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Un ramo blanco que arde: el videoclip de «Hoy es el último adiós» escena a escena

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La letra de «Hoy es el último adiós» cabe en un pósit:

yo solo he venido a decirte que hoy es el último adiós

No hay más. La frase se repite, se parte en dos palabras sueltas, «Yo», «Solo», vuelve a juntarse y al final se queda en un «Adiós, adiós» que se apaga. Ya conté en «Yo, solo, he venido» por qué esa despedida entre dos personas vivas me salió con palabras de entierro.

Pero una canción con tan pocas palabras deja mucho sitio vacío. Y ese sitio lo llena el videoclip. Son poco más de tres minutos en los que no se dice nada nuevo y, sin embargo, pasan muchísimas cosas: una cabina de teléfono bajo la lluvia, un hombre con un ramo de flores blancas, una maleta a medio hacer, una cocina con la luz de la ventana, un espejo de camerino, un confesionario, una tumba, un acantilado con rayos y, al final, ese mismo ramo ardiendo.

He vuelto a verlo despacio, parándolo cada pocos segundos, como quien repasa las fotos de un álbum para entender en qué momento se torció todo. Esto es lo que veo, plano a plano. Lo que cuento de cada imagen está en el vídeo. Lo que leo en ella es mío, y cada quien puede leer otra cosa.

El cartel: amarillo sobre verde

El videoclip arranca con el título en letras grandes y amarillas, «HOY ES EL ÚLTIMO ADIÓS», y debajo mi nombre en rosa, en letra de rótulo. Detrás hay un hombre bañado en una luz verdosa, con la cara cansada, mojada, mirando a cámara de reojo.

Me gusta que el cartel sea tan chillón y la cara tan triste. Es muy de Planeta Gayfolk: el envoltorio de colores de feria y, dentro, una pena seria. Lo he hecho muchas veces en el catálogo, y aquí está resumido en el primer segundo. El título promete algo casi de cartel de cine de sesión doble; la cara dice que nadie va a salir de esta historia sin mojarse.

La cabina de teléfono

El primer plano de verdad es una cabina roja, de las antiguas, con los cristales empañados y llenos de gotas. Dentro, un hombre con gabardina clara y corbata habla por un teléfono de los de cable. Detrás, la calle de noche, con luces desenfocadas y alguien que pasa.

Una cabina en una canción de despedida es casi un chiste privado. Nadie usa ya las cabinas. Si alguien se mete en una, es porque no quiere que esa llamada quede en el historial del móvil, o porque se le ha acabado la batería, o porque es una persona de otra época. Yo la leo como el último intento de decirlo de lejos. Llamar antes de ir. Ensayar la frase con el auricular pegado a la oreja, a ver si así cuesta menos.

La cabina vuelve más adelante, en otro plano muy parecido, con el mismo hombre al teléfono. Como si la llamada no se terminara nunca, o como si la hubiera hecho dos veces.

El hombre del ramo

Justo después, el mismo hombre de la gabardina camina por una calle mojada, con farolas y escaparates encendidos, sujetando un ramo de flores blancas contra el pecho. Lleva la cabeza un poco gacha. No corre. Va.

Las flores blancas son un código que todo el mundo entiende sin explicación. Pueden ser de boda o pueden ser de funeral. En una canción que se llama «Hoy es el último adiós», ese doble sentido es todo el argumento: el ramo podría ser para pedir perdón y podría ser para dejarlo sobre una lápida. El videoclip no lo aclara todavía. Lo deja colgando hasta el final.

Dos frentes que casi se tocan

Luego aparece la pareja. Dos hombres, uno con la gabardina y otro con una cazadora de cuero negra, tan cerca que las frentes casi se rozan, con la luz cálida de un bar detrás. Es el plano más tierno del principio y, a la vez, el más incómodo: no se besan. Se quedan ahí, a un centímetro, como quien sabe que si se acerca un poco más ya no podrá decir lo que ha venido a decir.

Fotogramas del videoclip oficial de «Hoy es el último adiós», de Mike Sain't Louis

Ese centímetro me parece la canción entera. «Yo solo he venido a decirte» es una frase que se dice cerca, en un susurro, sin público. No es un grito desde la otra punta de la habitación. Por eso me gusta que el videoclip la ponga en un espacio tan pequeño.

El vaso de whisky

En otro plano, el de la cazadora está solo en una barra, con estanterías llenas de botellas detrás y un vaso corto en la mano, de perfil. Bebe o está a punto de beber. No mira a nadie.

En mis letras el alcohol sale a menudo como consuelo barato o como excusa, y ya escribí sobre la ruptura sobria, la de no dedicarle ni un chupito a nadie. Aquí el vaso no tiene nada de fiesta. Es el vaso del que espera, del que sabe que va a llegar el otro con una frase preparada.

