Saltar al contenido
← Canción a canciónEl anillo y el exmarido: bodas y matrimonios en mis letras

Por ·

El anillo y el exmarido: bodas y matrimonios en mis letras

«Y por lo iglesia se ha casado, con su mujer de blanco puro y cuatrocientos invitados.»

Así, con la errata incluida, está en la letra de «El anillo de casado». Y es la boda más grande de todo mi catálogo. Iglesia. Vestido blanco puro. Cuatrocientos invitados. Un banquete que se oye desde aquí, con su orquesta, su barra libre y su tío borracho bailando «Paquito el chocolatero» con la corbata en la cabeza.

Y no es mi boda. Es la de él. La del hombre del que el narrador se está enamorando.

Empiezo por ahí porque me parece que resume muy bien cómo aparece el matrimonio en mis letras. Casi siempre es de otro. O es pasado. O sale mal. O es una broma. O es un sueño. Matrimonios hay muchos en mis canciones. Felices, casi ninguno.

Y eso dice algo. De mí, seguramente. Pero también de un momento muy concreto de la vida gay en España: el de una generación que puede casarse desde hace años, que tiene maridos y exmaridos con papeles, y que sin embargo sigue escribiendo el amor con el miedo de antes.

Cuatrocientos invitados

Vuelvo al anillo, que es la canción de la portada.

La historia es sencilla. Dos hombres se toman cinco jarras en los 100 Montaditos, entre risas y miradas, bien escondiditos. El narrador está contentillo, con el puntillo, y lo dice claro: «Me apetece tenerte en la cama y que te quites el anillo».

Que te quites el anillo. No la ropa. El anillo.

Esa frase me sigue pareciendo de las más afiladas que he escrito. Porque el anillo es lo único que estorba de verdad. Lo demás se quita solo. Pero el anillo es la mujer, la iglesia, los cuatrocientos invitados, el banquete, las fotos del álbum, la suegra, la hipoteca. Todo eso cabe en un aro de oro en el dedo anular. Y el narrador le pide que se lo quite, aunque sea un rato.

El estribillo repite la palabra hasta gastarla: lleva el anillo de casado, por siempre enamorado, ya luce el anillo de casado, cada día más enamorado. Es casi un anuncio de joyería. Y es mentira, claro. Ese por siempre enamorado es la versión oficial. La que se cuenta en el banquete. La otra versión está en los 100 Montaditos.

Para mí es pasado

Hay un verso en esa misma canción que le da la vuelta a todo: «Si pasa por mi cama y lo disfruto para mí es pasado».

Es un juego de palabras tonto, de los que me gustan. Casado, pasado. Pero dice algo serio. Para el narrador, el anillo no significa lo mismo que para la iglesia. Para la iglesia, el anillo es para siempre. Para el narrador, el que pasa por su cama ya no es un casado: es un pasado. Un capítulo cerrado. El anillo se queda en la mesilla y lo que importa es otra cosa.

Luego, claro, la canción se complica. El narrador se empieza a enamorar. ¿Y qué voy a hacer? No lo sé. Con él estoy tan bien. Y lo que le atrapa, cada día un poco más, es esa «supuesta heterosexualidad» que suena a ironía y a trampa a la vez.

Ese es el drama de siempre del casado que no sale del armario. Mucha gente cree que es un tema antiguo, de los años en que no había otra opción. Y no. Sigue pasando. Con matrimonio igualitario, con Chueca llena de banderas, con Grindr en todos los móviles, sigue habiendo hombres que se casan por la iglesia con cuatrocientos invitados y luego buscan otro hombre en una cervecería. La canción no los juzga. Ni los salva. Los cuenta.

Mi último marido

Del otro lado del espejo está el matrimonio gay. El de verdad, con papeles.

Fotogramas del videoclip oficial de «El anillo de casado», de Mike Sain't Louis

En mi catálogo la palabra «marido» sale con toda naturalidad en boca de un hombre que habla de otro hombre. En «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios» el narrador se lamenta de «no haber acabado tan mal con mi último marido». Mi último marido. Como quien dice mi último coche. Como si hubiera habido varios y este fuera solo el más reciente.

Me encanta lo que hace esa frase sin hacer ruido. Da por hecho que un hombre puede tener marido. Que puede tener más de uno, en sucesión. Que puede divorciarse, quedarse con una suegra insoportable y escribir una canción para quejarse de ella. Todo eso, que hace no tanto habría sido escandaloso o imposible, en la letra es rutina.

