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Escribir deprisa y escribir despacio

Tengo dos maneras de escribir una letra y ninguna de las dos es mejor que la otra. Me ha costado mucho aceptarlo. Durante bastante tiempo pensé que las canciones buenas tenían que salir de golpe, como un estornudo, y que si una letra necesitaba muchas vueltas era porque algo fallaba desde el principio. Luego pensé justo lo contrario. Ahora creo que las dos cosas son verdad, según la canción.

Las que salen solas

Hay letras que escribo casi enteras en un rato. Empiezo con una frase, la frase tira de la siguiente, y cuando me quiero dar cuenta tengo estrofas, estribillo y hasta un final que no había planeado. Son pocas. Pero cuando pasa, la sensación es muy parecida a la de bajar una cuesta en bicicleta sin tocar los pedales.

Esas letras tienen una virtud que me cuesta mucho conseguir de otra manera: suenan a persona hablando. Conservan el ritmo de una conversación, con sus atajos y sus frases a medias. No da tiempo a ponerse estupendo. No da tiempo a buscar la palabra bonita. Sale la palabra que hay, y muchas veces esa es la buena.

Me imagino que un título como «La vecina cotilla» pide escribirse así, deprisa, con la urgencia de quien cuenta un chisme antes de que se le olvide. Una vecina que lo sabe todo no habla despacio. Habla en ráfagas. Y la letra que intenta parecerse a ella tiene que ir a su velocidad.

El peligro de escribir deprisa es que me lo creo todo. En caliente, cada verso me parece estupendo. Por eso tengo una norma: lo que escribo deprisa lo reviso despacio. Lo dejo dormir, aunque sea una noche, y lo vuelvo a leer con ojos de desconocido. Casi siempre sobrevive el esqueleto y caen dos o tres versos que solo estaban ahí porque iba lanzado.

Las que hay que ir a buscar

Luego están las otras. Las que empiezan con una idea clara y se atascan en el segundo verso. Las que tienen un estribillo estupendo y unas estrofas que no hay manera de levantar. Esas las escribo despacio, a trozos, volviendo a ellas en días distintos.

No es un proceso agradable. Abro la letra, la miro, cambio una palabra, la vuelvo a cambiar, cierro. Al día siguiente lo mismo. Hay días en que no avanzo nada y días en que quito más de lo que pongo. Desde fuera parecería que no trabajo. Desde dentro tampoco lo tengo muy claro.

Pero las letras escritas despacio tienen otra virtud. Están mejor construidas. Cada verso sabe por qué está ahí. Las rimas encajan sin forzar, porque he tenido tiempo de probar veinte antes de quedarme con una. Y suelen tener más capas: una primera lectura graciosa y una segunda que pica un poco más.

Lo que he aprendido con estas es a no obligarlas. Si una letra se atasca, no la saco a empujones. La dejo y escribo otra cosa. A veces la solución llega de lado, mientras trabajo en una canción completamente distinta y de repente veo que el verso que me faltaba en aquella está aquí, en la otra.

La trampa de la velocidad

Hay una confusión que quiero aclarar. Como la música la produzco con herramientas de inteligencia artificial, mucha gente da por hecho que todo en mi trabajo es rápido. Que si la máquina tarda poco, yo también.

La parte de la producción puede ir deprisa, es verdad, aunque menos de lo que se piensa, porque descarto muchas versiones antes de quedarme con una. Pero la letra va a mi ritmo. Y mi ritmo no lo marca ninguna herramienta. Hay letras que tardan una tarde y otras que tardan semanas, y la música no puede empezar en serio hasta que la letra está.

Esto me ha generado alguna tensión, lo confieso. Con 273 singles publicados en dos años, cualquiera diría que voy siempre con prisa. Y a veces sí. Hay épocas en las que me apetece sacar cosas y escribo más deprisa de lo que debería. Lo noto después, al releer, cuando encuentro letras que habrían mejorado con una semana más de paciencia.

Pero también hay letras que, si las hubiera escrito despacio, habrían perdido su gracia. La prisa, a veces, es parte del chiste. Un chiste contado despacio, con todas las explicaciones, deja de tener gracia.

Cómo sé cuál toca

No lo sé, la verdad. No tengo un método para decidir de antemano. Lo que hago es empezar y ver qué pasa. Si la letra corre, la dejo correr. Si se para, no la empujo.

Con el tiempo sí he notado una cosa. Las canciones más ligeras, las de humor más directo, suelen salir rápido. Las que hablan de autoestima o de algo que me toca más de cerca necesitan más tiempo. No porque sean más difíciles de escribir técnicamente, sino porque necesito tiempo para decidir cuánto quiero contar.

También me he dado cuenta de que la velocidad no se nota en el resultado tanto como yo pensaba. Hay letras que escribí en un rato y que la gente cree trabajadísimas, y letras que me costaron semanas y parecen improvisadas. Quizá eso es lo que debería buscar siempre: que no se note cuánto tardé.

Si escribes, mi único consejo es que no te fíes de tu velocidad. Ni de la rápida, que te engaña con su euforia, ni de la lenta, que te engaña con su seriedad. Lo que importa es la letra que queda al final. El tiempo que tardaste solo te importa a ti.

Las letras, las rápidas y las lentas, están todas en mikesaintlouis.com.

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