
Por Mike Sain't Louis ·
Cartas que no se envían: lo que aprendí escribiendo «La última carta»
Un hombre de traje negro en una calle mojada, de noche. Palmeras al fondo, un coche antiguo aparcado, el asfalto brillando como si acabara de pasar una tormenta de verano por el paseo de Benidorm. El título en serifa dorada, de cartel de cine negro. Así es la portada de «La última carta», y el personaje tiene cara de haber echado algo al buzón. O de haber decidido no echarlo.
Soy Mike Sain't Louis, el que escribe las letras de Planeta Gayfolk, y esta canción no tiene versos. Es una carta en prosa, de punto y seguido, como las que se escribían antes con pluma estilográfica en papel de Galgo. Va dirigida a un ex narcisista que nunca la va a leer, y esa es justo la gracia. La ficha de la canción ya cuenta su recorrido. Aquí quiero hacer otra cosa: leerla como se lee una carta de verdad, despacio y por párrafos, con el lápiz en la mano para subrayar.
Y de paso contar qué aprendí escribiéndola, que no es poco para un letrista que normalmente resuelve los desamores rimando cruising con matorrales.
Esta carta es para mí
La primera línea es un portazo educado. No escribo esto para volver a hablar contigo. Y a continuación, la frase que define el género entero: «Esta carta es para mí».
Hay muchas canciones de ruptura que en el fondo son mensajes para el otro. Esperan que las escuche en la radio del coche, que se le salte una lágrima en un semáforo de la Castellana, que coja el móvil y escriba «he oído tu canción». Esta no quiere nada de eso. El destinatario está en el sobre por educación, como el nombre del difunto en una esquela. El que la necesita es quien la escribe.
Esa decisión, tan pequeña, cambia todo el tono. Cuando escribes para que te lean, posas. Eliges las palabras pensando en cómo van a sentar. Cuando escribes para ti, no hay público que impresionar. Sale lo que hay. Y lo que hay, en este caso, es una lista de cuentas pendientes sin ánimo de cobrarlas.
La luz de gas, contada desde dentro
El segundo párrafo es el de las dudas. Durante mucho tiempo, dice la carta, me hice preguntas. Sobre mis reacciones, sobre mis límites, sobre si estaba exagerando. Me convenció de que era demasiado sensible, de que todo había sido un malentendido, entre comillas, como quien pone comillas a una palabra que ya no se cree.
Eso tiene un nombre, y la carta lo dice más adelante: gaslighting, luz de gas. Tiene su propia canción en el catálogo, «Gaslighting», y es un tema al que vuelvo mucho porque es de los que más destrozos hacen sin dejar marcas. Te hacen dudar tanto de lo que viste que acabas pidiendo perdón por haberlo visto.
Me fijo en las comillas de «malentendido» porque son las mismas que uso en mis canciones para citar frases del ex. Son comillas de fiscal. Señalan la palabra y dicen: esto lo dijo él, no yo, y no me lo trago.
Fuiste tú
Y entonces llega un párrafo de dos palabras. Fuiste tú.

No voy a gastar comillas en él porque es tan corto que se cita solo. Pero quiero que se vea el efecto: después de un párrafo largo de dudas, de preguntas, de dudas sobre uno mismo, aparece una línea sola en la página, como una piedra en mitad del camino. Es el momento en el que la culpa cambia de dueño.
Las frases cortas me salen cuando hablo en serio. En las canciones de fiesta me enrollo, meto a Carmina Barrios, a Locomía y al buffet del crucero en la misma estrofa. En esta carta, la frase más importante tiene dos palabras. Hay días en que creo que todo lo que he escrito en Planeta Gayfolk es un rodeo para llegar a frases así.
El párrafo siguiente desarrolla la acusación: mintió, manipuló, jugó con las emociones como si no valieran nada, decía a la cara lo que el otro quería oír y hacía lo contrario a sus espaldas. Pero el golpe ya está dado. Lo demás es la letra pequeña del contrato.
Porque sí, te quise
Lo más difícil de leer no es la acusación. Es el párrafo de después, el que admite que hubo amor. Quise creer en ti, dice la carta, porque sí, te quise, y mucho más de lo que merecías.
