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Traje de luces rosa: guardar luto sin vestirse de negro

Chaquetilla de torero rosa chicle, bordada en oro, con todos sus alamares, sus hombreras y sus caireles. Debajo, una camiseta negra. Tupé alto, un pendiente en forma de cruz y la mirada perdida hacia un lado, como quien acaba de recordar algo que ya no tiene arreglo. Arriba, mi nombre. Abajo, en letras de serifa blanca, como en un cartel de feria antigua: «El luto del puto».

El que lleve el traje de luces no está en la plaza. Está sentado en un rincón, después.

Esta es la portada de una de mis canciones con el título más descarado, y eso que la competencia es dura. Hoy no quiero hablar del descaro. Quiero hablar del luto. De cómo se guarda en este país, de cómo lo guardamos los que no encajamos en el luto oficial, y de por qué el mío, si me dejan elegir, va con lentejuelas.

Un aviso honesto

La letra de «El luto del puto» todavía no está publicada en la página de letras de la web, así que no voy a contarte lo que dice ni por quién se guarda ese luto. La ficha de la canción deja la pregunta en el aire y te invita a escucharla. Hago lo mismo. Aquí hablo de lo que ya está a la vista: el título, la portada y lo que me sugieren.

El luto a la española

España tiene una relación con el luto que en otros países parece de novela gótica. Hasta hace no tanto, en muchos pueblos, cuando moría el marido, la viuda se vestía de negro durante años. A veces para siempre. Medias negras, pañuelo negro, falda negra hasta los tobillos. Luego venía el medio luto, con grises y morados, como una forma de ir saliendo poco a poco del duelo sin que el pueblo murmurara.

Esa imagen de la señora de negro sentada a la puerta de casa, con la silla de enea, es una de las más potentes de la iconografía española. Está en Lorca, en «La casa de Bernarda Alba», con sus ocho años de luto impuestos a las hijas. Está en el cine de Almodóvar, que creció rodeado de esas mujeres en La Mancha y las ha puesto en la pantalla una y otra vez. Está en las fotos en blanco y negro de cualquier familia.

El luto, aquí, no era solo un sentimiento. Era un uniforme. Una manera de decirle al mundo «estoy de duelo, respétame», y también una manera de que el mundo te vigilara: si la viuda se quitaba el negro demasiado pronto, era una fresca.

El luto que no cuenta

Ahora, una pregunta incómoda: ¿quién tenía derecho a ese luto?

Durante mucho tiempo, los hombres gais no lo tuvimos. Si se moría tu pareja, no eras viudo. No había boda que te diera el título, ni familia que te reconociera, ni pueblo que te respetara el negro. En los años del sida, muchos hombres perdieron a sus compañeros y tuvieron que llorarlos a escondidas, en el pasillo del hospital, mientras la familia del muerto, que a veces no lo había visto en años, se quedaba con el entierro, la casa y las fotos.

Esa historia es real, está documentada y todavía duele a mucha gente que la vivió. No la cuento para hacer un chiste. La cuento porque explica algo del título. El luto del puto es, entre otras cosas, el luto que no cuenta. El que no tiene uniforme oficial. El que nadie te reconoce porque, según las normas de siempre, no tienes derecho a él.

Y si no te dejan vestirte de negro, ¿de qué te vistes?

De rosa, claro

La portada contesta: de rosa. De rosa chicle, con bordados de oro y hombreras de plaza de toros.

Fotogramas del videoclip oficial de «El luto del puto», de Mike Sain't Louis

Me encanta esa respuesta porque es la que daría cualquier loca de barrio a la que le prohíben el negro: pues me pongo lo más llamativo del armario. Si mi duelo no cuenta para vosotros, lo voy a llevar de manera que no podáis dejar de verlo. Nada de silla de enea a la puerta de casa. Traje de luces.

Y el rosa, además, tiene su historia. Es el color que nos pusieron en el triángulo de los campos de concentración nazis, el que luego el movimiento gay recuperó como bandera. Es el color que a muchos niños nos quitaron de las manos en la tienda de juguetes. Es el color de la pluma. Ponerse un traje de torero rosa para guardar luto es meter todo eso en una misma prenda.

El negro está debajo, en la camiseta. Ahí sigue el luto clásico, sin desaparecer. Pero por encima, lo que se ve es el rosa. La pena va por dentro; la fiesta, por fuera.

