Skip to content
← Song by songLa depresión no se va de vacaciones: «Honolulu Sand», el verano triste y la vuelta a la rutina

By ·

La depresión no se va de vacaciones: «Honolulu Sand», el verano triste y la vuelta a la rutina

This article is only available in Spanish. Leer en español

Hay un consejo que casi todas las personas con depresión han escuchado alguna vez, normalmente de alguien que las quiere: «Lo que necesitas es desconectar. Vete unos días a la playa y verás cómo vuelves nueva». Se dice con cariño. Y quien lo dice suele quedarse desconcertado cuando, a la vuelta, la persona está igual o peor.

La explicación es sencilla y a la vez difícil de aceptar: la depresión no es cansancio. El cansancio se cura descansando. La depresión es una enfermedad que viene contigo a donde vayas, se sienta a tu lado en la toalla y se pide la misma sombrilla.

Este diario va de eso. De lo que pasa cuando el paraíso de la postal no te hace efecto, de por qué para algunas personas el verano es la peor época del año y de cómo cuidarse en vacaciones y al regresar. Y arranco, cómo no, en una portada mía que parece hecha para el expositor de un quiosco de recuerdos.

Una postal de Hawái

La portada de «Honolulu Sand» es todo lo que uno imagina cuando piensa en unas vacaciones de catálogo. Una playa de arena clara, palmeras inclinadas, una tabla de surf apoyada al lado, una montaña verde al fondo junto al mar. Sentado en primer plano, un chico con el pelo teñido de arcoíris, gafas de sol y camisa hawaiana. Relajado. Feliz. El tipo de foto que se manda al grupo de la familia para dar envidia.

Ya escribí sobre ella desde otro sitio en «Arena de postal», donde conté la historia de la isla donde empezó la pelea por el matrimonio igualitario. Hoy quiero mirarla desde lo que una postal nunca enseña: lo que siente por dentro quien sale en la foto.

El videoclip sigue en la misma línea luminosa: dunas de arena con franjas de arcoíris por las que caminan grupos de gente, bailarinas en cuevas de hielo azul, palmeras bajo una tormenta eléctrica morada, figuras que bailan de noche en la orilla con trajes que brillan. Es un paraíso de fantasía. Y precisamente por eso me parece el lugar perfecto para hablar de que el paraíso, por sí solo, no cura nada.

Por qué la playa no arregla la depresión

La depresión mayor no es una tristeza puntual ni un agotamiento por exceso de trabajo. Es un trastorno que afecta al estado de ánimo, al interés por las cosas, al sueño, al apetito, a la energía, a la concentración y a la forma de verse a uno mismo. Tiene causas biológicas, psicológicas y sociales que se entrelazan. Y no depende del paisaje.

Uno de sus síntomas centrales tiene un nombre técnico que conviene conocer: anhedonia. Es la dificultad para sentir placer con lo que antes lo daba. Si tu comida favorita ya no te sabe a nada, si una canción que te encantaba te deja frío, si una puesta de sol te parece un dato meteorológico, eso es anhedonia. Y la anhedonia no se queda en casa cuando haces la maleta.

De hecho, las vacaciones pueden hacerla más visible. En la rutina, la falta de disfrute se disimula entre obligaciones. En la playa, todo está diseñado para que lo pases bien. Y cuando todo a tu alrededor grita «disfruta» y tú no puedes, la distancia entre lo que deberías sentir y lo que sientes se hace enorme. Esa distancia duele, y suele traer culpa: «estoy en un sitio precioso, tengo suerte, qué me pasa».

No te pasa nada raro. Te pasa la depresión. Y merece tratamiento, no un cambio de decorado.

Lo que sí puede hacer un descanso

No quiero caer en el extremo contrario. Unos días fuera pueden ayudar, siempre que no se les pida un milagro.

Fotogramas del videoclip oficial de «Honolulu Sand», de Mike Sain't Louis

Bajar el estrés laboral, dormir más horas, caminar, bañarse en el mar, estar con gente querida: todo eso suma. Varios de esos elementos, como la actividad física o el contacto social, forman parte de lo que los profesionales recomiendan junto al tratamiento. El problema no es descansar. El problema es esperar que el descanso sustituya a la terapia o a la medicación.

Una forma sana de plantearlo es pensar en las vacaciones como un buen entorno para seguir cuidándose, no como la cura. Si estás en tratamiento, lo sigues. Si tienes una psicóloga, sigues en contacto si lo necesitas. Y si no sientes la felicidad que se supone que deberías sentir, no lo conviertas en otro fracaso: es un síntoma, no una prueba de que lo estás haciendo mal.

