
Por Mike Sain't Louis ·
Un techo propio: vivienda, juventud LGTBI y las casas de mis letras
«Me abriste la puerta con llave prestada.»
Es uno de los versos de «Tu mendigo», una canción del segundo disco de la trilogía GAYFOLK, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». (La letra completa está en gayfolkplanet.com.) La canción habla de alguien que ofrece refugio y en realidad da otra cosa. Dos versos después llega la imagen que más pesa de toda la letra: aquello que parecía un refugio «era una celda alquilada».
Este texto no va de esa relación. Va de la imagen. De lo que significa una casa, de quién tiene la llave, de quién puede echarte, y de por qué para muchas personas LGTBI la vivienda es, además de un asunto económico, una cuestión de libertad. Hablo de la emancipación tardía en España, de jóvenes que tienen que salir de casa antes de tiempo porque su familia no les acepta, de pisos compartidos donde vuelve el armario, y de las casas que aparecen, una y otra vez, en mis canciones.
La llave como pregunta
Hay una pregunta que me parece más reveladora que cualquier estadística: ¿de quién es la llave de la puerta detrás de la que duermes?
Si la llave es tuya, puedes cerrar. Puedes invitar a quien quieras, besar a quien quieras, colgar en la pared lo que te dé la gana. Si la llave es de otro, todo eso está en el aire. Vives con permiso. Y vivir con permiso, cuando eres LGTBI, tiene un precio añadido: el permiso puede retirarse precisamente por ser quien eres.
En «Tu mendigo» la llave prestada es una forma de poder. Quien te la presta puede quitártela, y lo sabe, y tú también lo sabes. Por eso la canción insiste tanto en sentarse «donde no había sitio» y en recibir una patada «por no pedir permiso». Es el retrato de alguien que vive en un espacio que no le pertenece y que paga ese alojamiento con su libertad. Me interesa porque esa misma sensación la tiene mucha gente que nunca ha vivido una relación así, pero sí ha vivido en una casa donde no podía ser del todo ella misma.
Treinta años en la habitación de siempre
Empecemos por el dato general, el que afecta a toda una generación. Según Eurostat, en 2024 los jóvenes españoles se fueron de casa de sus padres, de media, a los 30 años. La media de la Unión Europea fue de 26,2. España está entre los países de Europa donde más tarde se emancipa la gente, y los motivos que se repiten son siempre los mismos: el precio del alquiler, los sueldos bajos, los contratos temporales.
Treinta años en la habitación de siempre. Para cualquiera eso tiene consecuencias. Para una persona LGTBI, tiene algunas más. Significa que, en muchos casos, la etapa de la vida en la que uno se conoce, se enamora por primera vez, tiene sus primeras parejas y empieza a construir su identidad pública, transcurre bajo el techo de los padres. Si esos padres te aceptan, perfecto. Si no, esos años se convierten en una larga espera con el armario cerrado por dentro.
No es lo mismo salir del armario con tu propia llave en el bolsillo que salir del armario sabiendo que dependes de la persona a la que se lo estás contando. Mucha gente retrasa ese momento no por miedo a la reacción en sí, sino por miedo a las consecuencias materiales: quedarse sin casa, sin comida, sin red.
Cuando te vas antes de tiempo
Y luego está el caso contrario, el más duro: el de quien no puede esperar. Jóvenes que salen del armario, o a los que sacan, y cuya familia reacciona echándoles de casa o haciéndoles la vida tan imposible que se van. Las organizaciones que trabajan con jóvenes sin hogar en distintos países llevan años señalando que entre ellos hay una proporción de chicos y chicas LGTBI muy superior a la que les correspondería. La expulsión familiar es una de las puertas de entrada al sinhogarismo.

En España se habla poco de esto, y creo que hay que hablar más. No siempre toma la forma de dormir en la calle. A veces es ir de sofá en sofá, de amigo en amigo. A veces es aceptar una habitación en condiciones terribles, o quedarse en casa de una pareja con la que no estarías si tuvieras alternativa. Ahí la «celda alquilada» de la canción deja de ser una metáfora.
Si eres menor de edad y estás en una situación así, la Fundación ANAR tiene un teléfono gratuito para niños y adolescentes, el 900 20 20 10, que atiende todo el día. Si eres mayor de edad y te has quedado sin un sitio seguro donde dormir, los servicios sociales de tu ayuntamiento son la primera puerta; en Madrid, además, el Samur Social atiende emergencias sociales. Y las asociaciones LGTBI de tu ciudad pueden orientarte y acompañarte. No tienes que resolverlo solo.
