
By Mike Sain't Louis ·
«20 años» y una tarta partida: separarse siendo dos hombres o dos mujeres, lo legal, lo práctico y el duelo
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Blanco y negro. Una mesa con mantel, una tarta de boda de dos pisos con sus flores de azúcar y sus volantes, y una grieta enorme que la parte en dos de arriba abajo, dejando ver el bizcocho oscuro por dentro. Encima, dos novios de esmoquin, uno en cada mitad. No se miran. La pared de atrás está salpicada de nata, hay trozos de pastel por toda la mesa y un cuchillo tirado a un lado. Alguien ha cortado la tarta, pero no para repartirla.
Es la portada de «20 años», una canción del segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», con su videoclip oficial en YouTube desde el 19 de junio de 2026. Como su letra aún no se ha hecho pública, aquí no aparecerá ni una frase de ella. Pero la imagen y el título bastan para abrir una conversación que en nuestro colectivo se tiene poco en público: qué pasa cuando una boda entre dos hombres o entre dos mujeres se acaba.
Lo que más me impresiona de esa portada es el contraste. Una boda entre dos hombres, algo que costó décadas conseguir, convertida en dos figuritas separadas. Y el título, que habla de tiempo. Veinte años pueden ser los que dura una relación, los que tardó la ley en llegar o los que tarda alguien en atreverse a irse. Cada cual pone su cuenta.
Lo que sigue lo firma un letrista, compositor y productor musical, y no un jurista. Este texto no sustituye a un asesoramiento legal, pero sí quiere ordenar las preguntas que aparecen cuando una pareja se rompe y dar pistas sobre dónde buscar respuestas. Hay muchas guías de divorcio. Pocas piensan en nosotros.
El derecho a casarse incluye el derecho a separarse
En España, el matrimonio entre personas del mismo sexo es legal desde julio de 2005, con la Ley 13/2005, que modificó el Código Civil. Ya escribí en el texto sobre Ámsterdam y la primera boda que fuimos el tercer país del mundo en reconocerlo. Fue una victoria enorme, celebrada en las calles, y con razón.
Lo que a veces se olvida es que esa ley no solo abrió la puerta de entrada. También abrió la de salida. Casarse significa entrar en un régimen jurídico completo: patrimonio, herencia, pensiones, hijos, vivienda. Y cuando una pareja casada se separa, se le aplican exactamente las mismas normas que a cualquier otro matrimonio. Ni más ni menos.
Eso es una buena noticia, aunque no lo parezca en el momento de firmar los papeles. Antes de 2005, cuando una pareja de dos hombres o dos mujeres se rompía después de muchos años, a menudo no había ninguna protección. El piso estaba a nombre de uno, la cuenta a nombre del otro, y quien se quedaba fuera no tenía dónde reclamar. La igualdad también es esto: tener reglas claras cuando todo se cae.
El divorcio sin culpables
Pocos días después de la ley del matrimonio igualitario se aprobó otra que cambió la forma de divorciarse en España: la Ley 15/2005, conocida popularmente como la del «divorcio exprés». Desde entonces no hace falta alegar ninguna causa para divorciarse ni pasar antes por una separación. Basta con que hayan pasado tres meses desde la boda, salvo algunas excepciones, y con que uno de los dos lo pida.
Me parece una ley muy sensata. Nadie tiene que demostrar ante un juez que el otro es un monstruo para poder irse. Y nadie puede retener a otra persona en un matrimonio que ya no quiere. El divorcio deja de ser un juicio moral y pasa a ser un trámite, doloroso, pero trámite.
Hay dos caminos principales. El de mutuo acuerdo, en el que los dos firman un convenio regulador con todo lo que hay que repartir y decidir. Y el contencioso, cuando no hay acuerdo y es un juez quien decide. El primero suele ser más rápido, más barato y menos dañino. El segundo a veces es inevitable.
Divorciarse ante notario
Desde 2015, con la Ley de la Jurisdicción Voluntaria, existe además la posibilidad de divorciarse ante notario o ante el letrado de la Administración de Justicia, sin pasar por el juzgado. Hay requisitos: que sea de mutuo acuerdo, que no haya hijos menores no emancipados ni hijos con medidas de apoyo que dependan de los padres, que hayan pasado al menos tres meses desde la boda y que cada parte, o las dos juntas, cuente con asistencia de abogado.

Para muchas parejas del mismo sexo sin hijos, esta vía puede ser la más sencilla. Pero conviene no confundir sencillo con fácil. Antes de llegar al notario hay que haber hablado de todo: quién se queda la casa, cómo se reparte lo ahorrado, qué pasa con el coche, con las deudas, con el perro. El notario solo pone la firma a lo que ya está acordado.
