
Por Mike Sain't Louis ·
«Aquí tampoco puedo escapar»: los verbos de la huida en mis letras
Hay una palabra que se repite en mis canciones como una puerta que alguien empuja una y otra vez desde dentro.
Escapar.
En «Otro bombardeo», del disco «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», la letra empieza en el punto más bajo: «Estoy tan triste», y no puedo parar de llorar. Y cada estrofa acaba chocando contra el mismo muro: «Yo ahora mismo no puedo aguantar», otro bombardeo, y luego esa línea partida en dos, como si costara llegar al final de la frase: «Otro bombardeo y aquí tampoco puedo escapar». (La letra completa está en gayfolkplanet.com.)
Lo que más me interesa de ese verso es una palabra pequeña: tampoco. Aquí tampoco. Quiere decir que antes hubo otro sitio. Que la persona que habla ya ha intentado huir al menos una vez, ha llegado a un lugar nuevo creyendo que allí estaría a salvo, y el bombardeo la ha seguido. No es la primera huida. Es la que confirma que huir no siempre basta.
Este texto va de los verbos de la huida en mis letras: escapar, huir, salir, irse, correr. De lo que esconden por dentro, de por qué aparecen tanto en canciones sobre tristeza, encierro y relaciones que hacen daño, y de una salida que en mis letras aparece menos de lo que debería: pedir ayuda.
Antes de seguir, lo dejo aquí arriba por si alguien lo necesita ahora: si estás pasando un momento muy malo, en España el 024 atiende a todas horas, de forma gratuita y confidencial. Si hay un peligro inmediato, llama al 112. Fuera de España, al número de emergencias de tu país.
Quitarse la capa
Empiezo por la etimología, porque escapar tiene una de las historias más bonitas del español.
Según el diccionario de la Academia, viene de una forma del latín vulgar formada con el prefijo ex, fuera, y cappa, capa. Escapar sería, en su origen, salir de la capa. Desprenderse de ella. La imagen que hay detrás es casi de película: alguien te agarra por la capa, y tú te la quitas y sales corriendo, dejando al perseguidor con la tela en las manos.
Me encanta esa imagen porque cuenta algo que sabe cualquiera que haya escapado de verdad de algo: para salir, hay que dejar cosas atrás. No se escapa con todo puesto. Se escapa soltando. La capa se queda en la mano del otro, y con ella una parte de lo que eras.
Y luego está escaparse, con el se. No es lo mismo escapar de un incendio que escaparse un fin de semana. El pronombre añade algo de travesura, de deseo, de huida elegida. Uno se escapa a la playa, se escapa del trabajo, se escapa con alguien. En «Ruido en mi mente» la letra usa esa forma: «Quiero escaparme de este laberinto». No dice quiero escapar. Dice quiero escaparme, con el pronombre pegado al final, como quien se lleva a sí mismo de la mano.
Huir, fuga y refugio
El otro gran verbo de esta familia es huir. Y tiene un secreto que descubrí tarde: comparte raíz con refugio.
Huir viene del latín fugere, el mismo verbo del que salen fuga, fugaz, prófugo, centrífugo o subterfugio. Y refugio viene de refugium, que también lleva dentro esa raíz. Un refugio es, literalmente, un sitio al que se huye. El lugar donde termina la fuga.
Es una idea consoladora. Toda huida tiene, al menos en la lengua, un final previsto. Nadie huye para siempre. Se huye hacia algún sitio, aunque todavía no se sepa cuál.
En mis canciones la palabra refugio aparece en momentos muy distintos. En el texto de «La playa del Mal Pas», esa playa pequeña de Benidorm es un refugio secreto, el sitio donde se pasaban los veranos mirando el horizonte, «soñando con escapar». Fíjate en la paradoja: el refugio es justo el lugar desde donde se sueña con huir. Uno puede estar a salvo y, al mismo tiempo, querer irse. Esas dos cosas conviven más de lo que creemos.
Y la fuga, además, es una forma musical. En una fuga, una melodía entra, y luego otra voz instrumental la persigue imitándola, y luego otra, y todas se van alcanzando sin llegar a tocarse del todo. Bach era el gran maestro de esa persecución ordenada. Me gusta pensar que hasta en la música más seria hay alguien que huye y alguien que va detrás.
Salir era saltar
El tercer verbo es el más cotidiano y quizá el más difícil: salir.

Salir viene del latín salire, que significaba saltar. De ahí también saltamontes o salmón, que según una etimología muy repetida debe su nombre a lo que salta río arriba. Salir, en su origen, no era abrir una puerta tranquilamente. Era dar un salto.
