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Flotar por encima de uno mismo: «Stars Cibernéticas», la despersonalización y la desrealización

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Hay una sensación que mucha gente tiene alguna vez y casi nadie sabe nombrar. Estás en la cola del supermercado, o en una reunión, o delante del espejo del baño, y de pronto todo parece un poco falso. Tus manos se mueven, pero parecen de otra persona. Las caras de alrededor tienen algo de maqueta, de escena rodada con demasiada luz. Oyes tu propia respuesta cuando alguien te pregunta algo y te suena lejana, como grabada. No ha pasado nada visible. Nadie a tu lado lo nota. Y sin embargo te sientes flotando un metro por encima de tu vida, mirándola desde arriba.

Esa experiencia tiene nombre, o mejor dicho dos: despersonalización y desrealización. Este diario va de ellas. Y lo empiezo, como casi siempre, desde una imagen mía, porque fue mirando la portada de una canción cuando entendí que llevaba tiempo queriendo escribir sobre la ingravidez que no se elige.

Un chico sin peso sobre el planeta

En la portada de «Stars Cibernéticas» hay un muchacho suspendido en el espacio, por encima de la curva azul de la Tierra. Va descalzo, con los brazos abiertos en cruz, metido en un mono azul de brillo metálico que refleja la luz como un coche recién encerado. A su alrededor giran planetas pequeños y le cruzan unas rayas de neón rosa, como estelas de una carrera que ya ha pasado. El título, en letras cromadas con degradado, parece la pantalla de inicio de una consola antigua.

La imagen es festiva y habla de la libertad de no tener nada que te ate al suelo, ni la gravedad ni los prejuicios. En el videoclip la idea sigue: dos astronautas de blanco junto a un cohete al amanecer, un avión pintado con todos los colores del arcoíris, una cabina de mandos rodeada de nubes rosas, una bandera de tela tornasolada que ondea en una llanura del mismo color. Es una fantasía espacial alegre, de purpurina y de neón.

Pero las imágenes tienen la mala costumbre de decir más de lo que uno quería. Mirada con calma, la postura del chico que flota tiene otra cara. Flotar sin peso es maravilloso cuando lo eliges. Cuando no lo eliges, cuando tu cabeza se desengancha sola del cuerpo en mitad de un martes, se parece mucho más a un susto que a un vuelo.

Dos palabras que conviene distinguir

Los manuales separan dos experiencias que a menudo van juntas.

La despersonalización es sentirse extraño respecto a uno mismo. La persona nota que observa sus pensamientos, su cuerpo o sus actos desde fuera, como si fuera espectadora de su propia película. Puede sentir que sus emociones están apagadas, que su cuerpo no le pertenece del todo, que habla en piloto automático o que su reflejo es el de un desconocido con su misma cara.

La desrealización es sentir extraño el mundo de alrededor. Las cosas parecen de cartón piedra, borrosas, demasiado nítidas o lejanas. Las personas pueden dar la impresión de muñecos. El tiempo se vuelve raro. Mucha gente lo describe con la imagen de una lámina de cristal o de niebla entre ella y todo lo demás.

Ambas caen bajo un paraguas más grande, la disociación, que en psicología se usa para hablar de una desconexión entre cosas que normalmente van unidas: lo que sientes, lo que piensas, lo que recuerdas, lo que percibes, quién eres. Hay disociaciones mínimas y cotidianas, como llegar a casa conduciendo sin acordarte de ninguna rotonda del camino. Y hay disociaciones intensas que llegan con el miedo extremo.

Un detalle importante, que tranquiliza a mucha gente cuando lo lee por primera vez: en la despersonalización y la desrealización la persona sabe que se trata de una sensación. No cree de verdad que el mundo sea un decorado o que su cuerpo sea de otro. Su juicio de la realidad sigue intacto. Por eso suele decirlo con un «es como si», y por eso los profesionales la distinguen con cuidado de la psicosis.

La palabra nació en un diario

Me gusta mucho saber de dónde vienen las palabras, y esta tiene una historia preciosa que encaja con este blog.

