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Arena de postal: «Honolulu Sand», el pelo arcoíris y la isla donde empezó la pelea por el matrimonio

Hay postales que nadie escribe. Se compran en un quiosco de la playa, se meten en la maleta con intención de mandarlas y vuelven a casa en el fondo de una bolsa, con el borde doblado y algún grano de arena pegado. Años después aparecen en un cajón y sirven para lo mismo que habrían servido si las hubieras enviado: para recordar que una vez estuviste en un sitio donde el tiempo iba más despacio.

La portada de «Honolulu Sand» tiene algo de esa postal guardada. Colores un poco quemados, bordes gastados, un cielo que empieza a ponerse naranja. Y, en medio, alguien que no ha venido a hacer turismo, sino a quedarse.

Una postal con arcoíris

En primer plano, sentado en la arena, hay un chico con el pelo teñido de todos los colores: rojo y rosa en la frente, naranja y amarillo en lo alto, verde y azul hacia la nuca. Lleva unas gafas de aviador con los cristales rosados, una barba recortada, un pendiente con una cruz pequeña y una cadena larga con otra cruz que le cae sobre el pecho. La camisa hawaiana, de flores y palmeras en rosa, amarillo y turquesa, va abierta del todo, y deja ver un torso cubierto de tatuajes. Tiene el brazo apoyado en la rodilla, con pulseras y anillos.

A la derecha, apoyada detrás de él, asoma una tabla de surf de color crema con una palmera pintada. Más atrás, palmeras de verdad que se inclinan hacia el mar. A la izquierda, la playa se abre hacia una orilla tranquila, una hilera de edificios altos junto al agua y, al fondo, una montaña de perfil ancho y plano que cualquiera que haya visto fotos de Hawái reconoce enseguida.

El título está pintado a brochazos: «Honolulu» en rosa fucsia, «Sand» en amarillo. Debajo, mi nombre en verde agua, con una palmerita rosa al lado.

Lo que tengo y lo que no

Antes de entrar en la isla, una aclaración. La letra de «Honolulu Sand» no la he publicado aún. No está en mi página de letras, y por eso este texto no incluye ningún verso suyo. Tampoco me fío de los subtítulos automáticos de las plataformas de vídeo, que se inventan palabras con una seguridad admirable cuando hay música debajo.

Me apoyo en cosas que se pueden comprobar. La portada que acabo de contar. El título, que en inglés quiere decir arena de Honolulu. La fecha en que subí el videoclip a mi canal de YouTube, el 26 de junio de 2026. El álbum que la incluye. Y la ficha que escribí en esta web, donde decía que esa imagen era una postal tropical pasada por el filtro de Planeta Gayfolk, y que el corazón del chico seguramente seguía en algún chiringuito de la costa.

La montaña del fondo

La montaña que aparece detrás de la playa es, casi con total seguridad, Diamond Head, el cráter volcánico que vigila la playa de Waikiki, en Honolulu. Los hawaianos lo llaman Lēʻahi. El nombre inglés se lo pusieron unos marineros británicos en el siglo XIX, que vieron brillar unos cristales en sus laderas y creyeron que eran diamantes. Eran calcita. Una confusión muy de postal: algo que de lejos parece un tesoro y de cerca es otra cosa, igual de bonita, pero sin valor de mercado.

Honolulu es la capital de Hawái y está en la isla de Oahu. Waikiki, su playa más famosa, era hace dos siglos una zona de humedales y estanques de peces, lugar de descanso de la realeza hawaiana. Hoy es una línea de hoteles y tablas de surf. Y su arena tiene una curiosidad: la erosión se la ha ido llevando durante décadas, y las autoridades han tenido que reponerla varias veces con arena traída de otros sitios.

Así que la arena de Honolulu del título no es del todo de Honolulu. Me gusta mucho ese detalle. Hay lugares que son de quien llega.

Un reino, una reina y una estrella más

Detrás de la postal hay una historia menos alegre. Hawái fue un reino independiente durante buena parte del siglo XIX, con su propia monarquía, sus tratados internacionales y su palacio en Honolulu. En 1893, un grupo de empresarios, en su mayoría estadounidenses, derrocó a la reina Liliʻuokalani con el apoyo de marines de Estados Unidos. Cinco años después, en 1898, las islas fueron anexionadas. El 21 de agosto de 1959 Hawái se convirtió en el estado número cincuenta.

Fotogramas del videoclip oficial de «Honolulu Sand», de Mike Sain't Louis

Cien años después del derrocamiento, en 1993, el Congreso estadounidense aprobó una resolución que pedía disculpas oficialmente al pueblo nativo hawaiano. Es útil recordarlo cuando miramos una camisa de flores o una tabla de surf: lo que hoy llamamos paraíso turístico tuvo dueños que no lo vendieron.