Esa idea me parece muy honesta cuando la pienso desde la tristeza. Porque hay días en que salir de casa no es un paso, es un salto. En «Entre cuatro paredes» la letra lo dice con toda su sencillez: no me apetece salir de la habitación. No dice no puedo. Dice no me apetece, que es una forma más humilde y más exacta de describir el bloqueo. No hay una cerradura. Hay una falta de ganas que pesa como una puerta cerrada con llave.
En esa misma canción aparece la variante más dura del verbo escapar: «No consigo escapar de mi propio ser». Ahí ya no hay perseguidor externo ni bombardeo. El encierro es uno mismo. Y de uno mismo no se puede salir dando un salto.
La misma letra, en sus últimas líneas, deja una rendija: algo en mí pide respirar. Me gusta que la canción no termine en la puerta cerrada, sino en esa petición pequeña. A veces salir empieza ahí: no en el salto, sino en notar que algo dentro pide aire.
Me fui: el verbo que se confunde con ser
Hay un detalle gramatical que siempre me ha parecido un poema involuntario. En español, el pasado de ir y el pasado de ser son la misma palabra. Fui. Fuiste. Fueron.
Los lingüistas lo llaman supletivismo: un verbo que toma prestadas formas de otros verbos. Ir en castellano es un verbo hecho de tres raíces latinas distintas. Voy viene de vadere, ir viene de ire, y fui viene del pasado de esse, ser. Así que cuando digo me fui, estoy usando, sin saberlo, una forma que también significa fui, existí, era.
Pienso en eso cada vez que leo una de mis letras más ligeras. En «Buscando el polvo perfecto» se habla de un buen follamigo que tuve en Toledo hasta que me fui de allí. Es una línea casi de pasada, sin drama. Pero ese me fui de allí guarda una vida entera. Irse de una ciudad es dejar de ser quien eras en ella.
Y en «Tu mendigo» aparece la versión más lenta de todas: me fui rompiendo lento. Ahí irse no es marcharse. Es un proceso. El verbo ir como auxiliar, ir haciendo algo, ir rompiéndose, describe un desgaste que nadie ve llegar. Uno no se rompe de golpe. Se va rompiendo.
El laberinto
De todas las imágenes de huida de mis canciones, la que más me inquieta es la del laberinto.

En «Ruido en mi mente», después de querer escapar, la letra sigue: «Pero la salida se ríe distinto». Me parece una de las líneas más raras y más exactas que he escrito sobre la ansiedad. La salida existe, pero se burla. Está ahí, se ve, y cada vez que te acercas cambia de sitio o se ríe de otra manera.
El laberinto más famoso de la cultura occidental es el de Creta, el que según el mito construyó Dédalo para encerrar al Minotauro. Y la historia de la huida más famosa es la del propio Dédalo, que quedó atrapado en su obra con su hijo Ícaro y fabricó alas de plumas y cera para escapar volando. Ovidio la cuenta en las «Metamorfosis». Ícaro voló demasiado cerca del sol, la cera se derritió y cayó al mar.
De ese mito se suele sacar una moraleja sobre la ambición. Yo saco otra. Dédalo escapó porque no intentó salir por los pasillos. Dejó de buscar la salida dentro del laberinto y buscó otra dirección. Hacia arriba.
Cuando la cabeza se convierte en un laberinto, a veces pasa algo parecido. No se sale pensando más, dando más vueltas por los mismos pasillos. Se sale cambiando de plano: hablando con alguien, pidiendo ayuda, dejando que otra persona mire el mapa desde fuera.
Correr en círculos
Hay un verbo de la huida que casi nunca se nombra como tal, aunque es el primero que hace el cuerpo: correr.
En «Ruido en mi mente» aparece de una forma que me sigue inquietando: corro en círculos en un sueño sin red. Correr debería alejarte de algo. Pero correr en círculos te devuelve siempre al mismo punto, con más cansancio y la misma distancia. Es la huida que no avanza.
Lewis Carroll escribió una escena perfecta sobre esto en «A través del espejo», de 1871. La Reina Roja le explica a Alicia que en su país hay que correr todo lo que se pueda para quedarse en el mismo sitio, y que si quieres llegar a otra parte tienes que correr el doble de rápido. Los biólogos tomaron prestada esa imagen mucho después para hablar de especies que evolucionan sin parar solo para no quedarse atrás. A mí me sirve para algo más pequeño: para esos días en que haces mil cosas y no te mueves ni un centímetro de donde estabas.
El español tiene además una expresión que lo resume todo: salir corriendo. Dos verbos de huida juntos, uno detrás de otro, como si uno solo no bastara. Se sale corriendo de una cita que va mal, de una reunión familiar, de una casa. Y a veces, cuando por fin te paras, descubres que lo que te perseguía venía contigo.
Por eso no creo que la solución sea correr más. A veces lo valiente es pararse en mitad del círculo y mirar alrededor.