El término «despersonalización» no lo inventó un médico en un hospital, sino un profesor de Ginebra en su diario. Henri-Frédéric Amiel llevó durante más de treinta años un diario íntimo de miles de páginas que se publicó en parte tras su muerte, ocurrida en 1881. En una entrada fechada el 8 de julio de 1880 escribió que todo le resultaba extraño, que se sentía como fuera de su cuerpo y de su individualidad, y usó la palabra «dépersonnalisé», despersonalizado, junto a otras como desapegado y cortado. Amiel no lo vivía como una enfermedad. Lo describía casi como un hábito del pensador que se observa a sí mismo con demasiada distancia.

Unos años después, en 1898, el filósofo y psicólogo francés Ludovic Dugas tomó esa palabra del diario de Amiel y la llevó a la literatura científica, en artículos publicados en la «Revue philosophique». Desde entonces la palabra se quedó. Los historiadores de la psiquiatría, como Mauricio Sierra y Germán Berrios, recuerdan que antes de 1898 ya había descripciones de estas experiencias con otros nombres, pero que el término técnico nace de ese préstamo literario.

Me emociona que una de las experiencias más difíciles de explicar tenga su partida de nacimiento en un cuaderno personal. Quien escribe para entenderse a veces pone nombre a cosas que luego sirven a miles de desconocidos. Es lo que intento, con mucha menos ambición, cada vez que me siento a escribir una letra o un diario como este.

Más común de lo que parece

Una de las cosas que más daño hace de esta experiencia es la soledad con la que se vive. Quien la siente por primera vez suele pensar que es la única persona del mundo a quien le pasa, y que eso significa que se está rompiendo por dentro.

Fotogramas del videoclip oficial de «Stars Cibernéticas», de Mike Sain't Louis

Los datos dicen otra cosa. Una revisión sistemática publicada en 2004 por el equipo de Elaine Hunter, en Londres, reunió los estudios disponibles y concluyó que los episodios pasajeros de despersonalización o desrealización son frecuentes en la población general: entre el 26 % y el 74 % de las personas dice haberlos tenido alguna vez en la vida, según el estudio. Y en el momento de un suceso traumático los describe entre un 31 % y un 66 % de quienes lo atraviesan.

Otra cosa muy distinta es el trastorno, es decir, cuando la experiencia es persistente o vuelve una y otra vez, causa malestar de verdad y estorba en la vida diaria. Ahí las cifras bajan mucho. Las encuestas con entrevistas diagnósticas lo sitúan alrededor del 1 % al 2 % de la población. Una revisión más reciente, de 2022, lo dejaba en torno al 1 % en población general y señalaba que es más frecuente en adolescentes y gente joven, y bastante más entre personas que ya tienen otro problema de salud mental. Esa misma revisión encontró las tasas más altas entre quienes han sufrido abuso por parte de otras personas, y pedía más investigación sobre esa relación.

O sea: sentirlo un rato, de vez en cuando, en momentos de agotamiento o de miedo, es algo muy humano. Sentirlo de forma continua es un problema clínico reconocido, con nombre propio en los manuales y con tratamiento. En la clasificación de la Organización Mundial de la Salud, la CIE-11, figura como trastorno de despersonalización-desrealización dentro de los trastornos disociativos.

Un freno de mano que se queda echado

¿Por qué hace esto la mente? La explicación que más se repite en la divulgación seria es que la disociación funciona como un mecanismo de protección. Cuando algo es demasiado, cuando la amenaza es enorme y no hay forma de huir ni de pelear, el sistema nervioso puede bajar el volumen de la experiencia. Te separa un poco de lo que está pasando para que puedas atravesarlo.

Mientras dura el peligro, ese freno puede ser útil. El problema llega cuando se queda echado después. El cuerpo sigue reaccionando como si la amenaza continuara, y la distancia que antes protegía ahora aísla. Ya no te separa del golpe; te separa de la comida que te gusta, de la persona que te abraza, de tu propio salón.