La camisa más alegre del armario

La camisa de la portada tiene nombre propio: camisa hawaiana o, como la llaman en las islas, aloha shirt. Su origen es una mezcla de culturas muy de puerto: tejidos estampados de kimono japonés, cortes de camisa occidental y motivos de flores y palmeras. En los años treinta, varias tiendas y sastres de Honolulu empezaron a venderlas a los turistas, y un comerciante de Waikiki, Ellery Chun, registró la expresión aloha shirt como marca comercial a mediados de esa década.

Después vinieron los soldados que volvían del Pacífico tras la Segunda Guerra Mundial con una en la maleta, y luego Elvis Presley, que en 1961 rodó «Blue Hawaii» con camisas de flores y collares de orquídeas. En Hawái se instauró la costumbre de llevarlas los viernes a la oficina, lo que muchos consideran un antepasado del viernes informal.

La camisa hawaiana es, en el fondo, un manifiesto contra la seriedad. Nadie se ha puesto una para dar malas noticias. Por eso me encaja tanto en este chico de pelo arcoíris.

Duke y las tablas

La tabla de surf que asoma a la derecha de la portada también tiene padre. El surf existía en Hawái mucho antes de que llegaran los europeos, como práctica tradicional de la nobleza y del pueblo, y estuvo a punto de desaparecer en el siglo XIX. Quien lo devolvió al mundo fue Duke Kahanamoku, un nadador nacido en Honolulu en 1890 que ganó el oro en los cien metros libres en los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1912.

Duke se pasó la vida haciendo demostraciones de surf por todas partes. La más famosa fue en Australia, en una playa de Sídney, en el verano austral de 1914 a 1915, donde muchos sitúan el nacimiento del surf australiano. Hoy tiene una estatua en Waikiki con los brazos abiertos, siempre cubierta de collares de flores.

No sé si el chico de la portada surfea. La tabla está apoyada, no en el agua. Puede que la haya dejado ahí después de un rato en las olas o que ni siquiera sea suya. Como casi todo en las postales, está ahí para decir dónde estamos.

La bandera llevada encima

En la ficha escribí que lo que más me gusta de la imagen es el pelo de todos los colores, y que era la bandera llevada encima, sin mástil ni manifestación, simplemente tomando el sol. Lo mantengo.

Collage con un detalle de la carátula de «Honolulu Sand» y las carátulas de «La playa del Mal Pas», «Me gusta el verano», «Breeze», «Camela»

La bandera arcoíris la diseñó el artista Gilbert Baker para el Día de la Libertad Gay de San Francisco, y ondeó por primera vez el 25 de junio de 1978. La versión original tenía ocho franjas, incluidas una rosa y una turquesa, y cada color tenía un significado: el rosa para la sexualidad, el rojo para la vida, el naranja para la curación, el amarillo para el sol, el verde para la naturaleza, el turquesa para el arte, el índigo para la armonía y el violeta para el espíritu. El rosa desapareció pronto porque era difícil encontrar tela de ese color en cantidad, y con el tiempo quedó la versión de seis colores que conocemos.

Llevarla en la cabeza tiene algo de valiente. Una bandera se puede doblar y guardar. Un pelo teñido, no. Te acompaña al supermercado, a la oficina y a la cola del médico. Sobre cómo algunas palabras y símbolos pasan de insulto a bandera escribí en otro post.

El estado del arcoíris

Y aquí viene una coincidencia que no he buscado. Hawái es conocido en Estados Unidos como el estado del arcoíris. Los vientos alisios, los chubascos breves y el sol que vuelve enseguida hacen que los arcoíris sean allí casi cotidianos. Aparecen en las matrículas de los coches y el equipo deportivo de su universidad se llamó durante años los Rainbow Warriors.

Un chico con el pelo arcoíris sentado en una playa de Honolulu es, por tanto, casi una redundancia feliz. Como llevar una camisa de flores a un jardín. La portada no pide permiso para estar ahí. Está en casa.

La isla donde empezó la pelea

Hay una razón más por la que Hawái es importante para cualquiera que se interese por los derechos LGTBI, y es menos conocida de lo que debería. En 1990, tres parejas del mismo sexo solicitaron licencias de matrimonio en Honolulu. Se las negaron y fueron a los tribunales. En mayo de 1993, en el caso conocido como Baehr contra Lewin, el Tribunal Supremo de Hawái dictaminó que negarles el matrimonio podía constituir discriminación por razón de sexo y que el Estado tendría que justificarlo con razones muy poderosas.

