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Una sola lágrima: «Goodbye», el retrato en blanco y negro y las despedidas que se respiran

Hay palabras que pesan más cuanto más cortas son. «Goodbye» tiene dos sílabas y, aun así, cabe dentro de ella el final de una relación, de una amistad, de una etapa o de una ciudad. La portada de «Goodbye» no añade casi nada a esa palabra. Un rostro, una lágrima y un título en rosa. Con eso basta.

Antes de nada, lo de siempre en este tipo de posts: la letra de este tema todavía no se ha publicado. En su ficha de letra en gayfolkplanet.com consta que estará disponible más adelante, y no voy a inventarme ni un solo verso para rellenar. Aquí trabajo con lo que existe y se puede comprobar: la carátula, el título, el sitio que ocupa en el disco, la fecha del videoclip, lo que escribí sobre la canción en su página y versos reales de otras canciones mías.

Una lágrima en blanco y negro

La fotografía ocupa casi toda la mitad derecha de la imagen. Es un primer plano muy cerrado, cortado por el borde: vemos media cara, una oreja, el cuello y el arranque del hombro. El chico tiene la cabeza echada hacia atrás y ladeada, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Por la mejilla baja una lágrima larga y húmeda, que deja un rastro limpio sobre la piel.

El pelo es oscuro, rizado y revuelto, con mechones que se escapan hacia todos lados, como si acabara de salir de la ducha o de una noche larga. La barba es de pocos días. La luz llega desde arriba y desde el lado, y marca cada poro, cada pelo, cada gota.

La mitad izquierda, en cambio, está casi vacía: un fondo blanco liso, sin textura. Ahí, a media altura, aparece el título en mayúsculas finas y altas, con una tipografía elegante de las que se usan en las portadas de revista o en las invitaciones de boda. Debajo, una línea fina cortada por una pequeña estrella de cuatro puntas, y mi nombre en letras espaciadas. Todo muy sobrio, casi de librería.

Me interesa mucho la postura de la cabeza. Echarla hacia atrás con los ojos cerrados es un gesto que puede significar cosas casi opuestas. Es lo que hacemos para que no se nos caigan las lágrimas, mirando al techo como si así pudieran volver a su sitio. Es también lo que hacemos cuando por fin nos rendimos y dejamos que salgan. Y es, en otro contexto, el gesto del alivio, del suspiro largo después de algo que nos ha tenido en tensión mucho tiempo. La portada no aclara cuál de las tres es. Quizá sean las tres a la vez.

El único color que queda

La imagen entera está en blanco y negro salvo dos cosas: la palabra «GOODBYE» y la estrellita, en un rosa suave, casi empolvado. No es el fucsia chillón de otras portadas mías. Es un rosa apagado, de pétalo seco o de carta antigua.

Esa decisión cambia el sentido de la imagen. El blanco y negro suele leerse como memoria, como algo que ya pasó o que se mira con distancia. El rosa, en cambio, es presente: es lo único que sigue teniendo color. Como si de todo lo que se ha perdido solo quedara la palabra que lo cierra. Como si la despedida fuera lo último que conserva un poco de ternura.

No soy partidario de explicar las imágenes hasta dejarlas sin aire, pero me parece que esta funciona porque no hace aspavientos. En la página de la canción escribí que me gustaba que la portada no dramatizara más de la cuenta, que no hubiera maletas ni puertas cerrándose. Y es verdad: aquí no hay escena. Hay un cuerpo justo después.

Una cruz en la oreja, una rosa en el cuello

Los detalles cuentan bastante. De la oreja cuelga un pendiente de aro con una cruz plateada. En el cuello hay un tatuaje de rosas que baja hacia la clavícula, y más abajo, casi en el borde, otro tatuaje pequeño de una cruz negra. Una cadena fina asoma por el lado izquierdo.

