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Cachas, tatuados y con canas: el cuerpo en mis letras

«Ya se me marcan las abdominales.»

Es un verso de «El espejo de enfrente», del primer disco de la trilogía. Y viene justo después de otro que dice todo lo contrario: «¡Ay! Qué asco me doy».

Entre esos dos versos cabe casi todo lo que mis canciones dicen del cuerpo. El día que el espejo se porta bien y el día que se porta fatal. El orgullo y el asco. La misma cara, el mismo cuerpo, y dos sentencias distintas según la hora.

En mi catálogo hay muchos cuerpos. Cuerpos cachas, cuerpos tatuados, cuerpos que pierden el pelo, cuerpos a los que se insulta por gordos o por calvos, cuerpos que se lucen en una foto y cuerpos que recuerdan lo que la cabeza querría olvidar. No hay una canción que se llame «el cuerpo». Pero el cuerpo aparece por todas partes, casi siempre de reojo, en un verso suelto, como aparece en la vida.

Este texto recorre esos cuerpos. No para hablar del mío, que no viene al caso, sino para ver qué dicen las letras publicadas del cuerpo que se mira y del cuerpo que se juzga.

El espejo que se porta bien y el espejo que se porta fatal

Empiezo por la canción que más directamente habla de mirarse. «El espejo de enfrente».

La letra empieza de madrugada, en penumbra. Alguien se mira al espejo y no consigue vivir el presente. Siente que su cabeza es un globo sonda. Y el estribillo es un hartazgo dicho sin adornos: estoy harto de verme la puta cara en el espejo de enfrente.

Luego viene una frase que me parece la clave de toda la canción: «Soy tan cruel». No dice que el espejo sea cruel. Dice que lo es él. El espejo solo devuelve. La crueldad la pone quien mira.

Y entonces, hacia el final, la canción da un giro casi de comedia. Hay días en que el espejo se porta bien: ya se me marcan las abdominales, hoy estoy resplandeciente. Y hay días en que se porta fatal: no siento mis constantes vitales, creo que ya es suficiente.

Me gusta mucho que el espejo se «porte». Como si fuera una persona con humor propio. Como si la culpa de cómo nos vemos la tuviera el cristal y no nosotros. Es una forma de reírse de algo que, en realidad, no tiene ninguna gracia: que la opinión que tenemos de nuestro cuerpo cambie de un día para otro sin que el cuerpo haya cambiado.

Cualquiera que haya tenido una relación complicada con su reflejo conoce ese vaivén. Lunes resplandeciente. Martes sin constantes vitales. Y el cuerpo, entre medias, exactamente igual.

Qué asco me doy

El verso «qué asco me doy» no está solo en mi catálogo. La palabra asco va y viene por mis letras, a veces hacia fuera y a veces hacia dentro.

En «El espejo de enfrente» va hacia dentro, y va pegada al cuerpo. No es un asco moral, por algo que se ha hecho. Es un asco físico, por lo que se ve. Y eso me parece importante decirlo con claridad, porque es una de las formas más comunes de hacerse daño que conozco en la cultura gay: mirarse con los ojos del juez más severo posible.

La canción no lo resuelve. No hay un verso final de autoestima recuperada ni una moraleja. Hay un «creo que ya es suficiente», que se puede leer de muchas maneras. Como un ya basta de mirarse. Como un ya basta de todo.

Prefiero que se quede así, abierta. Las canciones que arreglan la autoestima en tres minutos me suelen sonar a anuncio.

El catálogo de las apps: eres gordo, eres calvo

Si el espejo es el juez interior, las aplicaciones de ligar son el juez exterior. Y en mi catálogo hay una canción que reproduce ese juicio palabra por palabra.

Fotogramas del videoclip oficial de «El espejo de enfrente», de Mike Sain't Louis

En «Buscando el polvo perfecto» aparece una lista de rechazos que cualquiera que haya usado una app reconocerá: eres gordo, eres calvo, no eres lo que estoy buscando. Si no contesto y te bloqueo, es porque eres muy feo. Eres viejo y poco dotado.

Leída fuera de contexto, parece crueldad pura. Leída dentro, es un retrato de la crueldad. La letra pone en boca del que juzga todo lo que ese tipo de usuario piensa y casi nunca se atreve a escribir. Y lo hace exagerándolo hasta el ridículo, con un verso que lo desmonta: yo soy dios y tú estás desgastado.

Cuando alguien dice «yo soy dios» mientras reparte etiquetas de gordo y calvo, ya no hace falta añadir nada. Se ha retratado solo.

