
Por Mike Sain't Louis ·
Mi gente o mi Patry: «La de la Capilla Sixtina» y la familia que se elige
Hay letras que se leen en treinta segundos y se quedan dando vueltas una semana. «La de la Capilla Sixtina» es de esas. Son catorce versos, y los tres últimos repiten el mismo nombre. No hay estrofas, no hay puente, no hay historia contada con detalle. Hay una decisión, una frase bruta, una cuenta de vidas y un apodo. Y con eso basta.
Como es tan corta, y como creo que se entiende mucho mejor leída de un tirón, la pongo aquí entera antes de empezar:
Ya , nunca más,
Volveré
A confiar
En alguien
Que no sea mi gente
O mi Patry
Lo demás es siempre para aniquilarme
No soy un condón que tiras después de
Usarse
Y ya he usado seis vidas
La séptima es la definitiva
La de la capilla sixtina
La de la capilla sixtina
La de la capilla sixtina
En la ficha de la canción ya hablé de las siete vidas de los gatos, del salto de lo cutre a lo sagrado y de por qué la séptima vida merece el nombre de la capilla. Aquí quiero quedarme con los primeros versos, que son los que menos atención reciben y los que más me dicen: nunca más volver a confiar en alguien que no sea mi gente o mi Patry. Porque detrás de esa frase hay una idea enorme, la de la familia que se elige, y una pregunta difícil: qué pasa cuando, después de que te hagan daño, decides cerrar el círculo.
Una decisión que empieza con una coma
La letra arranca con un «Ya» seguido de una coma suelta, como quien toma aire antes de decir algo que lleva tiempo masticando. Y luego, verso a verso, casi palabra por palabra, va soltando la decisión: nunca más, volveré, a confiar, en alguien. Está partida en trozos muy pequeños, y eso hace que se lea despacio, con pausas, como una promesa que se dice para uno mismo.
No es una reflexión, es un juramento. Y los juramentos que se hacen después de un golpe suelen tener esa forma: cortos, tajantes, sin matices. «Nunca más» es de las expresiones más rotundas que tiene el castellano. No deja puertas entreabiertas. Quien la dice está cerrando algo con llave.
Me interesa mucho ese momento, el del juramento. Todo el mundo lo ha vivido alguna vez. Sales de algo que te ha dejado hecho polvo y te prometes que no volverá a pasar. Que no vas a dejar entrar a nadie más. Que a partir de ahora, solo los tuyos.
Mi gente
Lo bonito de la letra es que el juramento no es «nunca más confiaré en nadie». Tiene una excepción, y la excepción lo dice todo: mi gente, o mi Patry.
«Mi gente» es una expresión que en español tiene mucho peso. No significa exactamente «mi familia» ni exactamente «mis amigos». Es algo más difuso y más fuerte a la vez: la gente que es tuya, la que está, la que ha demostrado que se puede contar con ella. Puede incluir a una hermana, a una amiga del instituto, a un ex que se quedó como amigo, a la vecina que te subió la compra cuando estabas mal. No es un grupo definido por la sangre ni por los papeles. Es un grupo definido por los hechos.
En la cultura LGTBI esa idea tiene un nombre y una historia. Se llama familia elegida. La antropóloga Kath Weston la estudió en un libro de 1991, «Families We Choose», sobre gais y lesbianas de San Francisco que, muchas veces rechazados por sus familias de origen, habían construido redes de amigos, exparejas y vecinos que funcionaban como una familia de verdad. Cuidaban a los enfermos, celebraban las fiestas juntos, se prestaban dinero, se acompañaban en los entierros.
Esa idea no es teórica para muchos de nosotros. Durante décadas, salir del armario significaba arriesgarse a perder a tu familia. Y muchas personas, sobre todo en los años más duros del sida, sobrevivieron gracias a la gente que eligieron. Cuando la letra dice «mi gente», está hablando de eso, aunque no lo diga con esas palabras.
Y mi Patry
Luego viene un nombre propio: la Patry. No se explica quién es. No hace falta. Todo el mundo tiene una Patry, o una Mari, o un Javi. Esa persona concreta que es más que «mi gente», que merece mención aparte. La amiga de las tres de la mañana. La que sabe todo y nunca ha usado nada en tu contra.

Como siempre en mis letras, la Patry es un personaje de la canción, no una persona a la que se pueda señalar. Aparece también, por ejemplo, en Ese chulito, y en las dos letras cumple una función parecida: es la amiga de confianza, el punto fijo cuando todo lo demás se mueve.