Además del trauma, hay otros desencadenantes habituales que conviene conocer porque quitan dramatismo: la falta de sueño muy acumulada, el estrés sostenido, los ataques de pánico, algunas sustancias y ciertas condiciones médicas. Por eso, cuando estas sensaciones aparecen de golpe o con fuerza, lo sensato es contárselo también al médico de cabecera, que puede descartar causas físicas antes de pensar solo en lo emocional.

El subtipo disociativo del estrés postraumático

Aquí entra una parte que me toca de cerca, así que la cuento con cuidado.

El trastorno de estrés postraumático, el TEPT, es uno de mis diagnósticos. Me lo pusieron a los 41 años junto a otros, y lo conté en «Diagnóstico a los 41». No voy a describir aquí episodios míos que no puedo contar con precisión, y no quiero adornar mi historia con escenas para que el texto quede redondo. Lo que sí puedo hacer es explicar qué dicen los manuales, porque esto le sirve a cualquiera que esté leyendo con un diagnóstico parecido.

En 2013, la quinta edición del manual diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría, el DSM-5, añadió un especificador al TEPT: el subtipo disociativo. Se aplica cuando, además de los síntomas clásicos del estrés postraumático, la persona tiene despersonalización o desrealización persistentes o recurrentes.

Ese mismo año se publicó un análisis de las Encuestas Mundiales de Salud Mental de la OMS, con 25.018 personas entrevistadas en 16 países. Entre quienes cumplían criterios de TEPT en el último año, un 14,4 % tenía síntomas disociativos de este tipo. Y esa proporción no cambiaba entre países de ingresos altos y de ingresos medios o bajos. El estudio relacionaba ese subtipo con más experiencias traumáticas previas, más adversidad en la infancia y un malestar más intenso.

Dicho de otra manera: si alguien con estrés postraumático siente a veces que se mira desde fuera, no se trata de una rareza suya. Está descrito, está estudiado y tiene sitio en el diagnóstico. Saberlo no quita la sensación, pero quita una capa de miedo encima de la sensación, y eso ya es muchísimo.

El miedo al miedo

Aquí está, para mí, la clave de todo este asunto.

Collage con un detalle de la carátula de «Stars Cibernéticas» y las carátulas de «Ya Sale el Asesino», «Perverso Narcisista»

Cuando la mente se desengancha un momento, lo normal sería que volviera a engancharse sola al rato. Muchas veces lo hace. Pero si la primera vez que te pasa te asustas mucho, si piensas «me estoy volviendo loco» o «me voy a quedar así para siempre», el susto produce más ansiedad, y la ansiedad alimenta la propia desconexión. Se forma un círculo: noto que estoy raro, me asusto por estar raro, el susto me pone más raro.

Por eso tanta gente que ha pasado por esto dice que lo que más le ayudó fue entender qué le estaba ocurriendo. Ponerle nombre corta una parte del círculo. Ya no es «algo inexplicable que me está pasando», sino una reacción conocida del sistema nervioso, desagradable pero no peligrosa en sí misma.

Lo digo desde lo que sí conozco bien: ponerle nombre a lo que me pesaba, con el diagnóstico, me alivió. No se arregló nada de golpe. Pero dejé de pelearme con un fantasma y empecé a trabajar con algo que tenía forma.

Lo que el cuerpo agradece cuando la cabeza se va

No soy profesional sanitario, así que no voy a dar una receta. Lo que sí puedo hacer es recoger lo que proponen de forma bastante coincidente las guías de salud mental y los equipos que trabajan con trauma para esos momentos en que te sientes fuera de ti. Son recursos para volver al presente, no tratamientos.

