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Cuesta abajo hacia el crepúsculo: «Sunset Boulevard», Norma Desmond y el chico que no frena

Hay calles que llegan a los sitios y calles que llegan a las películas. Sunset Boulevard es de las segundas. Uno pronuncia esas dos palabras y no piensa en asfalto, semáforos ni pasos de cebra. Piensa en una mansión con piscina vacía, en una mujer con turbante bajando una escalinata, en una frase sobre los primeros planos. La avenida existe, se puede recorrer en coche y tiene gasolineras como cualquier otra, pero en la cabeza de medio mundo es un decorado. Por eso me gustó tanto ponerle ese nombre a esta canción: porque arrastra setenta y cinco años de cine detrás y, a la vez, en mi portada no hay nada en blanco y negro.

Lo que hay es un chico bajando una cuesta en monopatín. Sin frenar.

Una postal que baja la cuesta

La portada es de las más luminosas que he publicado. El cielo está en llamas, entre naranja, melocotón y un rosa casi fucsia. El sol se hunde detrás de una ciudad enorme que se adivina al fondo, con su cuadrícula de luces ya encendidas y una línea de montes en el horizonte. A ambos lados, palmeras altísimas, finas como cerillas, recortadas contra el atardecer. Y en primer plano, inclinado sobre la tabla, un chico vestido de rosa de los hombros a los tobillos.

La camisa está abierta y se le escapa hacia atrás con el aire. El pantalón, también rosa, parece de una tela que brilla un poco, como si alguien hubiera planchado un algodón de feria. En los pies, unas zapatillas negras con suela blanca, de las de skater de toda la vida. Lleva los brazos separados del cuerpo, buscando el equilibrio, y la cabeza echada hacia atrás con los ojos cerrados. No mira la calle. Confía en ella.

Detrás, a cierta distancia, viene un coche americano antiguo, negro y reluciente, con una matrícula en la que se lee SAINT. Nadie lo conduce con prisa. Parece más un testigo que un perseguidor. En lo alto, a la izquierda, el título en letras de brocha gruesa: SUNSET en rosa, BOULEVARD en negro, como si alguien lo hubiera pintado deprisa en un muro antes de que se fuera la luz.

Yo, en la ficha de la canción, lo resumí así: cuesta abajo, sin frenos y con la camisa abierta. Sigo pensando que es la mejor manera de contarlo.

Lo que se sabe y lo que no

Antes de seguir, una advertencia honesta. La letra de «Sunset Boulevard» todavía no está publicada, y aquí no voy a inventarme versos ni a copiar lo que un subtítulo automático crea haber oído. Lo que tengo es real y comprobable: el título, la portada, el videoclip oficial que subí a YouTube el 19 de junio de 2026, el disco al que pertenece y las etiquetas con que lo acompañé, que dicen indie pop, pop alternativo, queer pop y camp. Tengo también lo que yo mismo escribí sobre ella en mi web. Con eso basta para dar un paseo largo, y el resto lo pone la calle que le da nombre.

Cuando la letra salga estará en la página de letras, como todas las demás. Hasta entonces, este texto es una lectura de la imagen y del nombre, no una explicación de lo que dice la canción.

La avenida de los treinta y cinco kilómetros

Sunset Boulevard mide unos treinta y cinco kilómetros. Empieza cerca del centro de Los Ángeles y termina junto al océano, en la carretera de la costa del Pacífico, a la altura de Pacific Palisades. Por el camino cruza barrios que no se parecen entre sí: Echo Park, Silver Lake, Hollywood, West Hollywood, Beverly Hills, Bel Air, Brentwood. Es una línea que va del asfalto más denso a las curvas con vistas al mar, de los carteles de neón a los setos de tres metros que esconden mansiones.

En un tramo corto de apenas dos kilómetros y medio, la avenida se convierte en el Sunset Strip, el trozo de las salas de conciertos, los hoteles con leyenda y los anuncios gigantes. Allí está el Whisky a Go Go, que abrió en 1964, y un poco más arriba el Chateau Marmont, ese castillo de mentira inaugurado en 1929 donde se ha escondido media historia de Hollywood.

Me hace gracia pensar que una calle tan larga haya acabado siendo sinónimo de una sola cosa. Para casi todo el mundo, Sunset Boulevard no es una avenida: es una película. Y no cualquiera.