Me gusta mucho que la letra le dé un verso para ella sola. En una canción tan corta, cada verso cuenta, y dedicarle uno entero a una amiga es casi una declaración de amor. No de amor romántico, sino de ese otro amor que a veces dura más que todos los noviazgos juntos. El de la amiga que estaba antes del ex y seguirá estando después.
Hay algo muy de barrio en ese artículo delante del nombre, «mi Patry». Es la manera en que se habla de la gente querida en Madrid y en media España: la Patry, el Javi, la Mari. Le da al nombre un aire familiar, de toda la vida, de alguien que ya forma parte del paisaje.
Lo demás
Después de nombrar a los suyos, la letra despacha al resto del mundo en un verso: lo demás es siempre para aniquilarme. «Lo demás», en neutro, como si no fueran ni personas. Y «siempre», sin excepciones. Es una frase exagerada, y lo sabe. Pero es exactamente así de exagerada como se siente uno después de una traición.
Hay un mecanismo psicológico que explica bien esa sensación. Cuando alguien nos hace daño de verdad, el cerebro tiende a generalizar. Ya no es «esta persona me ha engañado», sino «la gente engaña». Es una forma de protegerse: si todo el mundo es peligroso, no bajarás la guardia con nadie, y nadie podrá volver a pillarte desprevenido.
El problema es que esa protección tiene un precio. Si cierras el círculo del todo, también dejas fuera a gente que podría ser buena para ti. La letra no entra en eso, porque está escrita desde dentro del momento del juramento, cuando todavía duele. Pero creo que vale la pena decirlo: el «nunca más» es una fase, no un destino. Lo normal es que, con el tiempo, el círculo se vuelva a abrir un poco. No del todo, no para cualquiera, pero un poco.
La frase bruta
Y entonces llega el verso más bestia de la canción, el del condón. Ya hablé de él en la ficha, así que aquí solo quiero añadir una cosa: lo que dice ese verso, en el fondo, es «no soy de usar y tirar». Es la misma idea que recorre Trasto viejo, donde quien narra se siente tratado como un mueble viejo que se deja en el punto limpio.

Esa sensación de haber sido usado es probablemente la que más empuja a cerrar el círculo. No es solo que te hayan dejado o que te hayan mentido. Es que te han tratado como un objeto, algo que sirve mientras sirve y luego se desecha. Y frente a eso, la respuesta de la letra es doble: primero, afirmar con sus propias palabras que no, que uno no es eso; y segundo, quedarse con la gente que nunca le trató así.
Me parece significativo que la frase bruta venga justo después de la frase de la familia elegida. Primero dices quién cuenta, y luego dices lo que no vas a volver a permitir. Es un orden lógico: antes de poner límites, recuerdas a quién tienes detrás.
Seis vidas gastadas
La cuenta de las vidas es otro detalle que me hace sonreír. Seis usadas, y la séptima es la definitiva. Los gatos tienen siete vidas en España y en buena parte del mundo hispano, aunque en los países de habla inglesa suelen tener nueve. La letra se queda con la versión castiza.
Lo que me gusta de esa cuenta es que no se lamenta de las seis anteriores. No dice «he desperdiciado seis vidas» ni «me han quitado seis vidas». Dice «ya he usado seis». Como quien ha gastado algo que era suyo para gastar. Hay errores, hay golpes, hay relaciones que salieron mal, pero eran vidas vividas, no robadas.
Y la séptima es distinta. No porque vaya a ser perfecta, sino porque es la última y quien narra lo sabe. Eso cambia la forma de cuidarla. Cuando te queda una sola, no la prestas a cualquiera.
Un techo de cuatro años
La Capilla Sixtina tiene una historia que encaja de maravilla con esta idea de la vida que hay que cuidar. Miguel Ángel pintó la bóveda entre 1508 y 1512, cuatro años de trabajo, gran parte de ellos subido a un andamio, mirando hacia arriba. Décadas después volvió a la capilla para pintar el Juicio Final en la pared del altar.
Pero hay un episodio que me parece todavía más bonito para esta canción. Después del Concilio de Trento, a otro pintor, Daniele da Volterra, le encargaron tapar con paños y telas algunos de los desnudos del Juicio Final. Le quedó para siempre el apodo italiano de «Il Braghettone», algo así como el de los calzones. Y siglos después, en la gran restauración de finales del siglo XX, se limpiaron siglos de humo y suciedad y se recuperaron los colores que casi nadie recordaba.