Fue la primera vez que un tribunal superior de Estados Unidos se tomaba en serio esa posibilidad, y la reacción fue enorme. En 1996, el Congreso federal aprobó una ley que definía el matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer, y en 1998 los votantes hawaianos aprobaron una enmienda que permitía a su legislatura restringirlo. La pelea pareció perdida. Pero la semilla estaba plantada. Hawái aprobó finalmente el matrimonio igualitario en noviembre de 2013, y el Tribunal Supremo de Estados Unidos lo extendió a todo el país en 2015.

España se adelantó: el matrimonio entre personas del mismo sexo es legal aquí desde julio de 2005. Pero una parte de esa historia mundial empezó en una oficina de Honolulu, con tres parejas que pidieron un papel. La arena del título, vista así, tiene algo de tierra fértil.

Māhū: la tradición del medio

En la cultura tradicional hawaiana, y en otras de la Polinesia, existe la figura del māhū: personas que se sitúan en un lugar intermedio entre lo masculino y lo femenino y que, antes de la llegada de los misioneros, tenían un papel reconocido como cuidadoras, maestras y guardianas de saberes como la danza y la memoria de los antepasados. Con la colonización y la moral importada, ese lugar se volvió motivo de burla y persecución.

En las últimas décadas, personas māhū como la educadora Hinaleimoana Wong-Kalu han trabajado para recuperar ese sentido original. Su vida se contó en el documental «Kumu Hina», de 2014. Me parece importante mencionarlo porque, a veces, desde Europa pensamos que la diversidad es un invento moderno que exportamos. Muchas culturas ya tenían palabras para ella antes de que nadie les enseñara a avergonzarse.

El hula que sobrevivió a los misioneros

Cuando se piensa en Hawái desde fuera, enseguida aparece la imagen de una chica con falda de hierba moviendo las caderas para los turistas. Esa estampa de hotel esconde una historia de resistencia. El hula era, y es, una forma de contar: cada gesto de las manos describe algo, la lluvia, una montaña, una ola, un antepasado. Era memoria en movimiento para un pueblo que transmitía su historia de viva memoria.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Honolulu Sand», de Mike Sain't Louis

En la primera mitad del siglo XIX, con la llegada de los misioneros protestantes de Nueva Inglaterra, el hula público fue mal visto y desalentado por la propia corte, ya convertida. Se consideraba indecente. Siguió practicándose a escondidas, en familias y en escuelas tradicionales, hasta que el rey Kalākaua, que reinó entre 1874 y 1891 y era conocido como el monarca alegre, lo devolvió a los actos oficiales y a las celebraciones de palacio. Desde 1963 se celebra en la ciudad de Hilo un gran festival de hula que lleva su apodo y que hoy es una de las citas culturales más importantes de las islas.

Me interesa esta historia porque se parece mucho a otras que conozco bien. Hay formas de moverse, de vestirse o de quererse que alguien decide que son indecentes, y entonces se practican en casa, con la persiana bajada, entre los que saben. Y un día alguien con poder suficiente dice que ya basta, que eso también es cultura, y vuelve a la plaza. La pluma, el baile de los bares de ambiente de los setenta, las fiestas que se hacían en pisos porque en la calle no se podía: todo eso tiene mucho de hula escondido.

Por eso, cuando veo una camisa de flores en un chico tatuado con el pelo arcoíris, no pienso solo en vacaciones. Pienso en todo lo que tuvo que sobrevivir para que esa alegría pareciera algo normal.

Gafas rosas

Las gafas del chico son de aviador, con montura dorada fina y cristales en forma de gota. Ese modelo lo desarrolló la empresa óptica Bausch & Lomb para los pilotos del ejército estadounidense y salió a la venta para el público en 1937 con un nombre que lo decía todo: Ray-Ban, contra los rayos. Desde entonces lo han llevado pilotos, policías de película, estrellas de rock y cualquiera que quiera parecer que vuelve de algún sitio interesante.

Aquí, los cristales son rosas. Ver la vida de color de rosa es una de esas expresiones que tenemos en castellano y que Édith Piaf convirtió en himno con «La vie en rose», grabada en 1947. Puede ser ingenuidad, o puede ser una decisión. Hay días en que uno elige el filtro con el que mira las cosas, y no es lo peor que se puede hacer.

La nostalgia de lo que aún no ha acabado

En la ficha dije que la mirada del chico, perdida en el horizonte, tenía algo de nostalgia de unas vacaciones que todavía no se han acabado. Es una de las sensaciones más raras y más humanas que conozco: echar de menos algo mientras todavía lo estás viviendo. El último día de playa, cuando ya sabes que mañana toca maleta, y miras el mar como si quisieras guardártelo.