Norma Desmond no se mueve

En 1950, Billy Wilder estrenó «Sunset Boulevard», que en España se llamó «El crepúsculo de los dioses», como la ópera de Wagner. Gloria Swanson interpreta a Norma Desmond, una gran estrella del cine mudo que vive encerrada en un caserón de la avenida, convencida de que el público la sigue esperando. William Holden es Joe Gillis, un guionista sin un duro que se refugia en esa casa huyendo de unos cobradores. Erich von Stroheim es Max, el mayordomo, que esconde un secreto que mejor no destripar.

Fotogramas del videoclip oficial de «Sunset Boulevard», de Mike Sain't Louis

La película empieza con un muerto flotando boca abajo en una piscina y una voz en off que nos cuenta cómo ha llegado hasta ahí. Tiene un funeral nocturno para un chimpancé, partidas de cartas con viejas glorias del cine mudo, un órgano que suena solo con el viento y una protagonista que se proyecta sus propias películas en el salón para aplaudirse a sí misma. Si eso no es camp de altísima graduación, no sé qué lo es.

Pero lo que más me interesa de Norma Desmond, mirándola junto a mi portada, es que no se mueve. Vive en una casa donde el tiempo se ha detenido en 1928, con los relojes, los retratos y las cortinas de entonces. Escribe un guion que nadie le ha pedido para volver a la pantalla. Se niega a admitir que el mundo ha seguido girando. Su casa es una cápsula. Su avenida, un museo.

El chico de mi portada hace exactamente lo contrario. Baja por la misma calle, a la misma hora del día, pero no se aferra a nada. Abre los brazos, cierra los ojos y deja que la pendiente decida. Si Norma es el atardecer que se niega a terminar, él es el atardecer que se disfruta precisamente porque se acaba.

«Estoy lista para mi primer plano»

La película dejó dos frases que se repiten desde entonces en cualquier sitio donde haya una diva y un público. La primera la dice Norma cuando Joe la reconoce y le comenta que ella antes era grande: «Soy grande. Son las películas las que se han hecho pequeñas». La segunda llega al final, cuando baja la escalera ante las cámaras y anuncia, totalmente perdida ya en su delirio, que está lista para su primer plano.

Esas dos frases funcionan como un manual de supervivencia mal entendido. La primera es el orgullo que no acepta el paso del tiempo. La segunda es la necesidad desesperada de ser mirada. Las dos son muy humanas. Las dos, también, muy peligrosas cuando se convierten en lo único que queda.

El chico de rosa también se sabe mirado. En la ficha escribí que tiene «la pose de quien se sabe mirado y lo disfruta», y lo mantengo. Pero hay una diferencia. Él no exige el foco. No está bajando una escalera hacia unas cámaras que en realidad no graban nada. Está bajando una calle real, con el sol real en la espalda, y si alguien lo mira, mejor, y si no, también. Se exhibe sin pedir permiso y sin pedir aplausos. Esa es la versión del exhibicionismo que me gusta: la que no depende de nadie.

Del celuloide al musical

Sunset Boulevard tuvo una segunda vida en los escenarios. Andrew Lloyd Webber la convirtió en musical, que se estrenó en Londres en 1993 y llegó a Broadway al año siguiente, con Glenn Close en el papel de Norma. De ahí salieron números como «With One Look» y «As If We Never Said Goodbye», que muchas divas de concurso televisivo han elegido para lucirse.

Treinta años después, el director Jamie Lloyd hizo una versión completamente distinta: escenario casi desnudo, cámaras en directo, todo en blanco y negro y Nicole Scherzinger como Norma. Pasó de Londres a Nueva York y ganó los premios Tony de 2025 al mejor revival de musical y a la mejor actriz protagonista. Es decir, la historia de la mujer que no quería que se apagara el foco sigue encendiendo focos.

Me gusta que mi canción se sume, aunque sea desde una esquina pequeñita, a esa cadena de reinterpretaciones. No con nostalgia ni con homenaje literal, sino con una imagen que le da la vuelta: la avenida de la diva atrapada convertida en la pista de un chaval que se suelta.

Rosa de pies a cabeza

Vestirse de rosa entero no es neutral. Ni en Los Ángeles ni en Madrid. El rosa ha sido durante décadas el color que se le quitaba a los chicos de la mano en cuanto lo cogían, el color de la burla, del «eso es de niñas», del adjetivo que acompañaba al insulto. También fue el color del triángulo con que los nazis marcaron a los hombres homosexuales en los campos, y por eso, mucho después, el movimiento LGTBI lo recuperó como emblema.