Las apps convierten el cuerpo en una ficha. Altura, peso, edad, foto de torso. Y en esa ficha el cuerpo deja de ser una persona y se vuelve un filtro. La canción no sermonea sobre eso. Simplemente lo enseña tal cual, con su lenguaje de catálogo, para que suene tan absurdo como es.

Diez «me gusta» en la foto de las abdominales

El cuerpo de mis canciones también vive en el móvil. Y ahí se mide en corazones.

En «Spoiler», del segundo disco, el que habla va contando cómo cambia el comportamiento de su pareja en las redes. Al principio solo daba «me gusta» a fotos de Madonna. A la semana, eso ya le parece poco. De repente tiene foto de perfil posando con los labios perfectos. Sube historias seduciendo a la cámara. Y llega el verso que lo delata todo: he contado por lo menos diez me gusta en el de las abdominales.

El de las abdominales. Ni siquiera hace falta decir quién es. Es un cuerpo convertido en categoría, el chico de la foto de torso, uno de esos chicos tan perfectos de los directos. Y la letra no lo culpa a él. Lo que cuenta es el rastro de corazones que deja el otro.

Me parece un retrato muy exacto de cómo funciona hoy el deseo en pantalla. El cuerpo ajeno se convierte en una amenaza que se puede contar, literalmente, en «me gusta». Y el propio cuerpo empieza a posar: labios perfectos, cámara, insistencia.

Fíjate en el eco con «El espejo de enfrente». Allí se marcan las abdominales propias en un día bueno. Aquí son las de otro, en la pantalla, y lo que se marca es la distancia.

Canas teñidas y lentillas de colores

Hay una canción en la que el cuerpo se usa como prueba en un juicio. Es «Carta de recomendación», del segundo disco: una carta irónica dirigida a la nueva pareja de un ex, que es un personaje de ficción con sus propios apodos.

La carta está llena de avisos. Y muchos son sobre el cuerpo. No te fíes de sus ojos azules, son lentillas de colores. Tiene muchas canas, tiene teñidos tanto el pelo como la barba. Tiene pendiente un presupuesto para arreglarse los dientes. Y la edad que dice tener no es la que tiene.

Lo que me interesa aquí es el mecanismo. En casi todo mi catálogo el cuerpo es lo que se juzga injustamente. En esta carta, en cambio, el cuerpo es el lugar donde se esconde la mentira. Las lentillas, el tinte, la edad maquillada: todo apunta a lo mismo. El problema del personaje no es tener canas. Es mentir sobre ellas. Por eso, entre aviso y aviso, la carta resume: solo miente, miente y miente.

Es una diferencia que me importa. Nadie en mis letras pierde puntos por envejecer. Los pierde por fingir.

No soy feo, ni calvo ni amable

Hay otra canción que toma esas mismas etiquetas y les da la vuelta de una manera muy distinta. «Antisocial», del tercer disco.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Ya se me marcan las abdominales.» de «El espejo de enfrente»

El verso es este: «No soy feo, no, ni calvo ni amable». Y se repite.

Me hace mucha gracia ese verso porque mete en la misma lista dos rasgos físicos y uno de carácter. Feo, calvo, amable. Como si ser amable fuera tan opcional como tener pelo. Y lo que viene después le da la vuelta del todo: pero en mi pecho late un corazón noble.

Es decir: el que habla en la canción niega la etiqueta física y niega también la social. No es feo ni calvo, pero tampoco va a ser simpático por obligación. Lo que ofrece es otra cosa, que no se ve en una foto: lealtad a los pocos elegidos.

Si en «Buscando el polvo perfecto» el cuerpo es la ficha que te descarta, en «Antisocial» el cuerpo es lo que se aparta de un manotazo para hablar de lo que importa. No soy feo, vale. Pero eso no es lo que te tengo que contar.

El cachas de la barra

En mis letras el cuerpo musculado aparece mucho más de lo que cabría esperar. Y casi nunca sale bien parado.

En «Garrafón de China» hay un verso que se repite como una acusación: el cachas de la barra nos vendió garrafón. Es una resaca contada desde la cama, con dolor de cabeza y un desconocido al lado. Y el culpable de todo, según la letra, es el camarero musculado.

Me gusta que el cachas no sea aquí un objeto de deseo, sino el que te sirve el alcohol malo. Es una pequeña venganza contra un estereotipo muy presente en el ambiente: el cuerpo de gimnasio como premio, como lo más deseable de la noche. En la canción, ese cuerpo te ha dado garrafón. Y lo vas a pagar por la mañana.

En «Mi novio de Albacete» aparece la otra cara del músculo, la de la pareja perfecta: tú tan cachas, yo tatuado, éramos la pareja gay del año. Ya he escrito sobre ese verso en otro artículo, así que aquí solo quiero señalar una cosa. Los dos cuerpos se presentan como un inventario, como una foto de perfil compartida. Y la frase que los rodea es «me has engañado». La pareja de cuerpos perfectos era también la pareja del engaño.