  • Usar los sentidos con algo intenso pero seguro: agua fría en las muñecas o en la cara, un cubito de hielo en la mano, un olor fuerte como el de una naranja pelada o el café molido.
  • Notar el apoyo del cuerpo: los pies planos en el suelo, la espalda contra la silla, el peso de las manos sobre los muslos. Apretar y soltar los puños despacio.
  • Describir mentalmente, o escribir, lo que tienes delante con detalle aburrido: la taza es blanca, tiene una mella en el borde, está a mi derecha, son las seis y diez.
  • Moverse un poco: caminar por el pasillo, estirar los brazos, subir y bajar un tramo de escalera.
  • Hablar con alguien de confianza de cualquier cosa concreta, aunque sea la lista de la compra.
  • Recordarte a ti mismo, con palabras sencillas, que esto es una sensación conocida y que pasa.

Hay una idea que me gusta mucho detrás de todos esos gestos: no se trata de forzar a la mente a volver, sino de darle al cuerpo motivos para sentir que está a salvo aquí y ahora. Cuando el cuerpo se convence, la cabeza suele bajar sola. En «El puente colgante y el control de carretera» escribí sobre lo fácil que es que el cuerpo confunda la alerta con otra cosa; aquí pasa algo parecido, y por eso hablarle al cuerpo funciona mejor que discutir con la cabeza.

En «La música me está salvando» conté cómo algunas canciones me han servido de refugio en días de ansiedad. Para muchas personas, una canción conocida, escuchada con atención a los detalles de la producción, funciona exactamente como uno de esos anclajes: te da algo concreto que seguir en el presente.

Cuándo pedir ayuda profesional

Un episodio suelto de desconexión después de una noche sin dormir o de un susto fuerte no es motivo de alarma. Pero hay situaciones en las que conviene consultar sin esperar:

  • Cuando la sensación dura muchas horas o días, o vuelve con frecuencia.
  • Cuando interfiere en el trabajo, en los estudios o en las relaciones.
  • Cuando aparece junto a recuerdos traumáticos que invaden, pesadillas o una alerta constante.
  • Cuando va acompañada de una tristeza que no se va o de pérdida de interés por todo.
  • Cuando empezó tras consumir alguna sustancia y no se ha ido.
  • Cuando aparecen ideas de hacerte daño. En ese caso no hay que esperar a ninguna cita.

El tratamiento principal es la psicoterapia, y en el trauma hay enfoques con buena evidencia. A menudo, además, se tratan a la vez la ansiedad o la depresión que suelen acompañar a estos síntomas. El primer paso puede ser tan sencillo como pedir cita con el médico de familia y contarlo con estas mismas palabras: «a veces me siento fuera de mí, como si el mundo no fuera real». Es una frase que los profesionales conocen y que no te hace parecer extraño.

En «Gracias a mi psicóloga» escribí sobre lo que significa para mí tener una buena profesional al lado. No es magia. Es alguien que conoce el mapa cuando tú solo ves niebla.

La gravedad, ese invento tan poco valorado

Vuelvo a la portada. Me hace gracia que en el arte casi siempre celebremos la ingravidez. Los astronautas flotando, los bailarines en el aire, los sueños de volar. La gravedad, en cambio, tiene mala prensa: es lo que nos tira, lo que pesa, lo que cansa.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Stars Cibernéticas», de Mike Sain't Louis

Después de leer tanto sobre disociación he empezado a mirar la gravedad con otros ojos. Pisar el suelo, notar el peso del cuerpo sobre una silla, sentir el frío del agua del grifo: todo eso, que parece tan poca cosa, es la prueba diaria de que estamos aquí. El chico de la portada flota porque quiere. Lo bonito de esa imagen es que sabe volver.

En el vídeo hay un plano que me gusta especialmente para este diario: dos astronautas caminando juntos hacia el avión arcoíris, con el cielo encendido detrás. Van de la mano, o eso parece por cómo se acercan sus siluetas. No flotan. Andan. Y van acompañados. Si tuviera que elegir una imagen para lo que ayuda en estos casos, sería esa: alguien a tu lado y los pies sobre el suelo.

Lo que la cultura cuenta de mirarse desde fuera

La literatura y el cine están llenos de personajes que se miran desde fuera, aunque casi nunca se nombre lo que les pasa.

