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Ni un chupito voy a dedicarte: la ruptura sobria contra siglos de borracheras por amor

Dos vasos en la mesa. Los dos llenos de refresco. Es tarde, más tarde de lo que parece, y nadie ha pedido la segunda ronda. Así empieza una de las canciones más bestias que he escrito, y empieza sobria.

«Y todavía no nos hemos emborrachado / Y por las horas ya parece / Que tampoco lo vamos a hacer»

Esa es la primera escena de «Bareback». Antes del vocabulario de bar, antes de la boca de Carrie y del curandero de Adeje, antes del karma del final, hay una noche en la que no se bebe. Y para mí, que la canción empiece así es casi un manifiesto, porque va en contra de una de las tradiciones más largas de la música en español: la de emborracharse por un ex.

La ficha de «Bareback» ya cuenta la canción entera, con sus consejos de ex amigo y su diccionario urgente. Aquí me quedo con los primeros versos. Con esa sobriedad. Con ese chupito que no se sirve.

Una tradición con resaca

Si pones en fila las canciones de desamor en español, te sale una barra de bar de cuatro kilómetros.

Están las rancheras de José Alfredo Jiménez, con sus cantinas y su último trago, que Chavela Vargas convirtió en una ceremonia de tequila y lágrimas. Están los boleros de madrugada, con el humo y el vaso de whisky que se calienta en la mano. Están las coplas de las tabernas, con el anís y la manzanilla. Está la rumba de bar de carretera, con el cubata en la barra. Y está el pop de los noventa y de los dos mil, con sus chupitos de tequila en la discoteca y su «me voy a olvidar de ti esta noche» que siempre acaba en llanto en el baño.

El mensaje de fondo es casi siempre el mismo: si te han roto el corazón, se bebe. Se ahogan las penas. Se brinda por el que se fue. Y al día siguiente, resaca y otra canción.

Es una tradición hermosa, no lo niego. Algunas de esas canciones me ponen los pelos de punta. Pero también tiene algo de trampa. Porque la borrachera por amor es una forma de seguir dedicándole la noche al otro. Bebes por él. Lloras por él. Gastas por él. Aunque se haya ido, sigue pagando tú la ronda.

Ni un chupito

Y aquí está el verso que, para mí, sostiene toda la canción. Lo copio con su pregunta retórica, que es lo mejor:

«Ni un chupito voy a dedicarte, Para qué / ¿Para llorar por un mequetrefe?»

«Dedicarte» es la palabra. No dice «no voy a beber». Dice «no te voy a dedicar» un chupito. Como quien dedica una canción en la radio, o un brindis en una boda, o un gol a la grada. Beber por alguien es dedicarle algo, y la canción se niega a dedicarle nada. Ni siquiera lo más pequeño. Ni siquiera un chupito, que es la unidad mínima de dedicatoria etílica que existe.

Y luego la pregunta. ¿Para qué? ¿Para llorar por un mequetrefe? La palabra «mequetrefe» es un tesoro de mercadillo de las abuelas. Es un insulto antiguo, casi tierno, de los que ya no se oyen. Un mequetrefe es alguien insignificante, un don nadie con ínfulas. Y la canción lo pone al lado del chupito para que se vea la desproporción: ¿voy a gastar alcohol, que cuesta dinero, en alguien que no vale ni eso?

Es la ruptura sobria. La que no le da al otro ni el gusto de una resaca.

Y fíjate en el «para qué», escrito así, a continuación del chupito, sin signos de interrogación delante, como se dice en la calle. No es una pregunta filosófica. Es la pregunta que te hace tu amiga cuando ve que vas a desbloquear al ex a las tres de la mañana: «¿Para qué, tía? ¿Para qué?». Una pregunta que ya trae la respuesta dentro, como los huevos Kinder traen la sorpresa.

Las horas como argumento

Hay un detalle de los primeros versos que me gusta mucho y que mucha gente se salta: «y por las horas ya parece que tampoco lo vamos a hacer». Las horas. No es una decisión heroica. No es un «he decidido no beber por ti». Es una constatación casi aburrida: se ha hecho tarde y no ha apetecido.

Fotogramas del videoclip oficial de «Bareback», de Mike Sain't Louis

Eso es lo más humillante que le puede pasar a un ex. Que no le dediques una borrachera no por fuerza de voluntad, sino porque se te ha pasado la hora sin darte cuenta. Como cuando se te olvida llamar a alguien en su cumpleaños y no es por rencor, es que se te fue. El olvido como castigo involuntario.