Ese «porque sí» es de una honestidad que me sigue incomodando. Habría sido más fácil hacer como que nunca hubo nada, que todo fue un error de casting desde el primer día. Pero mentir en una carta para uno mismo es absurdo, como hacer trampas al solitario. Si lo quisiste, lo quisiste. Negarlo sería darle la razón al narcisista, que vive de reescribir el pasado.
Luego viene una distinción muy fina: aguantó cosas que no se aguantan por amor, porque aquello no era amor, era dependencia disfrazada de afecto. Me gusta la palabra disfrazada. Es muy de Carnaval, muy de Planeta Gayfolk. Incluso en la carta más seria del catálogo, el narcisista va disfrazado. Con antifaz de enamorado y debajo, la cara de siempre.
Disponible
Hay un párrafo que me parece el retrato más exacto que he hecho de lo que quiere un narcisista. Me quisiste tener siempre ahí, dice, disponible. Dudando. Esperando.
Disponible es una palabra de hotel. Habitación disponible, plaza disponible, producto disponible en tienda. Aplicada a una persona, da escalofríos. Es exactamente lo que el narcisista busca: alguien en stock, que no se agote nunca, que esté ahí cuando le apetezca y que no pida nada cuando no le apetezca. Una reserva emocional, como la despensa de un búnker.
Y después, tres palabras más que cierran la etapa.
Pero se acabó.
Se acabó la disponibilidad. Cerrado por reformas. El cartel colgado en la puerta, como en las tiendas del centro en agosto.
No me interesa tu versión
El penúltimo tramo de la carta es una renuncia. No odio, no deseo mal, no me interesa tu versión. No importa si sigue justificándose, si dice que yo era difícil, si va contando que fui yo quien le hizo daño.
La carta lo dice mejor que yo. Con un narcisista no se gana nunca la discusión. Siempre tendrá una versión, y la versión cambiará según el público. Esperar que reconozca algo es como esperar que el autobús 27 pase puntual por Cibeles en hora punta: puedes esperar, pero no te va a cambiar la vida.
Renunciar a su versión no es rendirse. Es dejar de jugar a un juego trucado. Sé quién fui, dice la carta, y sé quién eres. Esa doble certeza basta. No hace falta notario.
La paz viene del corte
Y luego llega la frase que da sentido a todo: «Hoy sé que la paz que tengo viene del corte».
El corte es lo que en inglés llaman no contact, contacto cero, y tiene también su canción en el catálogo, «No Contact». La carta lo detalla: el bloqueo, el silencio, no buscarle, no responderle, no caer en sus trampas. Dicho así suena a protocolo de desintoxicación, y en el fondo lo es. Quien ha salido de una relación con un narcisista sabe que el mono existe.
Me gusta que la paz no venga de una gran revelación, ni de un retiro de meditación en la India, ni de una terapia de cristales en un local de Malasaña. Viene de algo tan poco poético como bloquear un número de teléfono. La salvación, a veces, tiene la forma de un botón de WhatsApp.
La dignidad pesa más
La siguiente línea es mi favorita, y la cito porque merece su sitio: «Hoy la dignidad pesa más que la nostalgia».

Es una frase de balanza, de mercado de abastos. Pones a un lado la nostalgia, con sus fotos de vacaciones, sus canciones compartidas, sus domingos de sofá. Pones al otro la dignidad. Y la dignidad gana. No porque la nostalgia no pese, que pesa muchísimo, sino porque ya pesa más lo otro.
Es una frase que se sostiene sola, sin el resto de la carta, y eso demuestra que una frase de una carta en prosa puede funcionar como un estribillo, aunque no tenga melodía pegadiza. Basta con que sea verdad.
Tu vacío
El final es elegante y es cruel. Las dos cosas a la vez, sin pedir disculpas por ninguna. El daño existió, dice la carta, pero ya no le pertenece al otro. Me lo devuelvo. Y la última frase: «Y a ti te dejo con lo único que realmente tienes: tu vacío».
No hay insulto. No hay maricón de remate, ni patán, ni cabrón. Hay un diagnóstico. El narcisista se queda con lo que tenía antes de conocerte, que es nada. Y la carta se lo dice con los dos puntos de un juez que lee la sentencia.
Es el final más seco que tengo. Y creo que es el que más duele, precisamente porque no grita.
Quién firma la carta
Hay una frase hacia el final que conviene leer con lupa: la carta, dice, es para decirme a mí mismo que lo logré, que salí, que me elegí. Es el único momento en que el texto deja de hablarle al ex y se habla a sí mismo en segunda persona, como quien se mira en el espejo del ascensor antes de entrar a una entrevista de trabajo.