El propio Amiel se describía en su diario como espectador de su vida, como alguien que se ve a sí mismo desde el patio de butacas. Muchos lectores modernos reconocen en esas páginas una descripción precisa de lo que hoy llamamos despersonalización. Es una de las razones por las que su diario se sigue estudiando en historia de la psiquiatría, además de en historia de la literatura.

Fuera de los libros, quienes han vivido el trastorno han escrito testimonios para ayudar a otros. Uno de los más citados es «Feeling Unreal», publicado en 2006 por la psiquiatra Daphne Simeon y el escritor Jeffrey Abugel, que mezcla la explicación clínica con relatos de pacientes. Lo menciono porque una de las cosas que más se repiten en esos relatos es justo el alivio de descubrir que otra gente describía con las mismas palabras lo que uno creía exclusivo.

Ese efecto de reconocimiento me parece uno de los grandes regalos de la cultura. Una frase escrita por otra persona puede ser la primera prueba de que no estás solo en un sitio raro. Por eso me importa tanto que se hable de salud mental con naturalidad, y por eso reuní todos estos diarios en «Salud mental sin tabú».

La desconexión y las personas LGTBI

No hay estudios que digan que la despersonalización sea propia de las personas LGTBI, y no voy a inventarlos. Lo que sí está bien documentado es que nuestro colectivo tiene, de media, más exposición a acoso, rechazo familiar y violencia que la población general, y eso aumenta el riesgo de trauma y de los síntomas que lo acompañan.

Hay además una forma cotidiana de desconexión que muchos reconocemos y que no es un trastorno, pero se le parece en el gesto. Es la de haber aprendido de niños a vigilarnos desde fuera: cómo muevo las manos, cómo me siento, si mi forma de reír me delata. Durante años, bastantes vivimos con una cámara interior siempre encendida, mirándonos para corregirnos antes de que nos corrigieran otros. Esa autovigilancia agota, y uno de sus efectos es que cuesta habitar el propio cuerpo sin juzgarlo.

Escribí sobre el cuerpo y la vergüenza en «Escribir sobre el cuerpo sin pedir perdón». Para mí, parte de la recuperación ha consistido en apagar poco a poco esa cámara. No del todo, quizá nunca del todo, pero sí lo bastante para que bailar, comer o mirarme al espejo vuelvan a ser cosas que hago desde dentro.

Abuso emocional y realidad prestada

Hay otra conexión que me parece importante, porque forma parte de la misión de este blog: dar visibilidad al abuso narcisista.

Cuando alguien vive durante años con una pareja que niega lo que pasó, que reescribe los hechos y que le hace dudar de su memoria, la relación con la realidad se resiente. No hablo de un diagnóstico, sino de una sensación muy descrita por quienes han salido de relaciones así: la de no saber ya qué es real, la de mirar tu propia vida como si fuera la versión que te contaron otros.

Yo perdí veinte años en dos relaciones con personas narcisistas. Cuando por fin se vio lo que eran, consiguieron poner a parte de mi gente en mi contra, y durante un tiempo sentí que mi historia la contaban otros. Las canciones fueron mi manera de contar mi versión y de sacar lo que sentía. Hablé de esa estrategia de hacer dudar a la víctima en «Hacer pasar al otro por loco».

No voy a nombrar a nadie. No hace falta. Lo que me importa contar es que recuperar la propia realidad lleva tiempo y suele necesitar ayuda: alguien que te escuche sin poner en duda lo que viviste, y algún sitio donde dejarlo por escrito con tus propias palabras.

Escribir para volver al cuerpo

Siempre que hablo de mi proceso acabo en lo mismo: escribir me ha ayudado. Como letrista, compositor y productor musical, mi trabajo consiste en convertir algo que siento en una forma concreta: versos, compases, un arreglo, un título. Ese paso de lo difuso a lo concreto se parece mucho a lo que proponen los anclajes de los que hablaba antes.