Y luego, dos versos después, la canción remata con una pregunta al aire y un apodo: moreno regordete. Que tampoco me apetece, le dice. Así, con la falta de ganas por delante. Es la frase de quien rechaza un plan del sábado porque ya está en pijama.

En la tradición de la cantina, el despechado bebe hasta caerse. Aquí el despechado ni siquiera llega a pedir la segunda.

Moreno regordete

Antes de seguir, una parada en el apodo. «¿Sabes qué, moreno regordete?», le pregunta la canción. Y ese apodo me parece un pequeño tratado sobre cómo se insulta en mis letras.

No es un insulto gordo. No es «cabrón», ni «hijo de», ni nada de lo que diría un borracho en la puerta de un after. Es una descripción. Moreno, regordete. Dos adjetivos que podrían salir en un anuncio de contactos de los de antes en el periódico. Lo que lo convierte en dardo es el tono, ese «¿sabes qué?» de quien está a punto de soltarte algo que no te va a gustar.

En mis canciones el insulto concreto siempre gana al insulto genérico. Es una de las reglas que más respeto. Llamar «tóxico» a alguien no hace gracia ni duele: es una palabra de folleto. Llamarle «moreno regordete», en cambio, te lo pone delante, con su cara y su barriga. Y una vez que lo ves, ya no lo puedes dejar de ver.

Con alcohol, el apodo habría salido más gordo y más tonto. Sobrio, sale exacto.

La resaca que no llega

Hay otra cosa que la ruptura sobria le quita al otro, y es la resaca.

La resaca del despechado es un género en sí mismo. La mañana siguiente, con la cabeza como un bombo, el móvil con tres mensajes enviados a las cuatro que nunca debieron enviarse, la mancha de kebab en la camiseta y la sensación de haber hecho el ridículo delante de medio Malasaña. Todo eso es, en el fondo, otra forma de seguir pensando en el ex. Te levantas y lo primero que haces es repasar qué le escribiste.

En «Bareback» esa mañana no existe. No hay mensajes a deshoras, ni ridículo, ni dolor de cabeza. Hay una noche que acaba temprano, sin drama, y un día siguiente limpio. El ex no aparece ni en la resaca.

Me hace gracia pensar que, para el ex, eso es lo más ofensivo de toda la canción. Más que lo de los dientes. Más que lo de la boca de Carrie. Que ni siquiera le hayas dedicado un dolor de cabeza.

Cinco cosas en vez de un chupito

Si no le vas a dedicar un chupito, ¿qué le dedicas? La canción no lo dice, pero yo, que soy de listas, te propongo cinco alternativas, a cuál más útil:

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Ni un chupito voy a dedicarte, Para qué ¿Para llorar por un mequetrefe?» de «Bareback»
  • Un audio de dos segundos con el ruido de la lavadora centrifugando.
  • El último yogur de la nevera, caducado, dejado en su felpudo con una nota que diga «para ti».
  • Una reseña de una estrella en Google Maps a la cafetería donde os conocisteis, aunque el café estuviera bueno.
  • Un minuto de silencio, pero en el gimnasio, mientras haces sentadillas.
  • Una canción entera, con su base, su producción y su estribillo, publicada en todas las plataformas.

La última es la que elegí yo. Es más cara que un chupito y dura más. Y además no da resaca.

Mi pequeña geografía del alcohol

Esto no quiere decir que mis canciones sean abstemias. Al revés. Si haces inventario, hay alcohol por todas partes, y cada copa tiene su función. Te hago un mapa rápido, que es más útil que una teoría:

  • En «El anillo de casado» hay cinco jarras en los 100 Montaditos y un «contentillo» con el puntillo que es el alcohol de la complicidad, del ligue con un casado escondido.
  • En «Garrafón de China» está el alcohol del castigo, el que te vende el cachas de la barra y te deja una resaca con un desconocido en la cocina.
  • En «La noche no es para mí» está el alcohol de la soledad, el que corre por la sangre a las dos de la mañana sin arreglar nada.
  • En «Croquetas en el crucero» está el alcohol de la estafa: pides champán y te dan calimocho.
  • Y en «Bareback» está el alcohol que no se bebe. El chupito que se queda en la botella.

Lo bonito es que juntos forman una pequeña historia de la noche gay de barrio. Las jarras del principio, cuando todo es juego. El garrafón del medio, cuando la noche se tuerce. La sangre efervescente de las dos, cuando ya no hay nadie. Y la sobriedad del final, cuando por fin te da igual.