Volver al armario en el piso compartido
Hay una tercera situación que es la de muchísima gente en Madrid: el piso compartido. Cuando por fin te vas de casa, pero el sueldo no da para vivir solo, acabas compartiendo con desconocidos. Y entonces vuelve la cuenta del primer día: ¿se lo digo a mis compañeros de piso?, ¿puedo traer a alguien un sábado?, ¿qué pasa si al de la habitación de al lado no le gusta?
En la mayoría de los casos no pasa nada, y el piso compartido termina siendo una pequeña familia. Pero cuando pasa, es muy difícil escapar. No puedes irte sin más, porque has firmado un contrato, porque has pagado una fianza, porque no hay otra habitación a ese precio. Te quedas, y te encoges. El armario, que creías haber dejado en la casa de tus padres, se ha mudado contigo.
En «Antisocial» aparece un verso que retrata muy bien esa forma de defensa: el silencio como castillo, el cuerpo como armadura sin llave. Hay gente que vive así dentro de su propio piso. Se encierra en la habitación, evita las zonas comunes, cena a horas raras para no coincidir. No es timidez. Es protegerse en un espacio donde no se siente segura.
La vecina del rellano
Las casas de mis canciones no están solas. Tienen rellano, tienen patio de luces, tienen vecinas. En «La vecina cotilla» el narrador ya no sale de casa porque solo quiere ver a un chico, y la vecina lo vigila todo. Es una canción de humor, pero señala algo verdadero: en una casa no solo cuenta quién vive dentro, sino quién mira desde fuera.
Durante mucho tiempo, la vecina del rellano fue la policía moral de los barrios. Sabía quién entraba, a qué hora, con quién. Para una pareja de dos hombres o de dos mujeres, eso significaba que la intimidad tenía un límite que acababa en la mirilla. Hoy las cosas han cambiado mucho, sobre todo en las ciudades. Pero quien ha crecido en un pueblo o en un barrio pequeño sabe que la mirilla sigue existiendo, solo que ahora a veces tiene forma de grupo de WhatsApp.
Lo curioso es que el chiste de la canción funciona al revés de lo que uno espera. Aquí el que está encerrado en casa es el narrador, enganchado a la ventana, y la vigilancia se convierte en deseo. Esa inversión me parece muy reveladora: durante décadas, a la gente LGTBI la vigilaron desde el rellano, y ahora es ella quien mira, quien elige, quien decide a quién deja entrar. Una casa propia también es eso, el derecho a ser tú quien controla la mirilla.
Las casas imaginadas
Frente a las casas que encierran, en mis letras también hay casas soñadas. En «La dieta del cucurrucho» aparece una casa con vistas a la Supernova, que es una manera muy mía de decir que la felicidad tenía dirección postal en otro planeta. Toda la trilogía GAYFOLK, de hecho, se puede leer como la búsqueda de una casa. Un planeta donde vivir sin pedir permiso. El segundo disco se titula, literalmente, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk».

No es casualidad. Cuando no tienes un sitio seguro en la Tierra, imaginas uno fuera. Muchas personas LGTBI han crecido así: diseñando en la cabeza la casa que algún día tendrían, la ciudad a la que se mudarían, la gente con la que vivirían. Esa fantasía no es una huida inútil. Es un plano. Y a veces, con tiempo y con suerte, ese plano se construye.
Del pueblo a la capital
Una parte importante de la historia LGTBI española es una historia de mudanzas. Del pueblo a la capital, de la provincia a Madrid o a Barcelona, en busca de un sitio donde nadie te conociera de pequeño. He escrito sobre los tópicos del pueblo y la ciudad en «Mi novio de Albacete: el pueblo, la capital y por qué los tópicos me hacen gracia», y ahí me río bastante. Pero detrás del chiste hay algo serio: durante décadas, para muchos, ser libre exigía cambiar de código postal.
Hoy esa mudanza es cada vez más cara. Las ciudades que tradicionalmente han servido de refugio son justamente las que tienen los alquileres más altos. El chaval de un pueblo de Castilla que sueña con vivir en Madrid se encuentra con que una habitación en un piso compartido le cuesta buena parte del sueldo. El refugio sigue ahí, pero la puerta es más estrecha. Y eso tiene consecuencias: hay gente que se queda donde no está bien porque irse no está a su alcance.
Buscar piso con nombre y apellido
Hay un momento en la búsqueda de vivienda que mucha gente LGTBI conoce y del que casi nadie habla: la visita al piso con tu pareja. Dos hombres, o dos mujeres, delante de un propietario que pregunta «¿y quién va a vivir aquí?». La mayoría de las veces no pasa nada. Pero a veces hay una pausa, una mirada, una llamada que nunca llega. Y nunca sabrás si fue por el sueldo, por el perro o por vosotros.