La maleta

Hay un plano que para mí es la clave de todo el vídeo y que pasa muy rápido. Una habitación de hotel o de pensión, con una lámpara de pie encendida, una mesilla, un cuadro en la pared y una cama. Un hombre está inclinado sobre una maleta abierta encima de la cama, metiendo o sacando ropa.

En una despedida, la maleta es el objeto que convierte las palabras en hechos. Puedes decir «se acabó» cien veces, pero hasta que no haces la maleta no se ha acabado. La canción dice «he venido», y venir implica que luego te vas. Esa maleta es la segunda mitad de la frase, la que la letra no dice.

El paseo marítimo

En medio de tanto interior oscuro, hay un respiro: un hombre de espaldas, solo, en un paseo junto al mar, al atardecer, con una farola encendida y una barandilla que se pierde hacia el fondo. El cielo está entre azul y naranja.

Es el único momento en que se ve horizonte. Y lo interesante es que no hay nadie con él. Lo leo como el después: lo que te queda cuando ya has dicho la frase. Mucho espacio, mucho cielo, una farola y nadie a quien explicarle nada. Da un poco de vértigo, pero también se respira.

El susurro y el abrazo por la espalda

Vuelven los planos de pareja, cada vez más intensos. Uno le susurra al otro al oído, con la mano en su cara. En otro, uno abraza al otro por la espalda, rodeándole el cuello y el pecho, mientras el de delante cierra los ojos. En otro, las frentes ya sí se apoyan una en otra.

Lo que más me llama la atención es que en estos planos nadie está del todo tranquilo. El abrazo por la espalda es cariñoso, pero también retiene. La mano en la cara consuela, pero también sujeta. Quien haya vivido una relación de las que cuesta dejar lo reconoce enseguida: el último abrazo pesa más que todos los anteriores, porque los dos saben que es el último y uno de los dos intenta que no lo sea.

Las butacas vacías

Hay un plano en el que un hombre está sentado en una fila de butacas, en una sala a oscuras que parece un cine o un teatro, con la cabeza apoyada en la mano. Detrás, más arriba, otra figura sentada mira hacia él.

Me hizo gracia encontrarlo, porque en el post del velatorio me imaginaba contando sillas en mi propia despedida. Aquí las sillas son butacas y la sala está casi vacía. Es una imagen muy de final de función: las luces bajadas, el público ya se ha ido, y quedan dos personas que no se atreven a levantarse.

La cocina con la ventana

El fotograma que elegí para la portada es este: una cocina vieja, con una ventana grande por la que entra una luz fría de lluvia. Un hombre está sentado a la mesa, con la cazadora puesta, la cabeza inclinada y un vaso delante. El otro está de pie al fondo, junto a la puerta, mirándolo.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «yo solo he venido a decirte que hoy» de «Hoy es el último adiós»

Es el plano más cotidiano de todo el videoclip y quizá por eso me duele más. Las despedidas de verdad no suelen pasar en acantilados. Pasan en cocinas, con la nevera haciendo ruido y una taza sin fregar. Uno sentado, el otro de pie: la postura ya lo dice todo. El que está de pie es el que ha venido. El que está sentado es el que se queda.

El balcón sobre la ciudad

Más adelante, los dos aparecen de noche en un balcón o una terraza, con una ciudad entera de luces al fondo. Se miran de frente, serios, con una barandilla entre ellos y el vacío.

Este plano se repite un par de veces. Tiene algo de escena de película antigua, de pareja que se dice las cosas importantes al aire libre para que el ruido de la ciudad se las lleve. A mí me recuerda que, en las rupturas, el mundo sigue encendido. Tú te estás despidiendo y ahí abajo hay miles de ventanas con gente cenando.

El espejo de camerino

De repente, un plano luminoso: los dos delante de un espejo de camerino, de esos con bombillas alrededor, sonriendo. En primer término, desenfocada, se ve la nuca de alguien que los mira.

Es la única sonrisa del videoclip, y está dentro de un espejo. Me parece un detalle precioso y cruel a la vez. Lo bueno de la relación aparece como un recuerdo, como algo que solo existe ya en un reflejo. Y está en un camerino, el sitio donde uno se prepara para salir a escena, como si los dos hubieran estado actuando un papel feliz para los demás.

Esto conecta con algo que he escrito muchas veces en mis letras: las relaciones que se ven perfectas desde fuera. Durante veinte años yo viví dos relaciones con personas narcisistas, y la parte de la sonrisa en el espejo la conozco muy bien. Desde fuera todo brillaba. Cuando por fin se les cayó la máscara, consiguieron poner a parte de mi gente en mi contra. Mis canciones fueron el lugar donde pude contar mi versión, y por eso este plano me toca tanto: la foto bonita era real, pero no era toda la verdad.

