
Por Mike Sain't Louis ·
Escribiendo estoy, otra vez llorando: el Kit Kat eterno y el derecho a no parecer fuerte
El envoltorio rojo, abierto por la mitad. Dos barritas comidas, dos esperando. La pantalla del portátil con la letra a medio escribir y el cursor parpadeando como un intermitente en un atasco de la M-30. Y yo con la cara mojada, sorbiendo mocos como un crío en la puerta del colegio.
No es una escena bonita. Es la escena real de muchas de mis letras.
«Y sigo temblando siempre» tiene una línea que me retrata mejor que cualquier foto de prensa: «Y escribiendo estoy, estoy otra vez llorando». La puse tal cual, sin maquillaje, en mitad de la canción, como quien deja la puerta del baño abierta. Y este post va de eso. De llorar escribiendo, de la chocolatina como primeros auxilios y de mi negativa rotunda a escribir canciones en las que el protagonista sale del túnel con el pelo perfecto y una lección aprendida.
La chocolatina como receta médica
Empiezo por lo más tonto, que es por donde empiezo siempre.
En la canción hay un momento en que el narrador hace balance y llega a una conclusión clínica: si esto ha salido mal, «necesito un eterno Kit Kat». No unas vacaciones. No un psicólogo. No una escapada rural con jacuzzi. Una chocolatina. Pero eterna.
Me hace gracia porque es exactamente lo que hacemos todos cuando algo se rompe. Nadie se cura con frases de taza. Uno se cura, o se anestesia, con lo que tiene a mano en la cocina a las dos de la madrugada. Un Kit Kat, un Bollycao, un tarro de Nutella con la cuchara clavada, unas natillas de las de cuatro en el pack. El anuncio de toda la vida decía «tómate un respiro», y yo lo llevé al extremo: si el respiro tiene que durar lo que dura el disgusto, que me den el respiro infinito, con barritas de repuesto hasta el fin de los tiempos.
Ahí hay autoparodia, claro. Me imagino a mí mismo como uno de esos personajes de comedia romántica americana que lloran en el sofá con un cubo de helado. Solo que en versión de barrio de Madrid, con la chocolatina del súper y el chándal con bolitas.
Pero debajo del chiste hay algo serio. El Kit Kat eterno es la admisión de que no hay solución. Que el dolor no se arregla, se acompaña. Y que acompañarlo con azúcar es tan legítimo como acompañarlo con meditación guiada.
Yo elijo el azúcar. Y lo pongo en la letra.
Cuando la letra sale mojada
Hay quien escribe en frío. Se sienta, toma distancia, ordena las ideas y construye una canción como quien monta una estantería de Ikea, con el folleto de instrucciones al lado. Respeto mucho esa manera de trabajar. Tengo canciones así, sobre todo las de humor puro, que son casi ingeniería de chistes.
Pero hay otras que no. Hay letras que me salen mientras todavía estoy dentro del golpe, y esas salen mojadas.
«Y sigo temblando siempre» es de las mojadas. Se nota en la forma: frases largas que se atropellan, preguntas que no esperan respuesta, una repetición del estribillo que suena más a jadeo que a gancho de radio. No es una canción pulida. Es una canción con el rímel corrido. Y la línea de «escribiendo estoy, estoy otra vez llorando» es la confesión de que el narrador no está contando algo que pasó. Lo está contando mientras pasa.
Ya conté en escribir deprisa y escribir despacio que mis letras tienen dos velocidades. Esta es de las rápidas. De las que no dejo reposar porque, si reposan, se enfrían y pierden justo lo que tienen: el temblor.
Hay una trampa ahí, lo sé. Escribir desde dentro del dolor te puede llevar a la autocompasión más pegajosa. Por eso, incluso en una canción tan mojada como esta, meto chocolatinas y series de televisión. No como freno, sino como barandilla. Algo a lo que agarrarse para no caer escaleras abajo.
Llorar en una esquina como en La que se avecina
La canción tiene dos referencias a la tele que, para mí, son el corazón del asunto. Una pregunta si todos los buenos momentos de la pareja eran tomas falsas de La que se avecina o de Caso cerrado. La otra describe al narrador tirado en una esquina, llorando, como si estuviera en un episodio dramático de La que se avecina.

Me encanta esa serie como espejo, y no es casualidad que salga tanto en mi cancionero. Es una comedia coral de vecinos de Madrid donde todo el mundo grita, todo el mundo engaña y todo el mundo sobrevive a base de exagerar. Y de vez en cuando, en medio de las carcajadas enlatadas, algún personaje se queda solo en el descansillo y la cámara le pilla con los ojos húmedos. Esos segundos me parecen lo más honesto de la televisión española.
