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Un reloj parado que grita: los objetos de «Ruido en mi mente»

Un reloj parado no debería hacer ruido. Para eso está parado.

En «Ruido en mi mente» grita. «Un reloj parado grita su tic.» Es la primera imagen gorda de la letra y es mentira, claro, porque un reloj parado no hace tic. Pero cualquiera que haya pasado una noche sin dormir sabe que es verdad. A las cuatro de la mañana los objetos hacen ruidos que no hacen. La nevera habla. La persiana cruje. El móvil vibra sin que nadie te escriba. Y el reloj, aunque esté parado, sigue con su tic.

Esta canción es un inventario. Un cuarto de noche, con sus cosas, y cada cosa haciendo algo que no debería. En la ficha de la canción está el resumen. Aquí entro en el cuarto y voy cogiendo los objetos uno por uno, como quien hace la mudanza de un piso en el que lo ha pasado fatal.

La primera estrofa: ecos que chocan

«Hay ecos que chocan dentro de mí / Ruidos que nunca quieren salir.»

Empieza por dentro. Antes del cuarto, antes de los objetos, está la cabeza. Y en la cabeza hay ecos. Un eco es un ruido que ya pasó y que vuelve. No es un ruido nuevo: es uno viejo rebotando. Eso es la ansiedad de madrugada, más o menos. No es que te pase nada nuevo a las cuatro de la mañana. Es que te vuelve todo lo de antes, rebotando.

«Ruidos que nunca quieren salir.» Aquí hay una idea que me importaba. Normalmente el ruido es algo que entra: el vecino de arriba, la obra de la calle, el camión de la basura a las seis. En esta letra el ruido está dentro y no quiere salir. Es el problema contrario. No puedes cerrar la ventana, porque el ruido no viene de la ventana.

Y luego llega el reloj.

El reloj parado

«Un reloj parado grita su tic.»

Me gustan los objetos rotos que siguen haciendo su trabajo de forma absurda. Un reloj parado es un reloj que ha dejado de medir el tiempo, pero que en la letra sigue reclamándolo. Es el tiempo que no pasa y que, aun así, molesta.

Pienso en Dalí y sus relojes blandos de «La persistencia de la memoria», derretidos encima de una rama. Esos relojes tampoco funcionan, pero no gritan. Se derriten con mucha elegancia surrealista, en un paisaje de Cadaqués. Mi reloj no tiene paisaje. Está en una mesilla, al lado de un vaso de agua, y grita.

Si lo pienso, es la imagen del insomnio más exacta que se me ha ocurrido. Por la noche, el tiempo se para y al mismo tiempo no deja de sonar. Miras el móvil: las 3:12. Cierras los ojos una eternidad. Vuelves a mirar: las 3:14. El tiempo no avanza, pero hace un ruido insoportable.

Tic. Y otra vez tic. Y tú contando, como si contar sirviera para algo.

El ladrillo gris

«Y el aire pesa como un ladrillo gris.»

El aire no pesa. Bueno, pesa, que en el colegio nos enseñaron lo de la presión atmosférica, pero no se nota. En la letra el aire pesa como un ladrillo, y además un ladrillo gris.

Lo de «gris» está para rimar con «tic», no voy a mentir. Las rimas consonantes en «-ic» y en «-is» casan bien en el oído aunque no rimen del todo, y la letra entera juega con esas rimas que casi riman. Pero, una vez puesto, el gris hizo algo más. Un ladrillo rojo es de obra, de casa del pueblo, de barbacoa. Uno gris es de bloque, de nave industrial, de muro de cementerio. El gris le quitó cualquier calor al ladrillo.

Quien ha tenido una crisis de ansiedad sabe que el pecho se aprieta. Que respirar cuesta. Que el aire, que normalmente entra solo, de repente hay que meterlo a empujones. Eso es el ladrillo. No es una metáfora poética. Es casi una descripción médica con un poco de material de construcción.

Las horas rotas

«En mi sombra bailan las horas rotas.»

Fotogramas del videoclip oficial de «Ruido en mi mente», de Mike Sain't Louis

Otro objeto roto. Antes era un reloj; ahora son las horas mismas. Rotas, y además bailando. En la sombra de quien no duerme.

Aquí entra el camp, aunque sea por la puerta de atrás. Las horas rotas no se quedan quietas como cadáveres: bailan. Es una imagen de verbena siniestra, de esas fiestas de pueblo que a las cinco de la mañana ya no son fiesta sino otra cosa, con la orquesta tocando para tres borrachos y una señora en bata. Las horas bailan porque no saben hacer otra cosa. Y tú las miras desde la cama.

