
Por Mike Sain't Louis ·
Hacer pasar al otro por loco: el ventilador, el avestruz y el qué dirán
En castellano tenemos una manera muy gráfica de hablar de los escándalos. Cuando alguien empieza a soltar trapos sucios en todas direcciones, decimos que ha tirado de ventilador. La mierda llega a todas partes, salpica a quien estaba cerca y a quien no, y ya no hay forma de volver a meterla en la bolsa.
Una de las canciones de mi primer disco tiene esa imagen en el título, que además es larguísimo: «No puedo desenchufar este ventilador que está esparciendo mierda». Y la letra publicada lo repite una y otra vez al final, con la última palabra estirada hasta que se acaba el aire.
En la ficha de la canción ya conté la escena: el último día, alguien que llega a casa y se esconde en la otra habitación para no tener que dar explicaciones. La letra completa está publicada. Aquí quiero detenerme en tres cosas que la canción toca de pasada y que dan para mucho más: el avestruz que esconde la cabeza, el miedo a que la verdad le llegue «a toda su gente» y la táctica más vieja del mundo cuando a alguien le pillan, que es hacer pasar al otro por loco.
Antes de empezar, una aclaración que hago siempre: los personajes de mis canciones son personajes. Aquí no hay nombres ni hace falta buscarlos. Lo que importa es el mecanismo, porque el mecanismo lo ha sufrido muchísima gente.
De dónde viene el ventilador
La expresión tiene un origen curioso. En inglés existe desde hace mucho una frase hecha, «when the shit hits the fan», cuando la mierda le da al ventilador, para hablar del momento en que todo estalla y las consecuencias empiezan a salpicar. En castellano la hemos adaptado a nuestra manera, y en la prensa y las tertulias se usa sobre todo para hablar de alguien que, al verse acorralado, empieza a contar secretos de todo el mundo para que nadie quede limpio.
Lo interesante es que la canción le da la vuelta a la expresión. Normalmente, quien enciende el ventilador es el que ataca: el que suelta información para hacer daño o para repartir la culpa. Aquí el ventilador no lo ha encendido nadie con mala intención. Está encendido porque la verdad ha salido, y la verdad, una vez fuera, tiene vida propia.
Por eso el título dice que no se puede desenchufar. No es que el narrador quiera hacer daño. Es que ya no está en su mano parar lo que se ha puesto en marcha. Lo que se sabía en privado empieza a circular, y cada vuelta del aspa lo lleva un poco más lejos.
Me gusta esa imagen porque refleja muy bien una sensación concreta: la de saber algo que va a cambiar cómo los demás ven a una persona, y darte cuenta de que no lo puedes controlar. Ni para frenarlo ni para dirigirlo. El ventilador gira solo.
Las ubicaciones
Hay un detalle muy de nuestra época escondido en la primera parte de la letra. Quien habla lo sabe todo, «incluso las ubicaciones».
Hace treinta años, descubrir un engaño requería casi un trabajo de detective. Un recibo olvidado en un bolsillo. Una llamada a una hora rara. Un olor que no era el de siempre. Hoy basta con un mapa en la pantalla del móvil. La ubicación compartida, esa función que muchas parejas activan como gesto de confianza, se convierte de repente en un registro exacto de dónde estuvo alguien cuando decía estar en otro sitio.
La tecnología no ha cambiado la mentira, pero sí ha cambiado lo que tarda en caer. Y también ha cambiado otra cosa: la cantidad de pruebas. Ya no es tu palabra contra la suya. Hay capturas, hay horas, hay puntos azules en un mapa.
Por eso la táctica de hacer pasar al otro por loco resulta todavía más desesperada en este contexto. Cuando las pruebas están ahí, en una pantalla, la única salida que le queda al mentiroso es atacar a quien las mira. No puede negar el mapa, así que niega la cabeza de quien lo ha visto.
Cobarde
La canción empieza con una palabra. Cobarde.

No hay preámbulo. No hay contexto. No hay una estrofa que te prepare. La primera palabra es un juicio, y todo lo que viene después es la explicación de ese juicio.
Me gusta que empiece así porque es como empiezan de verdad esas conversaciones que uno tiene consigo mismo después de descubrir algo. No arrancas con «verás, resulta que». Arrancas con el insulto, con la palabra que te quema, y luego ya, si eso, ordenas los hechos.