Conviene saber que la ley tampoco permite eso. La Ley 15/2022, integral para la igualdad de trato y la no discriminación, incluye el acceso a la vivienda entre los ámbitos donde está prohibido discriminar, y entre los motivos protegidos están la orientación sexual, la identidad sexual y la expresión de género. Demostrarlo es otra historia, claro. Por eso, si alguna vez sientes que te han rechazado por quién eres, guarda los mensajes, apunta las fechas, anota lo que te dijeron. Las asociaciones LGTBI pueden ayudarte a valorar si merece la pena reclamar.
Para las personas trans, la búsqueda puede complicarse un paso más, sobre todo cuando la documentación todavía no coincide con el nombre que usan. Una nómina con un nombre, un DNI con otro, un propietario que no entiende. Desde la ley de 2023, cambiar la mención registral del sexo es un trámite mucho más sencillo que antes, pero hasta que se completa, cada gestión puede convertirse en una explicación que nadie debería tener que dar.
Vivir con la familia elegida
Hay una forma de vivienda muy queer que merece su propio apartado: la casa compartida con la familia elegida. Grupos de amigos que, cuando la familia de sangre falla o queda lejos, deciden vivir juntos, repartirse los gastos y cuidarse. No es una moda. Es una tradición antigua de la comunidad, nacida de la necesidad, y que en ciudades caras como Madrid vuelve a tener mucho sentido.

En esas casas las reglas son otras. Nadie tiene que esconder a nadie. El domingo se come juntos, la nevera se comparte, y cuando alguien tiene un mal día hay siempre una puerta que se abre. He escrito sobre la familia elegida en otras canciones y textos, y me parece una de las respuestas más bonitas que ha inventado la comunidad a la pregunta de dónde vivir. Si la llave no puede ser solo tuya, que al menos sea de gente que te quiere.
Esto también tiene su lado práctico. Compartir casa con amigos de confianza permite independizarse antes, ahorrar, y tener una red cerca si algo se tuerce. Para un chaval que acaba de llegar a la ciudad sin conocer a nadie, encontrar un piso así puede ser la diferencia entre una primera etapa de soledad y una primera etapa de comunidad. Las asociaciones LGTBI, los grupos de jóvenes y hasta los foros de búsqueda de piso con filtros de convivencia son buenos sitios por donde empezar.
Chueca, el barrio que fue casa
Es imposible hablar de casas y de Madrid sin mencionar Chueca. Durante años fue un barrio degradado que la comunidad LGTBI convirtió en casa colectiva: bares, librerías, asociaciones, pisos donde vivía gente que en otro sitio no habría podido. Ese barrio fue, para muchos, la primera dirección donde se sintieron en su sitio.
Hoy Chueca es otra cosa. Muchos de los que la levantaron ya no pueden pagar vivir allí, y el barrio se ha llenado de pisos turísticos y de alquileres que pocos pueden permitirse. Esto no es una queja nostálgica; las ciudades cambian y está bien que cambien. Pero me parece justo recordar que los barrios que acogieron a la comunidad lo hicieron cuando nadie más los quería, y que ahora que todo el mundo los quiere, la comunidad corre el riesgo de quedarse fuera. Escribo más sobre la ciudad real, la que no sale en las postales, en «Madrid sin postal».
Envejecer sin casa propia
La vivienda tampoco es un problema exclusivo de los jóvenes. Hay toda una generación de personas LGTBI mayores que vivió la época de la Ley de Peligrosidad, que no pudo casarse hasta 2005, que muchas veces no tuvo hijos ni red familiar, y que llega a la vejez viviendo de alquiler o sola. Cuando una pareja de toda la vida no estaba casada porque no se podía, la muerte de uno podía dejar al otro sin derecho a la casa común.
Las residencias tampoco son siempre un lugar seguro. Hay mayores LGTBI que, al entrar en una, vuelven a esconder quiénes son por miedo a cómo les tratarán. Después de toda una vida peleando por salir del armario, terminar volviendo a él en la última casa que tendrán es una de las cosas más tristes que se me ocurren. En «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» escribí sobre el miedo a desaparecer sin que nadie lo cuente. Ese miedo tiene mucho que ver con no tener un sitio propio.
Lo que una casa permite
Quiero pararme un momento en lo positivo, porque sería injusto contar solo lo que falta. Una casa propia, o al menos segura, permite cosas que parecen pequeñas y son enormes. Poner música alta y bailar en el salón. Presentar a tu novio a tus amigos en tu propia mesa. Llorar sin que nadie pregunte. Dejar el maquillaje a la vista. Tener un perro, o dos, que sean tu familia.