La luna idiota

«La luna se burla con su carcajada idiota.»

Esta línea me hace reír cada vez que la leo, y me alegro, porque una canción sobre la ansiedad sin un poco de risa sería insoportable.

La luna de las canciones suele ser romántica. Es la luna de los boleros, la de los poetas, la de «Luna de miel», la de Mecano y su «Hijo de la luna». En mi catálogo ya hay alguna luna: en «El castigo más duro» hay un vampiro que llora bajo la luz de la luna. Pero esta luna es otra. Esta luna se ríe. Y no se ríe con gracia: tiene una «carcajada idiota».

Idiota. Le puse un insulto a la luna. Me parece lo más mío de toda la letra. Cuando estoy mal, insulto. Lo hago con los ex, con los narcisistas, con los haters. Aquí no había nadie a quien insultar, porque la ansiedad no tiene cara. Así que insulté a la luna, que era lo que había en la ventana.

Si alguien se pregunta si se puede insultar a un satélite, la respuesta es sí. Y sienta muy bien.

El pasado en el filo de la cama

«El pasado se sienta al filo de mi cama / Recordándome que soy su esclava.»

Esta es la imagen más inquietante de la letra. Y la más concreta.

El pasado no está en la cabeza ni en los recuerdos. Está sentado. En el filo de la cama. Como esas visitas de hospital que se sientan en el borde del colchón porque no hay sillas. Como el fantasma de las películas de terror japonés, que aparece sentado al pie de la cama cuando te despiertas.

Lo que más me gusta es la postura. No está de pie, amenazante. No está tumbado. Está sentado, cómodo, con tiempo. Es un pasado que no tiene prisa. Que ha venido para quedarse un rato largo. Y que te habla.

«Recordándome que soy su esclava.»

En femenino. Esclava, no esclavo.

Por qué «esclava»

Me lo han preguntado varias veces. ¿Por qué en femenino si la escribe un hombre?

Primero, porque rima con «cama». Esa es la verdad de taller, y no me avergüenza decirlo. Las rimas mandan mucho, y quien escribe letras lo sabe.

Pero luego, cuando la rima ya estaba puesta, el femenino me pareció lo correcto por otra razón. En el habla marica de toda la vida usamos el femenino con muchísima naturalidad. «Estoy muerta.» «Qué cansada estoy, hija.» «Soy tonta.» En «Al fuego», otra canción mía, la que habla dice «como soy tan tonta, he sido una gilipollas». Es un femenino que no es de género gramatical sino de tono. De confianza. De estar entre los tuyos.

Y aquí, además, el femenino hace algo más. «Su esclava» tiene una resonancia de folletín, de novela de quiosco, de telenovela de las cuatro de la tarde. Una heroína sometida al pasado, como en un culebrón venezolano. Le da a la frase un punto de drama camp que la salva de ser solo tristeza. Es triste, pero es triste con flecos.

El estribillo: ruido, ruido, ruido

«Ruido ruido ruido en mi mente otra vez / Cierro los ojos pero no se va esta vez.»

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «El pasado se sienta al filo de mi cama Recordándome que soy su esclava.» de «Ruido en mi mente»

El estribillo es la parte más simple, y tenía que serlo. Tres veces «ruido», como quien se tapa los oídos y repite la palabra para no oír otra cosa.

«Otra vez» y «esta vez», en dos versos seguidos. Parecen lo mismo y no lo son. «Otra vez» dice que ya ha pasado antes. «Esta vez» dice que, a diferencia de otras veces, ahora no se va. Hay noches en las que cerrar los ojos funciona. Esta no.

«Corro en círculos en un sueño sin red.» Un sueño sin red es un sueño de trapecista sin colchón debajo. Si te caes, te caes. Y correr en círculos es lo que hace la cabeza cuando no puede dormir: da vueltas y vueltas a la misma cosa, a la misma conversación, a la misma frase que alguien te dijo hace tres años.

«Ahogo mi grito pero no hay quien lo ve.» Fíjate en el verbo. No dice «oye», dice «ve». Un grito que se ve. Lo dejé así porque un grito ahogado no se oye, pero sí se ve: en la cara, en los puños, en la mandíbula apretada. Y nadie lo ve tampoco. Porque a las cuatro de la mañana no hay nadie mirando.

El laberinto que se ríe

Segunda estrofa: «Quiero escaparme de este laberinto / Pero la salida se ríe distinto».

Otra risa. Primero la luna, ahora la salida. En esta canción todo se ríe de quien no duerme. Es una noche llena de burlones.