Fotogramas del videoclip oficial de «Goodbye», de Mike Sain't Louis

La rosa y la cruz son dos símbolos viejísimos que se cruzan muchas veces en el arte: el amor y el sacrificio, la belleza y el duelo. En los cementerios es habitual encontrar las dos juntas. En la estética de tatuaje tradicional, la rosa ha servido para recordar a alguien, para celebrar un amor o para marcar una pérdida.

No voy a convertir esos tatuajes en un código secreto, porque no lo son. Pero en una portada que se llama «Goodbye», ver una rosa y dos cruces sobre la piel de alguien que llora no es neutro. La imagen pone sobre el cuerpo lo que la palabra pone sobre el papel.

Dios sea contigo

La palabra inglesa tiene una historia preciosa. «Goodbye» viene de una fórmula antigua, «God be with ye», «Dios sea con vosotros». Con el uso se fue contrayendo y, por analogía con saludos como «good day» o «good night», el «God» del principio acabó convertido en «good». Lo que era una bendición se volvió una forma de cortesía.

En castellano nos pasó algo muy parecido. «Adiós» viene de «a Dios», de encomendar a la otra persona a Dios cuando se marcha. Durante siglos fue una despedida solemne, y en muchas zonas de España todavía se usa también como saludo al cruzarse con alguien por la calle, sin que nadie se vaya a ninguna parte.

Me gusta que las dos palabras compartan esa raíz. Despedirse, en su origen, no era cerrar una puerta: era desear que al otro le fuera bien en el camino. Incluso las despedidas más duras pueden tener algo de eso. Te vas, me voy, y que te vaya bonito.

Otros idiomas guardan sus propias historias. El «ciao» italiano, que hoy usamos medio mundo, viene del veneciano «s-ciào vostro», algo así como «vuestro esclavo», una fórmula de servicio que acabó siendo el saludo más informal que existe. El francés «au revoir» y el alemán «auf Wiedersehen» significan, literalmente, «hasta volver a vernos»: llevan la promesa del reencuentro dentro de la propia palabra. Y el japonés «sayōnara» se suele explicar como «si así tiene que ser», una aceptación tranquila de que las cosas terminan.

Me fascina que cada lengua haya decidido poner el acento en un sitio distinto. Unas bendicen, otras prometen volver, otras se resignan. El inglés de la portada eligió la bendición, aunque ya casi nadie lo recuerde cuando la dice. Y quizá por eso «goodbye» sirve para tantas cosas: para un adiós de aeropuerto, para un mensaje que no se contesta, para una relación que se apaga sin escándalo.

Tres clases de lágrimas

Los ojos producen lágrimas constantemente, aunque no lo notemos. La ciencia suele distinguir tres tipos: las basales, que mantienen el ojo húmedo todo el día; las reflejas, que aparecen cuando nos entra algo en el ojo o cortamos cebolla; y las emocionales, las que salen cuando algo nos conmueve, nos duele o nos supera.

Charles Darwin ya se preguntó por el llanto en «La expresión de las emociones en el hombre y en los animales», de 1872. Mucho más recientemente, el psicólogo neerlandés Ad Vingerhoets, uno de los investigadores que más ha estudiado el tema, publicó en 2013 «Why Only Humans Weep», un libro dedicado a una pregunta que parece sencilla: por qué somos, hasta donde sabemos, la única especie que llora por emoción.

Una de las ideas que más se repiten en ese campo es que las lágrimas emocionales tienen una función social. Funcionan como una señal: le dicen a quien está cerca que necesitamos algo, que estamos vulnerables, que no somos una amenaza. Por eso llorar delante de alguien es tan íntimo, y por eso a tanta gente le cuesta.

La fotógrafa estadounidense Rose-Lynn Fisher publicó en 2017 «The Topography of Tears», un libro con imágenes de lágrimas secas vistas al microscopio. Cada una parece un paisaje distinto: ríos, mapas, ramas, ciudades vistas desde un avión. La lágrima de la portada de «Goodbye» es una sola, pero me gusta pensar que, vista de cerca, también sería un mapa.

