
Por Mike Sain't Louis ·
Rezar de rodillas: fe, religión y personas LGTBI en mis letras
«ni Esperanza Gracia ni / rezar de rodillas en Madrid El Rosario»
Así termina la lista más larga de «La música me está salvando», una canción de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. (La letra completa está en gayfolkplanet.com.) Antes de llegar ahí, el narrador ha ido tachando casi todo lo que se supone que ayuda: «Ni psicólogos, ni amigos, ni hermanos, / Ni psiquiatras, ni médicos, ni novios.» Ni el horóscopo de la tele, ni el rosario, ni los ayunos, ni los políticos. Solo queda una cosa en pie, y la grita en el estribillo.
La canción es exagerada a propósito. Es la rabia de alguien que acaba de salir de un mal sitio y no quiere deberle nada a nadie. No es un tratado contra la terapia; de hecho, le di las gracias a mi psicóloga en «Gracias a mi psicóloga». Tampoco es un manifiesto contra la fe. Pero el verso del rosario me ha dado una excusa para escribir de algo que en el ambiente se toca poco y mal: qué pasa cuando eres LGTBI y crees, o creías, o te criaron creyendo.
De rodillas en la lista
Me interesa dónde coloca la letra la oración. Rezar aparece en la misma enumeración que los médicos y los amigos. Es decir, como una de las cosas a las que la gente recurre cuando lo está pasando mal. Eso, para mí, es lo más honesto del verso: reconoce que para millones de personas rezar es una forma de pedir ayuda.
Que el narrador la descarte en ese momento no dice nada de quien sí reza. Hay personas LGTBI para las que la fe es el sitio donde encuentran paz, y otras para las que fue justo el lugar donde se les dijo que eran un error. Las dos experiencias son reales y caben en el mismo colectivo.
Creer y ser LGTBI no es una contradicción
Hay un tópico muy extendido según el cual las personas LGTBI son, por definición, ateas o anticlericales. Los datos no dicen eso. En una encuesta publicada en 2025 por el Pew Research Center, el 48 % de los adultos LGTB de Estados Unidos se identificaba con alguna religión: cristiana, judía, musulmana u otra. La otra mitad, el 52 %, no tenía afiliación religiosa, una cifra muy superior a la del conjunto de la población.
Es decir, las personas LGTBI se alejan de las religiones con mucha más frecuencia que el resto. Pero casi la mitad no lo hace. Y entre quienes se alejan hay muchos que conservan una espiritualidad propia, rezan a su manera o echan de menos una comunidad que les expulsó. Pensar en la fe como algo ajeno al colectivo es dejar fuera a muchísima gente.
Lo que dice el Catecismo
En España la religión mayoritaria sigue siendo la católica, así que conviene saber qué dice. El Catecismo de la Iglesia Católica dedica tres números a la homosexualidad. El 2357 afirma que los actos homosexuales son «intrínsecamente desordenados» y que no pueden recibir aprobación en ningún caso. El 2358 dice que las personas con tendencias homosexuales deben ser acogidas «con respeto, compasión y delicadeza» y que se evitará respecto a ellas «todo signo de discriminación injusta». El 2359 las llama a la castidad.
Leído desde fuera, es un mensaje contradictorio: te respetamos, pero lo que haces con tu cuerpo y tu amor está desordenado. Leído desde dentro, por un chaval de catorce años en una catequesis, puede ser devastador. No hace falta que nadie te insulte para que una frase así te acompañe durante mucho tiempo.
Del «quién soy yo para juzgar» a Fiducia supplicans
En julio de 2013, en el vuelo de vuelta de Río de Janeiro, el papa Francisco respondió a una pregunta sobre sacerdotes gais con una frase que dio la vuelta al mundo: «Si una persona es gay y busca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?». En enero de 2023, en una entrevista con la agencia AP, dijo que «ser homosexual no es un delito» y calificó de injustas las leyes que lo castigan, aunque mantuvo la distinción entre delito y pecado.

El 18 de diciembre de 2023, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó la declaración «Fiducia supplicans», que permite a los sacerdotes bendecir de forma espontánea a parejas del mismo sexo. Con condiciones: la bendición no puede ser litúrgica, no puede parecerse a una boda y no bendice la unión como tal, sino a las personas. Para algunos fue un paso histórico; para otros, una puerta entreabierta que no deja pasar. Los dos tienen algo de razón.
