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Echar a volar: «Fly Away», las alas de cuervo y el sueño humano de irse por el aire

Todos hemos soñado alguna vez que volábamos. Es uno de esos sueños que se repiten en culturas que nunca se conocieron entre sí, como el de que se te caen los dientes o el de llegar tarde a un examen. Pero el de volar tiene algo distinto: casi nadie se despierta de él asustado. Uno abre los ojos con la sensación de haber sido, durante un rato, más ligero que su propio cuerpo. Y luego pone los pies en el suelo frío y se acabó.

La portada de «Fly Away» está hecha de ese instante anterior al despertador. Un chico cruza el cielo con los ojos cerrados y unas alas negras enormes. No hay suelo a la vista. No hay nada de lo que se esté escapando, porque ya se escapó.

Solo cielo

En la ficha de la canción escribí que esta portada no tiene decorados, ni objetos, ni nadie alrededor. Es así. Todo el fondo es un cielo rosa empolvado, ese tono que tienen algunas tardes después de una tormenta, con nubes muy finas deshilachándose abajo a la derecha. Ni una casa, ni un árbol, ni una línea de horizonte. El espacio entero es para él.

El chico vuela casi en horizontal, con el cuerpo inclinado hacia delante y los brazos abiertos a los costados, las manos relajadas como si tantearan el aire. Viste de negro: una camisa abierta, una camiseta de tirantes debajo, pantalón oscuro y botas. El pelo, rizado y revuelto. Lleva tatuajes en el cuello y en el pecho, varias cadenas finas con cruces colgando y un pendiente pequeño en forma de cruz. La cara, con barba de pocos días, está vuelta hacia arriba y tranquila. Como escribí entonces, es la cara de quien por fin ha dejado de hacer fuerza.

Arriba, el título va en letras finas y muy separadas, F L Y A W A Y, con una línea delgada debajo y un pequeño rombo en el centro, como la brújula de un mapa antiguo. Debajo, mi nombre en el mismo estilo. Es una tipografía que casi no pesa. Va a juego con todo lo demás.

Lo que hay y lo que falta

No tengo la letra de «Fly Away» publicada, y no la voy a reconstruir a base de suposiciones. Tampoco voy a tirar de transcripciones automáticas, que con el inglés y la música por encima se inventan media canción. Cuando el texto esté listo, irá a la sección de letras como siempre.

Sí tengo cosas que se pueden mirar y comprobar. La portada que acabo de describir. El título, que en inglés significa algo así como «echa a volar» o «vete lejos». El videoclip oficial, que subí a YouTube el 19 de junio de 2026, el mismo día que el de «Sunset Boulevard». El disco del que forma parte. Las etiquetas con que lo presenté: indie pop, pop alternativo, queer pop y camp. Y lo que dejé escrito en mi web sobre ella, que termina con una recomendación muy concreta: ponerla cuando necesites soltar lastre.

Con eso, y con la larguísima historia humana del deseo de volar, hay material de sobra.

Alas de cuervo

Lo que más me gusta de esta portada, y lo dije en la ficha, es que las alas sean negras. Un chico con alas blancas habría sido lo esperable, casi un cromo de primera comunión. Estas tienen las plumas largas, oscuras, separadas en las puntas como dedos, igual que las de los cuervos cuando planean. Escribí que tienen algo de cosa oscura, como si lo que te permite escapar hubiera nacido precisamente de lo que te pesaba.

Esa idea me sigue pareciendo la clave. Solemos pensar que para salir de un sitio malo hace falta que llegue algo bueno de fuera: un rescate, una oportunidad, una persona. Pero muchas veces lo que te saca es algo que ya llevabas dentro y que hasta entonces solo te había hecho daño. La rabia que se convierte en decisión. La tristeza que, de tanto pesar, te obliga a cambiar de postura. El cansancio que un día dice basta.

Las alas negras son eso. No vienen del cielo. Salen de la espalda.

El pájaro que recuerda caras

Los cuervos tienen mala prensa desde hace siglos. Se asocian a los presagios, a los campos de batalla, a las brujas. En 1845, Edgar Allan Poe publicó «El cuervo», el poema en el que un pájaro negro se posa sobre el busto de una estatua y responde a todas las preguntas del protagonista con la misma palabra: nunca más. Desde entonces, ese animal carga con una fama de mensajero fúnebre que no se merece del todo.

Fotogramas del videoclip oficial de «Fly Away», de Mike Sain't Louis

Porque los córvidos son, sobre todo, listísimos. Fabrican herramientas, esconden comida y recuerdan dónde, y reconocen rostros humanos. A partir de 2006, un equipo de la Universidad de Washington dirigido por John Marzluff capturó y anilló cuervos llevando una máscara concreta. Años después, los cuervos del campus seguían graznando y acosando a cualquiera que llevara esa misma máscara, incluso ejemplares que nunca habían sido capturados. Habían aprendido de los demás quién era peligroso.