Mi consejo de profano es este: aunque os llevéis bien, aunque la ruptura sea amistosa, que cada uno tenga su propio abogado o, al menos, que alguien de confianza revise el convenio. La generosidad del primer momento a veces se convierte en arrepentimiento al cabo de un año.
Si erais pareja de hecho
No todas las parejas se casan. Muchas se registran como pareja de hecho, y en España eso depende de cada comunidad autónoma: cada una tiene su propio registro y sus propias normas. Por eso la disolución de una pareja de hecho no es igual en Madrid que en Cataluña, en Andalucía o en el País Vasco.
En general, disolver una pareja de hecho es más sencillo que divorciarse: suele bastar con comunicarlo al registro correspondiente, a veces de forma unilateral. Pero precisamente por eso a menudo se olvida un detalle importante: los efectos económicos. Si no firmasteis pactos sobre el patrimonio, puede que la ley no prevea un reparto automático como en el matrimonio. Y quien dejó de trabajar o puso más dinero en el piso puede quedarse sin protección.
Si estás en una pareja de hecho y te estás separando, informarte de la normativa de tu comunidad es imprescindible. Y si estás en una pareja de hecho y no te estás separando, quizá sea el momento de revisar qué firmasteis. Nadie quiere hablar de rupturas cuando está enamorado. Por eso conviene hacerlo antes.
La casa: el corazón del problema
En la portada, la tarta está partida justo por la mitad. En la vida real, casi nada se parte tan limpio. Y la casa es lo más difícil de partir. Hablé en el texto sobre la vivienda y la juventud LGTBI lo mucho que pesa tener un techo propio en nuestras vidas. Cuando una pareja se rompe, ese techo se convierte en la gran pregunta.
Si la casa es de alquiler, toca hablar con el propietario: quién sigue en el contrato, quién sale y cómo se reparte la fianza. Si la casa está comprada a nombre de los dos, con hipoteca, hay varias opciones: venderla y repartir, que uno compre la parte del otro o mantenerla en común un tiempo. Ojo con un detalle que mucha gente desconoce: aunque os separéis, si los dos firmasteis la hipoteca, el banco puede reclamar la deuda a cualquiera de los dos hasta que se cambien las condiciones. Una ruptura no borra una firma.
Y luego está lo práctico, lo que nadie cuenta. Cambiar el empadronamiento. Cambiar la dirección en el banco, en el centro de salud, en Hacienda. Avisar a la compañía de la luz. Ver quién se queda la línea de internet. Es un pequeño mapa burocrático que hay que recorrer con el corazón roto. Por eso ayuda hacer una lista y tachar cosas, aunque sea de una en una.
El reparto de lo que no tiene precio
Ya escribí sobre el reparto de territorios después de una ruptura: quién se queda con Benidorm, con el bar de los viernes, con los amigos comunes. Esa parte simbólica es dolorosa. Pero hay otra parte, más material y más absurda, que también duele: las cosas.

¿Quién se queda con el sofá que elegisteis juntos? ¿Y con la vajilla de la boda? ¿Y con las fotos impresas, los regalos de la familia del otro, el cuadro que comprasteis en un viaje? No hay ley que regule esto con detalle. Hay negociación, paciencia y, a veces, una caja de cartón que se deja en la puerta sin mediar palabra.
Y está el perro, o el gato. En España, desde 2022, los animales ya no se consideran simples cosas en el Código Civil, y en los divorcios se puede acordar o pedir al juez quién se queda con ellos y cómo se reparten su cuidado y sus gastos, pensando en su bienestar. Para muchas parejas sin hijos, el animal es lo más parecido a un hijo. Decidir sobre él es de lo más difícil del proceso.
Si hay hijos
Muchas parejas del mismo sexo tienen hijos, por adopción, por reproducción asistida o de relaciones anteriores. Cuando se separan, se aplican las mismas normas que a cualquier otra familia: custodia, régimen de visitas, pensión de alimentos. Lo que manda siempre es el interés de los menores.
No voy a entrar en casos concretos porque cada familia es un mundo y porque aquí es donde más importante es contar con un buen profesional. Solo diré dos cosas. La primera: si los dos sois legalmente padres o madres del niño, los dos tenéis los mismos derechos y obligaciones, sin importar quién lo gestó o quién firmó primero. La segunda: si solo uno de los dos figura legalmente como progenitor, la situación del otro puede ser mucho más frágil. Conviene consultarlo pronto, no cuando ya hay conflicto.
Y una tercera cosa, que no es legal sino humana: los niños no deberían cargar con la ruptura. Ni ser mensajeros, ni testigos de las peleas, ni elegir bando. Eso vale para todas las familias.
Cuando la ruptura no es amistosa
No todas las separaciones son civilizadas. Algunas llegan después de años de control, de humillaciones o de violencia. Ya escribí sobre celos, control del móvil y violencia en parejas del mismo sexo, un tema del que todavía se habla poco. Lo repito aquí porque una separación es, a menudo, el momento más delicado.