Y la palabra elegida no es casual. No es «mentiroso», ni «traidor», ni «infiel». Es «cobarde». Lo que más indigna al narrador no es el engaño en sí, sino la forma de gestionarlo: esconderse, callar, no dar la cara. Uno puede llegar a entender que alguien se equivoque. Lo que cuesta perdonar es que, una vez pillado, no tenga ni el valor de mirarte.
El avestruz
La primera imagen de la letra es la de un avestruz. Alguien que llega a casa el último día y, en lugar de mirar a la cara, se mete en la otra habitación con cara de culpable.
Hay un dato que me hace mucha gracia: los avestruces no esconden la cabeza bajo tierra. Es un mito antiquísimo, que viene de los tiempos de los romanos, y que nunca ha sido verdad. Lo que hacen a veces es agachar la cabeza para cuidar los huevos o tumbarse para pasar desapercibidos. Pero la imagen de la cabeza enterrada ha sobrevivido siglos porque describe algo que los humanos sí hacemos constantemente: creer que, si no miramos el problema, el problema no existe.
El personaje de la canción hace exactamente eso. Sabe que lo han descubierto. Sabe que la otra persona lo sabe todo, «incluso las ubicaciones», dice la letra. Y aun así su estrategia es esconderse en una habitación, como si la puerta cerrada pudiera parar una conversación que ya es inevitable.
Hay algo casi infantil en ese gesto, y la canción lo subraya más adelante con una comparación que me encanta: las respuestas que daba cuando se descubrió todo parecían dictadas por un niño de preescolar. El avestruz y el niño pequeño son dos caras de lo mismo. Alguien que ha hecho algo muy adulto, con consecuencias muy adultas, y que reacciona como un crío pillado con la mano en el bote de las galletas.
El silencio que protege la fachada
Hay un detalle de la letra que me parece muy fino. El personaje se calla, y no se calla por vergüenza ni por respeto. Se calla para que la mierda no le llegue a toda su gente.

Ese «su gente» es la clave. Su familia, sus amigos, sus compañeros de trabajo, el círculo en el que ha construido una imagen. Lo que le preocupa no es lo que ha hecho, sino que se sepa. No le duele el daño causado, le duele el daño que se puede hacer a sí mismo si la historia circula.
Es una preocupación muy española, por cierto. El qué dirán. Esa fuerza invisible que ha organizado durante siglos la vida de pueblos, barrios y familias enteras. Lo importante no es ser decente, sino parecerlo. Lo importante no es lo que pasa dentro de casa, sino lo que se ve desde el rellano.
Y a la gente queer el qué dirán nos ha tocado de cerca durante mucho tiempo, pero en el otro sentido. Éramos nosotros los que teníamos que callar para que no se supiera. Éramos el secreto que había que esconder para que la familia no quedara mal. Muchos crecimos sabiendo que nuestra existencia era, para algunos, una mancha que podía salpicar a toda «su gente».
Por eso tiene su ironía que, en esta canción, el que se esconde para proteger la fachada sea el que mintió. El secreto que hay que tapar ya no es la orientación de nadie, sino un engaño. Y el silencio ya no protege a una persona vulnerable, sino a alguien que no quiere pagar por lo que ha hecho.
Hacer pasar al otro por loco
Llegamos a la parte más dura de la letra. El narrador anticipa lo que va a pasar: si el otro tiene que mentir una vez más, lo hará. Y si para tapar lo que es tiene que hacerle pasar por desquiciado, por enfermo mental, lo hará sin pensarlo.
Esta táctica tiene nombre en la psicología. Se habla de DARVO, unas siglas en inglés que describen una secuencia muy reconocible: negar lo ocurrido, atacar a quien lo denuncia e invertir los papeles de víctima y agresor. El que ha hecho daño se presenta como el perjudicado, y el que lo ha sufrido acaba pareciendo el problema.
Y una de las formas más eficaces de invertir los papeles es la acusación de locura. Si el otro está loco, nada de lo que diga es fiable. Si el otro está desquiciado, sus pruebas son paranoias, sus ubicaciones son obsesiones, sus preguntas son ataques. La mentira no necesita defenderse: basta con desacreditar a quien la ha descubierto.
Esto conecta directamente con la luz de gas, de la que hablo en «Gaslighting», y con el retrato que hago en «Perverso narcisista». Pero aquí el mecanismo es todavía más cruel, porque ya no se trata de hacerte dudar en privado. Se trata de convencer a los demás de que no estás bien. Es la luz de gas a escala pública.