No lo planeé como una saga. Lo veo ahora, con las letras ordenadas en la página de letras, y me da un poco de risa haber escrito sin querer un manual de hostelería sentimental.

La copla también bebía

La copla, que me ha dado tanto, tiene sus propias tabernas. Hay mujeres que esperan en una barra del puerto a un marinero que no vuelve, hombres que beben en una venta por una que se fue con otro, brindis amargos en tablaos con olor a vino. La pena y el vaso van juntos en el repertorio de toda la vida, como el mantón y la peineta.

En el blog hay un texto sobre la copla dentro del pop queer, y ahí defiendo que ese drama de siempre nos sienta de maravilla a los maricas. Lo sigo pensando. Pero «Bareback» es una forma de discutir con esa copla desde dentro. De decirle: me quedo con tu drama, con tu mala leche, con tu desplante, pero el vaso me lo ahorro.

Porque si algo tiene la copla, además del alcohol, es el desplante. La mujer que se planta delante del que la ha engañado y le dice cuatro verdades con la barbilla alta. Eso sí lo hereda «Bareback». El desplante sin la borrachera. La barbilla alta sin el anís.

Sobrio y con mala leche

Hay una idea muy extendida de que, para soltar las verdades, hace falta estar un poco bebido. «In vino veritas», que decían los romanos y que repite tu cuñado en las cenas de Navidad cuando se le va la lengua. El alcohol como suero de la verdad.

Collage con un detalle de la carátula de «Bareback» y las carátulas de «El anillo de casado», «Garrafón de China», «La Noche No Es para Mí», «Karma»

Pues «Bareback» va de lo contrario. Las verdades que suelta la canción, y suelta unas cuantas, se dicen sin una gota. Los consejos de ex amigo sobre los dientes, las caries, el aliento, los tatuajes y los selfies, el chiste de que se acostaban una vez al año y solo si era bisiesto, el diccionario urgente del estribillo. Todo eso, sobrio.

Y para mí eso le da más mala leche, no menos. Porque una verdad dicha borracho se puede perdonar al día siguiente: «uy, perdona, es que iba muy pedo». Una verdad dicha sobrio no tiene excusa. Se queda. Es como un tatuaje que no te hiciste en Benidorm a las cuatro de la mañana, sino un martes a las once en un estudio con cita previa.

Mi niño, es que ni para chapero

Hay un verso, poco después del chupito, que es de una crueldad tan exacta que me da la risa cada vez que lo leo:

«Mi niño, es que ni para chapero»

Lo pongo aquí porque es la otra cara de la sobriedad. Un borracho dice burradas gordas, de brocha gorda, de las que se olvidan. Un sobrio dice burradas finas, de bisturí. «Mi niño» es cariñoso, casi maternal, de señora de mercado de Vallecas que te da la vuelta de las naranjas. Y justo detrás llega el navajazo.

Es la técnica que más uso en mis letras: primero la caricia, luego el arañazo. Y funciona mejor sin alcohol, porque el alcohol hace que todo suene igual de alto. Sobrio puedes bajar la voz para el «mi niño» y subirla para lo demás. Sobrio controlas el volumen.

Una aclaración que siempre viene bien: yo escribo las letras, sin IA. La música y las voces están hechas con herramientas de IA como Suno. Soy letrista, compositor y productor, y no pongo la garganta. Así que ese «mi niño» lo escribí en una página, con su tono de señora, y luego la producción le dio cuerpo.

Lo que pasa en la mesa

Una cosa de oficio, para quien escribe. La escena de los dos vasos sin alcohol no se describe en la canción: se deduce. La letra no dice «estamos en un bar con dos refrescos». Dice «todavía no nos hemos emborrachado». Y con eso tú ya montas la mesa, las sillas, la hora y el camarero que pasa por tercera vez a ver si queréis algo más.

Me gusta mucho escribir así, con el decorado implícito. Una canción no tiene presupuesto para escenografía. Tiene una frase. Y si la frase está bien elegida, el que escucha pone el resto, y lo pone con sus propios muebles. Uno se imagina un bar de Lavapiés, otro una terraza en Maspalomas, otro el salón de casa con dos latas en la mesita. Todos tienen razón.

Lo que no se puede hacer es dar demasiados detalles y quitarle al oyente su sitio en la escena. Por eso la canción no dice qué bebían, ni dónde estaban, ni quién era el otro de la mesa. Dice lo único que importa: que no se emborracharon, y que no les apetecía.

Lo demás es tuyo.