Ese cambio de destinatario es la clave de todo el género. La carta empieza dirigida a un tú que ha hecho daño y termina dirigida a un tú que ha sobrevivido. El mismo pronombre, dos personas distintas. Y la segunda es la que importa.
Me hace gracia lo poco que nos hablamos así. Nos pasamos la vida diciéndonos cosas horribles por dentro, que si estás gordo, que si eres tonto, que si nadie te va a querer. Pocas veces nos decimos «lo lograste». La carta se lo dice, y lo dice sin adornos, como quien firma un albarán. Recibido. Conforme.
Cartas que se quedan en borradores
Antes las cartas así se escribían a mano y se guardaban en una caja de galletas danesas debajo de la cama. Ahora se escriben en la aplicación de notas del móvil, entre la lista de la compra y la contraseña del wifi de casa de tu madre. O en un chat de WhatsApp que nunca se manda, con el cursor parpadeando encima del botón de enviar como un cigarro a medio encender.
Quien ha salido de una relación así conoce ese borrador. Lo escribes a las dos de la madrugada, lo relees a las tres, lo borras a las cuatro y lo vuelves a escribir el jueves siguiente. Nunca lo mandas, o lo mandas y te arrepientes durante meses. Esta canción es ese borrador pasado a limpio y publicado, pero sin destinatario. Es la versión final de algo que mucha gente lleva años reescribiendo.
Y tiene una ventaja sobre el borrador del móvil: no se puede enviar por error. Está en Spotify, en YouTube, en todas partes. Si él la escucha, que la escuche. No era para él.
Escucharla después de bloquear
Si me pidieran una sola instrucción de uso para esta canción, sería esta: escúchala justo después de bloquear un número. No antes, que te puede dar valor y no lo necesitas, sino después, cuando el dedo todavía tiembla y la tentación de deshacerlo está ahí, encima de la mesa, como un plato de jamón en una dieta.

En ese momento la carta funciona como un amigo que te sujeta la mano. Te recuerda por qué lo hiciste. Te recuerda que la paz viene del corte. Y te dice, sin gritar, que el que se queda con el vacío no eres tú.
Después, si quieres, pon algo de fiesta. Del catálogo de Planeta Gayfolk, casi cualquier cosa sirve para cambiar de tercio. Pero la primera escucha, que sea esta. En silencio, con el móvil boca abajo.
Un letrista de verbena escribiendo en prosa
Me río de mí mismo con esta canción, la verdad. Soy el que tituló una canción «¡Eso es lefa!», el que le dedicó un estribillo a un cucurucho, el que se pasa la vida buscando rimas para Mercadona. Y aquí estoy, con traje negro y pluma estilográfica, escribiendo una carta en prosa como si fuera Rosalía de Castro en una tarde de lluvia gallega.
Pero hay temas que no admiten estribillo. Pasa lo mismo con «Ni con un palo», que también es un texto seco. Cuando el asunto es el cierre de algo que te hizo daño de verdad, la rima suena a frivolidad, a tómbola de feria. La prosa es más honesta. Va de punto en punto sin consolarte con una melodía repetida.
La música y las voces de la canción salen de herramientas de inteligencia artificial como Suno, que uso para producir. La carta es mía, frase por frase, y fui escogiendo un acompañamiento que no endulzara lo que se dice. Eso es lo que hago siempre: la palabra la pongo yo, la herramienta pone el sonido, y yo decido cuál de los sonidos respeta la palabra. Está explicado en mi página de presentación.
Una tradición con sello de correos
Las cartas tienen mucha historia en la literatura española, y no me pongo estupendo al decirlo. Bécquer escribió sus «Cartas desde mi celda» encerrado en un monasterio del Moncayo. Cadalso se inventó unas «Cartas marruecas» para criticar a la España de su época sin que le cayera la del pulpo. Las cartas sirven para decir lo que cara a cara no se puede, o no se debe, o no se atreve uno.
Lo mío es mucho más modesto, claro. Una carta a un ex que no sabe ni dónde está el Moncayo. Pero el mecanismo es el mismo: el papel aguanta lo que la conversación no aguanta. En una charla, el narcisista te interrumpe, te da la vuelta a las frases, te hace dudar a la tercera palabra. En una carta no puede. La carta es el único sitio donde tienes la última palabra, y además todas las anteriores.