Collage con un detalle de la carátula de «Sunset Boulevard» y las carátulas de «Me Gusta el Verano», «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», «Sonne und Wind», «Mirror»

En la portada, el rosa no se lleva con miedo. Se lleva entero, camisa y pantalón, sin una sola prenda que lo rebaje. Hay en el cine un número que siempre me hace sonreír cuando pienso en esto, el «Think Pink!» de «Una cara con ángel», de 1957, en el que una directora de revista de moda decide que todo el mundo debe vestir de rosa. Aquella escena era una sátira del mundo de la moda; mi chico de rosa no satiriza nada. Simplemente lo ha elegido.

Y lo ha elegido para bajar una cuesta a toda velocidad, que es una actividad que tradicionalmente se asocia a otra estética: camisetas anchas, colores apagados, cierta pose de tío duro. Hay algo muy queer en esa mezcla. El monopatín pone la valentía física; la ropa pone la valentía de la otra. Y ninguna de las dos se disculpa.

Sobre cuatro ruedas de poliuretano

El monopatín nació en California en los años cincuenta, cuando a unos surfistas se les ocurrió que se podía «surfear» el asfalto en los días sin olas. Le llamaban sidewalk surfing, surf de acera. Las primeras tablas eran rudimentarias y las ruedas, de metal o arcilla, se agarraban fatal al suelo.

La revolución llegó a principios de los setenta con las ruedas de poliuretano, que lo cambiaron todo: más agarre, más velocidad, menos caídas absurdas. Poco después, durante la sequía que vivió California a mediados de esa década, una pandilla de chavales de Santa Mónica y Venice, los Z-Boys de Dogtown, empezó a colarse en piscinas vacías de casas ajenas para patinar sus paredes curvas. Aquello se contó años más tarde en el documental «Dogtown and Z-Boys», de 2001, y en la película «Los amos de Dogtown», de 2005.

Del asfalto a las piscinas y de las piscinas a los Juegos Olímpicos: el monopatín debutó como deporte olímpico en Tokio 2020, que por la pandemia se celebró en 2021. Una actividad nacida de surfistas aburridos y de chavales saltando vallas acabó con medallas.

Hay una coincidencia que me encanta. La película de Wilder empieza con una piscina y un cadáver. La historia del monopatín moderno tiene una de sus escenas fundacionales en piscinas vacías. En Los Ángeles, por lo visto, las piscinas son el lugar donde se cierran y se abren las historias.

La hora mágica

En cine, al rato que va de un poco antes de la puesta de sol a poco después se le llama la hora mágica. La luz se vuelve horizontal, cálida, suave. Las sombras se alargan, las pieles parecen doradas y todo lo que se fotografía en ese tramo parece un recuerdo.

Uno de los grandes maestros de esa luz fue un barcelonés, Néstor Almendros. Nació en 1930, se exilió primero en Cuba y acabó trabajando en Francia y Estados Unidos. Ganó el Óscar a la mejor fotografía por «Días del cielo», de Terrence Malick, una película rodada en buena parte durante esos minutos dorados. Almendros también codirigió en 1984 «Conducta impropia», un documental sobre la persecución de homosexuales en la Cuba revolucionaria. Me parece justo nombrarlo aquí: un maestro de la luz del atardecer que, además, se jugó el tipo para contar lo que les pasaba a hombres como nosotros.

La portada de «Sunset Boulevard» está bañada en esa hora mágica. La física detrás es sencilla y bonita. Cuando el sol está bajo, su luz atraviesa mucha más atmósfera antes de llegar a nuestros ojos. Por el camino, los tonos azules se dispersan, un fenómeno que describió Lord Rayleigh en el siglo XIX, y a nosotros nos llegan sobre todo los rojos, los naranjas y los rosas. En mi ficha dije que es ese naranja «que parece de mentira». Y lo parece, pero es pura óptica.

Palmeras que alguien plantó

Las palmeras de Los Ángeles son tan parte de su postal que cuesta creer que la mayoría no sean de allí. La historia más repetida en la ciudad cuenta que decenas de miles se plantaron a principios de los años treinta, antes de los Juegos Olímpicos de 1932, como parte de un programa para dar trabajo en plena Gran Depresión. Las altas y finísimas que salen en tantas fotos, como las de mi portada, son en su mayoría palmeras de abanico mexicanas.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Sunset Boulevard», de Mike Sain't Louis

Me gusta ese dato porque demuestra que hasta el paisaje más icónico es, en parte, un decorado. Alguien decidió que esa ciudad tendría ese perfil, y ese perfil se convirtió en el sueño de medio planeta. Las postales se fabrican. Los mitos también. Y eso no los hace menos bonitos, sino más humanos.