Una acusación con historia
Hay algo que hace que esta parte de la canción me parezca especialmente afilada desde un planeta como el mío, y es que a la gente queer nos han llamado locos de forma oficial durante mucho tiempo.
La homosexualidad figuró como trastorno mental en los manuales de psiquiatría durante buena parte del siglo veinte. La asociación de psiquiatras de Estados Unidos la retiró de su manual en 1973, y la Organización Mundial de la Salud no la sacó de su clasificación de enfermedades hasta 1990. Las identidades trans han tardado todavía más en dejar de considerarse una patología. Durante décadas, decir que alguien como nosotros estaba enfermo no era un insulto: era la versión oficial.
Esa historia deja huella. Muchas personas queer han oído alguna vez, en una discusión familiar o en una ruptura, alguna variante de «tú no estás bien», «tú necesitas ayuda», «esto es cosa de tu cabeza». A veces con buena intención. A menudo como arma.
Por eso, cuando la letra dice que el otro le dejará por «esquizofrénico desquiciado» para tapar lo que es, a mí me suena a algo más que una pelea de pareja. Me suena a un recurso muy viejo, el de convertir en enfermo a quien molesta, aplicado esta vez a una sola persona y a una sola historia.
Y la respuesta de la canción es la mejor posible: no entrar al trapo. No ponerse a demostrar que uno está cuerdo, que es justo lo que el manipulador quiere. Contar lo que ha pasado, señalar la táctica y dejar que el ventilador haga su trabajo.
Ponerlos de su lado
Hay una frase en la letra que describe algo que conoce cualquiera que haya pasado por una ruptura así: los pondrá de su lado.

Cuando una relación termina con un engaño, el círculo social se parte en dos. Y quien mintió suele tener ventaja en esa batalla, por una razón muy sencilla: lleva tiempo preparándose. Mientras tú todavía estás intentando entender qué ha pasado, él ya ha contado su versión. Ya ha llamado a los amigos, ya ha dejado caer que «últimamente no estabas bien», ya ha sembrado la duda.
Lo más doloroso no es perder a la pareja. Es ver cómo gente que creías cercana se queda con la otra versión sin preguntarte. Gente que te mira con lástima o con desconfianza, que de repente cambia de tema cuando entras, que te trata como si fueras frágil.
La canción no se detiene mucho en eso, pero lo deja dicho en una línea. Y en esa línea cabe una experiencia que ha vivido muchísima gente.
Con el tiempo, eso sí, los bandos se recolocan. Las versiones preparadas tienen un problema: hay que sostenerlas. Y quien vive de una mentira tiene que seguir mintiendo para que no se le caiga, mientras que quien cuenta lo que pasó solo tiene que repetir lo mismo. Al final, mucha de esa gente que se puso del otro lado acaba notando las grietas. No todos vuelven, ni hace falta. Pero los que vuelven suelen hacerlo con una frase muy parecida: «ahora lo entiendo». Y esa frase, aunque llegue tarde, vale mucho.
Respuestas de preescolar
Entre tanta rabia, la letra tiene un momento de humor que me parece fundamental. Las respuestas que daba el otro cuando se descubrió la verdad eran tan torpes que el narrador no sabe si se las dictaba un niño de preescolar.
Ese chiste hace algo muy importante. Le quita al manipulador el aura de genio del mal. Porque una de las cosas que más daño hacen en estas historias es la sensación de que el otro era muy listo, de que te engañó con una estrategia de película, de que tú fuiste tonto por no verlo. Y resulta que no. Que cuando se le pidieron explicaciones, balbuceó excusas que no convencerían ni a una guardería.
Reírse de eso no es frivolizar. Es recolocar las cosas en su sitio. El que mintió no era un estratega, era alguien que mentía mal y tuvo suerte durante un tiempo.
El humor es mi herramienta favorita para escribir sobre cosas que duelen, y he intentado explicar dónde pongo el límite en Hacer humor gay sin hacer daño. En esta canción el chiste no va contra nadie vulnerable. Va contra quien se pasó la relación mintiendo y, cuando le pillaron, no supo ni inventarse algo decente.
Una letra que suena a audio de madrugada
La forma de esta letra es muy distinta de la de casi todas mis canciones. No tiene estrofas cortas ni rimas evidentes. Las dos primeras partes son casi prosa: frases largas, con incisos, con la puntuación de quien habla deprisa y con rabia. Luego llega el título, repetido una docena de veces.

