
Por Mike Sain't Louis ·
Lo que me hace reír cuando escribo
Me río solo cuando escribo. Bastante. No es algo que me guste admitir en público, porque la imagen de un señor riéndose delante de una libreta en su casa de Madrid tiene algo de inquietante. Pero es así, y creo que dice mucho de cómo trabajo. Si una letra no me hace gracia a mí mientras la escribo, es muy difícil que le haga gracia a nadie después.
Quiero intentar contar qué es exactamente lo que me hace reír. No el humor en general, que de eso ya se ha escrito mucho, sino las cosas concretas que me provocan la risa cuando estoy con una letra entre manos.
Las palabras que no deberían estar juntas
Lo primero, y lo que más, es juntar palabras que no tienen nada que ver. Una palabra seria y una palabra doméstica. Una palabra grande y una pequeña. Cuando chocan, salta una chispa que me hace gracia casi siempre.
«La dieta del cucurucho» es un buen ejemplo solo con el título. La dieta es una cosa seria, de médicos y de propósitos de año nuevo. El cucurucho es helado, verano, chiringuito, niño con la cara manchada. Ponerlas juntas no tiene sentido, y precisamente por eso funciona. Cuando se me ocurre una combinación así, me río antes de saber siquiera de qué va a tratar la canción.
Lo mismo me pasa con los nombres de lugares. «Mi novio de Albacete» me hace gracia por lo concreto. No es «mi novio de provincias», que sería una etiqueta, ni «mi novio lejano», que sería poesía. Es Albacete. Con su nombre y su código postal. La precisión, cuando se pone donde nadie la espera, da risa.
El drama desproporcionado
Lo segundo es el drama fuera de escala. La copla está muy presente en lo que hago, y tiene esa capacidad de tratar un desengaño como si fuera el fin del mundo. A mí me encanta aplicar esa intensidad a cosas pequeñas.
Un novio que no hace nada contado con la gravedad de una tragedia. Una vecina que se entera de todo descrita como si fuera un personaje de novela negra. Cuando consigo ese desajuste, el tono altísimo para un asunto mínimo, me río mucho. Y lo bueno es que debajo de la risa suele haber algo verdadero, porque las cosas pequeñas a veces sí nos parecen el fin del mundo, aunque nos dé vergüenza reconocerlo.
Hay un ejemplo que me hace gracia solo con el título, y es «La primera drag». Suena a capítulo de enciclopedia, a «el primer hombre en la Luna». Esa solemnidad de récord histórico, aplicada a algo tan de barrio y tan de noche, me divierte muchísimo. Y a la vez tiene algo de verdad, porque todas las cosas que hacemos por primera vez nos parecen históricas, aunque solo las vean cuatro amigos en un bar.
Lo tercero es más íntimo. Me hace mucha gracia reírme de mí mismo. De mis manías, de las veces que he hecho el ridículo por alguien, de lo patético que puede llegar a ser cualquiera cuando se enamora o cuando le dejan.
No es humor cruel. No me castigo. Es más bien la risa que te da cuando te pillas a ti mismo haciendo algo que criticarías en otro. Escribo sobre exnovios, sobre autoestima, sobre esas cosas en las que todos hemos quedado fatal alguna vez. Y si me pongo por encima, como si yo no hubiera caído nunca, la letra suena falsa. Si me pongo dentro, me río, y la risa es sincera.
Cuando me río demasiado
Aquí viene mi problema. A veces me río tanto escribiendo una letra que pierdo el criterio. Me parece la cosa más graciosa del mundo y no lo es. Es graciosa para mí, a esa hora, con ese cansancio y con todo el contexto que tengo en la cabeza. Para alguien de fuera es una frase rara.
He aprendido a sospechar de las letras que me hacen reír a carcajadas. La risa buena, la que luego funciona, suele ser más tranquila. Una sonrisa, un resoplido. Cuando me río muy fuerte, muchas veces es porque estoy cansado o porque la broma depende de algo que solo sé yo.
La prueba que hago es volver a leerla al día siguiente. Si sigo sonriendo, sale. Si no entiendo de qué me reía, la guardo o la tiro. Me ha pasado más de una vez y siempre me da un poco de pena, como despertarte de un sueño gracioso y no acordarte del chiste.
Lo que no me hace gracia
También hay cosas que no me hacen reír, y las evito. No me hace gracia reírme de gente que lo tiene más difícil que yo. No me hace gracia el chiste que necesita una víctima. Cuando escribo sobre una vecina cotilla o un novio que no aporta nada, la gracia no está en humillarlos. Está en reconocerlos. Todos hemos tenido una vecina así. Y alguno, aunque no lo admita, habrá sido ese novio.
El humor que me interesa es el que te hace sentir acompañado, no el que te hace sentir superior. Si alguien escucha una canción mía y se ríe porque se reconoce, he acertado. Si se ríe de alguien, algo he hecho mal.
Me gustaría pensar que esa risa solitaria, la de delante de la libreta, llega luego de alguna manera a la persona que escucha. No exactamente igual. Pero algo parecido. Una pequeña complicidad entre alguien que escribió algo riéndose y alguien que lo escucha y piensa que sí, que es exactamente así.
Las letras completas, con sus chistes buenos y alguno regular, están en mikesaintlouis.com.