Lucha, huida o quedarse quieto
En 1915 el fisiólogo estadounidense Walter Cannon describió lo que hoy conocemos como respuesta de lucha o huida. Ante una amenaza, el cuerpo se prepara para una de las dos cosas: se acelera el corazón, se tensan los músculos, se agudizan los sentidos. Es un mecanismo antiguo, que compartimos con muchos animales y que nos ha salvado durante miles de años.
Con el tiempo, la psicología añadió una tercera respuesta que conocemos todos aunque no le hayamos puesto nombre: quedarse paralizado. Ni luchar ni huir. Congelarse. Como el animal que se queda quieto en mitad de la carretera.
Pienso en esa tercera opción cuando leo «Otro bombardeo». Esa persona no lucha y tampoco huye, porque ya ha comprobado que huir no sirve: aquí tampoco puede escapar. Lo que queda es aguantar, y la letra dice justo que no puede. Es la descripción de alguien que está agotado de estar en alerta.
Lo cuento sin dramatismo, porque es algo que le pasa a mucha gente. Vivir mucho tiempo bajo un bombardeo, sea de críticas, de humillaciones o de miedo, deja al cuerpo en guardia aunque el peligro haya pasado. Y en algunas personas, la manera de protegerse acaba siendo evitar: no salir, no contestar, no exponerse. Es una huida que se queda en casa.
En este blog he contado que entre mis diagnósticos está el trastorno de evitación. No lo traigo aquí para convertirlo en tema, sino porque explica por qué estos verbos me salen tanto cuando escribo. Si huir es lo que el cuerpo pide, escribir sobre la huida es una forma de mirarla desde fuera.
Huir no es de cobardes
Hay una idea muy extendida que me parece injusta: que huir es de cobardes y que lo valiente es quedarse.

Depende de qué. Quedarse en un incendio no es valentía. Y quedarse en una relación que te destroza tampoco. En «Manual de escape de un narci», el propio título lo dice: hay manuales para salir, igual que hay salidas de emergencia en los edificios. Y una de las instrucciones de esa canción es de una sencillez que me gusta mucho: si amenaza con marcharse, abre la puerta.
Ese verso le da la vuelta a todo. Muchas veces, en una relación así, la amenaza es que el otro se va. Y la persona que recibe la amenaza pasa meses, años, intentando que no se vaya. La canción propone lo contrario. Que se vaya. Que la puerta se abra. La salida no es un fracaso. Es la instrucción.
Escapar de quien te hace daño requiere, muchas veces, más valor que quedarse. Hay que dejar la capa en la mano del otro: la casa, los amigos comunes, la rutina, la versión de ti que existía con esa persona. Hasta el refranero, con su «a enemigo que huye, puente de plata», da por hecho que quien huye es quien pierde. A veces el que huye es el único que ha entendido la situación.
Si alguien que lee esto está en una relación en la que tiene miedo, que sepa que salir es posible y que no hace falta hacerlo solo. El 016 atiende a víctimas de violencia de género y no deja rastro en la factura, y en situaciones de peligro está el 112.
Soñar con escapar
No todas las huidas de mis canciones son de emergencia. Algunas son puro deseo.
El disco «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK» lleva la huida en el título. En la descripción del videoclip de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK» se habla de los días en que uno desearía poder escapar a otro planeta, uno donde no hiciera falta explicarse, defenderse ni fingir. Es el escapismo en su forma más limpia: imaginar un lugar mejor porque este duele.
El escapismo tiene mala fama. Se usa la palabra para criticar a quien se refugia en series, novelas o videojuegos en lugar de afrontar la realidad. Pero el geógrafo Yi-Fu Tuan, en su libro «Escapism» de 1998, defendía una idea que me parece muy luminosa: que casi toda la cultura humana es una forma de escapar. Construir una casa es escapar de la intemperie. Contar un cuento es escapar del silencio. Inventar un planeta en tres discos es escapar de un mundo que a veces no te deja sitio.
Y luego está Houdini, el escapista más famoso de la historia, que a principios del siglo XX se dejaba encadenar, encerrar en baúles y meter en tanques de agua para salir de ellos ante el público. La gente pagaba por verlo escapar. Me parece un detalle revelador: nos fascina ver a alguien salir de una trampa porque todos llevamos dentro alguna trampa de la que nos gustaría salir.
Irse a la ciudad
Hay una huida que la gente LGTBI conoce muy bien, y que aparece en muchas biografías: irse del pueblo o de la ciudad pequeña a la gran ciudad.
La antropóloga Kath Weston escribió en 1995 un artículo que se ha citado mucho sobre lo que llamó la gran migración gay: el movimiento de tantas personas homosexuales del campo a la ciudad, buscando anonimato, comunidad y la posibilidad de ser quienes eran. Esa huida tiene algo de liberación y algo de exilio. Se gana libertad y se pierde un paisaje, una familia, un acento.