Leída en papel, la primera parte parece uno de esos audios de WhatsApp que se mandan a las tres de la mañana después de descubrir algo. Sin pausa para respirar. Saltando de una idea a otra. Mezclando el insulto con la observación precisa, el «cobarde» con el detalle de las ubicaciones.
Y luego el estribillo, si se le puede llamar así, que es una sola frase que no se acaba. La repetición imita muy bien la sensación del título: un ventilador no se para porque tú quieras, sigue girando mientras esté enchufado. Doce veces la misma frase son doce vueltas del aspa. Y la última palabra, estirada en la letra publicada hasta el infinito, es el ruido del aire que no deja de moverse.
Títulos que son frases enteras
El título de esta canción es de los más largos de mi catálogo, y no es el único. Tengo unos cuantos así, títulos que son frases completas, casi titulares de periódico o mensajes de móvil. Hablé de esa costumbre en Títulos largos y raros.
Un título así tiene ventajas y desventajas. La desventaja es evidente: no cabe en ningún sitio, se corta en las listas de reproducción y es imposible de recordar entero. La ventaja es que te cuenta la canción antes de escucharla. Sabes desde el primer segundo de qué va, con qué tono y con cuánta rabia.
En el caso del primer disco, además, encaja con el propio título del álbum, que también parece una noticia. Lo expliqué en Por qué el primer disco de Gayfolk tiene título de noticia. «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk» y «No puedo desenchufar este ventilador que está esparciendo mierda» pertenecen a la misma familia: frases que se leen como un titular o como un grito.
Decir mierda en una canción
Alguien podría pensar que hay maneras más finas de decir lo mismo. Que una canción sobre el engaño y la manipulación no necesita la palabra «mierda» en el título, repetida doce veces.
Yo creo que la necesita. El castellano de España es una lengua riquísima en expresiones escatológicas, y casi todas sirven para decir algo muy preciso que no se puede decir de otra manera. «Esparcir mierda» no es lo mismo que «difundir rumores» o «revelar la verdad». Tiene olor. Tiene peso. Tiene la sensación física de algo que mancha y no sale.
Esa forma de exagerar el habla cotidiana es muy mía, y le dediqué un artículo entero: Me muero: la exageración del habla cotidiana española y mis letras. En esta canción, la exageración no es un chiste. Es la palabra exacta para lo que está pasando.
Cuando el ventilador se para
Todos los ventiladores se paran algún día. Se acaba la luz, se quema el motor, alguien encuentra por fin el enchufe. Y lo que queda después es una habitación en la que todo está un poco revuelto, pero en la que ya se puede respirar.
La canción no llega hasta ese momento. Se queda en el remolino, en las doce vueltas, en la palabra que no termina. Es una canción del durante, no del después. Y creo que por eso funciona tan bien para quien está pasando por algo parecido: no te promete que todo va a salir bien, solo te acompaña mientras el aire sigue moviéndose.
Si estás en ese punto, en el que la verdad ha salido y te están intentando hacer pasar por loco, que sepas una cosa: no lo estás. Lo que ves es lo que hay. Y aunque el ventilador siga girando y la gente se ponga de un lado o de otro, la verdad no necesita que la defiendas a gritos. Ya está circulando.
Todas las letras, también esta, con sus personajes inventados y su rabia, están en Letras.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «No puedo desenchufar este ventilador que está esparciendo mierda»? Cuenta el final de una relación en la que se ha descubierto un engaño. Quien mintió se esconde, calla para que no se entere su entorno y se prepara para hacer pasar al otro por desquiciado. El título usa la imagen del ventilador que esparce la verdad sin que nadie pueda pararlo.
¿Qué significa «tirar de ventilador»? Es una expresión coloquial española que se usa cuando alguien empieza a sacar trapos sucios en todas direcciones. Viene de la frase inglesa sobre el momento en que «la mierda le da al ventilador», es decir, cuando todo estalla.
¿En qué disco está? Forma parte de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía Gayfolk de Mike Sain't Louis, disponible en Spotify y el resto de plataformas.
¿Quién hace esta canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical que se presenta como el primer cantautor IA: escribe las letras y dirige la producción, y la música y las interpretaciones vocales se generan con inteligencia artificial.