En España dos hombres pueden casarse desde 2005. Mis letras no celebran esa ley con himnos ni con pancartas. La celebran de la forma más rara y más honesta que se me ocurre: con exmaridos. Porque la prueba de que algo es normal no es que salga bien. Es que también puede salir mal, como a todo el mundo.

El entierro del exmarido

Y si hay un exmarido en mi catálogo que pesa, es el de «Un puñetazo al día».

Allí el narrador celebra en un antro, con su mejor amigo y casi hermano, el entierro de su exmarido. No ha muerto, claro. Se entierra el matrimonio. Lleva una corona de flores en el maletero. Y se entierran también «los años que me ha robado».

Siete años. Esa cifra vuelve una y otra vez en mis canciones sobre parejas largas. En «Un puñetazo al día», después de siete años lo que queda es un vacío frío en la casa. En «El castigo más duro» hay que borrar siete años del iPhone, de Google Fotos, de Movistar cloud y de One Drive. En «Una obra de teatro» la pregunta es más terrible: «Siete años en un escenario?». Como si todo el matrimonio hubiera sido una función.

No sé si siete años es mucho o poco. Sé que en mis letras es la medida exacta de una vida en común que se rompe. Lo bastante larga para tener casa, rutina, suegros y fotos en la nube. Lo bastante corta para que el que se queda piense que todavía puede empezar otra cosa.

Y el exmarido, en todas estas canciones, es una figura muy concreta. No es el novio de una noche. No es el ligue de Grindr. Es alguien con quien compartiste llaves, cuentas, cumpleaños y cenas de Navidad. Por eso duele de otra forma. Por eso se entierra con corona.

Y fíjate en una cosa. El entierro se hace con amigos. No hay juez, no hay abogado, no hay notario. El divorcio de verdad, el de los papeles, no sale en la canción. Sale el otro, el que importa: el ritual. La corona en el maletero, las jarras en la mesa, el abrazo del amigo, la carcajada cuando alguien dice que será un cadáver. Igual que una boda necesita invitados, un divorcio necesita testigos. Gente que te vea cerrar la puerta y te diga que has hecho bien. Mi catálogo no tiene banquetes de boda felices, pero tiene este banquete de divorcio. Y es una fiesta de verdad.

La pareja gay del año

Antes de las bodas están las parejas que se creen eternas. Y hay una canción que lo cuenta con un inventario de lo más cruel.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Y por lo iglesia se ha casado, con su mujer de blanco puro y cuatrocientos invitados.» de «El anillo de casado»

«Mi novio de Albacete» empieza así: «Me has engañado / Éramos la pareja gay del año». Y luego, la foto de esa pareja, verso a verso, como si estuvieras pasando las imágenes de su Instagram: tú tan cachas, yo tatuado. Tú tan fitness, yo tan guapo. Yo currando. Tú por Grindr, yo disfrazado. Yo soñando, tú actuando.

La pareja gay del año. Me encanta esa expresión porque tiene algo de premio de revista, de portada de suplemento dominical, de esos reportajes sobre parejas modernas con piso en Malasaña y perro de raza. Y la canción la desmonta en dos líneas. Lo que parecía un matrimonio en potencia era un decorado. El novio viajó cinco horas para dejar una nota. La nota acabó en el retrete.

Esta canción no tiene boda. Pero tiene todo lo que viene antes de una: la foto perfecta, la envidia de los demás, la sensación de haber llegado. Y tiene lo que viene después cuando no hay boda: el inventario de lo que cada uno era en realidad.

Me parece importante meterla aquí porque explica algo de todas las demás. En mis letras, el problema casi nunca es el matrimonio. Es la distancia entre la foto y lo que pasa detrás. El anillo que dice por siempre enamorado y la cervecería. La pareja gay del año y la aplicación abierta en el móvil. Los siete años y la obra de teatro.

Casarse con un muñeco

No todas las bodas de mi catálogo son dramáticas. Algunas son directamente absurdas.

En «El señor Garrison» el narrador se ve a sí mismo acabando como el profesor de South Park con su marioneta: «Y al final voy a terminar casado / ¡Con un muñeco!».

Me río mucho con esa línea porque es el miedo más gay que conozco dicho de la forma más ridícula. El miedo a quedarte solo. El miedo a que, después de tantos desastres, lo único que te quede sea casarte con algo que no te puede fallar porque no está vivo. Un muñeco. Una marioneta con sombrero. Y la canción lo suelta como una profecía resignada, entre Kenny muriéndose otra vez y un novio pillado preparando una quedada con otro tío.

Hay algo de tristeza escondida en ese chiste. Pero solo un poco. Lo justo para que te rías y luego te quedes callado un segundo.