Me parece una imagen preciosa para hablar de irse. Un pájaro negro que no olvida quién le hizo daño, que avisa a los suyos y que, cuando hace falta, simplemente se va volando. Sin escándalo. Sin explicaciones. Con memoria.

Un cordobés con plumas

Mucho antes que los aviones, hubo gente que se tiró desde lo alto con unas alas caseras. Uno de los más famosos era de aquí. Abbás ibn Firnás fue un sabio de la Córdoba omeya del siglo IX: poeta, músico, astrónomo, inventor. Según las crónicas, hacia el año 875 se construyó un artilugio de tela, madera y plumas y se lanzó desde una altura. Planeó un trecho, eso cuentan, y aterrizó tan mal que se lastimó la espalda. Él mismo habría dicho después que le faltó fijarse mejor en cómo usan la cola los pájaros para posarse.

La historia nos ha llegado sobre todo a través de un historiador muy posterior, al-Maqqari, del siglo XVII, así que conviene tomarla con la prudencia de las leyendas bonitas. Pero Córdoba no la ha olvidado: hay un puente sobre el Guadalquivir que lleva su nombre, y en la Luna hay un cráter bautizado en su honor.

Me encanta pensar que uno de los primeros hombres que intentó volar en Europa era andaluz y que le salió regular. Es muy de nuestra tierra: la idea genial, el salto, el golpe y la lección aprendida para la próxima.

Leonardo mira a los pájaros

Seis siglos después, en Italia, Leonardo da Vinci pasó años mirando a los pájaros con una obsesión casi científica. Hacia 1505 llenó un cuaderno pequeño, hoy conocido como el Códice sobre el vuelo de los pájaros, con dibujos de alas, corrientes de aire y máquinas voladoras. Ese cuaderno se conserva en la Biblioteca Real de Turín.

Leonardo intuyó cosas que tardarían siglos en confirmarse, pero sus máquinas nunca despegaron. El problema era siempre el mismo: el cuerpo humano no tiene fuerza suficiente para batir unas alas de ese tamaño. Para volar hacía falta otra cosa. Hacía falta dejar de imitar al pájaro.

Lo cuento porque me parece una buena metáfora de cualquier huida. A veces uno intenta salir de un sitio copiando la forma en que salieron otros, y no funciona. Hay que encontrar la propia manera.

Doce segundos en Kitty Hawk

La primera vez que dos personas se elevaron de verdad fue en un globo. Ocurrió en París, en noviembre de 1783, con un aparato de los hermanos Montgolfier. Unas semanas antes, en Versalles, ya habían subido una oveja, un pato y un gallo, que bajaron vivos y bastante confundidos. Me hace mucha gracia que la primera tripulación aérea de la historia fuera un corral.

Collage con un detalle de la carátula de «Fly Away» y las carátulas de «Manual de escape de un narci», «Another Narcissist», «Free Britney», «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk»

El avión llegó más de un siglo después. El 17 de diciembre de 1903, en unas dunas de Carolina del Norte, cerca de Kitty Hawk, Orville Wright se mantuvo en el aire doce segundos y recorrió unos treinta y siete metros. Menos de lo que mide un pasillo de avión moderno. Y sin embargo, aquellos doce segundos lo cambiaron todo.

Hay algo en esa cifra que me conmueve. Doce segundos. No hace falta un vuelo largo para demostrar que se puede. A veces basta con despegar un poquito, tocar el suelo de nuevo y saber, ya para siempre, que el aire aguanta.

Ángeles con abrigo

Hay una película que siempre me viene a la cabeza con esta portada, aunque cuente justo lo contrario. En «El cielo sobre Berlín», de 1987, Wim Wenders imaginó a unos ángeles que recorren la ciudad dividida escuchando los pensamientos de la gente. No llevan túnica blanca: van con largos abrigos oscuros, y la película los muestra casi siempre en blanco y negro. Uno de ellos, interpretado por Bruno Ganz, se enamora de una trapecista y decide renunciar a la eternidad para vivir como humano, con frío, con café, con heridas.

En la película, el ángel quiere bajar. En mi portada, el chico quiere subir. Pero los dos comparten algo: los dos están cansados de mirar la vida desde el sitio que les tocó y deciden cambiar de plano. El ángel de Wenders cae hacia el mundo; el mío se levanta de él. Y los dos van vestidos de oscuro.

Hollywood hizo una versión en 1998, «City of Angels», con Nicolas Cage y Meg Ryan. Es más dulce y menos rara. Me quedo con la original.