Los chicos no lloran

Hay una frase que muchos hombres han escuchado desde pequeños: «los chicos no lloran». Es tan común que ha dado título a canciones y películas. En 1999 se estrenó «Boys Don't Cry», de Kimberly Peirce, sobre la vida y el asesinato de Brandon Teena, un joven trans de Nebraska asesinado en 1993. Hilary Swank ganó el Óscar por ese papel. El título, irónico y terrible, apuntaba justo a esa masculinidad que castiga cualquier señal de fragilidad.

Collage con un detalle de la carátula de «Goodbye» y las carátulas de «Sunset Boulevard», «Fly Away», «La despedida», «La última carta»

Ese mandato de no llorar lo sufren muchos hombres, sean gais, bisexuales o heterosexuales. Para muchos chicos LGTBI, además, la fragilidad se vigilaba el doble, porque llorar podía leerse como una prueba más de que no eras lo bastante hombre. Se aprendía pronto a tragarse las lágrimas en el patio, en el vestuario, en casa.

Una portada como esta, con un hombre tatuado, barbudo, con cruces y cadena, llorando con los ojos cerrados y sin taparse la cara, se sale de ese guion sin hacer ruido. No es una lágrima vergonzosa ni escondida. Está en primer plano, iluminada, como la protagonista de la foto.

Hoy se habla mucho más de esto que hace unas décadas, y cada vez hay más hombres que cuentan en público que lloran, que van a terapia o que han tenido una mala racha. Es un cambio pequeño pero real. Ver a alguien llorar en una imagen cuidada, bonita, sin burla, ayuda a que el gesto deje de ser una rareza.

El retrato que se queda

La fotografía en blanco y negro tiene una relación muy larga con el retrato masculino y con la mirada queer. Robert Mapplethorpe hizo en los setenta y los ochenta algunos de los retratos en blanco y negro más conocidos del siglo XX, muchos de ellos de hombres, con una luz muy cuidada que convertía la piel en escultura. Murió en 1989 por complicaciones relacionadas con el sida.

Herb Ritts, otro fotógrafo gay que trabajó sobre todo en blanco y negro, retrató cuerpos y caras con esa misma idea de la luz como volumen. También murió por una enfermedad relacionada con el VIH, en 2002. Sus imágenes y las de Mapplethorpe forman parte de la memoria visual de una generación que perdió a muchísima gente demasiado pronto.

No digo que la portada de «Goodbye» quiera citarlos. Digo que, cuando ves un primer plano masculino en blanco y negro, con la piel marcada por la luz, es difícil no pensar en esa tradición. Y en una canción que se llama «adiós», esa memoria pesa.

Entre «Sunset Boulevard» y «Fly Away»

En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía, «Goodbye» es la pista 71. Justo antes está «Sunset Boulevard», y justo después, «Fly Away». Ninguna de las dos tiene todavía letra publicada, así que no las cito. Sobre la segunda escribí aparte, en «Echar a volar».

Lo curioso es lo bien que encadenan los tres títulos: un bulevar que acaba en el ocaso, un adiós y, a continuación, echar a volar. Es casi una pequeña secuencia de ruptura contada solo con nombres de canciones.

El videoclip de «Goodbye» se publicó el 19 de junio de 2026, una semana después del de «Drift Away», y la canción se mueve en el mismo territorio de indie pop, pop alternativo y queer pop que el resto del disco. En la lista completa de singles ocupa el número 108 de 273.