Y tiene también algo de verdad sobre cómo se habla del matrimonio entre nosotros. «Voy a acabar casado con un muñeco» es una frase que se dice en una barra, entre amigos, a las dos de la mañana, después de contar el último desastre. Nadie la dice en serio. Todo el mundo la dice un poco en serio. Es la forma marica de decir que todavía queremos casarnos, pero que ya no nos fiamos de nadie. Ni de los novios, ni de nosotros mismos eligiendo novios. Un muñeco, al menos, no presume de tatuaje nuevo al día siguiente.

La boda que se olvida por la noche

Y luego está la boda más rápida de mi catálogo. Dura un día.

En «¿Por qué él no llora?» aparece así: «ayer por la mañana celebraba con Algora mi boda / y por la noche ya se me olvidaba mi boda con Algora».

Por la mañana boda. Por la noche ya ni me acuerdo. Y lo que ocupa la cabeza no es el nuevo marido, sino la pregunta del título: por qué él no llora. Él, el de antes. El que se fue y ahora presume de tatuaje nuevo mientras al narrador le llegan las ojeras al suelo.

Algora es un personaje inventado, como casi todos los nombres de mis letras. Y su boda es una de las cosas más crueles que he escrito sin querer ser cruel. Porque cuenta algo que pasa mucho: que te casas, o te emparejas, o te mudas con alguien nuevo, y una parte de ti sigue esperando a que el anterior sufra un poco. Que llore. Que demuestre que le importaste.

La boda nueva no borra la herida vieja. Solo le pone encima un vestido.

Me iba a casar

Hay otra boda que no llega a celebrarse. Y esta me hace mucha gracia.

Collage con un detalle de la carátula de «El anillo de casado» y las carátulas de «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios», «Un puñetazo al dia», «El castigo más duro», «Una obra de teatro»

En «Tengo argumento», entre juegos de palabras con Marías de todo tipo, el narrador suelta de pasada: «Me íba a casar con mi novio de hace veinte años». Veinte años. Una relación de toda la vida. Y la boda se cae por un motivo de lo más prosaico: el novio quería un trío con María, el narrador no, «así que le mandé a freír espárragos y así nos ahorramos desengaños».

Veinte años de noviazgo despachados con un refrán de abuela. Mandar a freír espárragos. No hay drama, no hay corona de flores, no hay entierro. Hay un «hasta aquí» dicho con mucha economía.

Me gusta tener esta canción en el mismo catálogo que las otras. Porque no todas las rupturas tienen que ser tragedias de siete años. A veces, después de veinte, uno se da cuenta de que no quiere lo mismo que el otro y se ahorra el banquete. Rica, rica, con fundamento.

Las chonis que presumen de marido

En «Croquetas en el crucero» el matrimonio sale visto desde fuera, como un espectáculo de cubierta.

Entre portero de Grindr, misa con un reggaetonero y un capitán que guiña el ojo, aparece esto: «Y esas chonis que presumen de marido». Y un pajarito que cuenta lo que esos maridos hacen cuando van pedo.

Es la otra cara del anillo de casado. Allí el casado era el que buscaba fuera. Aquí son las mujeres que presumen de marido sin saber, o sin querer saber, lo que el marido hace en el bufé libre a las tres de la mañana. El matrimonio como escaparate. Como foto en la cubierta del barco.

Y el narrador, que es el que se entera de todo, se ríe. Pero se ríe con algo de compasión, también. Porque él también ha presumido alguna vez de algo que no era lo que parecía.

Un novio con garantía

Hay una forma de matrimonio en mis letras que no pasa por ninguna iglesia ni ningún juzgado. Pasa por la oficina de consumo.

En «3 años de garantía» el narrador compra un novio por la tele, con un mes de prueba y tres años de garantía, y cuando se estropea pone una hoja de reclamación. La respuesta oficial es que han hablado con el denunciado y que dice que está muy enamorado. Que le quiere como la trucha al trucho.

Es una parodia, claro. Pero es una parodia del matrimonio como contrato. Un contrato con letra pequeña, con plazos, con cláusulas de devolución. Y lo que la canción averigua es lo mismo que averiguan muchos divorciados: que cuando el contrato se rompe, la administración no puede hacer gran cosa por tu corazón. Te da un número de referencia. Y que te compres otro.

Ya es el noveno.

El único matrimonio feliz

Si repaso todas estas bodas, hay una que sale bien. Solo una.