El músculo, en mis canciones, no garantiza nada. Ni el buen alcohol ni la fidelidad.

Un fénix tatuado en el pecho

Los tatuajes también salen mucho en mi catálogo. Y aquí el cuerpo cambia de función: ya no es lo que se juzga, sino lo que se cuenta.

«Tattoo de fénix» empieza con un verso muy claro: un ave fénix llevo tatuado en el pecho. Y luego todo es pista: vuelo entre beats, en el club despecho. Sube el volumen. La pista vibra. Agárrame de la cintura.

Lo interesante es lo que significa el dibujo. El fénix es el pájaro que renace de sus cenizas. Llevarlo tatuado en el pecho, en una canción de baile después de un despecho, es llevar escrita en la piel una promesa: me voy a levantar. El tatuaje convierte el cuerpo en un cartel.

Y el fénix no es un dibujo aislado en mi catálogo. En «Dientes, dientes» aparece otra vez, ahora como insulto y como escudo: yo soy un ave fénix y tú eres una rata. La misma imagen, del pecho tatuado a la boca que contesta.

En «La vecina cotilla» el tatuaje vuelve, pero en el cuerpo de otro: es tan guapo y tatuado, sueño con darle un pico. Aquí el cuerpo tatuado es deseo puro, mirado desde la ventana, con la mezcla de cotilleo y fantasía que tiene toda la canción.

Así que el tatuaje, en mis letras, hace tres cosas: es promesa en el pecho propio, es escudo en una pelea y es deseo en la piel del vecino.

Dientes

Hay una parte del cuerpo que sale en mis canciones con una frecuencia que me hace sonreír: los dientes.

Collage con un detalle de la carátula de «El espejo de enfrente» y las carátulas de «Buscando el polvo perfecto», «Carta de recomendación», «Antisocial», «Garrafón de China»

«Dientes, dientes» lo lleva hasta el título. Y el estribillo explica para qué sirven: dientes, dientes, que es lo que les jode. Dientes, dientes, que es lo que les duele. Así su rabia muere. Así su odio no muerde.

Aquí los dientes son una sonrisa. La sonrisa como respuesta a la envidia. Enseñar los dientes, en el sentido más literal: sonreír justo delante de quien te quiere ver hundido. No hay mejor venganza que esa, dice la canción, porque es lo que más les duele.

Me parece una idea muy queer, si se me permite. Durante mucho tiempo, a la gente como nosotros se le pidió que no se notara, que no llamara la atención, que no sonriera demasiado. Sonreír con todos los dientes delante de quien te desprecia es una forma de ocupar sitio. Y la canción lo convierte en estribillo.

Pierdo el pelo

El pelo es otro termómetro del cuerpo en mis letras. A veces como insulto, como el «eres calvo» de las apps. Y a veces como herida.

En «La primera drag de Benidorm» hay una tirada de versos que es casi un grito: ¡Aquí me desangro, aquí escupo al suelo, aquí vendo heridas, aquí pierdo el pelo! ¡Aquí rompo espejos, aquí trago mierda!

Es la letra de alguien que ha dejado la piel en un escenario. Y entre todas las imágenes de desgaste aparece esa, tan física, tan poco glamurosa: aquí pierdo el pelo. No es una metáfora sofisticada. Es el cuerpo que se gasta, literalmente, en el oficio de brillar.

Y fíjate que en la misma tirada aparece otro espejo: aquí rompo espejos. Si en «El espejo de enfrente» el espejo se porta bien o mal, aquí directamente se rompe. El cuerpo de la drag, cansado, ya no quiere que le devuelvan su imagen.

Mi cuerpo, mi suerte

Hay un verso muy corto en «Tu mendigo» que dice mucho sobre cómo el cuerpo aparece en las canciones de desamor.

La letra le habla a alguien que no soportaba lo bueno del otro: te ofendía mi alegría. Te dolía mi arte, mi cuerpo, mi suerte. Querías salvarme y luego barrerme.

Mi arte, mi cuerpo, mi suerte. Tres cosas que el otro envidiaba o le molestaban. Y el cuerpo está en medio, entre el arte y la suerte, como una más de las cosas que no se perdonan.

Me parece una observación muy fina sobre ciertas relaciones. A veces el problema no es que al otro no le guste tu cuerpo. Es que le gusta demasiado, y no soporta que sea tuyo. Que lo disfrutes. Que te sientas bien en él. Y entonces el cuerpo, como la alegría y el arte, se convierte en algo que hay que apagar.