En «Canciones para fregar los platos» hablé del pop doméstico, de las canciones que acompañan la vida pequeña. Esa vida pequeña solo existe si hay un sitio donde vivirla. La libertad, muchas veces, no se juega en una manifestación sino en una cocina, un martes por la noche, con la puerta cerrada y la llave en tu bolsillo.
Hay también una libertad más silenciosa, la de no tener que dar explicaciones. Llegar a las cuatro de la mañana sin que nadie te espere despierto con cara de juicio. Pasar un domingo entero en pijama. Decidir que esa noche no quieres ver a nadie. Quien ha vivido años en una casa donde cada gesto se comentaba sabe lo que vale una puerta que nadie más abre. Muchas personas LGTBI recuerdan su primera casa propia, aunque fuera un estudio diminuto con humedades, como el primer sitio donde respiraron del todo.
Lo que pueden hacer los de fuera
Este texto lo pueden leer también padres, madres, propietarios y vecinos, y a ellos les dejo una idea sencilla. Si tienes un hijo o una hija LGTBI, la casa que le das es probablemente lo más importante que vas a hacer por él. No hace falta que lo entiendas todo de golpe. Basta con que la puerta siga abierta mientras lo entiendes.
Si alquilas un piso, mira el sueldo, mira el contrato, y no mires nada más. Si eres vecino, saluda en el rellano como saludarías a cualquiera. Parecen cosas mínimas, y lo son. Pero de cosas mínimas como esas está hecha la diferencia entre una casa que es refugio y una casa que es celda.
Pedir ayuda no es mendigar
Vuelvo al título de la canción. «Tu mendigo» habla de alguien que se niega a seguir siendo tratado como quien pide limosna. Y creo que ese gesto es importante para cualquiera que esté atravesando un problema de vivienda. Pedir ayuda no te convierte en mendigo. Recurrir a los servicios sociales, a una asociación, a un amigo, no es fracasar. Es usar los recursos que existen precisamente para eso.
Si estás en una casa donde no puedes ser quien eres, empieza por buscar a una persona de confianza fuera de ella. Si eres joven y tu familia no te acepta, habla con una asociación LGTBI de tu zona, con orientación de tu instituto o, si eres menor, con la Fundación ANAR. Si te has quedado sin un sitio seguro, acude a los servicios sociales. Y si sientes que todo se te viene encima y en algún momento piensas en hacerte daño, llama al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible las 24 horas, o al 112 si hay peligro inmediato. Si estás fuera de España, llama al número de emergencias de tu país.
Y si todavía no se lo has contado a nadie porque dependes de quien tendría que escucharlo, no tienes que hacerlo ahora. Puedes esperar a tener tu propia llave. Te dejé unas palabras en «Carta a quien todavía no se lo ha dicho a nadie».
Una llave que sea tuya
La canción termina, como tantas de las mías, con una negativa: no soy tu saco de boxeo, no soy tu mendigo. Me gusta pensar que esa negativa tiene también una lectura sobre la vivienda. Nadie debería tener que pagar un techo con su libertad. Nadie debería tener que elegir entre ser quien es y tener dónde dormir.
Ojalá un día todas las llaves que usamos sean nuestras. Mientras tanto, seguiré escribiendo casas en mis canciones: las que encierran, para nombrarlas, y las soñadas, para que alguien que está mirando el techo de una habitación que no es suya sepa que hay más planos posibles.
Preguntas frecuentes
¿A qué edad se emancipan los jóvenes en España? Según Eurostat, en 2024 los jóvenes españoles dejaron la casa de sus padres, de media, a los 30 años, frente a los 26,2 de la media de la Unión Europea.
¿Dónde puede pedir ayuda un joven LGTBI al que echan de casa? Si es menor de edad, en el teléfono de la Fundación ANAR, 900 20 20 10, gratuito. Si es mayor de edad, en los servicios sociales de su ayuntamiento (en Madrid también el Samur Social) y en las asociaciones LGTBI de su ciudad. En caso de peligro, en el 112.
¿De qué habla «Tu mendigo»? De alguien que ofrece un refugio que en realidad es una celda y de la persona que decide dejar de ser tratada como un mendigo. Es una canción del segundo disco de la trilogía GAYFOLK, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk».
¿Hay alguna línea de ayuda si la situación me desborda? En España, el 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible las 24 horas. En caso de peligro inmediato, el 112. Fuera de España, el número de emergencias local.
¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.