El confesionario

Hay un plano breve y extraño: un hombre de perfil junto a una celosía de madera calada, como la rejilla de un confesionario, en penumbra. Al otro lado de la rejilla se intuye otra cara.

En el planeta gayfolk la Iglesia sale más de una vez, casi siempre con ironía. Aquí no hay chiste. El confesionario es el sitio donde se susurra lo que no se puede decir en otro lado, con una rejilla de por medio para no verse la cara. Es otra forma de la frase de la canción: decir lo definitivo sin mirarse. Y es también una imagen muy queer, la de tantos hombres que crecieron confesando como pecado lo que solo era amor.

La mano en el cuello

En un par de planos, la tensión sube. Uno agarra al otro por el cuello de la chaqueta o le pone la mano en la nuca, muy cerca, con la mandíbula apretada. No hay golpes. Pero hay una fuerza que antes no estaba.

No quiero leer en esto más de lo que hay. Lo cuento porque es el punto de giro: hasta aquí la despedida era triste, y desde aquí se vuelve tormenta, literalmente.

La calle inundada

El videoclip sale a la calle y la calle está inundada. Los dos están de pie, frente a frente, en medio de una calle con el agua por los tobillos, farolas a los lados y la lluvia cayendo. Nadie se mueve.

Es el plano más cinematográfico del vídeo y el más simbólico. Ya no es que llueva. Es que todo está anegado. Así se siente el final de algo largo: no hay un sitio seco donde ponerse.

De rodillas en el barro

Lo que viene después es lo más duro. Uno de los dos cae de rodillas en el suelo mojado, apoyado en las manos, mientras el otro se queda de pie detrás o se agacha a su lado. En uno de los planos, uno agarra al otro de la cazadora, con la cara desencajada, gritando o llorando.

Collage con un detalle de la carátula de «Hoy es el último adiós» y las carátulas de «La despedida», «Nadie hablará de mí cuando haya muerto»

Y entonces aparece el lugar que la letra nunca nombra: un cementerio. Uno de los hombres está arrodillado junto a una lápida, con las manos sobre la piedra, y al fondo se ve una cruz. Detrás, de pie, el otro lo mira.

Aquí el videoclip toma la expresión «el último adiós» al pie de la letra. Es lo que se dice en los entierros. Y no sé si lo que se entierra es una persona, una relación o una versión de uno mismo. Prefiero no cerrarlo. Lo que sí sé es que yo, cuando escribí esta canción, pensaba en el adiós a alguien vivo, y el vídeo me devuelve la pregunta: ¿cuántas relaciones terminan con un duelo igual de grande que una muerte? Sobre ese duelo que no tiene ceremonia escribí en «Before the bells», y sobre cómo guardarlo a mi manera en el traje de luces rosa.

El acantilado y la mano

La tormenta llega al máximo en un acantilado. Olas enormes rompen contra las rocas, el cielo está negro y cae un rayo. Uno de los hombres está tirado sobre las piedras, casi al borde. El otro está encima, inclinado, y le tiende la mano. En otro plano, uno está de rodillas al borde y el otro, detrás, le pone la mano en el hombro.

Este es, para mí, el plano más importante del videoclip, y quiero contarlo con cuidado. Hubo un tiempo en mi vida, después de todo aquello, en el que estuve muy cerca del borde. Lo digo así, sin más detalles, porque lo que importa es lo que vino después: pedí ayuda, hoy estoy en tratamiento psiquiátrico y psicológico, y tengo nombre para lo que me pasaba, que es estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad. Cuando veo esa mano tendida en mitad de la tormenta, veo exactamente eso: alguien que no te deja solo en el peor momento.

El videoclip no explica si la mano es del mismo hombre al que se dice adiós. Me gusta pensar que no importa. A veces la mano que te saca del borde no es la de quien esperabas.

Si tú estás ahora cerca de ese borde, en España puedes llamar al 024, gratis, a cualquier hora y sin que nadie te juzgue. Si hay un peligro inmediato, el 112. También está el Teléfono de la Esperanza, en el 717 003 717, y si eres menor de edad, la Fundación ANAR, en el 900 20 20 10. Desde otros países, findahelpline.com te da la línea de tu zona. Pedir ayuda es tender tú la mano primero.

El ramo que arde

Y entonces vuelve el hombre de la gabardina, el del principio, el del ramo blanco. Está en la misma calle mojada de las farolas, de frente, mirando a cámara. Y el ramo que lleva en las manos está ardiendo. Una llama alta, amarilla, que le ilumina la cara desde abajo.

Es la imagen que da título a este post y la que mejor resume la canción. Las flores eran para algo, para una boda, para una tumba, para pedir perdón, y ya no van a servir para nada de eso. Arden. No las tira, no las deja en el suelo: las sostiene mientras se queman. Hay algo de ritual en ese gesto, como quien quema las cartas viejas para quedarse en paz.