Las despedidas que ya escribí

Aunque los versos de «Goodbye» no estén publicados, el adiós es un tema que recorre mis letras. En «La despedida», del primer disco, me despedía de la Tierra entera a bordo de una nave rosa, y esa canción termina con estas líneas, que copio tal cual se publicaron:

Más fotogramas del videoclip oficial de «Goodbye», de Mike Sain't Louis
ADIÓS PLANETA TIERRAAAA ADIÓÓÓS ADIÓÓÓS ESTA ES LA DESPEDIDA HOY HA SIDO NUESTRO ÚLTIMO DÍA EN LA TIERRA

Era una despedida festiva, de lista de recuerdos, de la que hablé en «Una palabra como álbum de fotos». La de la portada de «Goodbye» parece justo la contraria: callada, sin lista, sin nave.

Más cerca de ese tono está «La última carta», un texto que escribí para cerrar una relación sin pedir respuesta. Hay dos frases suyas que encajan mucho con esta imagen:

Hoy la dignidad pesa más que la nostalgia.
Esta carta no es para que la leas. Es para que yo cierre.

Sobre por qué escribí aquella carta conté más en «Cartas que no se envían».

Despedidas que se respiran

En la página de la canción escribí una frase que sigo suscribiendo: «Hay despedidas que se gritan y otras que se respiran». La portada de «Goodbye» es claramente de las segundas. Nadie da un portazo. Nadie rompe nada. Hay alguien que ha cerrado los ojos y deja que el cuerpo haga su trabajo.

Las despedidas silenciosas tienen mala fama porque parecen frías, pero muchas veces son las más difíciles. Gritar descarga; respirar obliga a quedarse con lo que sientes. A veces cerrar algo sin ruido es la única manera de no reabrirlo cada semana.

Eso no significa que haya que despedirse siempre en silencio, ni que el enfado no tenga su lugar. Significa que hay más de una forma de decir adiós, y que la que elijas no dice nada malo de ti. Lo importante es que el adiós, cuando llega, sea tuyo.

El duelo no va en fila

Cuando se habla de pérdidas aparece casi siempre la famosa lista de las cinco fases del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. La propuso la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross en su libro «Sobre la muerte y los moribundos», de 1969, pensando sobre todo en personas con enfermedades terminales. Con los años se popularizó para cualquier pérdida, incluidas las rupturas.

Hoy muchos especialistas recuerdan que esas fases no son una escalera que se sube en orden. En 1999, Margaret Stroebe y Henk Schut propusieron el llamado modelo de proceso dual: la idea de que, en el duelo, una persona va y viene entre mirar de frente la pérdida y ocuparse de la vida diaria, y que ese vaivén es sano. Un día lloras en el sofá; al siguiente vas a trabajar y te ríes con alguien; al otro vuelves a llorar.

Me parece una idea muy liberadora. Si después de un adiós tienes días buenos, no estás traicionando a nadie. Si tienes días malos cuando creías que ya lo habías superado, tampoco estás retrocediendo. Así funciona.

Despedirse de quien sigue ahí

No todas las despedidas son de alguien que muere o se va lejos. Muchas son de personas que siguen viviendo en la misma ciudad, que salen en las fotos de los amigos comunes, que tienen un perfil en redes al que se puede llegar con dos clics. Ese tipo de adiós tiene una dificultad propia: no hay ceremonia, no hay fecha, no hay nadie que te dé el pésame.

Ficha de la canción «Goodbye» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

La terapeuta familiar estadounidense Pauline Boss acuñó el concepto de «pérdida ambigua» para describir las pérdidas que no tienen un cierre claro, por ejemplo cuando alguien está físicamente presente pero emocionalmente ausente, o al revés. Su libro sobre el tema, «Ambiguous Loss», se publicó en 1999. Aunque ella pensaba sobre todo en situaciones como la demencia o las desapariciones, mucha gente reconoce algo de esa sensación en las rupturas.

Por eso tantas personas necesitan inventarse su propio ritual: borrar un chat, guardar unos objetos en una caja, escribir una carta que no se envía, poner una canción por última vez. Son pequeñas ceremonias caseras para un duelo que nadie más va a reconocer. La lágrima de la portada podría ser exactamente eso: el ritual mínimo de alguien que se despide a solas.