Los psicólogos tienen un término cercano para esto, la nostalgia anticipatoria: añorar por adelantado lo que sabemos que vamos a perder. A veces estropea el momento. Otras veces lo intensifica, porque te obliga a prestar atención.

Mis playas de verdad están más cerca que Hawái. Escribí sobre ellas en «La playa del Mal Pas», y la canción «Me gusta el verano» tiene su propia forma de celebrarlo. Por eso me hizo gracia imaginar que el corazón del chico de la portada, aunque esté en Honolulu, sigue en algún chiringuito de la costa española.

Sol, tinta y crema

Un apunte práctico que el chico de la portada agradecería. La piel tatuada y el sol no se llevan bien. La radiación ultravioleta va apagando los colores de los tatuajes con el tiempo, y sobre todo los tatuajes recientes necesitan protección hasta que la piel se recupere por completo. Lo que vale para la tinta vale para toda la piel: el cáncer de piel es uno de los más frecuentes, y la protección solar, la sombra en las horas centrales y revisar los lunares que cambian son costumbres que salvan vidas.

Ficha de la canción «Honolulu Sand» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

En la ficha recomendé escucharla tirado en la toalla, con crema solar y sin mirar el reloj. Lo de la crema no era decorativo.

Entre una brisa y Camela

En la lista de singles de gayfolkplanet.com, «Honolulu Sand» ocupa el puesto 52 de 273. Justo antes está «Breeze», que con ese título de brisa parece el preámbulo natural de una tarde de playa. Y justo después llega «Camela», que nos devuelve de golpe de Hawái a las cintas de gasolinera y a los viajes en coche por España.

Me parece un orden muy bueno. La brisa, la arena lejana y luego el coche de vuelta con la música de siempre. Es el resumen de muchas vacaciones.

Junio y el último disco

Subí el videoclip el 26 de junio de 2026, en plena semana de los Orgullos, dos días antes del aniversario de Stonewall. No digo que la canción hable del Orgullo, porque sin la letra publicada no puedo afirmarlo. Pero un chico con la bandera teñida en el pelo, publicado esa semana, tiene un aire inevitable de fiesta.

La canción pertenece a «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía Gayfolk. Ese mismo verano salieron otras portadas de playa, como la de «Light It Up», con su ángel al atardecer, o la de «Float», con sus pijamas en las nubes. El álbum de soltarse tiene mucho de verano.

La vuelta, cuando pesa

Volver de vacaciones cuesta. A mucha gente le pasa que las primeras semanas se nota más cansada, irritable o triste de lo normal. Suele pasar solo. Pero si ese bajón no se va, si dura semanas o te impide hacer tu vida, no lo despaches como una simple cuesta de septiembre: consúltalo con tu médico o con un profesional de salud mental.

Y si en algún momento aparecen pensamientos de hacerte daño o de no querer vivir, en España puedes llamar al 024, el teléfono gratuito y confidencial de atención a la conducta suicida, a cualquier hora. Si hay un peligro inmediato, al 112. Si estás en otro país, tu número local de emergencias o el buscador de findahelpline.com te pueden poner en contacto con ayuda cercana.

Tengo más recursos reunidos en mi serie de salud mental sin tabú.

Para la toalla y para el sofá

Me la imagino para quien se tiñó el pelo de colores un verano y todavía no se ha atrevido a quitárselo. Para quien guarda una camisa hawaiana en el armario esperando la ocasión. Para quien nunca ha estado en Hawái y lo conoce entero por las películas.

Para escaparse sin moverse del sofá, como dije en la ficha. Para quien echa de menos las vacaciones el último día de vacaciones. Y para quien sabe que, a veces, la arena que pisamos la trajo alguien de otro sitio, y aun así es nuestra.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Honolulu Sand»? La letra no está publicada todavía, así que no la cuento ni la imagino. La portada muestra a un chico con el pelo teñido de arcoíris, gafas rosas y camisa hawaiana sentado en una playa con una tabla de surf y una montaña al fondo. En la ficha la describí como una postal tropical con nostalgia de vacaciones.

¿Qué lugar aparece en la portada? Por el paisaje, todo apunta a Waikiki, en Honolulu, con el cráter Diamond Head al fondo, aunque es una imagen ilustrada y no una fotografía de un sitio concreto.

¿En qué disco está? En «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía Gayfolk. El videoclip está en YouTube desde el 26 de junio de 2026.

¿Por qué el post habla del matrimonio igualitario? Porque Hawái fue el escenario del juicio de 1993, Baehr contra Lewin, que abrió en Estados Unidos el debate legal sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo. Es contexto sobre el lugar del título, no una explicación de la canción.

¿Quién hace la música y las voces? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño y «el primer cantautor IA». Escribe, compone y produce; las voces están hechas con inteligencia artificial.

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