La depresión que llega con el buen tiempo

Ahora, una cosa que a mucha gente le sorprende: hay personas para las que el verano es, cada año, la peor estación.

La depresión estacional se describió formalmente en 1984. Un equipo del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, encabezado por el psiquiatra Norman E. Rosenthal, publicó en la revista «Archives of General Psychiatry» la descripción de lo que llamaron trastorno afectivo estacional: personas que se deprimían de forma repetida en otoño e invierno y mejoraban en primavera. También informaron de los primeros resultados con terapia de luz.

Tres años después, en 1987, Thomas Wehr, David Sack y el propio Rosenthal publicaron en el «American Journal of Psychiatry» el patrón inverso. Describieron a doce pacientes que se deprimían regularmente en verano. Y apuntaron que la temperatura podía influir en algunos de esos casos.

Hoy el DSM-5, la referencia diagnóstica que edita la psiquiatría estadounidense, no trata la depresión estacional como un trastorno aparte, sino como un especificador: depresión con patrón estacional. Se usa cuando los episodios empiezan y terminan de forma regular en determinadas épocas del año durante varios años seguidos. El patrón de invierno es el más frecuente y estudiado; el de verano existe, aunque es menos común.

La luz como pista

La historia de la depresión estacional tiene un detalle que me parece fascinante: desde el principio se relacionó con la luz.

En aquel artículo de 1984, el equipo de Rosenthal ya presentó resultados preliminares de tratar el patrón de invierno con luz brillante artificial. La idea era compensar la falta de horas de sol de los meses oscuros. Con los años, la terapia de luz se ha convertido en uno de los tratamientos estudiados para ese patrón, siempre bajo indicación y seguimiento profesional, porque no es adecuada para todo el mundo ni sustituye a otros tratamientos.

El patrón de verano, en cambio, no se explica tan fácilmente por la luz. Por eso Wehr y sus colegas apuntaron al calor como posible factor en algunos casos. Todavía se investiga. Lo que me interesa contar aquí es lo esencial: el estado de ánimo no vive aislado del cuerpo ni del entorno. La luz, la temperatura, el sueño y los ritmos del día influyen. Y eso, lejos de ser una excusa, es una información útil para cuidarse.

En España, donde los veranos son cada vez más largos y calurosos, esto no es un asunto menor. Si notas que todos los años, en las mismas fechas, tu ánimo se hunde, apúntalo y cuéntaselo a tu médico. Un patrón que se repite es un dato valioso para quien te trata.

Por qué el verano puede pesar

Más allá de ese patrón clínico, que debe diagnosticar un profesional, hay muchas razones por las que el verano se le hace cuesta arriba a gente con problemas de salud mental. Algunas son físicas y otras sociales.

Collage con un detalle de la carátula de «Honolulu Sand» y las carátulas de «Zee-Zee», «El Abecedario de Mi Exnovio»
  • El calor. Las noches tropicales estropean el sueño, y dormir mal empeora casi cualquier problema de ánimo y de ansiedad.
  • El ritmo. Los días largos, los horarios desordenados y la falta de rutina pueden desestabilizar a quien se sostiene precisamente en su rutina.
  • El cuerpo. El verano expone el cuerpo, y eso pesa mucho en quien tiene una relación difícil con su imagen.
  • La comparación. Las fotos de vacaciones de los demás llegan en avalancha justo cuando tú quizá no puedes irte o no tienes ganas de nada.
  • La soledad. Cuando la ciudad se vacía y los amigos se van, quien se queda puede sentirse más aislado que nunca.
  • La presión de pasarlo bien. El verano tiene mandato de alegría, y no cumplirlo genera vergüenza.

Hay además un punto práctico importante. Cada verano, las autoridades sanitarias recuerdan que algunos medicamentos, entre ellos varios de los que se usan en salud mental, pueden aumentar el riesgo con las temperaturas altas. Si tomas medicación, pregunta a tu médico o en la farmacia qué precauciones tomar con el calor. Y, sobre todo, no dejes ni cambies el tratamiento por tu cuenta.

Lo que puedo contar desde mi caso

Convivo con una depresión mayor grave. Llegó con nombre propio cuando tenía 41, en el mismo paquete que el estrés postraumático, la fobia social, la evitación y la ansiedad, y lo expliqué entero en «Diagnóstico a los 41». Hoy sigo en tratamiento psiquiátrico y psicológico.

