
Por Mike Sain't Louis ·
¿Quién se queda con Benidorm? El reparto de territorios después de una ruptura
«Y más te vale no pisar Benidorm, que todos te esperan con los brazos abiertos.»
Hay frases que parecen una invitación y son una orden de alejamiento. Esta es una de ellas. Los brazos abiertos de Benidorm, en «¡Que no pienso decir que mis trajes son de Zara!», no son para abrazar a nadie. Son los brazos de una ciudad entera que ya ha elegido bando.
Cuando releo esta canción, lo que más me llama la atención no son los trajes de SHEIN, ni el apodo canario del villano, ni la clase de Excel que remata la letra. Es esa frase sobre Benidorm. Porque dice algo que casi nadie dice en voz alta después de una ruptura: que también se reparten los sitios. No solo los muebles y los amigos. Las ciudades.
Este post va de ese reparto. De quién se queda con qué playa, con qué bar, con qué barrio, cuando una pareja se rompe. Y de por qué en mi canción el narrador se queda con Benidorm sin pedir permiso a nadie.
Lo de siempre antes de empezar: el villano de la canción, con su apodo y su cargo de saldo, es un personaje de ficción. Lo que se reparte aquí es un territorio imaginario, aunque tenga nombres de mapa.
Que no pienso
Antes de seguir con el mapa, una nota sobre la gramática del título, porque tiene que ver con todo lo demás.
«Que no pienso decir.» Ese «que» del principio es muy de hablar, muy de discusión en la cocina. No es una frase que empiece de cero: es una frase que responde. Alguien ha dicho algo antes, alguien ha insistido, alguien ha preguntado con retintín de dónde es esa chaqueta. Y el narrador contesta con un «que no» que ya lleva tres discusiones dentro.
Me encanta escribir títulos que parecen la mitad de una conversación. Te obligan a imaginar la otra mitad. Aquí la otra mitad es fácil: el villano presumiendo de marcas, empujando al narrador a hacer lo mismo, a quedar bien, a mentir un poco para no desentonar en la foto. Y el narrador, harto, plantándose.
Una negativa como estribillo es una cosa rara. Los estribillos suelen afirmar: te quiero, me voy, bailemos. Este niega. Y repetir una negación muchas veces tiene un efecto curioso: la convierte en afirmación. A fuerza de decir que no piensa mentir, el narrador acaba diciendo quién es.
Ese es el primer territorio que se gana en la canción. Antes que Benidorm, antes que los amigos. El de la propia palabra.
El inventario que nadie hace
Cuando una pareja se separa, hay listas que se hacen y listas que no.
Las que se hacen son las de las cosas. El sofá, la tele, la cafetera buena, los libros, la custodia del gato. Hay gente que lo hace con abogado y gente que lo hace con una caja de cartón y un rotulador, pero se hace.
Las que no se hacen son las de los lugares. Y sin embargo existen. Todo el mundo que ha roto con alguien sabe que hay un bar al que ya no puede volver, una calle por la que da un rodeo, una ciudad que de repente es del otro. Nadie firma nada, pero el reparto ocurre. A veces por acuerdo tácito, a veces por pura guerra de posiciones.
En la canción, ese reparto se hace en el estribillo, a gritos, con la delicadeza de un pregonero de fiestas. Benidorm es mío. Tú, ni te acerques.
Por qué Benidorm
Podría haber sido cualquier otra ciudad. Pero tenía que ser Benidorm.

Benidorm es, en el imaginario español, un sitio que tiene de todo y un poco de más. Rascacielos frente al mar, paella de menú, despedidas de soltero, jubilados británicos, drags en los locales del casco antiguo, karaokes hasta el amanecer. Es una ciudad que no se avergüenza de nada, que lleva la purpurina por fuera. Y por eso aparece tanto en mi catálogo.
Está en «Madrid to Benidorm», que es un trayecto. Está en «La primera drag de Benidorm», que es casi una leyenda fundacional. Y está aquí, en esta canción, como territorio en disputa.
Lo que me gusta de usar Benidorm en un ajuste de cuentas es que es una ciudad con vocación de escenario. No es un pueblo tranquilo donde uno se esconde. Es un sitio donde todo el mundo te ve. Si el villano pisa Benidorm, no pasará desapercibido. Habrá público. Y el público, según la canción, ya sabe quién es.