En otro plano casi final, el mismo hombre aparece con el ramo intacto y los ojos cerrados, como si todavía estuviera decidiendo. Y luego el acantilado, la ola, el hombre de rodillas mirando al mar. El videoclip se cierra sin aclarar del todo el orden de las cosas. Igual que la letra, que acaba en un «Adiós, adiós» que se va bajando hasta desaparecer.

Por qué tantas imágenes para tan pocas palabras

Yo mismo me lo he preguntado: cómo se llenan tres minutos de imágenes con una sola frase. La respuesta es que la frase no necesita más palabras, pero sí necesita tiempo. La repetición de la letra, que en la ficha de la canción describo como un anuncio que se convierte en esfuerzo y luego en certeza, tiene en el vídeo su equivalente: los mismos dos hombres en sitios cada vez más extremos. La cocina, el balcón, la calle inundada, el cementerio, el acantilado. Cada repetición de la frase es un escenario más difícil.

Ficha de la canción «Hoy es el último adiós» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Como letrista, compositor y productor musical, me interesa mucho esa forma de contar: una frase fija y un mundo que se mueve alrededor. La música y la interpretación vocal están hechas con IA, pero la frase es mía, salió de un sitio muy concreto, y el vídeo la acompaña como una sucesión de habitaciones por las que va pasando el mismo adiós.

El adiós en el resto del planeta

«Hoy es el último adiós» está en el disco «El día de la liberación», y no es casualidad. Ese título ya lo explica casi todo: hay despedidas que son pérdidas y hay despedidas que son liberación. Escribí sobre ese permiso para celebrar un final en el post de «El día de la liberación», y este videoclip es su cara oscura, la de antes de la fiesta.

En el catálogo hay más adioses. Está «La despedida», la de los dos astronautas con traje rosa delante de un planeta gigante, mucho más espacial y menos lluviosa, con esa lista de nombres repetidos que, como conté en este post, funciona como un álbum de fotos. Está «Goodbye», donde todo cabe en una lágrima. Y está «Nadie hablará de mí cuando haya muerto», que se ríe del miedo a desaparecer. Si los pones juntos, salen todas las formas posibles de irse: con sarcasmo, con lágrima, con cohete, con lista y, en este caso, con tormenta.

También me hace gracia que en un vídeo tan serio el teléfono sea de cable y de cabina. En muchas de mis letras el móvil es el arma de la pareja que controla, como conté en el post sobre los celos y el control del móvil. Aquí el móvil no aparece por ninguna parte, y la llamada importante se hace desde una cabina pública, bajo la lluvia, donde nadie puede revisarla luego. Puede que sea la llamada más libre de todo el planeta gayfolk.

Lo que me llevo

Ver el videoclip a cámara lenta me ha enseñado algo de mi propia canción. Yo pensaba que era una canción de puerta: llegas, dices la frase y te vas. El vídeo me dice que es una canción de travesía. Entre «yo solo he venido» y «adiós» hay una cabina, un ramo, una maleta, una cocina, un espejo, un confesionario, una calle inundada, una tumba y un acantilado. La frase es corta, pero el camino para poder decirla es larguísimo.

Y al final, lo que arde no es la persona. Son las flores. Lo que se quema es lo que llevabas preparado para otra cosa, el gesto que ya no tiene destinatario. Lo demás, el hombre, sigue de pie, mojado y con la cara iluminada. Por eso, aunque el vídeo sea oscuro, yo lo veo con esperanza.

Si quieres verlo con estas notas al lado, párate en la cocina, en el espejo y en el ramo. Y si alguna vez tienes que ir a decir tu propio último adiós, que sepas que no hace falta un acantilado. Basta con ir, decirlo y volver a casa con el ramo en la mano, aunque sea quemado.

Preguntas frecuentes

¿Qué pasa en el videoclip de «Hoy es el último adiós»? Dos hombres se despiden en una sucesión de escenarios: una cabina de teléfono bajo la lluvia, un bar, una habitación con una maleta, una cocina, un balcón, un espejo de camerino, un confesionario, una calle inundada, un cementerio y un acantilado con tormenta. Al final, el ramo de flores blancas que lleva uno de ellos aparece ardiendo.

¿Cuál es la letra de la canción? Es una sola frase repetida: «yo solo he venido a decirte que hoy / es el último adiós», con variaciones en cómo se parte y un final en «Adiós, adiós».

¿En qué disco está? En «El día de la liberación», de Mike Sain't Louis, dentro del universo de Planeta Gayfolk.

¿Quién escribió la canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical. La música y la interpretación vocal están hechas con IA.

¿Qué significa el ramo que arde? Es una lectura personal: las flores blancas pueden ser de boda o de funeral, y al arder se convierten en el gesto que ya no tiene destino. Es la forma que tiene el videoclip de cerrar la despedida.