Usar la serie como medida del dolor tiene una ventaja enorme: me permite verme desde fuera. Si me imagino llorando como un personaje de Mirador de Montepinar, ya no soy solo el que llora. También soy el guionista que piensa que la escena está quedando un poco exagerada. Y esa doble mirada, víctima y guionista a la vez, es lo que me impide hundirme del todo.
De Caso cerrado me quedo con otra cosa: con la sospecha de que todo era un montaje. Ese programa vivía de casos tan increíbles que la gente discutía si eran reales o actuados. Aplicarlo a una relación de años es devastador. ¿Los paseos con los perros eran de verdad? ¿Las navidades? ¿Aquella forma de consolarme? ¿O era todo una toma más, con el director fuera de plano dando instrucciones?
Esa pregunta no tiene respuesta. Por eso la canción tiembla.
El listo que resultó ser un circo
Hay un verso en la canción que me hace mucha gracia porque es una venganza muy pequeña y muy precisa. Habla de que el que se cree listo, en el fondo, es un circo. No un genio del mal, no un estratega, no un cerebro criminal de película de James Bond. Un circo. Con sus payasos, su domador de pulgas y su carpa remendada.
Me gusta porque desinfla. Durante una relación con alguien que manipula, esa persona parece enorme. Parece que lo controla todo, que siempre va dos pasos por delante, que sabe exactamente qué botón tocar para que te sientas pequeño. Y cuando sales, con algo de distancia, lo miras otra vez y ves la lona descolorida, los focos fundidos y al presentador con la chaqueta de lentejuelas manchada de grasa. Tanto miedo para esto.
Esa rebaja es uno de los momentos más sanos de cualquier ruptura. No pasa el primer día. Ni el primer mes. Pero cuando llega, se nota: el monstruo se convierte en espectáculo de feria de pueblo, de los que montan en agosto al lado de los coches de choque. Y uno empieza a reírse.
Que descarguen en mí
La canción tiene también un momento casi de teatro clásico. El narrador se dirige a «los aludidos», así, en plural y con tono de comunicado oficial, y les pide que descarguen en él toda su culpa. Como si fuera el pararrayos de la comunidad de vecinos.

Lo escribí con ironía, claro. Es la ironía de quien ha cargado con culpas que no eran suyas durante tanto tiempo que ya lo ofrece como servicio. Venga, traed todas, que yo las guardo en el trastero. Pero también hay algo de cansancio real. La canción dice, poco antes, que el narrador siente que tampoco tiene tanta culpa. Esa frase, tan bajita, tan poco heroica, me costó más que cualquier chiste del disco. Los chistes salen solos. Esa línea tuve que arrancarla con pinzas, como una espina clavada en la planta del pie después de un día de playa en la Malvarrosa.
Porque la luz de gas funciona así: al final, el que más culpa siente es el que menos tiene. Y atreverse a decir en voz alta que uno no es el culpable de todo es como abrir una ventana después de meses con la casa cerrada. Entra aire. Huele a calle.
Si este tema te toca de cerca, en gaslighting tengo otra canción que va directa a ese mecanismo.
Primos hermanos con «Me rindo»
Quien conozca mi catálogo reconocerá versos de esta canción en «Me rindo». Comparten material, y lo cuento sin esconderlo porque me parece interesante para quien quiera entender cómo trabajo.
A veces una letra no cabe en una sola canción. Me sale un bloque de texto con varias direcciones posibles y, en lugar de elegir una, dejo que crezcan dos versiones. Cada una tira hacia un lado. En una pesa más la rendición; en esta pesa más el temblor, el cuerpo que no deja de vibrar aunque la cabeza ya haya decidido rendirse. El título lo dice: me rindo, sí, pero sigo temblando.
Es una práctica que algunos verán rara, y que a mí me parece muy natural. Los pintores hacen series del mismo motivo. Los fotógrafos repiten encuadre con otra luz. Yo hago lo mismo con las palabras: vuelvo a la misma herida con otra base, otro tempo, otro orden. Si alguien quiere leerlas una al lado de la otra, las letras están en gayfolkplanet.com/letras/y-sigo-temblando-siempre y en la página de «Me rindo».
No es reciclaje. Es insistencia. Y en el desamor, insistir es lo que hace todo el mundo, aunque casi nadie lo admita en público.