Los brazos abiertos
La frase tiene un doble sentido que me hace mucha gracia: todos te esperan con los brazos abiertos.
En su sentido literal, es lo que se dice de un sitio acogedor. Benidorm te espera con los brazos abiertos, como diría un folleto de turismo. Sol, playa, hospitalidad.
Pero en la canción, justo después de esa frase, viene una ristra de exclamaciones que no dejan lugar a dudas sobre el tipo de recibimiento que espera al personaje. Ahí los brazos abiertos se convierten en otra cosa. En el gesto de una multitud que se prepara para señalar.
Es el mismo recurso que uso mucho: coger una frase hecha amable y darle la vuelta por el contexto. La frase no cambia. Lo que cambia es lo que la rodea. Y el oyente, que conoce la frase de toda la vida, siente el giro como un pequeño latigazo.
Me encanta ese tipo de humor porque no necesita insultar directamente. Insulta con educación. Con una sonrisa de recepcionista de hotel.
Tu Médano, mi Benidorm
Si miras el mapa de la canción, hay dos polos. Uno es El Médano, en Canarias, que es de donde viene el apodo del villano. El otro es Benidorm, que es donde el villano no debe poner un pie.
Sin proponérmelo del todo, la letra dibuja una frontera. Al personaje se le asigna su territorio de origen, con apodo incluido. Al narrador se le queda el suyo, con público incluido. Y entre los dos hay un mar y media península.
Me parece una forma muy gráfica de contar una ruptura. Tú vuelves a tu isla. Yo me quedo en mi costa. Cada uno con sus playas, sus bares, su gente. Y que no se crucen los mapas.
Hay algo casi infantil en esa repartición, como cuando dos niños se pelean y dibujan una raya en el suelo del patio. De aquí para allá es tuyo, de aquí para acá es mío. Pero también hay algo muy adulto: la necesidad de saber dónde puedes estar tranquilo. Dónde no te vas a encontrar a quien te hizo daño.
Los amigos también se reparten
No sale en la letra, pero cualquiera que haya escuchado la canción con atención lo intuye: si en Benidorm «todos» esperan al villano, es que el narrador se ha quedado con la gente.
Ese es el reparto más delicado de todos. El de los amigos. Porque los amigos no se pueden dividir por la mitad como una vajilla. Algunos eligen, otros intentan quedarse en tierra de nadie, otros desaparecen. Y quien sale de una relación larga con alguien que manipulaba suele descubrir, con dolor, que parte de su círculo estaba más del lado del otro de lo que creía.
En la canción no pasa eso. En la canción, Benidorm entero ha tomado partido. Es una fantasía, claro. Una fantasía de justicia: que la gente vea lo que uno vio, que no haga falta convencer a nadie, que el pueblo entero sepa la verdad sin necesidad de explicarla.
Las canciones sirven para eso también. Para darnos el final que la vida no siempre da.
De ladrón a estafador emocional
Entre el aviso de Benidorm y el resto de la letra hay una ristra de exclamaciones que funciona como una escalera. Abusador. Ladrón. Y, por supuesto, estafador. Y en la segunda vez que aparece, la palabra se alarga: estafador, emocional y de verdad.

Me gusta mucho esa ampliación. La primera vez, estafador suena a delito de manual: alguien que engaña con dinero. La segunda, el adjetivo cambia el peso. Estafador emocional. Alguien que engaña con los sentimientos, que pide confianza y la gasta, que firma promesas sin fondos.
Y luego el remate, «y de verdad», que es lo más de barra de bar de toda la frase. Como quien dice «y no lo digo por decir». Como quien ya ha visto la cara de incredulidad del que escucha y se adelanta.
En términos de territorio, esa escalera es la lista de cargos que se lee en la plaza antes de expulsar a alguien del pueblo. En los pueblos de antes se hacía así, con pregonero. En mi canción se hace con estribillo.
Mensaje para la próxima víctima
Hay un momento en la letra en que el narrador deja de hablarle al villano y se dirige a otra persona: la siguiente pareja. «Mensaje para la próxima víctima», dice, y suelta un aviso muy concreto sobre lo que pasará después de los primeros meses.
Ese giro de destinatario me parece importante en una canción sobre territorios. Porque la próxima víctima es alguien que todavía no sabe nada, que está entrando en el mapa por la puerta grande, con la ilusión de los principios. Y el narrador, desde su Benidorm conquistado, le manda una postal de advertencia.