Ficha de la canción «El anillo de casado» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Está en la canción de Carmina Barrios. El narrador sueña con haberla tenido de suegra, y en ese sueño come con ella en el jardín, en compañía de Paco León, «mi chiquitín», celebrando su decimocuarto aniversario.

Catorce años. El doble de siete. Una pareja que ha superado la cifra maldita de todas mis otras canciones. Con una suegra que te quiere y un jardín donde comer al sol.

Y es completamente imaginaria. Es un ojalá. Una fantasía con famosos dentro, contada justo después de quejarse de la suegra real y del último marido real.

Me parece muy revelador. En todo mi catálogo, el único matrimonio largo y feliz vive en condicional. Ojalá hubiera tenido. Celebrando. Como si la felicidad conyugal fuera algo que solo se puede escribir en tiempo verbal de deseo.

Ya escribí sobre esto de otra manera en hacen falta canciones de amor gay que salen bien. Y lo mantengo. Hacen falta. Lo que pasa es que a mí, cuando me pongo a escribir, me salen los exmaridos antes que los aniversarios.

Por qué escribo bodas que salen mal

No tengo una teoría. Tengo una sospecha.

Las bodas que salen bien no necesitan canción. Ya tienen la suya: la que suena en el banquete, la del primer baile, la que se elige con meses de antelación. Las bodas que salen mal no tienen nada. Nadie te prepara una canción para el día que entierras a tu exmarido. Nadie te hace un estribillo para cuando descubres que el casado de los 100 Montaditos no va a dejar a su mujer. Nadie escribe la música del entierro de siete años de vida en común.

Y ahí es donde entro yo. Las letras de mis canciones las escribo yo, todas, y la música y las voces se hacen con inteligencia artificial. Puedo producir una canción para cada boda que sale mal. Y hay muchas. Más de las que se cuentan en los banquetes.

Hay otra razón, más política sin querer serlo. Durante mucho tiempo, las canciones de amor de la radio solo tenían bodas de hombre y mujer. Los maricas teníamos que traducir. Poner un «él» donde decía «ella». Ahora escribo canciones donde el marido es de un hombre, el exmarido también, y la suegra que se pone del otro bando es la madre de otro hombre. No hace falta traducir nada. Y eso, aunque salga mal, es una forma de normalidad que no existía.

Piénsalo con las canciones de siempre. Todos esos boleros y coplas de esposas engañadas y maridos que vuelven de madrugada oliendo a otra. Durante décadas, el drama conyugal de la canción española fue cosa de hombre y mujer, y nosotros lo coreábamos en el salón poniendo cara de esposa traicionada. Ahora el drama conyugal también es nuestro, con su propio vocabulario. El exmarido. La suegra. El casado de la cervecería. Los siete años en la nube. No es que hayamos ganado el derecho a ser felices en una canción. Es que hemos ganado el derecho a ser desgraciados con nombre propio.

El anillo en la mesilla

Vuelvo al anillo, para terminar.

La canción acaba con los dos hombres por Madrid, de discretos, buscando hostales sin cartel de completo. No sabemos qué pasa después. No sabemos si el casado deja a su mujer, si el narrador se cansa, si los cuatrocientos invitados se enteran alguna vez. La letra se corta en la palabra «completos» y ahí se queda.

Pero me gusta pensar en el anillo encima de la mesilla de un hostal. Quitado, por fin, aunque sea una tarde. Brillando un poco con la luz que entra por la persiana. Ese anillo es todas las bodas de mis canciones a la vez: la que se hizo por la iglesia, la que no se pudo hacer, la que salió mal, la que se olvidó por la noche y la que solo existe en un ojalá.

La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras/el-anillo-de-casado. Léela con una caña. Cinco, si estás en los 100 Montaditos.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «El anillo de casado»? De un hombre que se enamora de otro que se ha casado por la iglesia con una mujer, «de blanco puro y cuatrocientos invitados», y que le pide que se quite el anillo. Acaban buscando hostales por Madrid de discretos. La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras/el-anillo-de-casado.

¿En qué canciones aparecen maridos o exmaridos? Entre otras, en «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios» («mi último marido»), «Un puñetazo al día» (el entierro simbólico del exmarido), «El señor Garrison» («Y al final voy a terminar casado / ¡Con un muñeco!»), «¿Por qué él no llora?» y «Tengo argumento».

¿Por qué se repiten los siete años? Siete años es la duración de varias parejas que se rompen en las letras de Mike Sain't Louis, como en «Un puñetazo al día», «El castigo más duro» o «Una obra de teatro».

¿Quién escribe estas letras? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid. La música y las voces de sus canciones se hacen con herramientas de inteligencia artificial.

Compartir