El derecho a no parecer fuerte
Llego a la línea que considero más mía de toda la canción, y que no tiene un solo chiste: «me da igual aparentar o no ser fuerte».
Vivimos rodeados de discursos de fortaleza. Las redes están llenas de frases sobre levantarse, sobre convertir el dolor en gasolina, sobre salir más fuerte de cada golpe. Hay hasta camisetas. Y yo, sinceramente, estoy un poco harto. No porque esté en contra de levantarse, que me levanto como todo el mundo, sino porque esa obligación de parecer entero se convierte en otra carga más. Ya no basta con sufrir: además tienes que sufrir con estilo, en tiempo récord y con un aprendizaje que compartir en LinkedIn.
La canción se niega. Dice que le da igual. Que va a temblar delante de quien sea. Que no va a posar.
Para alguien que viene de una historia con una persona narcisista, esto tiene un peso especial. Durante mucho tiempo, aparentar que todo iba bien era una forma de supervivencia: no dar pistas, no enseñar la herida, no ofrecer munición. Dejar de aparentar es el primer gesto de libertad. Es quitarse el disfraz de persona que lo lleva todo genial y decir: pues no, estoy temblando, y aquí lo tenéis.
Escribí sobre esa honestidad incómoda en carta a quien todavía no se lo ha dicho a nadie, aunque allí el tema era otro. La raíz es la misma: callarse para parecer fuerte cuesta carísimo.
El cuerpo no se rinde a la vez que la cabeza
Me interesa mucho la diferencia entre rendirse y dejar de temblar, porque creo que explica algo que nadie te cuenta de las rupturas.

La cabeza puede decidir en un segundo. Un día te despiertas y piensas: se acabó, no vuelvo, no le escribo, no miro su perfil. Lo decides con la claridad de una sentencia firme. Pero el cuerpo va a su ritmo, y su ritmo es mucho más lento. Te tiemblan las manos cuando suena el móvil. Se te encoge el estómago si ves un coche del mismo modelo. Te despiertas a las cuatro de la madrugada con el corazón como un tambor de Semana Santa en Calanda.
El estribillo es eso. Rendirse es la cabeza. Seguir temblando es el cuerpo. Y los dos están en la misma frase, sin contradicción, porque así es como funciona.
Me parece importante decirlo en una canción porque mucha gente se siente fatal por seguir temblando después de haber decidido. Como si fuera un fracaso. Como si la decisión no valiera. Y no. La decisión vale. Solo que el cuerpo necesita su tiempo para enterarse.
Mientras tanto, Kit Kat.
Impactado y conmocionado
Hay una línea que parece casi un parte médico: «Sigo impactado y estoy conmocionado». Dos palabras de urgencias, de accidente de tráfico, de manta térmica dorada y ambulancia con las luces puestas.
La elegí a propósito por su tono de informe. Después de tanto llanto, de tanta tele y de tanta chocolatina, el narrador se describe como un herido en la cuneta. Sin metáfora, sin adorno. Es como si por un momento hablara el sanitario y no el paciente. Y me gusta ese cambio de registro porque recuerda que, debajo del humor, hay alguien que ha sufrido un golpe de verdad.
Lo dije alguna vez y lo repito: con humor también se dice la verdad. Pero la verdad, de vez en cuando, hay que decirla sin humor. En dos palabras de urgencias.
La portada en blanco y negro
La carátula de «Y sigo temblando siempre» es de las más sobrias de mi catálogo. Blanco y negro. Un hombre de pelo oscuro y ondulado, con barba de pocos días, camisa blanca abierta y un tatuaje asomando en el pecho, mirando hacia abajo, con la cabeza ligeramente inclinada. Un pendiente con una cruz pequeña. A la izquierda, el título en letras negras, condensadas, apiladas como en un cartel de cine antiguo.
No hay color, y eso en mi universo es casi una declaración. Mis portadas suelen ser chillonas: rosas fosforito, azules de piscina, rojos de cómic. Esta no. Esta es la portada de la resaca, de la mañana siguiente, de la luz gris de un domingo de noviembre en un piso interior.
Y la mirada hacia abajo es la de alguien que no quiere que le vean la cara. Lo cual, pensándolo bien, choca con la letra, que dice que le da igual aparentar. Me gusta esa tensión. Uno puede decir que le da igual y, aun así, bajar los ojos. Las dos cosas son ciertas a la vez.
Si te interesa cómo pienso las portadas para que se parezcan sin aburrir, lo tengo contado en cientos de portadas.