Si la séptima vida es «la de la capilla sixtina», me gusta pensar que también lleva esa historia dentro. Una obra hecha con mucho esfuerzo, que otros intentaron tapar o corregir, que se fue ensuciando con los años, y que al final se restauró hasta volver a brillar. Muchas personas que han salido de relaciones dañinas se reconocerían en eso: lo que hace falta no es convertirse en otra persona, sino quitarse de encima el hollín.
Y hay una última cosa que me gusta de esa comparación. A la Capilla Sixtina no se entra de cualquier manera. Hay colas, hay normas, hay vigilantes que piden silencio y que no se hagan fotos. Es un sitio al que se accede con respeto, mirando hacia arriba, sabiendo que lo que hay allí dentro no se toca. Si la séptima vida es esa capilla, quien quiera entrar en ella tendrá que hacer la cola, respetar las normas y mirar hacia arriba. Ya no vale entrar a empujones, ni con prisas, ni con las manos sucias. Esa es, en el fondo, la promesa de la canción: esta vida tiene vigilantes, y los vigilantes son la gente de uno.
El sitio donde se toman las decisiones
Hay otro detalle de la Capilla Sixtina que me parece perfecto para esta letra, y que quizá no es el primero que se le viene a uno a la cabeza. Además de ser un museo y una joya del arte, es el lugar donde se celebra el cónclave. Cuando muere un papa, los cardenales se encierran allí para elegir al siguiente, y el mundo entero espera mirando una chimenea. Humo negro, todavía no. Humo blanco, ya está decidido.

Me encanta pensar en la séptima vida como una fumata blanca. Después de seis rondas de votación fallidas, por fin sale humo blanco. Ya está. Se ha elegido. Y lo que se elige no es un papa, claro, sino una forma de vivir: con los míos, sin dejar que me usen, sin prestar lo que no se presta.
El cónclave tiene además algo que encaja con el resto de la canción: se hace a puerta cerrada. Solo entran los que tienen que entrar, y los demás esperan fuera. Es justo lo que propone la letra para esta nueva etapa. La puerta se cierra, dentro se queda la gente de confianza, y la decisión se toma sin interferencias.
Lo que hace la gente de uno
Me gustaría bajar un poco a tierra lo de «mi gente», porque a veces estas ideas se quedan en lo abstracto. ¿Qué hace, en concreto, la gente de uno? Creo que cualquiera que tenga una Patry sabe responder.
Es quien te coge el teléfono a la hora que sea sin preguntar por qué llamas tan tarde. Quien aparece en tu casa con algo de comer cuando llevas dos días sin salir de la cama. Quien te dice la verdad aunque no te guste, pero te la dice a ti y no a los demás. Quien se acuerda de tu cumpleaños sin que se lo recuerde una aplicación. Quien no necesita que le expliques el contexto porque ya lo sabe todo.
Y sobre todo, es quien estaba antes del desastre y sigue estando después. Las parejas van y vienen. Algunas duran años, otras semanas. Pero la gente de uno tiene una forma distinta de permanecer. No hace promesas solemnes, simplemente sigue ahí, cumpleaños tras cumpleaños, ruptura tras ruptura.
Cuando la letra dice que solo volverá a confiar en esa gente, está haciendo, en el fondo, un pequeño homenaje. Está diciendo que, en medio del desastre, hubo personas que no fallaron. Y que esa constancia vale más que todos los «te quiero» de los que se fueron.
En la cultura queer esto se celebra mucho, y con razón. Muchas de nuestras historias más bonitas no son historias de pareja, sino de amistad. De grupos de amigas que se cuidan, de pisos compartidos que se convierten en hogares, de gente que se encuentra en una ciudad grande y decide no soltarse. La canción, en sus catorce versos, deja un hueco para todo eso.
Repetir el nombre como un mantra
La canción termina repitiendo tres veces el apodo de la séptima vida. No añade nada más, no explica, no cierra con una moraleja. Solo el nombre, una vez, otra, otra.
Repetir algo tres veces tiene algo de conjuro. Está en los cuentos, en las oraciones, en los juegos infantiles. Lo que se dice tres veces se fija. En esta letra, la triple repetición funciona como una forma de grabarse la decisión. Esta vida es la buena. Esta vida es la buena. Esta vida es la buena.