Por eso la elegí como forma. No por literaria, sino por práctica.
Las otras cartas
En este blog hay más cartas, aunque ninguna como esta. Está la «Carta a quien todavía no se lo ha dicho a nadie», que va dirigida a quien no ha salido del armario y que es lo contrario de esta: una carta para abrir, no para cerrar. Y está la «Carta a mí mismo de hace dos años», que mira hacia atrás con otro tipo de ternura.

Las tres juntas forman una pequeña correspondencia que no tiene cartero. Una para alguien que todavía no ha llegado, otra para alguien que ya se fue y otra para el que fui. Ninguna espera respuesta.
La portada: cine negro con palmeras
Vuelvo a la imagen del principio, que la dirigí para que la carta tuviera paisaje. El hombre de traje negro, la calle mojada de noche, las palmeras, el coche antiguo. Es cine negro, pero no de Chicago con gánsteres. Es cine negro de costa, de paseo marítimo, de alguien que ha venido a cerrar un asunto en un sitio donde normalmente se viene a olvidarlo todo.
El título en serifa dorada tiene algo de película de los años cuarenta, de cartel de cine de barrio con butacas de terciopelo raído. Me gustaba esa elegancia para una canción tan seca. La carta no grita, y la portada tampoco: posa con dignidad, que es la palabra clave del texto. Las portadas de todo el catálogo están en la página de singles.
Entre Benidorm y un concurso literario
En el catálogo de 273 singles, «La última carta» es la pista 169. Justo antes va «Madrid to Benidorm», y justo después, «El concurso literario». Me hace muchísima gracia ese orden, que no planeé: primero el trayecto a la costa, luego la carta escrita con palmeras de fondo, luego un concurso de escritura. Parece la sinopsis de una novela de verano.
La canción forma parte de *Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK*, el segundo disco de la trilogía GAYFOLK, el de las ganas de irse a otra parte. Cerrar una historia es, en cierto modo, hacer la maleta. Esta carta es el último papel que se mete antes de bajar la cremallera.
Escribir la tuya
No voy a darte una lista de pasos, que eso ya lo he hecho con otras canciones y no quiero repetirme. Solo una idea: si te hace falta escribir una carta así, escríbela para ti. No para él, ni para tus amigas, ni para subirla a Instagram con un filtro sepia.
Escribe lo que dudaste. Escribe que le quisiste, si le quisiste. Escribe dónde está ahora tu paz, aunque sea en un botón de bloquear. Y luego guárdala, o quémala, o conviértela en canción si eres de los míos. Lo que no hagas es mandarla. Una carta que se manda es una conversación. Esta es una despedida.
Si quieres leer la carta entera antes de escribir la tuya, está en su página de letras, y el resto de mis letras en el archivo de letras. Para escucharla, tienes Spotify y el videoclip en gayfolkplanet.com.
Lo que no dice
La carta no dice el nombre del destinatario. No dice cuánto duró la relación, ni dónde vivían, ni qué pasó exactamente la última noche. No hay detalles que permitan señalar a nadie.
Eso también es una decisión, y no menor. Ponerle nombre habría sido darle una última aparición estelar, un cameo en la película de mi vida que no se ha ganado. Sin nombre, se queda en la puerta, como el que llega tarde a la función y ya no le dejan entrar. En otras canciones mías el ex sale con apodo, con ciudad y con manías. Aquí no hace falta. La carta no va de él. Va de quien la escribe y de lo que se devuelve a sí mismo.
Él ya tiene su vacío. No necesita también un nombre.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «La última carta» de Mike Sain't Louis? Es una carta en prosa a un ex narcisista que nunca la va a leer. Repasa la luz de gas, admite que hubo amor, renuncia a la versión del otro y encuentra la paz en el contacto cero: «Hoy la dignidad pesa más que la nostalgia».
¿En qué disco está «La última carta»? En Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK, el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. En el catálogo de 273 singles es la pista 169, entre «Madrid to Benidorm» y «El concurso literario».
¿Por qué «La última carta» no tiene rima? Porque es una carta de cierre y Mike Sain't Louis quería que sonara a carta, no a canción de verbena. Pasa lo mismo con «Ni con un palo»: hay temas en los que la rima suena a frivolidad.
¿Quién escribió «La última carta»? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno, bajo su dirección.