No voy a inventarme veranos ni escenas en la playa para ilustrar este texto. Lo que sí sé por experiencia es que la depresión no entiende de calendario festivo. No se toma días libres, no respeta agosto ni Navidad, y no se impresiona con un paisaje bonito. Lo que me ha ayudado no ha sido cambiar de sitio, sino el tratamiento constante, una buena psicóloga y escribir. A ella le dediqué «Gracias a mi psicóloga».

Y hay algo más. La fobia social hace que muchos planes vacacionales típicos, como hoteles llenos, playas abarrotadas o cenas con desconocidos, sean para mí más una prueba que un descanso. La soledad rodeado de gente tiene su propio diario: «Siempre apartado entre tanta gente». Si te pasa algo parecido, quiero decirte que es legítimo elegir unas vacaciones tranquilas, cortas o en casa. No hay una forma correcta de descansar.

Vacaciones a tu medida

Algunas ideas que suelen proponer los profesionales para quien está pasando una depresión o un momento delicado y tiene días libres por delante:

  • Rebajar las expectativas. No hace falta que sean «las mejores vacaciones de tu vida». Basta con que sean un poco más amables que la semana anterior.
  • Mantener anclas de rutina: horarios de sueño parecidos, alguna comida a la hora de siempre, la medicación a su hora.
  • Planear poco y flexible. Una actividad al día, como mucho, con permiso para cancelarla.
  • Elegir compañía con cuidado. Mejor pocos días con alguien con quien puedas estar callado que muchos con quien tengas que fingir.
  • Moverse un poco cada día: caminar por la orilla, nadar despacio, pasear temprano o al anochecer, cuando hace menos calor.
  • Limitar las redes. Ver las vacaciones perfectas de los demás no ayuda a nadie que está mal.
  • Llevar contigo los teléfonos de ayuda y, si estás en tratamiento, el contacto de tu equipo.

Y una más que me parece importante: hablar de cómo te sientes con quien viaja contigo. Si tu pareja, tu amiga o tu familia saben que no estás bien, es más fácil que no se tomen como algo personal que no te apetezca la excursión del día.

Cuando no te puedes ir

También hay que hablar de quien no se va de vacaciones. Por dinero, por trabajo, por cuidados, por salud o porque no tiene con quién.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Honolulu Sand», de Mike Sain't Louis

En una cultura que mide el verano por los destinos y las fotos, quedarse en casa puede vivirse como un fracaso social. Y si además hay depresión, ese sentimiento se suma a todo lo demás.

Quiero decirlo claro: no irse no es fracasar. Hay muchas formas de descansar sin salir de tu ciudad. Cambiar de barrio para pasear, ir a una piscina municipal, una biblioteca con aire acondicionado, el cine de verano, una siesta sin culpa. Y sobre todo, permitirse no cumplir con el mandato de felicidad estival.

Si estás solo en una ciudad vacía y la soledad pesa, buscar algo de contacto, aunque sea pequeño, ayuda. Una llamada, un mensaje, un grupo de actividades, una asociación LGTBI de tu zona, que muchas mantienen actividad en verano. En «El miedo a molestar» escribí sobre lo difícil que se hace escribir a alguien cuando uno cree que estorba.

Cómo acompañar a alguien que no lo está pasando bien

Si eres tú quien se va de vacaciones con una persona que está atravesando una depresión, quizá te sirvan algunas ideas.

La primera es no tomarte como algo personal su falta de entusiasmo. No es que no le guste el plan ni que no te quiera. Es que la enfermedad le apaga la capacidad de disfrutar. Insistir con «¡pero anímate, si esto es precioso!» suele generar más culpa que ánimo.

La segunda es preguntar en lugar de suponer. «¿Te apetece salir hoy o prefieres quedarte?» es mejor que organizarlo todo pensando en lo que debería gustarle. Y aceptar la respuesta, aunque sea un no.

La tercera es ofrecer presencia sin presión. A veces lo más útil es estar al lado, leyendo cada uno su libro en la terraza, sin necesidad de llenar el silencio. Escribí sobre ese silencio que acompaña en «La vitrina sin ruido».

Y la cuarta es estar atento a las señales de alarma. Si la persona habla de no querer seguir, de ser una carga, o si notas un empeoramiento claro, no esperes a volver a casa para buscar ayuda. Las líneas de emergencia funcionan en cualquier punto del país.

También es importante que tú te cuides. Acompañar a alguien con depresión cansa, y está bien reconocerlo y pedir apoyo para ti.

La vuelta

Cada septiembre los medios hablan del síndrome postvacacional. Conviene saber que no es un diagnóstico médico: no aparece como trastorno en los manuales de referencia. Es una forma popular de nombrar el malestar de readaptarse a la rutina tras unos días libres: cansancio, irritabilidad, desgana, algo de insomnio. En la mayoría de la gente dura poco y se pasa solo.