No es la primera vez que lo hago. En «Carta de recomendación» todo el texto es eso, una advertencia a quien viene detrás. Aquí es solo un momento, un paréntesis entre estribillos. Pero tiene la misma intención: que el siguiente no tenga que aprender solo lo que uno aprendió a golpes.
La etiqueta como bandera
Ahora sí, hablemos de los trajes, porque el título lo pide.
El narrador se niega a decir que su ropa es de Zara. La compró en SHEIN y lo dice. Esa negativa, que parece una tontería, es en realidad una declaración de independencia. Porque en la historia de la canción el villano es alguien que presume, que miente sobre lo que tiene, que necesita aparentar. Y negarse a mentir sobre una etiqueta es negarse a jugar a su juego.
Me interesa mucho cómo funciona eso en relación con el territorio. Quien aparenta necesita un escenario donde aparentar: un círculo, un sitio, una gente delante de la que lucirse. Cuando el narrador se queda con Benidorm, le quita al villano uno de esos escenarios. Y cuando se pone sus trajes de SHEIN sin vergüenza, le quita también el código de vestimenta. Ya no hay que fingir. Ni en la ropa ni en el sitio.
Hay mucha libertad en eso. En decir de dónde es lo que llevas puesto y que te dé igual lo que piensen. En ir por tu ciudad con tu ropa barata y tu cabeza alta.
El BMW blanco
Hay otro objeto en la letra que tiene mucho que ver con el territorio: un BMW blanco.

El narrador le reprocha al personaje que sea capaz de vender a sus propios padres con tal de decir que el BMW blanco es suyo. Es decir: el coche no es suyo, pero él lo presenta como propio.
Un coche es, entre otras cosas, una forma de ocupar el espacio. De llegar a los sitios. De aparcar en la puerta y que te vean bajar. Un BMW blanco, en concreto, es un coche que se hace notar. No es el utilitario gris que pasa desapercibido en el aparcamiento del Mercadona. Es un coche para lucirlo en el paseo marítimo.
Y por eso me parece muy significativo que sea prestado. El personaje se pasea por los territorios con un vehículo que no es suyo, con una ropa sobre la que miente, con una historia que no es verdad. Todo es atrezo. Y el narrador, en Benidorm, con sus trajes de SHEIN y su memoria intacta, es el único que va con lo suyo.
Café, bañadores y alianzas
Si el reparto de territorios tiene un anexo, está en un verso que pasa muy deprisa: el narrador avisa a alguien de que guarde su dinerito, porque al personaje le da igual mangar café, bañadores y hasta las antiguas alianzas.
Es una lista estupenda por lo desigual. Café, que es lo más barato y cotidiano del mundo. Bañadores, que es ropa de verano, de playa, de Benidorm precisamente. Y alianzas, que es el objeto más cargado de significado que puede tener una pareja. Todo metido en la misma bolsa, como si para el personaje no hubiera diferencia entre un paquete de Marcilla y un anillo de boda.
Los bañadores, por cierto, tienen su propia canción en mi catálogo: «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca». Allí son el centro del drama. Aquí son una línea más del inventario. Pero que aparezcan en las dos dice mucho de cómo funciona mi universo: los objetos viajan de una canción a otra, igual que los personajes, igual que las ciudades.
Y dice algo más. Que en una ruptura, lo que se lleva el otro no siempre es lo más valioso. A veces es lo más tuyo. El bañador con el que fuiste feliz un verano. El café de tu desayuno. El anillo que ya no te pones pero que no querías que nadie tocara.
Recuerda quién te enseñó Excel
Al final de la letra hay un verso que me parece de los más tiernos y más crueles que he escrito, todo a la vez: el narrador le recuerda al personaje quién le enseñó Excel.
Ese verso habla de otro tipo de territorio: el profesional. El narrador no solo le ha dado su tiempo, su casa y su ropa. Le ha enseñado a manejarse en el trabajo. Le ha dado herramientas. Y el otro se ha ido con ellas como quien se lleva una mesa al mudarse.
Me encanta que la venganza final no sea un insulto gordo sino una hoja de cálculo. Es el tipo de detalle que solo sabe quien ha estado dentro. Las fórmulas, las celdas, las tablas dinámicas. La paciencia de explicar dos veces lo mismo. Y luego, el remate: que el otro casi no sabe ni escribir, y con suerte algo sabe leer.