Por qué no escribo canciones de superación
Me han pedido alguna vez canciones de superación. Canciones de «yo puedo con todo», de «mírame ahora», de despertarse un lunes y comerse el mundo. Y no me salen. No es que no quiera: es que no me las creo.

Las canciones de superación me parecen la versión musical del filtro de Instagram. Te enseñan el después sin el durante. Y yo vivo, y escribo, sobre todo en el durante. En el sofá con la chocolatina. En la esquina del pasillo. En el móvil a las cuatro de la madrugada.
Eso no quiere decir que mis canciones sean deprimentes. Al contrario: creo que son de las cosas más divertidas que hago, precisamente porque no fingen. El humor nace del durante, no del después. Nadie se ríe de alguien que ya ha superado todo. Nos reímos con alguien que está en mitad del lío y que aún así consigue hacer un chiste sobre un Kit Kat.
En la música me está salvando hay una idea parecida. La música no me saca del pozo de un tirón. Me acompaña dentro mientras encuentro la escalera. Es otra cosa. Más lenta, menos espectacular, mucho más verdadera.
Qué hacen las máquinas y qué hago yo
Lo aclaro porque es importante en una canción tan personal. La letra de «Y sigo temblando siempre» la escribí yo, sin inteligencia artificial, con mis lágrimas y mis faltas de ortografía de las cuatro de la madrugada. La música y las voces están hechas con herramientas de IA como Suno. Yo soy letrista, compositor y productor; las voces que se oyen no son la mía.
Hay quien piensa que hacer música con IA es incompatible con escribir llorando. Que si la máquina pone el sonido, la emoción tiene que ser de mentira. A mí me pasa justo lo contrario: como no tengo que preocuparme de afinar ni de grabar en un estudio, puedo concentrar toda la energía en las palabras. La emoción va en la letra. La máquina la viste. Lo he contado con más detalle en inteligencia artificial y autoría.
Ninguna máquina ha llorado sobre mi teclado. Eso lo puse yo.
Una receta para los días de temblor
No soy médico, ni psicólogo, ni coach, y no pienso darte consejos que no me corresponden. Si estás mal de verdad, busca ayuda profesional. Existe. Funciona. Pero sí puedo contarte lo que hago yo en los días en que la cabeza se ha rendido y el cuerpo sigue temblando.
Escribo. Aunque sea mal. Aunque sea una lista de la compra con insultos. Escribo con la cara mojada y no borro nada hasta el día siguiente.
Me pongo una serie de vecinos que gritan. Cualquiera vale, pero las de Montepinar y Desengaño 21 tienen la ventaja de que siempre hay alguien peor que tú.
Abro una chocolatina. No eterna, que el dentista me mata, pero sí una. Me la como despacio, barrita a barrita, como si fuera un ritual.
Y me permito temblar. Sin explicárselo a nadie. Sin subirlo a stories. Sin buscarle la moraleja.
Al día siguiente, a veces, lo escrito sirve para una canción. Otras veces va a la papelera. Pero siempre, sin excepción, estoy un poco mejor que el día anterior. No curado. Un poco mejor. Y eso, para mí, ya es mucho.
Sigo temblando, y aquí estoy
Termino con una confesión que encaja con todo lo anterior. A veces, cuando vuelvo a escuchar esta canción, todavía tiemblo un poco. No por lo mismo de entonces, que eso ya queda lejos, sino por el recuerdo de lo que costó escribirla.
Y me parece bien. Una canción que ya no te remueve nada es una canción muerta. Esta sigue viva. Sigue temblando, como dice su título, y espero que siga así mucho tiempo.
Si la escuchas en un mal día, que sepas que no estás solo en esa esquina. Hay alguien más llorando como en un episodio dramático, con el envoltorio rojo abierto por la mitad.
Guárdame una barrita.
Preguntas frecuentes
¿De qué habla «Y sigo temblando siempre»? De lo que pasa después de enamorarse de alguien que resulta ser otra cosa: el llanto mientras se escribe, la duda de si todo era un montaje de televisión y la decisión de rendirse sin dejar de temblar. Con humor, Kit Kat incluido.
¿En qué disco está? Forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía Planeta Gayfolk. La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras/y-sigo-temblando-siempre.
¿Qué relación tiene con «Me rindo»? Las dos canciones comparten versos y la misma herida, pero cada una pone el peso en un sitio distinto: una en la rendición y la otra en el temblor del cuerpo que sigue después.
¿Quién escribe la canción y quién pone las voces? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escrita sin IA. La música y las voces se crean con herramientas de inteligencia artificial como Suno.