En mis letras aparece así, de pasada, en ese me fui de allí que cierra una historia en Toledo. Y aparece en las ciudades que vuelven una y otra vez: Madrid, Benidorm, las playas de Canarias. Son lugares a los que se llega, pero también lugares de los que uno se va. Mi planeta GAYFOLK es, en el fondo, la versión imaginaria de esa ciudad prometida. Un sitio al que huir que todavía no existe.
Nadie puede escapar
Hay dos canciones mías en las que la huida aparece al revés: como algo imposible, y en una de ellas como algo deseado.

En «Como en la matanza de Texas» el verbo está en boca del miedo: te mueves sigiloso, nadie puede escapar. Es la gramática del cine de terror. En una película de miedo, la huida siempre está a punto de lograrse y siempre falla en el último momento. La puerta no abre, el coche no arranca, el teléfono no tiene línea. Uso esa gramática para hablar de personas que te atrapan sin hacer ruido.
En «Malena» pasa lo contrario. La frase es casi la misma, no puedes escapar, es tu destino, pero aquí no da miedo. Es la pista de baile. Es la diva que te hipnotiza y de la que no quieres huir. A veces lo que más deseamos es justamente no poder escapar de algo: de una canción, de una noche, de un abrazo.
Esa diferencia me parece importante. La huida no es buena ni mala en sí. Depende de qué te atrapa. Si es el miedo, buscas la salida. Si es la alegría, cierras la puerta por dentro.
Una salida que existe
Vuelvo al principio, a «Otro bombardeo» y a ese tampoco que me dolió escribir.
Cuando alguien dice que aquí tampoco puede escapar, lo que está diciendo es que ha agotado los sitios a los que huir. Ha probado otra ciudad, otra pareja, otra rutina, y el bombardeo lo sigue. Y es verdad que hay cosas de las que no se escapa cambiando de lugar, porque viajan con nosotros.
Pero hay una salida que no depende del lugar, y es la que más me ha costado aprender: contárselo a alguien. Un amigo. Un médico de cabecera. Una psicóloga. Una línea de ayuda. No es una salida mágica, pero es la que cambia el plano, como las alas de Dédalo. Deja de dar vueltas por los mismos pasillos.
Si te reconoces en alguna de estas letras, en no poder salir de la habitación, en querer escapar de tu propio ser, en sentir que la salida se ríe de ti, quiero dejarte los teléfonos claros:
- 024: línea de atención a la conducta suicida del Ministerio de Sanidad. Gratuita, confidencial, las 24 horas. También por chat.
- 112: emergencias, si hay un peligro inmediato.
- Teléfono de la Esperanza: 717 003 717, para hablar con alguien cuando todo pesa.
- 016: violencia de género, sin rastro en la factura.
- Fuera de España: el número de emergencias local de tu país.
Pedir ayuda no es rendirse. Es la forma más adulta de escapar.
Escribir como salida
Y termino con la única huida que nunca me ha fallado: escribir.
Cada canción que he hecho sobre querer escapar ha sido, a su manera, una pequeña fuga. No porque me sacara del problema, sino porque me sacaba un momento de dentro de él y me dejaba mirarlo desde fuera. Escribir aquí tampoco puedo escapar es, paradójicamente, una forma de escapar un poco. Lo pones en el papel y ya no está solo en tu cabeza.
Quizá por eso las palabras de la huida me gustan tanto. Escapar, que es quitarse la capa. Huir, que lleva dentro un refugio. Salir, que es saltar. Irse, que se confunde con ser. Cada una cuenta una manera de buscar aire.
Y si alguna vez una de estas canciones le sirve a alguien para dar ese salto, para soltar la capa o para encontrar su refugio, entonces habrá valido la pena cada vez que la escribí.
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra escapar? Según el diccionario de la Real Academia Española, del latín vulgar, a partir de ex, fuera, y cappa, capa. Su sentido original sería algo así como salir de la capa o desprenderse de ella.
¿Huir y refugio tienen la misma raíz? Sí. Huir viene del latín fugere, y refugio de refugium, que contiene la misma raíz. De esa familia salen también fuga, fugaz, prófugo y subterfugio.
¿Por qué fui sirve para ser y para ir? Porque el verbo ir en español es supletivo: toma formas de varios verbos latinos. El pretérito fui procede del pasado de esse, ser, y lo comparten los dos verbos.
¿Qué canción de Mike Sain't Louis dice «aquí tampoco puedo escapar»? «Otro bombardeo», del disco «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», una canción sobre la tristeza y el agotamiento de estar siempre bajo ataque.
¿Dónde pedir ayuda en España si me siento atrapado? En el 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible las 24 horas. Si hay un peligro inmediato, en el 112. También en el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717. Fuera de España, en el número de emergencias local.
¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.