Si tienes miedo de tu pareja o expareja, la prioridad no es el reparto del sofá. Es tu seguridad. En una emergencia, llama al 112. Puedes denunciar en la policía o en el juzgado de guardia, y pedir medidas de protección. Muchas asociaciones LGTBI tienen servicios de atención a víctimas de violencia en parejas del mismo sexo, y las Oficinas de Asistencia a las Víctimas del Delito, que dependen del Ministerio de Justicia y de las comunidades autónomas, pueden orientarte gratuitamente.
No tienes que demostrar a nadie que «es para tanto». Si algo dentro de ti dice que no estás a salvo, merece la pena escucharlo.
Cuánto cuesta y la justicia gratuita
Divorciarse cuesta dinero: abogado, a veces procurador, notario si se elige esa vía, gastos de registro. Y en una ruptura, precisamente cuando ese dinero hace más falta, muchas personas se quedan con un solo sueldo o sin ninguno.

Por eso conviene saber que existe la asistencia jurídica gratuita, regulada por la Ley 1/1996. Si tus ingresos están por debajo de ciertos límites, puedes pedir que te asignen un abogado de oficio sin coste. Se solicita en el colegio de abogados de tu zona o en los servicios de orientación jurídica de los juzgados. También es útil saber que muchos colegios de abogados tienen servicios de orientación gratuita para hacer una primera consulta.
Y hay otra vía que funciona muy bien en muchos casos: la mediación familiar. Un mediador profesional y neutral ayuda a la pareja a llegar a acuerdos sin enfrentarse en un juzgado. Muchas comunidades autónomas y ayuntamientos ofrecen servicios públicos de mediación, a veces gratuitos. No sustituye al abogado, pero puede ahorrar meses de guerra.
Asesoría con perspectiva LGTBI
Hay algo que las guías generales suelen pasar por alto y que a mí me parece importante: no todos los profesionales entienden igual nuestras familias. Hay abogados, mediadores o psicólogos estupendos que, sin mala intención, hacen preguntas incómodas, dan cosas por supuestas o no conocen bien las particularidades de las parejas de dos hombres o de dos mujeres.
Por eso puede ayudar empezar por asociaciones LGTBI que ofrecen asesoría jurídica o pueden recomendarte profesionales de confianza. En Madrid, COGAM tiene servicios de atención; en toda España, las entidades que forman parte de la FELGTBI+ suelen tener asesoría o pueden derivarte. Y si te atienden mal en algún servicio por ser quien eres, recuerda que la Ley 15/2022 de igualdad de trato protege contra la discriminación también en la atención profesional.
El duelo de una boda que costó tanto
Hasta aquí, lo legal y lo práctico. Ahora lo que no se arregla con papeles. Para muchas personas LGTBI, la boda no fue solo una fiesta. Fue una conquista. Fue invitar a la familia que antes no hablaba del tema, ver a la abuela emocionada, sentir que el amor propio por fin estaba en el mismo escalón que el de los demás.
Por eso la separación puede doler de una forma especial. No solo se acaba una relación. A veces parece que se rompe también el símbolo, la prueba de que se podía. Hay quien siente vergüenza: «después de todo lo que luchamos, y ahora esto». Hay quien teme las miradas de la familia que nunca lo aprobó, o de los que esperaban que fracasara.
A esas personas les diría algo sencillo: que un matrimonio se acabe no invalida el derecho a haberlo tenido. Las parejas heterosexuales se divorcian por millones y nadie pone en duda su derecho a casarse. La igualdad también es tener derecho a equivocarse, a cambiar, a irse. Lo dije con otras palabras al escribir sobre el permiso para celebrar una ruptura: a veces el final de algo también es una liberación.
Los veinte años del título
Vuelvo al título, porque me parece muy abierto. «20 años». No dice veinte años de qué. Puede ser una relación larga que se acaba, y entonces el título pesa como una losa. Puede ser la edad de alguien que empieza. Puede ser una cuenta atrás, una condena o un aniversario.
Me gusta pensar en él como en esas fechas redondas que nos obligan a hacer balance. A los veinte años de algo uno mira atrás y se pregunta si sigue siendo la misma persona que empezó. A veces la respuesta es no. Y no pasa nada. La gente cambia, y una pareja es la suma de dos personas que cambian a velocidades distintas.
La tarta partida de la portada tiene algo de chiste, de película de bodas que salen mal. Lo expliqué en la entrada sobre bodas y matrimonios en mis letras: me gusta escribir bodas que salen mal porque el humor ayuda a mirar de frente lo que da miedo. Pero detrás del chiste hay algo muy real: el momento en que dos personas que se prometieron mucho descubren que ya no comparten la misma mitad.