Pero para quien tiene depresión o ansiedad, la vuelta puede ser un momento delicado de verdad. Los cambios bruscos de ritmo, la acumulación de tareas, la sensación de que no ha servido de nada descansar. Algunas cosas que ayudan:

  • Volver uno o dos días antes de empezar a trabajar, si se puede, para aterrizar sin prisas.
  • Retomar los horarios de sueño poco a poco desde el final de las vacaciones.
  • No llenar la primera semana de compromisos.
  • Recuperar pronto las citas con tu equipo de salud mental si estaban en pausa.
  • Distinguir el bajón normal de unos días de un empeoramiento que se alarga: si pasan semanas y sigues peor, cuéntaselo a un profesional.

Escribir la postal de verdad

Escribo letras, compongo y produzco, y me gusta pensar que las canciones son postales con letra pequeña. La imagen de fuera puede ser luminosa, como la de esta portada, y la música puede ser bailable, y aun así llevar dentro algo más complicado.

Ficha de la canción «Honolulu Sand» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Las canciones fueron mi forma de vaciar lo que llevaba dentro y de dejar mi versión por escrito. Y me ha enseñado que no hay que elegir entre la alegría y la verdad. Puedes publicar una canción de playa con el pelo de colores y, en otro momento, escribir un diario como este. Ambas cosas son ciertas.

Si estás en unas vacaciones que no te hacen efecto, una propuesta pequeña: escribe una postal de verdad, aunque no la mandes. Por delante, el paisaje. Por detrás, cómo estás de verdad. Tres líneas. A veces poner las dos caras en el mismo papel quita peso a la obligación de que solo exista la de delante.

Hay un post entero, «La música me está salvando», sobre la música como respiro en los días malos, y eso no cambia en julio. Y en el diario de «Un reloj parado que grita» hablé del ruido de «Ruido en mi mente»: un reloj parado, un ladrillo gris, una luna idiota, cosas pequeñas que se vuelven enormes cuando uno está mal. En vacaciones puede pasar algo parecido con la maleta a medio deshacer o la toalla mojada que nadie recoge.

El abuso tampoco se va de vacaciones

Este blog nació también para que el abuso narcisista se vea, así que no quiero dejar fuera una situación concreta.

Para quien vive con una pareja que controla, humilla o manipula, las vacaciones pueden ser el peor momento del año. Más horas juntos, menos contacto con amigos, lejos de casa y de los apoyos habituales. Bastante gente que ha escapado de algo así recuerda los veranos como los periodos más difíciles.

A mí dos parejas narcisistas me costaron veinte años, y al caerse la máscara se las arreglaron para que algunos de los míos me dieran la espalda. Ni nombres ni detalles. Solo quiero decir que si tus vacaciones con alguien te dan más miedo que ilusión, eso es una señal que merece atención. El aislamiento y sus trucos aparecen también en «Hacer pasar al otro por loco».

Ayuda en verano y en invierno

Las líneas de ayuda no cierran en agosto:

  • El 024 es el teléfono de atención a la conducta suicida: gratis, todos los días a todas horas, y también para quien está preocupado por otra persona.
  • El 112 atiende emergencias desde cualquier lugar de España, también si estás de vacaciones fuera de tu comunidad.
  • Para menores, o adultos que temen por un menor, la Fundación ANAR: 900 20 20 10.
  • Si estás en el extranjero, en findahelpline.com puedes buscar las líneas gratuitas del país donde te encuentres.

El resto de diarios de salud mental está ordenado en «Salud mental sin tabú».

Arena que no se lleva nada

Vuelvo a la portada. Al chico del pelo de colores sentado en la arena. Me gusta imaginar que no está forzando la sonrisa, que está tranquilo porque esa tarde, por lo que sea, el mar le hace bien. Y me gusta saber que, si otro día no le hace nada, también estará bien. Que no tiene que demostrarle a nadie que es feliz en vacaciones.

La arena no se lleva la depresión. Pero tampoco hace falta pedirle tanto. Puede ser un sitio agradable donde seguir haciendo lo que de verdad ayuda: cuidarse, dejarse cuidar y no rendirse con el tratamiento.

La canción la tienes en «Honolulu Sand». Y si este verano, o el próximo, la postal no se parece a lo que sientes, no estás haciendo nada mal. Simplemente, estás contando la parte de atrás. Si quieres leer otro diario con agua y luz, en «Sol y viento bajo el agua» me sumergí en otra de mis portadas marinas.