Lo que el cuerpo aún recuerda

No todos los cuerpos de mi catálogo son de espejo, de gimnasio o de app. Hay uno que es memoria.

Ficha de la canción «El espejo de enfrente» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

El texto que acompaña a «Beat My Post-Traumatic Stress» la presenta como una canción sobre sobrevivir a lo que el cuerpo aún recuerda. Sobre caminar entre el miedo, la ansiedad y el silencio, y convertir todo eso en ritmo. Y añade que cada golpe de percusión es un latido que pensé que había perdido.

Lo que el cuerpo aún recuerda. Esa frase me parece de las más importantes que hay en mis textos sobre el cuerpo. Porque dice algo que cualquiera que haya pasado por una experiencia dura sabe: la cabeza puede decidir pasar página, pero el cuerpo tiene su propio calendario. Se tensa sin permiso. Se acelera sin motivo aparente. Recuerda.

Y la respuesta que propone el texto no es olvidar. Es convertirlo en ritmo. El cuerpo que recuerda el miedo es el mismo cuerpo que, con un latido de percusión, vuelve a bailar.

La piel que no pide permiso

Termino el recorrido con un cuerpo que sí se celebra sin reservas.

El texto de «¡Qué polvo tiene Paco León!» dice que no es una burla, sino un guiño. Un homenaje a la belleza queer, al descaro elegante. Y acaba con una frase que me encanta: este videoclip celebra la libertad, la ironía y la piel que no pide permiso.

La piel que no pide permiso. Si «El espejo de enfrente» es el cuerpo que se juzga, esta frase es el cuerpo que ha dejado de pedir aprobación. No necesita que el espejo se porte bien. No necesita pasar el filtro de la app. Simplemente está, y desea, y se deja desear.

El mismo texto lo resume así: el deseo también puede ser una forma de arte.

Un cuerpo, muchos jueces

Si junto todos estos cuerpos, veo un patrón bastante claro. En mis canciones el cuerpo casi nunca está solo. Siempre hay alguien mirándolo.

El propio espejo, que se porta bien o mal según el día. Los «me gusta» en la foto de las abdominales. El usuario de la app que reparte etiquetas de gordo y calvo. La pareja que presume de cuerpos y luego engaña. El ex al que le dolía tu cuerpo. La vecina que mira al tatuado desde la ventana. El público ante el que la drag pierde el pelo.

Y frente a todos esos jueces, las canciones prueban respuestas distintas. La risa, cuando el espejo se «porta». El ridículo, cuando el que juzga se cree dios. La indiferencia, cuando el cuerpo se aparta para hablar de lealtad. El tatuaje, que escribe una promesa. La sonrisa con todos los dientes. La negativa a fingir la edad. Y, al final, la piel que no pide permiso.

No creo que ninguna de esas respuestas sea la buena. Creo que todas sirven según el día. Algunos días toca reírse del espejo. Otros toca romperlo. Y algunos, los mejores, toca no mirarlo.

Lo que no cuento

Una aclaración honesta, como en otros textos. Este artículo no habla de mi cuerpo. No cuento si tengo tatuajes, ni cuánto voy al gimnasio, ni cómo me llevo con mi espejo. No lo cuento porque no viene en las letras, y las letras están escritas muchas veces desde personajes y situaciones que no son una autobiografía literal.

Lo que sí cuento es lo que está escrito. Y lo que está escrito dice que el cuerpo, en el Planeta Gayfolk, es un campo de batalla y una pista de baile a la vez. Que se juzga mucho y se celebra poco. Y que las canciones están para equilibrar un poco esa balanza.

La letra completa de «El espejo de enfrente» está en gayfolkplanet.com/letras/el-espejo-de-enfrente. Léela un día en que el tuyo se esté portando fatal.

Preguntas frecuentes

¿Qué canciones de Mike Sain't Louis hablan del cuerpo? Entre otras, «El espejo de enfrente», «Buscando el polvo perfecto», «Spoiler», «Carta de recomendación», «Antisocial», «Garrafón de China», «Mi novio de Albacete», «Tattoo de fénix», «Dientes, dientes», «La vecina cotilla», «La primera drag de Benidorm» y «Tu mendigo».

¿De qué trata «El espejo de enfrente»? De mirarse al espejo y juzgarse con dureza. La letra alterna el asco («¡Ay! Qué asco me doy») con los días buenos («Ya se me marcan las abdominales»), como si el espejo se portara bien o mal según el día.

¿Qué significa el fénix en sus letras? Aparece en «Tattoo de fénix», tatuado en el pecho en una canción de baile después de un despecho, y en «Dientes, dientes» («Yo soy un ave fénix y tú eres una rata»). Es la imagen de levantarse de nuevo.

¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.

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