribunal. Ojo, que no me burlo de quien va. Me burlo de la idea de que tengas que ir para merecer algo.

En la cultura gay hay una relación con el cuerpo especialmente complicada. Lo sabe cualquiera que haya pasado un verano en ciertas playas o que haya entrado en ciertas fiestas. Hay un cuerpo que se celebra y muchos cuerpos que se toleran. Y luego están los que directamente no aparecen en las fotos.

No me voy a poner por encima de eso. Yo también he mirado fotos y he comparado. También he metido tripa delante de un desconocido. Lo raro sería no haberlo hecho.

Pero creo que una canción puede hacer un pequeño contrapeso. No va a cambiar la industria del fitness ni las aplicaciones. Puede, como mucho, ser ese amigo que en mitad de la fiesta te dice que estás bien y que dejes de tocarte la camisa. Eso ya es bastante.

Y a veces ni eso. A veces lo único que hace una canción es nombrar algo que nunca habías oído nombrado en voz alta, como las estrías o la tripa después de comer, y ese simple hecho de oírlo con música le quita un poco de secreto. Lo que se nombra deja de ser monstruo.

Detalles, no conceptos

Lo que más me ayuda a escribir sobre el cuerpo es bajar al detalle. «Aceptarse a uno mismo» es una frase que no significa nada. Una rodilla que cruje al subir la escalera significa mucho. El vello que asoma por el cuello de la camiseta. Las marcas del bañador. La espalda que nadie ve salvo quien duerme contigo. Cuando escribes así, el cuerpo deja de ser una idea sobre la que opinar y se convierte en algo que se toca.

Y el deseo también vive ahí. Me parece importante decirlo. Escribir sobre el cuerpo sin pedir perdón incluye escribir sobre el cuerpo que te gusta, el del otro, con ganas y sin metáforas de florería. Las canciones de amor heterosexuales llevan siglos describiendo labios, cinturas y miradas. Los hombres que queremos a hombres tenemos el mismo derecho a nombrar lo que nos gusta, con la misma alegría y, si hace falta, con la misma cursilería.

Videoclips y espejos

Dirijo mis videoclips, más de 280, y ahí el cuerpo deja de ser palabra y pasa a ser imagen. Es otro reto. En un vídeo cada plano decide qué cuerpo merece estar delante. He intentado que los que aparecen no salgan de un catálogo, aunque no siempre lo logro y no voy a fingir lo contrario. Las imágenes tienen inercia. Te empujan hacia lo de siempre.

Lo que sí tengo claro es que no quiero que nadie vea uno de mis vídeos y salga sintiéndose peor. Si sale riéndose, mejor. Si sale mirándose al espejo con un poco más de cariño, ya sería perfecto, pero tampoco lo exijo.

Pedir perdón es una costumbre. Se aprende. Y como se aprende, se puede desaprender, aunque cueste. Escribir me ha servido para eso. Cada vez que termino una letra y no he suavizado lo que quería decir del cuerpo, siento algo parecido a quitarme una faja. Respiro mejor.

Tampoco pido permiso a la otra parte, la que dice que hablar del cuerpo es frívolo. No lo es. El cuerpo es donde pasa todo: el amor, la vergüenza, el baile, la resaca. Si una canción de pop no puede hablar de eso, no sé de qué tiene que hablar.

Las letras completas están en mikesaintlouis.com.

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