Los ojos cerrados

Hay un detalle de la portada que me parece más importante que las alas: el chico no mira hacia dónde va. Tiene los ojos cerrados. Cualquiera que haya montado en avión sabe que el despegue se vive de dos maneras. Hay quien pega la nariz a la ventanilla para ver cómo se encoge la ciudad, y hay quien se agarra al reposabrazos, cierra los párpados y espera a que pase. Él no hace ni una cosa ni la otra. Cierra los ojos, pero no se agarra a nada.

Cerrar los ojos en pleno vuelo es un acto de confianza absoluta. Significa que ya no necesitas comprobar a cada segundo si el aire te sostiene. Significa que has dejado de vigilar. Y quien ha vivido mucho tiempo en estado de alerta, pendiente del humor de otra persona, de un mensaje, de un portazo, sabe lo raro y lo precioso que es poder hacer eso.

Hay gente que tarda años en volver a dormir del tirón después de una mala época. Gente que se sobresalta con el sonido del móvil o que revisa dos veces la cerradura. Para esas personas, una imagen como esta no es un adorno: es un objetivo. Llegar a un sitio, aunque sea en el aire, donde se pueda cerrar los ojos sin miedo.

Volar sin aterrizar

Si hablamos de irse lejos de verdad, los campeones son las aves migratorias. Hay una, la aguja colipinta, que cada año cruza el Pacífico entero sin detenerse. En 2022, un ejemplar joven marcado por científicos voló más de trece mil kilómetros en once días, de Alaska a Tasmania, sin posarse ni una sola vez. No comió, no bebió, no durmió en tierra. Solo voló.

Me parece una imagen que da vértigo. Un pájaro de unos cientos de gramos que sabe, sin que nadie se lo enseñe, que tiene que irse y hacia dónde. Que no pide permiso al cielo, ni espera a que el viento sea perfecto. Que se va porque irse es lo que le mantiene vivo.

No digo que tengamos que hacer lo mismo. Pero sí que a veces irse no es un capricho, sino una necesidad de supervivencia, como la de esos pájaros que, si se quedaran, no pasarían el invierno.

«I'll Fly Away»

El deseo de echar a volar tiene también su propia tradición musical. En 1929, Albert E. Brumley escribió en Estados Unidos un himno gospel titulado «I'll Fly Away», que se publicó en 1932 y se convirtió en uno de los más grabados de su género. Habla de dejar atrás esta vida y volar a un lugar mejor, y durante décadas se ha oído en iglesias, funerales y porches del sur de Estados Unidos. En el año 2000 volvió a ponerse de moda gracias a «O Brother!», la película de los hermanos Coen.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Fly Away», de Mike Sain't Louis

No tengo forma de afirmar aquí que mi «Fly Away» converse con aquel himno, más allá de compartir título, y no lo voy a fingir. Pero me gusta saber que el gesto de abrir las alas lleva casi un siglo sonando en tantas músicas distintas. Hay frases que la gente necesita decir en todas las épocas.

Cadenas y cruces

Me fijo mucho en los detalles de mis portadas, y en esta hay uno que no es casual. El chico lleva varias cadenas con cruces y un pendiente también en forma de cruz. Con las alas negras, el conjunto podría leerse como algo religioso, incluso como un ángel caído. Ya escribí sobre eso en el post sobre curas, rosarios y ángeles caídos, y no quiero repetirme.

Aquí prefiero otra lectura. Las cruces cuelgan, pesan, se balancean con el vuelo. Son lo que el chico se lleva consigo. Nadie se va del todo limpio de su historia: uno vuela con las cadenas que le pusieron, con las que eligió y con los tatuajes que se hizo. Lo importante es que no le impiden subir. De hecho, desde abajo, casi parecen adornos.

Y luego están los tatuajes del cuello y del pecho, la piel convertida en archivo. Ya conté en el post del fénix lo que me interesan los pájaros que se dibujan en la piel. Aquí el pájaro es él.

Lo que se queda abajo

Toda huida tiene un abajo. En la portada no se ve, y eso también dice algo. No sabemos de qué ciudad sale el chico, ni de qué casa, ni de qué cama. No hay nadie despidiéndole con la mano ni nadie persiguiéndole. Lo de abajo, sea lo que sea, ya no aparece en el encuadre.

En la vida real, en cambio, lo de abajo pesa. Están las cosas que no te pudiste llevar, las personas a las que no sabes cómo explicárselo, el piso con tu nombre en el contrato, el perro, las plantas, el trabajo. Irse casi nunca es tan limpio como en una portada. Por eso me gusta que la imagen nos regale, aunque sea un momento, la versión limpia. A veces necesitamos verla para creer que existe.

Y también me gusta que no haya nadie más en el cielo. No hay una pareja esperándole arriba, ni un salvador tendiéndole la mano. Se va solo, con sus alas. Lo cual no significa que tenga que seguir solo para siempre. Significa que el primer impulso, el de despegar, era suyo.