Volver a vivir solo
Después de una separación larga, muchas personas tienen que aprender de nuevo a vivir solas. A cocinar para uno, a dormir en una cama demasiado grande, a decidir el plan del sábado sin consultar a nadie. Hablé de ello con humor en la entrada sobre la soltería elegida, pero sé que al principio no se elige: se sufre.

Algunas cosas ayudan. Volver a ver a los amigos que se quedaron en segundo plano durante la relación. Recuperar aficiones propias. Cambiar algo de la casa, aunque sea la posición del sofá, para que deje de ser «la casa de los dos». Y darse tiempo. El duelo de una pareja tiene fases, y ninguna se salta por fuerza de voluntad.
También ayuda no anestesiarlo todo. Le dediqué otra entrada a la ruptura sobria: no hace falta ahogar las penas en alcohol para atravesarlas. A veces lo más valiente es quedarse un rato con lo que duele, sin taparlo.
La familia elegida en las rupturas
En nuestro colectivo, la familia elegida tiene un papel enorme. Lo desarrollé en la entrada sobre la familia que se elige. Cuando una pareja se rompe, esa familia también se tambalea: los amigos comunes no saben con quién quedar, los grupos de mensajes se vuelven incómodos, las cenas de siempre se suspenden.
Mi experiencia es que los buenos amigos no obligan a elegir. Pueden acompañar a los dos, aunque no a la vez. Y a quien se separa le ayuda mucho que alguien le diga: «no tienes que contarme nada, solo vengo a traerte comida». A veces la ayuda más útil es un táper y una tarde de series en silencio.
Si eres amigo de alguien que se está separando, no hace falta que tengas las palabras perfectas. Basta con estar. Y con no decir nunca «yo ya sabía que no iba a funcionar». Esa frase no ayuda a nadie.
Cuidar la salud mental
Una separación es uno de los momentos más estresantes de la vida adulta. Es normal sentir tristeza, rabia, alivio, culpa y miedo, a veces en el mismo día. Es normal dormir mal, comer peor y no poder concentrarse. Si pasan las semanas y no mejora, o si sientes que no puedes más, pedir ayuda profesional es una muy buena decisión.
Tu médico de cabecera puede derivarte a salud mental. Muchas asociaciones LGTBI tienen servicios de apoyo psicológico. Y en la serie sobre salud mental sin tabú dejé recogidos recursos para distintos momentos.
Si en algún momento la tristeza se vuelve tan pesada que aparecen ideas de hacerte daño, marca el 024: es el teléfono público de atención a la conducta suicida, no cuesta nada, contesta de día y de noche, y sirve igual para quien lo está viviendo que para el amigo o el familiar que se preocupa. Otra opción es el Teléfono de la Esperanza (717 003 717). A los chavales menores de edad los escucha la Fundación ANAR en el 900 20 20 10. Ante un peligro inmediato, 112 sin dudar. Y desde otros países, findahelpline.com te dice qué número marcar.
Lo que queda después de la tarta
En la portada, alguien ha cortado la tarta con un cuchillo y lo ha dejado tirado en la mesa. La nata está por las paredes. Es un desastre, sí. Pero es un desastre que tiene final: alguien barrerá, alguien limpiará la pared, alguien guardará las figuritas en una caja o las tirará a la basura.
Las rupturas también acaban. No el recuerdo, que se queda, sino la parte más aguda del dolor. Y lo que queda después es, muchas veces, una persona que conoce mejor sus derechos, sus límites y sus deseos. Ojalá este texto sirva para que, si te toca partir la tarta, sepas por dónde empezar a recoger.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «20 años»? Es una canción del segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», con videoclip oficial en YouTube desde el 19 de junio de 2026. Su letra todavía no está publicada. La portada muestra una tarta de boda partida por la mitad con un novio de esmoquin en cada lado.
¿Se divorcian igual las parejas del mismo sexo que las heterosexuales? Sí. Desde la Ley 13/2005, el matrimonio entre personas del mismo sexo tiene los mismos efectos que cualquier otro, y su divorcio se rige por las mismas normas del Código Civil.
¿Se puede divorciar una pareja ante notario? Sí, desde 2015, si es de mutuo acuerdo, no hay hijos menores no emancipados ni hijos con medidas de apoyo que dependan de los padres, han pasado al menos tres meses desde la boda y hay asistencia de abogado.
¿Qué pasa si éramos pareja de hecho? Depende de la normativa de cada comunidad autónoma. La disolución suele ser más sencilla que un divorcio, pero los efectos económicos pueden ser distintos, así que conviene informarse bien.
¿Puedo tener un abogado gratis para divorciarme? Si tus ingresos están por debajo de ciertos límites, puedes pedir asistencia jurídica gratuita en el colegio de abogados de tu zona, según la Ley 1/1996.