El torero como icono

¿Y por qué un torero? Porque el traje de luces es probablemente la prenda más camp de toda la tradición española.

Piénsalo sin prejuicios: un hombre con medias rosas, zapatillas planas con lazo, una chaquetilla corta llena de bordados de oro, una faja ceñida, una montera con forma de orejas de Mickey, y una coleta postiza que se corta el día que se retira. Si eso no es drag, que venga alguien y me lo explique. El torero es el macho ibérico por excelencia y, a la vez, va vestido como una vedette del Paralelo.

Esa contradicción la han visto muchos artistas antes que yo. Almodóvar tiene una película entera, «Matador», donde el deseo y la muerte se mezclan alrededor de un torero retirado. La copla está llena de toreros guapos y desgraciados que enamoran a las folclóricas y mueren en la plaza. El torero siempre ha sido un objeto de deseo mirado por mujeres y, en secreto, por muchos hombres.

Mi portada no entra en el debate de los toros, que no es el tema de la canción. Coge el traje, la imagen, la iconografía, y la saca de la plaza. El torero de la portada no tiene toro, ni capote, ni público. Tiene un tupé, un pendiente y cara de pena. Es el traje de luces después de la corrida, cuando ya se han apagado los focos.

Medio luto

Hay una palabra preciosa de la tradición que casi nadie usa ya: medio luto.

Después del luto riguroso, todo negro, venía una etapa intermedia. Las viudas podían empezar a llevar gris, malva, morado, blanco y negro en combinación. Era una forma de decirle al pueblo que la pena seguía, pero que la vida empezaba a volver. Una transición pactada entre la tristeza y la normalidad, regulada por el qué dirán con una precisión de reglamento.

Me hace gracia pensar que el traje de luces rosa es una especie de medio luto marica. La camiseta negra sigue ahí, debajo, como el luto riguroso. Pero por encima ya ha vuelto el color, y no un color cualquiera. No el malva discreto de la viuda que empieza a salir a misa. El rosa chicle de la que ya ha decidido que va a volver a la verbena.

El pueblo murmuraría, claro. Pero el pueblo murmura igual hagas lo que hagas, así que mejor que murmure viéndote guapo.

La cruz en la oreja

Otro detalle de la portada: el pendiente. Es una cruz, colgando del lóbulo, pequeña y reluciente.

Collage con un detalle de la carátula de «El luto del puto» y las carátulas de «Almodóvar», «La playa del Mal Pas», «Hoy es el último adiós», «Nadie hablará de mí cuando haya muerto»

En la tradición, la cruz es el símbolo del luto por excelencia. Está en las esquelas, en las lápidas, en los recordatorios que se reparten en los funerales. Aquí está convertida en complemento de moda, como las que se llevaban en los ochenta en los videoclips de Madonna, con rosarios colgando del cuello y crucifijos en las orejas. La cruz como bisutería.

Esa mezcla de lo sagrado y lo frívolo es muy española y muy camp. En Semana Santa ves a señoras con mantilla, peineta y uñas de gel. En las procesiones, cofrades con tatuajes y zapatillas de marca bajo el hábito. Lo sagrado y lo mundano llevan siglos conviviendo en este país sin pedirse permiso. El pendiente de la portada sigue esa tradición: luto en la oreja, purpurina en el resto.

La esquela

Y ya que estamos con los rituales, otro que me fascina: la esquela.

En los periódicos españoles todavía se publican esas notas enmarcadas en negro, con la cruz arriba y la fórmula de siempre: «Falleció cristianamente», «Sus hijos, nietos y demás familia ruegan una oración por su alma». Es un género literario en sí mismo, con sus reglas fijas y sus jerarquías. El orden en que aparecen los nombres dice quién importaba en la familia y quién no.

Durante mucho tiempo, los compañeros de los hombres gais no aparecían en esas esquelas. O aparecían camuflados, como «su amigo» o, en el mejor de los casos, «y demás familia». Hay una canción entera escondida en esa expresión, «y demás familia», que es donde nos metían a todos los que no cabíamos en el árbol oficial.

«El luto del puto» podría ser la esquela que nadie publicó. Con el nombre en letras grandes, en rosa, y sin «demás familia».

El tanatorio y las croquetas

Hay algo más de los lutos españoles que no puedo dejar de mencionar, porque es la parte más cómica y más humana: el tanatorio.