Otras iglesias, otros caminos
El cristianismo no es un bloque. La Iglesia de Suecia, luterana, decidió en 2009 casar a parejas del mismo sexo y lo hace desde el 1 de noviembre de ese año. La Iglesia de Inglaterra empezó a usar el 17 de diciembre de 2023 unas oraciones de bendición para parejas del mismo sexo, las «Prayers of Love and Faith», aunque todavía no permite casarlas en sus templos. Otras confesiones protestantes, en Europa y en América, celebran bodas igualitarias desde hace años.
En el judaísmo, el islam y otras religiones también hay comunidades que acogen a personas LGTBI y otras que las rechazan. Lo que quiero señalar es sencillo: cuando alguien te dice que «la religión» condena a las personas LGTBI, está hablando de una parte, no del todo.
Una historia que pesa
Para entender por qué en España la relación entre fe y diversidad sexual está tan cargada, hay que mirar atrás. Durante el franquismo, la Iglesia católica y el Estado caminaron de la mano; el Concordato de 1953 lo dejó por escrito. En ese marco, la homosexualidad no era solo pecado: también fue perseguida por la ley. La Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970 incluía los «actos de homosexualidad» entre los supuestos de peligrosidad, y esa referencia no se eliminó hasta la reforma de finales de 1978.
Mucha gente mayor del colectivo creció con esas dos voces diciéndole lo mismo, una desde el púlpito y otra desde la comisaría. No es raro que asociar religión y castigo les haya durado toda la vida. Y tampoco es raro que algunos de ellos, ya mayores, hayan vuelto a una parroquia que les trata de otra manera. Las dos reacciones tienen sentido cuando se conoce la historia.
Las palabras que se quedan
Hay palabras del vocabulario religioso que se cuelan en la vida de cualquiera, creyente o no: pecado, culpa, penitencia, tentación, perdón. A muchas personas LGTBI se les enseñaron justo en el momento en que empezaban a descubrirse, y se pegaron al deseo como una etiqueta. Por eso cuesta tanto, a veces, sentir placer sin sentir a la vez que se está haciendo algo malo.
En mis canciones esas palabras aparecen a menudo con ironía. La iglesia sale en «El anillo de casado» como el sitio por el que el novio «ha pasado» antes de volver a la cama del narrador, algo que comenté en «La supuesta heterosexualidad». Y la santidad aparece como comparación en «Santa por comparación». La ironía no es desprecio. Es una manera de quitarle a esas palabras el poder de hacer daño y quedarse con lo que tienen de bonito: el perdón, la compasión, la comunidad.
Crismhom: rezar en Madrid sin esconderse
En Madrid existe desde 2006 Crismhom, una asociación civil y comunidad cristiana ecuménica que acoge a personas LGTBIQ+ de cualquier confesión cristiana y a personas heterosexuales que quieran compartir un lugar seguro. Está declarada de utilidad pública y tiene su sede en la plaza Puerta del Ángel, en el distrito de Latina. Según su web, todos los jueves a las 20:30 celebra una oración comunitaria ecuménica abierta a cualquiera.

Me parece importante que exista un sitio así, aunque yo no sea quien lo necesita. Porque para mucha gente la alternativa no es elegir entre la fe y el armario de forma tranquila, sino perder una de las dos cosas a la fuerza. Crismhom ofrece una tercera opción: rezar sin tener que esconder a quién quieres.
El daño religioso
También hay que nombrar lo otro. Muchas personas LGTBI arrastran heridas que vienen de su educación religiosa: la culpa, el miedo al infierno, la sensación de que su deseo es una prueba que deben superar. Algunas pasaron por grupos que prometían «curar» la homosexualidad a base de oración y disciplina. Escribí sobre esas prácticas en «No hay pastilla que cure lo que no es enfermedad», y sobre lo que la ley dice de ellas.
En inglés se habla a veces de «religious trauma» para describir ese daño. No es un diagnóstico oficial, pero la experiencia es real. Si te suena, no estás exagerando ni siendo un mal creyente. Mereces que alguien te escuche sin intentar convencerte de nada, ni de creer ni de dejar de hacerlo.
La laicidad que nos protege
El artículo 16 de la Constitución española garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto, y en su apartado 3 establece que «ninguna confesión tendrá carácter estatal». Gracias a eso, el matrimonio entre personas del mismo sexo pudo aprobarse en 2005 con la Ley 13/2005 sin pedir permiso a ninguna iglesia. Es un matrimonio civil: el Estado no obliga a ninguna confesión a celebrarlo, y ninguna confesión puede impedir que el Estado lo reconozca.