Y como la letra es tan corta, esa repetición ocupa casi una cuarta parte del texto. Es decir, la canción dedica más espacio a afirmar el valor de la nueva vida que a contar lo que pasó en las anteriores. Me parece una proporción muy sana.
Cuándo abrir de nuevo el círculo
He dicho que el «nunca más» es una fase, y quiero detenerme un poco en eso. No es mi intención dar consejos, porque la canción no los da. Pero creo que hay una manera de leer estos catorce versos que va más allá del enfado.

La letra no dice «no volveré a querer a nadie». Dice que no volverá a confiar en alguien que no sea su gente. Y la gente de uno no es un grupo cerrado para siempre. La Patry, en algún momento, también fue una desconocida. Todos los que hoy forman «mi gente» entraron alguna vez por la puerta sin que supiéramos si se iban a quedar.
Lo que sí cambia, después de seis vidas, es el filtro. Ya no se entra en el círculo por simpatía, ni por atracción, ni porque alguien te diga lo que quieres oír. Se entra por los hechos. Por estar cuando hace falta. Por no usar lo que sabes en tu contra. Por no tratarte nunca como algo que se tira.
Creo que esa es la verdadera lección de la séptima vida. No se trata de cerrar la puerta, sino de poner un portero que sepa a quién deja pasar.
La letra, otra vez
Ahora que hemos dado la vuelta completa a la canción, vuelvo a ponerla entera. Merece la pena leerla de nuevo con todo esto en la cabeza, porque se entiende distinta la segunda vez:
Ya , nunca más,
Volveré
A confiar
En alguien
Que no sea mi gente
O mi Patry
Lo demás es siempre para aniquilarme
No soy un condón que tiras después de
Usarse
Y ya he usado seis vidas
La séptima es la definitiva
La de la capilla sixtina
La de la capilla sixtina
La de la capilla sixtina
Un disco de ganas de otro sitio
La canción forma parte de Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk, el segundo disco de la trilogía Planeta Gayfolk. Todo ese disco está atravesado por las ganas de un sitio mejor, de un planeta donde las cosas funcionen de otra manera. Y esta canción encaja ahí de una forma muy concreta: si ese planeta existe, seguramente esté poblado por la gente de cada uno. Por las Patrys del mundo.
En la lista de singles va justo después de Ni un pimiento y justo antes de Fear Zero. Me gusta ese orden casi sin querer: primero el desprecio, luego el juramento de quedarse con los suyos, y después una canción sobre perder el miedo.
Para quién es esta canción
Para quien acaba de salir de algo que le dejó hecho trizas y está en la fase de jurar que nunca más. Para quien tiene una Patry, o un Javi, o una Mari, y sabe que sin esa persona no habría salido de la anterior. Para quien ha perdido a su familia de origen y ha construido otra con sus propias manos.
Y para quien sabe que le queda una vida y ha decidido que esta no se presta a cualquiera.
Cómo escucharla
La canción está en la página de singles y en todas las plataformas, y se puede descargar gratis desde la sección de descargas. Es corta, así que ponla dos veces seguidas, como hemos hecho aquí con la letra. Y mándasela a tu Patry.
Como letrista, compositor y productor musical, me gusta que el catálogo tenga canciones así de breves, que van directas al grano. La música y las interpretaciones se generan con inteligencia artificial, pero la gratitud hacia la gente que te sostiene es de lo más humano que existe.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata La de la Capilla Sixtina? De alguien que, después de que le usaran y le hicieran daño, jura que solo volverá a confiar en su gente y en su amiga Patry. Ha gastado seis vidas y la séptima, la definitiva, la llama «la de la capilla sixtina».
¿Quién es la Patry? Un personaje de la canción: la amiga de confianza, la que está siempre. No se refiere a ninguna persona concreta.
¿Por qué la letra aparece dos veces en este post? Porque es muy corta y se entiende mejor leída entera, primero antes del análisis y luego después, con todo lo comentado en la cabeza. La letra no se ha modificado.
¿Qué es la familia elegida? Es la red de amigos, exparejas y personas cercanas que funciona como una familia de verdad. Es una idea muy importante en la cultura LGTBI, sobre todo para quien fue rechazado por su familia de origen.
¿Quién hace esta canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical que se presenta como «el primer cantautor IA»: escribe las letras y dirige la producción, y la música y las interpretaciones vocales se generan con inteligencia artificial.