Rosa empolvado

El color del cielo es lo que suaviza toda la portada. Si el fondo fuera gris o negro, la imagen sería dramática, casi de película de terror. Con ese rosa, todo cambia. El negro de las alas no amenaza: contrasta. La oscuridad está ahí, pero no manda.

Ficha de la canción «Fly Away» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Hay una tradición entera, en la estética queer, de juntar el negro y el rosa. El luto y la purpurina. Lo gótico y lo cursi. Me gusta mucho esa mezcla porque se parece a cómo vivimos muchos: con cosas tristes encima y con ganas de fiesta por debajo. En el post de «Sunset Boulevard», de este mismo disco, el rosa era la ropa y el cielo ardía en naranja. Aquí el rosa es el cielo y la ropa es negra. Son dos maneras de decir lo mismo.

Irse no es rendirse

Hay una idea muy extendida, sobre todo en las relaciones, según la cual marcharse es de cobardes. Que hay que aguantar, insistir, dar otra oportunidad. A veces es verdad. Pero cuando lo que tienes delante es alguien que te hace daño de forma sistemática, irse es lo más valiente que puedes hacer.

He escrito mucho sobre eso. En «Manual de escape de un narci» y en «Another Narcissist», que precisamente es la canción que va justo después de «Fly Away» en el catálogo de gayfolkplanet.com, y en el post sobre los verbos de la huida en mis letras. El orden me parece significativo, aunque no voy a decir que la letra hable de eso porque no la tenemos publicada: primero alguien echa a volar, después aparece otro narcisista.

La canción que va justo antes es «Free Britney», sobre la libertad de una mujer encerrada por su propio entorno. Entre una jaula y otro narcisista, unas alas negras. Es casi una secuencia de cómic.

Las ganas de desaparecer

Quiero ser muy claro con una cosa. «Fly Away», «echa a volar», «vete lejos», son expresiones de libertad. Pero hay personas para quienes las ganas de irse se confunden con las ganas de desaparecer del todo. Si al mirar esta portada lo que sientes no es alivio sino un cansancio tan grande que no ves salida, por favor, no lo cargues a solas.

En España tienes el 024, la línea de atención a la conducta suicida: es gratuita, confidencial y atiende a cualquier hora. Si estás en peligro ahora mismo, llama al 112. Si vives fuera de España, marca el teléfono de emergencias de tu país o busca una línea de apoyo cercana en findahelpline.com. Pedir ayuda también es una forma de echar a volar, quizá la más difícil.

Reuní todo lo que he escrito sobre esto en la serie de salud mental sin tabú, con más recursos y teléfonos.

En el segundo disco

«Fly Away» pertenece a *Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk*, el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. El título del disco ya es un suspiro: ojalá se pudiera. Es el deseo de un sitio mejor, de un planeta donde vivir sin dar explicaciones. Y no hay manera más directa de llegar a otro planeta que volando.

En ese contexto, «Fly Away» encaja como una especie de despegue. No sabemos todavía qué cuenta la canción palabra por palabra, pero la portada, el título y el disco apuntan en la misma dirección: hacia arriba y hacia fuera.

Para quién es esta canción

Para quien lleva tiempo con los hombros encogidos y necesita, aunque sea un rato, dejar de hacer fuerza. Para quien ha salido de una relación que le apagaba y todavía no se cree que pueda respirar. Para quien sueña que vuela y se despierta con ganas de volver a dormirse.

Para los que llevan cruces, cadenas o tatuajes que cuentan una historia que no eligieron del todo. Para quien está harto de que le digan que irse es de cobardes. Y para quien, como Abbás ibn Firnás, se tiró una vez desde lo alto, se dio un buen golpe y todavía está pensando cómo hacerlo mejor la próxima vez.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Fly Away»? La letra no se ha publicado todavía, así que no la resumo. La portada muestra a un chico vestido de negro que cruza un cielo rosa con unas grandes alas negras y los ojos cerrados. En mi ficha la presenté como una canción para cuando necesitas soltar lastre.

¿Por qué las alas son negras? En la ficha lo expliqué así: unas alas blancas habrían sido lo previsible, y estas tienen algo de cuervo, como si lo que te permite escapar hubiera nacido de lo que te pesaba.

¿En qué disco está? En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo de la trilogía GAYFOLK. El videoclip oficial está en YouTube desde el 19 de junio de 2026.

¿Quién fue Abbás ibn Firnás? Un sabio de la Córdoba del siglo IX que, según crónicas posteriores, intentó volar hacia el año 875 con unas alas de plumas. Planeó un trecho y se hizo daño al aterrizar. Hay un puente en Córdoba y un cráter lunar con su nombre.

¿Quién hace la música y las voces? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, «el primer cantautor IA». Él escribe y produce; las voces se crean con inteligencia artificial.

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