En mi portada, las palmeras no son solo fondo: enmarcan la calle como las columnas de un templo. El chico baja por en medio como por un pasillo de honor.

El coche negro que sigue detrás

Hay un detalle que mucha gente no ve a la primera: la matrícula. El coche negro que viene detrás lleva escrito SAINT. Es un guiño evidente a mi nombre artístico, pero también funciona dentro de la imagen. Ese coche antiguo, pesado, elegante, parece la versión mayor del chico. El pasado que sigue de cerca, sin alcanzarlo.

En «El crepúsculo de los dioses», Norma Desmond tiene un coche enorme, un Isotta Fraschini de los años veinte, con tapicería de piel de leopardo, que Max conduce como si fuera una carroza real. Es un coche de otro tiempo para una mujer que vive en otro tiempo.

No sé si quien vea mi portada pensará en aquel coche, pero a mí la imagen me lo pone delante. Un vehículo antiguo y negro que se desliza detrás, y delante, un cuerpo joven sobre una tabla de madera que no necesita motor. El lujo pesado frente a la ligereza. La carroza frente a la tabla.

Un corazón con alas en el pecho

Con la camisa abierta, se ve bien el tatuaje: un corazón con alas extendidas en el centro del pecho. No es la primera vez que aparece en mis portadas; en la de «Zee-Zee», por ejemplo, el chico también lo lleva. Es una imagen que me gusta mucho, porque junta dos ideas que suelen estar reñidas: el corazón, que tiende a quedarse donde lo dejan, y las alas, que tienden a irse.

Ya escribí sobre la piel como cuaderno en el post de los tatuajes y el fénix, y sobre los cuerpos que aparecen en mis letras en este repaso de cachas, tatuados y con canas. Aquí el cuerpo está en movimiento, sudado, con el pecho al aire, y lo que lleva escrito encima resume la escena: un corazón que vuela cuesta abajo.

Muy camp, muy de verano

En mi ficha escribí que la portada tiene «ese punto de anuncio de bronceador de los ochenta que tanto me gusta». Quería decir exactamente eso. Hay un tipo de imagen publicitaria que se quedó grabada en la memoria de quienes crecimos con revistas y vallas: pieles relucientes, colores saturados, cielos imposibles y una promesa de verano eterno. Era pura exageración, y por eso era maravillosa.

Lo camp, como explico en este post sobre por qué el camp no es un chiste, vive justo ahí: en el amor por lo excesivo, lo artificial y lo teatral, sin cinismo. «Sunset Boulevard» tiene esa estética llevada al límite. El cielo es demasiado naranja, el rosa es demasiado rosa y el chico tiene una pose demasiado perfecta para estar bajando una cuesta de verdad. Y precisamente porque todo es demasiado, funciona.

Es también una portada de verano, de las que te hacen sentir la piel caliente aunque las mires en enero. Hace tiempo ya escribí que me gusta el verano, y esta canción vive en ese mismo mapa: ventanillas bajadas, terraza al final de la tarde, el último botón desabrochado. Tal como lo dije en la ficha: ponla, ponte las gafas de sol y suéltate.

West Hollywood, a un lado del Strip

Hay un dato que hace que la avenida me toque más de cerca. Una parte del Sunset Strip atraviesa West Hollywood, una ciudad independiente dentro del área de Los Ángeles que se constituyó en 1984 y que desde el primer momento tuvo una fuerte presencia gay en su ayuntamiento. Fue una de las primeras ciudades de Estados Unidos con una mayoría LGTBI en su gobierno local y durante décadas ha sido un refugio y un escaparate para la comunidad.

Así que esta avenida guarda dos memorias. Una es la de las divas encerradas. La otra es la de un lugar donde, durante décadas, hombres como el de mi portada han podido pasear vestidos como quisieran. Si Norma Desmond representa el miedo a desaparecer, West Hollywood representa la decisión colectiva de hacerse visible.

Esa tensión, entre esconderse y mostrarse, recorre muchas de mis canciones. En el post sobre Britney y las jaulas con focos hablé de la fama como encierro, y en el de «I want to be a TikTok star», de las ganas de brillar aunque sea a medias. «Sunset Boulevard» está en el otro extremo: brillar sin jaula y sin algoritmo, solo con el sol de frente.

En el segundo disco

«Sunset Boulevard» forma parte de *Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk*, el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. Si el primero era el de la llegada a un planeta nuevo, el segundo tiene mucho de deseo de huida, de anhelo de un lugar donde se pueda vivir sin pedir permiso. Que en ese disco haya una canción con nombre de avenida californiana y portada de postal tiene mucho sentido. Es un destino soñado, un sitio que existe pero que, en la imaginación, funciona como otro planeta.