«Se ríe distinto» es una construcción rara. No es correcta del todo, y me gusta por eso. Uno diría «se ríe de otra manera». Pero «se ríe distinto» suena a como se habla de verdad, deprisa, sin pulir. Y además deja la duda: ¿distinto a qué? ¿A la luna? ¿A como se reía antes? No lo explico. Hay noches en las que todo se ríe y cada risa es un poco diferente, y no sabrías decir en qué.

«Sigo cayendo en espejos partidos / Donde mi reflejo está malherido.»

Espejos rotos. Otro objeto roto, y ya van unos cuantos: el reloj parado, las horas rotas, los espejos partidos. Si alguien hace la lista de cosas rotas de esta canción le salen más que en una tienda de segunda mano de Lavapiés.

Y el reflejo malherido. No el que mira, el reflejo. Como si el que se mira estuviera bien y el que está herido fuera la imagen. Es una forma de decir que uno no se reconoce. Que lo que ve en el espejo a esas horas no es exactamente uno mismo.

Las preguntas

«¿Es verdad o un truco la realidad? / ¿O es el eco de lo que no puedo olvidar?»

Collage con un detalle de la carátula de «Ruido en mi mente» y las carátulas de «El abismo en mi cabeza», «No Te Vuelvo a Mirar Más»

Son las dos únicas preguntas de la letra, y llegan casi al final. No tienen respuesta, como todas las preguntas de las cuatro de la mañana.

La primera es la más filosófica que he escrito nunca, y eso que no tengo ni idea de filosofía. ¿Es verdad o es un truco la realidad? Me la tomo con humor: es la pregunta de cualquier estudiante de bachillerato después de ver «Matrix», o de cualquier persona que ha dormido tres horas en cuatro días. A partir de cierto nivel de cansancio, la realidad empieza a parecer un decorado de cartón piedra.

La segunda pregunta es más concreta y vuelve al principio de la canción. «El eco de lo que no puedo olvidar.» Los ecos de la primera estrofa. Cerramos el círculo: todo el ruido era eso, un eco. Lo que no se olvida, rebotando.

El muro

En el último estribillo hay dos versos nuevos que cambian el final:

«El silencio me juzga y se ríe sin fe / Construyo un muro para verme después / Pero siempre caigo aunque no lo desee.»

El silencio, que debería ser lo contrario del ruido, también juzga y también se ríe. Ni siquiera el silencio ayuda. Es la trampa total: si hay ruido, el ruido te tortura; si hay silencio, el silencio te juzga.

Y luego el muro. «Construyo un muro para verme después.» Es la línea más rara de la letra y la que más me gusta. No construyo el muro para protegerme, ni para esconderme. Lo construyo «para verme después». Como quien se deja una nota a sí mismo. Como quien levanta algo para tener un sitio donde apoyarse mañana.

Pero «siempre caigo aunque no lo desee». El muro no aguanta. O no aguanto yo. La canción no termina bien. Termina como terminan muchas noches: sin resolver.

En medio de un disco de ganas

«Ruido en mi mente» está en «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco, el de las ganas de llegar a un planeta donde no haya que explicarse ni fingir. Y tiene su gracia que una canción de insomnio esté justo ahí.

Porque las ganas, cuando no se cumplen, hacen ruido. Un deseo que se queda a medias no se calla: rebota. Es un eco más de los que chocan en la primera estrofa. El disco entero está escrito en modo «ojalá», y esta canción es la noche de ese «ojalá». La parte en la que el deseo no te deja dormir.

Si el planeta GAYFOLK es el sitio sin explicaciones, el cuarto de esta canción es el sitio donde todo te pide explicaciones a la vez. El reloj, la luna, el silencio, el pasado sentado en la cama. Todos preguntan, todos juzgan, todos se ríen. Es el anti-planeta. La Tierra a las cuatro de la mañana.

Me parecía importante que un disco de ganas tuviera también su noche mala. Si no, el deseo parece fácil, como en los anuncios de colonia: chico guapo, playa, coche descapotable, nada de ojeras. Y el deseo no es así. El deseo también es dar vueltas en la cama pensando en lo que no tienes.

Para leerla entera, con sus estrofas y su orden, está en su página de letras. Recomiendo leerla una vez sin música, despacio, fijándose solo en los objetos. Hay más de los que parece. Y luego, si te apetece, leerla con la canción puesta, siguiendo esta pequeña guía para leer una letra mientras suena. Los objetos, con música, se mueven.