Cualquiera que haya ido a un velatorio en España sabe que, en la sala de al lado del difunto, pasa de todo. Se toma café de máquina, se comen pastas, se habla del tiempo, se cotillea sobre la herencia, se encuentra uno a primos que no veía desde la comunión. A veces hay risas. A veces hay broncas. Siempre hay alguien que pregunta por qué no ha venido fulanito.

Esa mezcla de pena y sobremesa me parece de lo más verdadero que tenemos. En mis canciones aparece de vez en cuando: un crucero que parece un tanatorio de alta mar, un funeral que se convierte en fiesta. El traje de luces rosa encaja perfectamente en esa tradición. Es el que llega al tanatorio vestido para la discoteca porque viene directo de ahí, y nadie sabe si escandalizarse o pedirle que se quede.

La rima

El título juega con dos palabras que suenan casi igual: luto y puto. Una vocal de diferencia. La ele y la pe.

Es una rima de patio de colegio, de las que se usan para meterse con alguien. «Luto, puto.» Y a la vez, al juntarlas, pasa algo curioso: la palabra seria contamina a la vulgar y la vulgar a la seria. El luto se vuelve un poco menos solemne. El puto se vuelve un poco más triste.

En la ficha digo que el título hace sonreír y pensar a la vez. Me parece la mejor descripción. Lo lees y se te escapa la risa por la rima, y un segundo después te preguntas: ¿quién guarda luto? ¿Por quién? ¿Por qué tiene que llevar esa palabra pegada?

Y «puto», además, tiene ese doble uso que todos conocemos: el insulto y el intensificador. «Ese puto» es un insulto. «El puto amo» es un elogio. Y el título no aclara cuál de los dos es. Quizá los dos.

Más pesado que un Goya

Esta manera de mezclar el drama de la tradición española con un chiste descarado no es nueva en mi catálogo. En «Almodóvar», por ejemplo, el narrador se compara con el director manchego para decir que su drama es de los gordos, y suelta una línea que me sigue haciendo gracia: «este dolor es más pesado / que un Goya». Ahí está la misma operación. Coges un símbolo de la cultura oficial, el premio de cine español, y lo conviertes en una unidad de peso para medir el desamor.

Más fotogramas del videoclip oficial de «El luto del puto», de Mike Sain't Louis

El traje de luces rosa hace lo mismo con la tauromaquia. La copla lo hacía con la Semana Santa y con el flamenco. Lo cuento en la copla dentro del pop queer: el drama de siempre nos sienta tan bien porque ya venía exagerado de fábrica. Solo hay que ponerle un poco de purpurina encima.

La mirada perdida

Vuelvo a la cara del chico de la portada, porque es la clave.

No mira a cámara. Mira hacia un lado, hacia abajo, a algo que está fuera del encuadre. Tiene la boca cerrada, sin sonrisa, y la mandíbula un poco tensa. Es la expresión de alguien que no está ahí. Que está recordando.

Esa mirada contradice todo lo demás. El traje dice fiesta, el tupé dice noche, el pendiente dice chulería. La cara dice que algo ha muerto. Y en esa contradicción está, para mí, la verdad del luto de los que no tenemos luto oficial: tienes que seguir yendo a las fiestas, seguir arreglándote, seguir con tu vida de cara a la galería, mientras por dentro estás sentado en la silla de enea de tu abuela.

Es una mirada que conoce cualquiera que haya tenido que ir a trabajar al día siguiente de una ruptura, con el maquillaje puesto y la sonrisa de atención al cliente. Por fuera, el traje. Por dentro, el rincón.

Ninguna viuda de pueblo habría entendido el traje. Todas habrían entendido esa mirada.

Cortarse la coleta

Hay una expresión taurina que ha pasado al habla de todos los días y que encaja de maravilla con esta portada: cortarse la coleta.

Los toreros llevaban una coleta postiza, la castañeta, prendida al pelo. El día que se retiraban, se la cortaban en la plaza, a veces entre lágrimas, delante del público. Desde entonces, en España se dice «me corto la coleta» cuando alguien deja algo para siempre: un trabajo, una afición, una relación, una costumbre. Lo dicen los futbolistas, los políticos y las tías que juran que este año no vuelven a hacer el roscón.

El torero de la portada tiene tupé, no coleta. Pero tiene esa cara de quien acaba de cortarse algo. Una etapa, un amor, una versión de sí mismo. El luto, en el fondo, es eso: el momento después de cortarse la coleta, cuando todavía llevas el traje puesto pero ya sabes que no vas a volver a salir a la plaza.