El karma como último trago

La canción termina lejos del bar. Aparece la Virgen de la Candelaria, un curandero de Adeje que avisa de la doble careta, y una palabra que se repite hasta convertirse en maldición gitana. El final lo dice así: que todo llega, y se llama karma. Si has leído lo que escribí sobre «Karma», ya sabes que esa palabra me persigue.

Ficha de la canción «Bareback» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Y aquí me parece que cierra el círculo de la sobriedad. En la ranchera, el último trago es el final de la noche: bebes, lloras, te vas. En «Bareback», el último trago es el karma. No lo bebes tú. Se lo va a beber el otro, a su debido tiempo. Tú te vas a casa sobrio, te desmaquillas, te tomas un Cola Cao y duermes.

Ese es el brindis que hace la canción. Uno que no necesita copa.

Por qué la noche no tiene que doler

Hablo mucho de la noche en mis canciones, y casi siempre con cariño. Lo digo en otro texto del blog, el de qué pide una pista de baile en el Orgullo: la noche es nuestra, la pista es nuestra, la fiesta es un derecho. Pero hay noches en las que la fiesta se convierte en un sitio para seguir dándole vueltas al ex, y esas noches son una trampa.

«Bareback» propone otra cosa. Una noche en la que estás con alguien, no bebes, se hace tarde, y te das cuenta de que no te apetece ni dedicar un chupito al que te hizo daño. No es una noche triste. Es una noche libre. La primera, quizá, en mucho tiempo.

Y eso, sin sermones ni lemas, es una idea que me gusta dejar en una canción tan bruta como esta. Que en mitad de la burrada haya un hueco para decir que no hace falta emborracharse por nadie.

Esto no es un anuncio de la DGT

Antes de que alguien piense que me he vuelto predicador, una aclaración: «Bareback» no es una canción contra el alcohol. No es un anuncio de la DGT, ni una charla del instituto con un señor de bata enseñando un hígado de plástico. Mis canciones beben, salen, se pasan, se equivocan y se ríen de sí mismas a la mañana siguiente. Eso no lo pienso cambiar.

Lo que dice la canción es mucho más pequeño y, creo, más útil: que no hace falta beber por alguien. Que puedes beber por ti, por tus amigas, por un cumpleaños o porque es viernes y te sale de dentro. Pero que dedicarle el vaso al que te hizo daño es seguir pagándole la ronda.

Y lo dice sin moralina, que es lo que más me importa. No hay un verso que diga «el alcohol es malo». Hay una noche en la que se hace tarde y no apetece. Punto. La lección, si la hay, la saca cada uno, y la mía ya la he dejado escrita más arriba, en la parte del chupito.

Si quieres un sermón, en mi catálogo no lo vas a encontrar. Si quieres un desplante sobrio, aquí lo tienes, con su moreno regordete y su mequetrefe.

El vaso lleno

Vuelvo a la imagen del principio. Dos vasos en la mesa, llenos de refresco. Es tarde. Nadie ha pedido la segunda.

Si fuera una ranchera, uno de los dos vasos sería de tequila, y estaría vacío, y el que lo bebió estaría llorando sobre la barra mientras el mariachi toca. Si fuera un bolero, habría humo y un saxofón. Si fuera una copla, habría un abanico y una mirada al puerto.

Pero es «Bareback», y en la mesa solo hay refresco, una conversación con mala leche y un mequetrefe que no se merece ni el hielo. La canción está en el primer disco de la trilogía, *Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK*, y en la lista de singles de esta web.

Ponla una noche en la que no te apetezca beber por nadie. Y si alguien te pregunta qué tomas, contesta como la canción. ¿Para qué?

Preguntas frecuentes

¿Cómo empieza «Bareback»? Con una noche en la que no se bebe: «Y todavía no nos hemos emborrachado», y poco después el verso «Ni un chupito voy a dedicarte». La canción rechaza la tradición de emborracharse por un ex antes de pasar a su humor más bestia.

¿Quién escribió «Bareback»? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya, escrita sin inteligencia artificial; la música y las voces se hacen con herramientas de IA como Suno.

¿Qué otras canciones de Mike Sain't Louis hablan de alcohol? «El anillo de casado» (cinco jarras en los 100 Montaditos), «Garrafón de China», «La noche no es para mí» y «Croquetas en el crucero», cada una con un tipo de copa distinto.

¿Dónde está la letra completa? En gayfolkplanet.com/letras/bareback. La ficha está en mikesaintlouis.com/blog/bareback.

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