Llorar sin que te pregunten

Al presentar el single propuse escucharlo cuando quieras llorar un poco y que nadie te pregunte por qué. Esa es, creo, una de las funciones más antiguas de la música: dejar que algo salga sin tener que explicarlo. Una canción triste hace de excusa. Si alguien te ve con los ojos húmedos, siempre puedes decir que es por la canción.

Sobre el derecho a llorar escribí también en «Escribiendo estoy otra vez llorando», a propósito de otra canción en la que el llanto aparece sin ningún pudor. Y en este mismo disco, justo después de «Drift Away», hay una pista que se titula sin rodeos «Llorar».

Hay ciudades donde llorar en público está más aceptado que en otras, y personas para las que es facilísimo y otras para las que es casi imposible. No hay una manera correcta. Lo único que me parece importante es no convertir las lágrimas en algo de lo que avergonzarse.

Cuando la tristeza pesa demasiado

Despedirse duele, y casi siempre ese dolor se va haciendo más llevadero con el tiempo y la compañía. Pero a veces no. A veces la tristeza se queda demasiado, te quita el sueño o las ganas de todo, o empieza a parecer que no hay salida. Ahí ya no se trata de aguantar en silencio.

Si te pasa, cuéntaselo a alguien: una amiga, un familiar, tu médico de cabecera. En España existe el 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita, confidencial y disponible a todas horas, que también atiende a familiares y amistades preocupadas. Ante una emergencia o un peligro inmediato, llama al 112.

Si vives en otro país, busca la línea de crisis o de prevención del suicidio que corresponda, o el número de emergencias de allí. En «Salud mental sin tabú» dejé reunidos más teléfonos y organizaciones. Un adiós a alguien no tiene por qué ser un adiós a ti.

Para quien acaba de decir adiós

Para quien ha cerrado una puerta sin hacer ruido y ahora no sabe qué hacer con el silencio. Para quien ha tenido que despedirse de alguien que sigue vivo, en otra casa, con otra vida. Para quien se ha despedido de una ciudad, de un trabajo, de una versión de sí mismo.

Para quien aprendió de pequeño que los chicos no lloran y está desaprendiéndolo ahora. Para quien llora en el metro con los cascos puestos y finge que es alergia. Para quien guarda una carta que nunca va a enviar.

Y para quien necesita tres minutos para dejar caer una lágrima sin que nadie le pida explicaciones. Mientras la letra no esté publicada, puedes escuchar el tema en cualquier plataforma o bajarlo gratis, sin registrarte, en la página de descargas. Cuando los versos salgan, los pondré completos y exactamente como son.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Goodbye»? Su letra todavía no se ha publicado, así que este post no cita ningún verso de la canción. La portada muestra a un chico en blanco y negro, con los ojos cerrados y una lágrima en la mejilla, y el título en rosa. El post lee el single desde la palabra adiós, el llanto, la masculinidad y las despedidas silenciosas.

¿En qué disco está? En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía Gayfolk. Es la pista 71, entre «Sunset Boulevard» y «Fly Away». En la lista de singles es el número 108 de 273.

¿De dónde viene la palabra «goodbye»? De la fórmula inglesa antigua «God be with ye», «Dios sea con vosotros», que se fue contrayendo con el uso. El castellano «adiós» tiene un origen parecido: «a Dios».

¿Por qué lloramos de emoción? Los investigadores creen que las lágrimas emocionales tienen sobre todo una función social: avisan a quien está cerca de que necesitamos apoyo. El ser humano es, hasta donde se sabe, la única especie que llora por emoción.

¿Dónde pido ayuda si una despedida me supera? En España, el 024 atiende gratis a cualquier hora y el 112 ante un peligro inmediato. Fuera de España, busca la línea de crisis de tu país o llama a emergencias.

¿Quién hace esta canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. Él escribe las letras y dirige la producción; la música y las interpretaciones se generan con inteligencia artificial.

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