Aquí el reparto es definitivo. Benidorm para mí. Y Excel, también. Que lo aprendas otra vez tú solo.
Las canciones que se hablan
La letra termina con un guiño que me gusta mucho: el narrador le dice al personaje que ya se lo dijo en otra canción, que tiene la memoria de un pez.

Esa frase convierte el catálogo entero en un territorio compartido. Las canciones no están aisladas. Se conocen entre ellas, se citan, se responden. El villano de esta canción ya estaba en otras. Su memoria de pez ya había sido diagnosticada antes. Y quien escucha mucho mi música empieza a reconocer a los personajes, como reconoce a los vecinos de una serie de televisión.
Me pasa con varios personajes de mi universo. El coordinador de mercadillo, por ejemplo, aparece en «Carta de recomendación» y en «Doña Rogelia», con otros tonos y otras escenas. Es como un actor secundario que repite en varias temporadas, siempre haciendo de lo mismo, siempre saliendo mal parado.
Ese universo compartido es, en el fondo, otro territorio. El mío. El de Planeta Gayfolk. Un planeta donde los villanos tienen apodo, las ciudades tienen bando y las etiquetas de la ropa se dicen en voz alta.
Benidorm como fantasía
Quiero decir algo sobre Benidorm que va más allá del chiste.
Para mucha gente LGTBI en España, Benidorm ha sido durante décadas uno de esos sitios donde se podía respirar. Una ciudad turística, abierta, donde nadie te miraba raro por ir de la mano con otro hombre o por subirte a un escenario con peluca. No es la única, claro. Pero tiene ese aura de ciudad donde las normas de casa se quedan en la maleta.
Por eso, en la canción, Benidorm es algo más que un territorio en disputa. Es un refugio. Es el sitio donde el narrador puede ser quien es, con sus trajes baratos y su pluma, rodeado de gente que le quiere. Y lo que le prohíbe al villano no es una playa: es la entrada a ese refugio.
Esa es la verdadera victoria del reparto. No quedarse con más cosas. Quedarse con el sitio donde uno es feliz, y no tener que compartirlo con quien lo estropeaba.
Cómo se hizo
Una nota sobre mi forma de trabajar, que en esta canción se nota mucho.
Yo escribo las letras, sin IA. La música y las voces las hago con herramientas de inteligencia artificial, que dirijo, eligiendo y descartando hasta que la canción suena como la imagino. Lo cuento con más calma en Sobre mí.
En una letra como esta, llena de estribillos que se repiten y de exclamaciones para gritar con los brazos en alto, la letra pide pista. Pide que el aviso de Benidorm suene a himno de fiesta, a pregón de verbena, a canción del verano con mala leche.
Está en «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía. Si quieres verla junto a sus vecinas, está en la discografía completa, y la letra entera, con todas sus exclamaciones, en mis letras.
El mapa después
Hay una cosa que me consuela de los repartos de territorio después de una ruptura: que no son para siempre.
Un día vuelves al bar que habías dado por perdido y descubres que ya no duele. Que es solo un bar. Que el camarero ha cambiado y la carta también. Un día pasas por la calle que evitabas y ni te das cuenta hasta que estás al final. Un día, quién sabe, hasta te da igual que el otro pise Benidorm, porque Benidorm es tan grande y tan ruidoso que ni lo verías.
Pero mientras tanto, mientras duele, está bien hacer el reparto. Está bien decir: esto es mío. Está bien quedarse con la ciudad, con los amigos y con la playa, y dejarle al otro su isla y su apodo.
Y está bien, sobre todo, ir por tu territorio con la ropa que te dé la gana. Aunque sea de SHEIN. Sobre todo si es de SHEIN.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «¡Que no pienso decir que mis trajes son de Zara!»? De un narrador que se niega a mentir sobre su ropa barata para quedar bien delante de un ex que vive de aparentar. Mezcla reproches muy concretos, como un BMW blanco que no es suyo o la clase de Excel que le dio, con un aviso en el estribillo: más le vale no pisar Benidorm. La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras/que-no-pienso-decir-que-mis-trajes-son-de-zara.
¿Los personajes son reales? No. El ex, su apodo y el resto de personajes de la canción son ficción.
¿En qué disco está? En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK.
¿Quién ha hecho la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.