Lo bonito de la expresión es que no siempre es triste. A veces cortarse la coleta es una liberación. Te quitas de encima algo que ya no te servía y te vas a casa más ligero. Puede que el luto del título sea de esos: un duelo con alivio, de los que se lloran un rato y luego se celebran.

No lo voy a desvelar aquí, que para eso está la canción. Pero el rosa ya da una buena pista.

Lutos pequeños

No todos los lutos son por muertes. Y esto, creo, es lo que hace que la canción le hable a mucha gente.

Ficha de la canción «El luto del puto» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Se guarda luto por una relación que se acaba. Por un amigo que deja de serlo. Por una ciudad de la que te vas. Por la persona que eras antes de algo. Por los veranos de una playa a la que ya no vuelves. En mi catálogo hay una canción muy limpia, sin chistes, que habla de eso último: «La playa del Mal Pas». Termina con unas líneas que me siguen pareciendo de lo más verdadero que he escrito: «Sigue siendo la misma, aunque yo ya no lo sea. / Y eso, quizás, también es amor».

Eso también es un luto. Por uno mismo. Por lo que ya no eres. Y no hay uniforme para eso. Nadie se viste de negro porque ha cumplido cuarenta y entiende de golpe que media vida fue otra cosa.

El traje de luces rosa sirve para esos lutos pequeños, los que no salen en las esquelas. Te lo pones, te sientas en el rincón, y dejas que la mirada se te vaya hacia un lado.

Los otros adioses del catálogo

En mis canciones se despide uno mucho. Hay adioses solemnes, como el de «Hoy es el último adiós», y adioses que son casi testamentos, como «Nadie hablará de mí cuando haya muerto», que juega con la idea de la propia muerte con una mezcla de miedo y de guasa. Y hay vueltas al infierno después de una temporada en el cielo, como en «Un invitado VIP cortando cebolla», con su grito de vuelta a los infiernos alargado hasta que se rompe la vocal.

«El luto del puto» encaja en esa familia, pero con el vestuario más llamativo de todos. Si las otras son despedidas en el andén, esta es una despedida en la puerta de la plaza de toros, con banda de música y pañuelos blancos.

Cientos de portadas, una idea

Cada una de mis canciones sale con su portada, y lo explico en cientos de portadas, cómo intento que se parezcan sin que aburran. Hay portadas que ilustran la letra casi al pie. Y hay portadas que cuentan una cosa distinta, que se suma a la canción como una segunda capa.

La de «El luto del puto» es de las segundas. No necesitas haber oído la canción para entender la imagen. La imagen ya cuenta su propia historia: alguien vestido para la fiesta que no está de fiesta. Es casi un cuadro. Podría colgarse en un museo de arte contemporáneo con una cartela larguísima sobre la masculinidad, la tradición y la identidad queer. Prefiero que se cuelgue en Spotify con un título que hace reír.

El luto con purpurina

Te dejo con una idea que no es una lección, porque no me gustan las lecciones, pero casi.

Cada uno guarda el luto como puede. Hay quien se viste de negro, quien se encierra en casa, quien se va de viaje, quien se pone a trabajar como un loco. Y hay quien se pone un traje de luces rosa y sale a la calle con la cabeza alta, aunque por dentro esté hecho polvo. Ninguna forma es mejor que otra. Pero si te toca un luto que nadie te reconoce, que sepas que el rosa también vale.

Y si alguien te dice que así no se guarda luto, le contestas con la rima del título. Él sabrá cuál de las dos palabras le toca.

Preguntas frecuentes

¿De qué va «El luto del puto»? La ficha de la canción plantea la pregunta de quién guarda luto y por quién, y deja la respuesta para la escucha. La portada muestra a un chico con una chaquetilla de torero rosa bordada en oro y la mirada perdida, como después de una corrida.

¿Dónde puedo leer la letra? En el momento de escribir este artículo, la letra todavía no está publicada en la web de Planeta Gayfolk. Las letras disponibles están en gayfolkplanet.com/letras.

¿Por qué un traje de torero? Porque el traje de luces es una de las prendas más llamativas de la tradición española, y llevarlo en rosa, fuera de la plaza y con cara de pena, convierte la fiesta en un luto muy poco convencional.

¿Quién hace la canción? Mike Sain't Louis escribe la letra, compone y produce. La música y las voces se hacen con inteligencia artificial.

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