Ficha de la canción «Stars Cibernéticas» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Cuando algo dentro de mí estaba desordenado, ponerle palabras con rima o con ritmo me obligaba a estar presente. Hay que contar sílabas, elegir entre dos adjetivos, decidir dónde cae el acento. Es imposible hacer eso flotando fuera de uno mismo. La artesanía tira de ti hacia abajo, hacia la mesa y el papel.

No digo que escribir cure nada. Digo que a mí me ha servido de cuerda para volver, y que cualquiera puede probar una versión pequeña: tres frases sobre lo que ves ahora mismo, sin adornos. La mesa, la luz, el ruido de la calle. A veces basta para recordar que hay un aquí.

En «Un reloj parado que grita» escribí sobre los objetos que se meten en mis letras. Ahora entiendo que muchos de esos objetos son anclas: cosas pequeñas y físicas a las que agarrarse cuando lo grande se vuelve irreal.

Si estás leyendo esto en mitad de un episodio

Por si alguien ha llegado hasta aquí buscando en el móvil qué le pasa, justo ahora, con esa sensación de cristal entre él y el mundo, le dejo unas líneas directas.

Lo que sientes tiene nombre y le pasa a muchísima gente. No significa que estés perdiendo la cabeza: el hecho de que te preocupe y de que sepas que es raro es, precisamente, una señal de que tu juicio sigue funcionando. Suele pasar. Mientras tanto, pon los pies en el suelo, moja las manos con agua fría, mira cinco cosas de color azul a tu alrededor y nómbralas. Respira más despacio de lo que te pide el cuerpo. Escribe a alguien.

Y si notas que la sensación viene con ganas de hacerte daño, o con la idea de que no puedes más, llama ya. No hace falta estar seguro de que es «lo bastante grave».

Dónde pedir ayuda en España

Si estás mal, estas son las puertas que conozco y que funcionan a cualquier hora o casi:

  • El 024 es la línea de atención a la conducta suicida. Es gratuita, atiende las 24 horas y también orienta a familiares y amigos preocupados por alguien.
  • El 112 es el número de emergencias si hay un riesgo inmediato para tu vida o la de otra persona.
  • Si eres menor de edad o te preocupa un menor, la Fundación ANAR atiende en el 900 20 20 10.
  • Fuera de España, en findahelpline.com puedes buscar líneas gratuitas de tu país.

Si quieres saber cómo es por dentro una llamada de este tipo, lo que se pregunta y lo que no, también lo tengo en la serie de «Salud mental sin tabú». Y si el problema es que te cuesta hablar por miedo a molestar, quizá te sirva «El miedo a molestar». Molestar a una línea de ayuda es imposible: está para eso.

Volver a la Tierra con los ojos abiertos

He pensado mucho en por qué esta portada, tan alegre, me ha llevado a un tema tan serio. Creo que es porque en Planeta Gayfolk siempre he querido que el espacio sea un lugar de libertad, no de huida. Irse a otra galaxia está bien si es para bailar y volver con ganas. No tanto si es porque aquí abajo duele demasiado.

La recuperación, al menos en mi caso, no ha sido dejar de flotar nunca. Ha sido aprender a notar cuándo me voy, a no asustarme tanto cuando pasa, a tener cerca gente y recursos que me ayudan a bajar, y a confiar en que el suelo sigue ahí. Ese aprendizaje lo hago con tratamiento psiquiátrico y psicológico, con paciencia y con muchas canciones.

Si has llegado hasta aquí, gracias por acompañarme. Puedes escuchar «Stars Cibernéticas» como lo que es, una fantasía espacial con purpurina, y si un día te sientes flotando sin quererlo, acuérdate de los dos astronautas del vídeo: caminan juntos, pisan tierra y van hacia algo luminoso. Esa es la ingravidez que te deseo.

Y si quieres seguir leyendo sobre cómo el cuerpo y la mente se protegen cuando algo duele, tienes también «La bomba de relojería», sobre las heridas de la infancia que reaparecen de adulto, y «Siempre apartado entre tanta gente», sobre esa soledad que se nota más en mitad de la fiesta.