Ficha de la canción «Sunset Boulevard» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

En el catálogo de singles de gayfolkplanet.com aparece entre «Sonne und Wind» y «Mirror», y me hace gracia el orden: primero sol y viento, después el atardecer, y luego un espejo. Como si la tarde terminara con alguien mirándose después de haberse soltado.

Cuando el foco se apaga

Quiero dedicar un momento a la parte menos luminosa. «El crepúsculo de los dioses» es una comedia negra, pero también es la historia de una mujer que se queda sola, aislada, aferrada a lo que fue. En la película hay un intento de suicidio y hay una muerte violenta. No es una historia de final feliz.

Mucha gente vive algo parecido sin mansión y sin cámaras: la sensación de que su mejor momento ya pasó, de que nadie la mira, de que el mundo se ha ido sin avisar. Eso pesa, y a veces pesa muchísimo. Si te reconoces ahí, no esperes a estar peor. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible a cualquier hora. Si hay un peligro inmediato, el número es el 112. Y si lees esto desde otro país, llama a los servicios de emergencia de donde estés o busca la línea de ayuda de tu zona en findahelpline.com. Hablar con alguien no es un primer plano, pero puede ser el principio de otra escena.

Una de mis canciones se titula «La música me está salvando», y ya le dediqué un post entero a la ansiedad, la tristeza y el respiro. Por eso me parece importante que las canciones más luminosas convivan con la posibilidad de pedir ayuda.

Una canción para soltarse

Al final, lo que me sigue gustando de esta portada es su manera de resolver un conflicto viejo. Durante mucho tiempo, a muchos hombres gais se nos enseñó que el atardecer era un sitio peligroso: el momento en que se acaba la juventud, el éxito, la mirada de los demás. Norma Desmond es la pesadilla de ese miedo, la que no supo bajarse del pedestal.

El chico de rosa propone otra cosa. El sol se va, sí. La cuesta termina en algún sitio, claro. Pero mientras dura, se puede bajar con los ojos cerrados, con la camisa al viento y con un coche negro del pasado mirando desde atrás sin alcanzarte. No hace falta estar listo para ningún primer plano. Basta con estar en la calle cuando el cielo se pone de ese color.

Por eso es una canción para la gente que se suelta tarde. Para quien estrenó su ropa favorita a los cuarenta, para quien se atrevió con el rosa cuando ya nadie lo esperaba, para quien aprendió a subirse a algo que da miedo cuando los demás ya se estaban bajando. Y también para quien todavía no se ha atrevido y mira la portada con ganas.

Para quién es esta canción

Para quien conduce al atardecer con las ventanillas bajadas y el volumen más alto de lo recomendable. Para quien ha visto «El crepúsculo de los dioses» y ha pensado que Norma necesitaba, más que un primer plano, una amiga que la sacara de casa. Para quien se ha vestido de rosa entero alguna vez y ha aguantado las miradas con una sonrisa.

Para los que patinaban de chavales y ya no se atreven. Para los que nunca patinaron y se mueren de ganas. Para quien ha pasado por una mala racha y empieza a notar que la luz cambia. Y para quien, como yo, cree que el atardecer no es un final, sino la hora en la que todo se ve más bonito.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Sunset Boulevard»? La letra aún no se ha publicado, así que no la resumo ni la invento. Lo que sí está claro es la escena de la portada: un chico vestido de rosa que baja en monopatín una avenida con palmeras de Los Ángeles al atardecer. En mi ficha la describí como una postal camp y veraniega, cuesta abajo y sin frenos.

¿Qué tiene que ver con la película de Billy Wilder? Comparte nombre con «Sunset Boulevard» («El crepúsculo de los dioses», 1950), la película sobre Norma Desmond, una estrella del cine mudo encerrada en su mansión. Este post usa esa película como contraste: ella no se mueve; el chico de la portada no para.

¿En qué disco está? En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. El videoclip oficial se subió a YouTube el 19 de junio de 2026.

¿Qué estilo tiene? Las etiquetas que la acompañan en YouTube son indie pop, pop alternativo, queer pop y camp. La estética de la portada, con colores saturados y aire de anuncio de bronceador de los ochenta, va en esa línea.

¿Quién hace la música y las voces? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, «el primer cantautor IA». Escribe las letras, compone y produce, y las voces se generan con inteligencia artificial.

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