Una canción que no da consejos

No hay en «Ruido en mi mente» ni una frase de autoayuda. Nadie dice «respira hondo», «esto también pasará» o «busca ayuda». Y no es porque esas frases estén mal. Pedir ayuda está muy bien, y si alguien lee esto en una noche así, que lo haga: que llame a alguien, que vaya al médico, que no se quede solo con el reloj parado.

Ficha de la canción «Ruido en mi mente» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Pero la canción no es un folleto del centro de salud. Es la descripción de la noche desde dentro. Y desde dentro de la noche nadie piensa en frases de folleto. Piensa en el reloj, en el ladrillo y en la luna idiota.

Creo que hay más compañía en una canción que describe bien lo que te pasa que en una que te dice lo que tienes que hacer. Por eso hay canciones que la gente pone a las cuatro de la mañana, y escribí sobre ese uso pequeño y cotidiano de la música en canciones para fregar los platos. Esta no es para fregar. Pero también es para un momento muy doméstico: el de no poder dormir en tu propia cama.

Hermana de «El abismo en mi cabeza»

Esta canción tiene una hermana en el tercer disco: «El abismo en mi cabeza». Las dos hablan de la cabeza como un sitio del que no se puede salir. Las dos usan la palabra «laberinto». Las dos tienen algo que se ríe del que sufre: en una es la salida, en la otra es el propio abismo, que «se ríe de mi torpeza».

Son dos noches distintas. «Ruido en mi mente», en el segundo disco, es ruidosa: ecos, gritos, tics, carcajadas. «El abismo en mi cabeza», en el tercero, es más silenciosa, más de caída. Si las escuchas seguidas ves cómo cambia la misma noche cuando han pasado unos cuantos meses. No es que mejore, necesariamente. Es que suena distinta.

Escribir de noche lo que pasa de noche

Hay una pregunta de oficio que me hago a menudo: ¿se escribe mejor de noche una canción sobre la noche?

No lo sé. He escrito letras a todas horas, y en escribir deprisa y escribir despacio conté que unas salen de golpe y otras tardan semanas. Lo que sí sé es que una letra sobre el insomnio no puede sonar descansada. Si las frases son demasiado redondas, demasiado limpias, si cada imagen está perfectamente pulida, la canción miente. Una noche sin dormir no es redonda.

Por eso en «Ruido en mi mente» hay rimas que casi riman, construcciones que no son del todo correctas, como «se ríe distinto», y un grito que se ve en vez de oírse. Son pequeñas imperfecciones a propósito. Como las ojeras.

La parte de la risa

Y una cosa más, que no quiero que se pierda.

En una canción tan oscura hay una luna idiota, unas horas que bailan y una salida que se ríe. Son imágenes casi de dibujos animados. Esa mezcla es lo que me hace reír cuando escribo, y lo conté en lo que me hace reír cuando escribo: lo serio y lo ridículo en la misma frase.

No es que me tome a broma la ansiedad. Es que, si no le pongo a la luna una carcajada idiota, la luna me gana. Insultarla es la forma que tengo de quedarme con la última palabra.

Idiota, la luna. Que conste. Y si algún astrónomo se ofende, que me escriba, que le contesto con otra canción.

Por qué sigo

Hay quien me pregunta por qué publico canciones así, que no son de fiesta, que no tienen un estribillo para gritar en la carroza del Orgullo. Mi respuesta está en por qué sigo: porque una canción guardada en un cajón no le sirve a nadie. Y una canción como esta, en concreto, le sirve a alguien a las cuatro de la mañana. Con eso me vale.

Todas las letras están ordenadas en el índice de letras, por si quieres buscar otras noches.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Ruido en mi mente»? De una noche de insomnio y ansiedad contada a través de los objetos del cuarto: un reloj parado que grita, un aire que pesa como un ladrillo gris, una luna que se burla y un pasado sentado en el filo de la cama.

¿En qué disco está «Ruido en mi mente»? En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK de Planeta Gayfolk.

¿Por qué la letra dice «esclava» en femenino? Por la rima con «cama» y porque el femenino del habla marica le da a la frase un tono de confianza y de folletín. Mike Sain't Louis lo usa también en otras letras, como «Al fuego».

¿Tiene relación con «El abismo en mi cabeza»? Sí. Las dos hablan de la cabeza como un laberinto del que no se sale. «El abismo en mi cabeza» está en el tercer disco, «El día de la liberación».

¿Quién escribió «Ruido en mi mente»? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor de Madrid. La música y las voces se producen con inteligencia artificial como herramienta; la letra es suya.

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