
Por Mike Sain't Louis ·
«Cateto»: de insulto a bandera
Hay palabras que en España se aprenden antes que la tabla del siete. «Cateto» es una de ellas. Te la dicen en el patio del colegio si llevas la ropa equivocada, si no conoces una canción que todo el mundo conoce o si se te escapa el acento del pueblo de tus abuelos. Y la entiendes enseguida, sin que nadie te la explique. Significa: tú no eres de aquí, tú no sabes cómo funcionan las cosas, tú vas por detrás.
«Tan Cateto» fue la puerta por la que entró mucha gente, gracias a TikTok. Así que me toca pensar en esa palabra más de lo que esperaba. Y cuanto más la miro, más cosas encuentro debajo.
Una palabra que mide distancias
«Cateto» es, sobre todo, una palabra de geografía. Habla de dónde vienes. El cateto es el de pueblo, el que llega a la capital y no sabe moverse por el metro, el que dice las cosas como se dicen en su tierra. Tiene primos cercanos: «paleto», «palurdo», «de pueblo», dicho con cierto tono. En otros países hispanohablantes hay equivalentes, cada uno con su carga de clase y de territorio. En todas partes existe esa palabra que usa la ciudad para mirar al campo por encima del hombro.
Lo curioso es que en España casi todo el mundo tiene un pueblo. Los abuelos, los veranos, la casa con el patio. Así que el que llama cateto a otro muchas veces está insultando a su propia familia con dos generaciones de retraso. Eso me hace bastante gracia. El insulto tiene algo de espejo incómodo.
El cateto en la cultura gay
Dentro del mundo gay, la palabra tiene una vuelta más. Durante mucho tiempo, la historia que nos contábamos era muy sencilla: para ser gay tenías que irte del pueblo. La ciudad era libertad y el pueblo era el armario. El gay de verdad era urbano, moderno, sabía de música y de moda. El que se quedaba, o el que llegaba con el acento todavía puesto, era un poco cateto. Incluso entre los nuestros.
Ese esquema tiene parte de verdad. Para mucha gente, salir del pueblo fue la única forma de respirar. Pero también ha generado su propio esnobismo. Hay un clasismo gay que se ríe del chico que no sabe pronunciar el nombre de una marca, del que va al bar de ambiente con la camisa de las bodas, del que no ha visto la serie que todo el mundo comenta. Lo he visto. Probablemente lo he practicado alguna vez sin darme cuenta.
Y luego está la realidad, que es más amplia. Hay gais en todos los pueblos. Algunos se quedan porque quieren. Otros vuelven. Algunos viven en una ciudad y siguen sintiéndose de pueblo toda la vida, y no se lo quitan ni con tres másteres. La frontera entre el cateto y el moderno es mucho más porosa de lo que el insulto pretende.
Cómo se le da la vuelta a un insulto
La comunidad LGTB tiene mucha práctica con esto. «Maricón», «bollera», «travelo», incluso la propia palabra «queer» en inglés: todas empezaron como piedras y muchas han acabado como nombres que la gente se pone a sí misma con orgullo. No siempre, no en todas las bocas y no sin discusión. Pero el mecanismo es conocido. Cuando tú te pones la etiqueta antes de que te la pongan, le quitas al otro parte de su munición.
Con «cateto» pasa algo parecido, aunque no sea un insulto específicamente gay. Decir «soy cateto» con la barbilla alta es decir: vengo de donde vengo, hablo como hablo y no me disculpo. Es una forma de orgullo de origen. Y para una persona queer que viene de un sitio pequeño, juntar las dos cosas tiene su gracia. Ser marica y de pueblo. Dos motivos de burla convertidos en una sola identidad que no pide perdón.
No voy a explicarte de qué va «Tan Cateto», porque la letra está en la web y cada uno la escucha a su manera. Lo que sí te digo es que ese «tan» del título me gusta mucho. No dice «un poco cateto», ni «algo cateto». Dice «tan». Es un intensificador muy de habla cotidiana, de esos que usamos para exagerar. Y exagerar un insulto es una manera de vaciarlo. Si lo eres tanto, ya no hay nada que esconder.
La bandera y sus límites
Ahora, una duda honesta. Darle la vuelta a un insulto funciona cuando lo haces desde dentro. Si yo, que vivo en Madrid, uso «cateto» como bandera, ¿estoy en mi derecho o estoy jugando con algo que no es mío? Me lo he preguntado. Mi respuesta provisional es que la palabra pertenece a todo el que alguna vez se ha sentido fuera de lugar en una ciudad, y eso incluye a mucha más gente de la que parece. Pero no la tengo cerrada del todo.
También sé que reapropiarse de una palabra no la desactiva para siempre. «Cateto» se sigue diciendo con mala intención todos los días, en patios de colegio y en grupos de mensajes. Una canción no cambia eso. Lo que puede hacer es ofrecer otra manera de oírla. Que la próxima vez que alguien te la diga, en tu cabeza suene también un estribillo.
En la trilogía GAYFOLK hay un planeta al que se quiere llegar, un lugar donde uno puede ser quien es. A veces pienso que ese planeta tiene algo de pueblo, con su gente conocida y sus cotilleos, más que de gran ciudad. Un pueblo donde nadie te llama cateto porque todos lo son un poco. No sé si es una idea seria o una broma. Probablemente las dos cosas.
La letra completa de «Tan Cateto», con su videoclip, está en mikesaintlouis.com.