Me gusta pensar la laicidad como un acuerdo de convivencia. Protege a la persona creyente que quiere rezar en paz y a la persona LGTBI que quiere casarse en un juzgado. Lo que no protege es la pretensión de que la fe de unos dicte la vida de otros.
Conviene recordarlo cuando alguien plantea los derechos LGTBI como un ataque a los creyentes. Que dos hombres se casen en un juzgado de Madrid no obliga a ningún párroco a cambiar su liturgia. Y que un párroco predique lo que su doctrina dice no obliga a ninguna pareja a escucharle. La convivencia consiste en que cada cual pueda vivir según sus convicciones sin imponerlas a quien no las comparte, y en que las leyes comunes, las que valen para todos, no dependan de ningún catecismo.
Libertad de creer, libertad de ser
La libertad religiosa es un derecho fundamental, y la igualdad también. Cuando chocan, el debate se vuelve complicado: una escuela concertada religiosa, un servicio público, un despido. No voy a resolverlo aquí. Pero sí quiero dejar claro que en España la Ley 15/2022 de igualdad de trato y la Ley 4/2023 para la igualdad de las personas trans y de los derechos LGTBI prohíben la discriminación por orientación sexual e identidad de género en ámbitos como el empleo, la educación o la sanidad. La fe de nadie es una excusa para saltárselo.
Y también al revés: no tiene sentido burlarse de quien cree. El colectivo LGTBI ha pedido durante décadas que se respete lo que cada uno es. Ese respeto incluye a quien reza.
Una comunidad que se elige
Una de las cosas que más echan de menos quienes dejan una iglesia no es la doctrina, sino la gente. El café después de misa, el grupo de jóvenes, la tía que te guarda sitio en el banco, los campamentos de verano. Las religiones son, entre otras cosas, redes de apoyo muy potentes. Cuando alguien sale de una por ser LGTBI, a menudo se queda sin esa red justo cuando más la necesita.

Por eso me parece tan valioso lo que el colectivo ha construido por su cuenta: asociaciones, grupos de amigos, coros, equipos deportivos, cenas de Navidad para quien no puede volver a casa. No sustituyen a una fe para quien la tiene, pero cumplen una función parecida: que nadie esté solo cuando las cosas se tuercen. Y algunas comunidades de fe inclusivas, como la que describía antes, hacen las dos cosas a la vez.
Si has perdido una comunidad, no tienes que esperar a que la vida te ofrezca otra. Puedes buscarla. Puede ser una asociación de tu barrio, un grupo de lectura, un taller, una oración de los jueves o una pista de baile. Lo importante es que allí no tengas que dejar fuera una parte de ti para entrar.
Si tu familia es creyente
Muchas salidas del armario se juegan en casas donde se bendice la mesa y se va a misa los domingos. Si es tu caso, algunas ideas que a otras personas les han ayudado:
- No tienes que convencer a tu familia de nada el primer día. Las reacciones iniciales suelen cambiar con el tiempo.
- Puede servirte saber que dentro de su propia religión hay voces que acogen. Grupos como Crismhom tienen experiencia acompañando a familias.
- Si en casa no estás seguro, busca un sitio donde lo estés antes de contarlo. Sobre crecer con la mirada encima, escribí en «El qué dirán», y sobre la necesidad de un techo propio en «Un techo propio».
- Si eres menor y temes por tu seguridad, la Fundación ANAR te escucha en el 900 20 20 10.
Si eres creyente y LGTBI
No tienes que elegir. Hay personas que viven las dos cosas a la vez y lo hacen con paz, aunque les haya costado. Busca una comunidad que no te pida que te partas en dos. Lee lo que han escrito teólogos y creyentes LGTBI. Y si en tu parroquia, tu congregación o tu mezquita no hay sitio, eso habla de ese lugar, no de ti.
También puedes vivir una espiritualidad sin iglesia, o cambiar de comunidad, o tomarte un tiempo. La fe, para quien la tiene, es una relación, y las relaciones cambian.
Algunas personas cuentan que lo más difícil no fue aceptar su orientación, sino aceptar que podían seguir creyendo sin pedir permiso. Si estás en ese punto, date tiempo. Nadie te exige una respuesta definitiva hoy, ni tu comunidad, ni el colectivo, ni tú mismo.
Si has dejado de creer
Hay quien sale del armario y de la iglesia en el mismo movimiento. Puede ser una liberación y, a la vez, un duelo: pierdes los rituales, los himnos de los domingos de la infancia, las fiestas, a veces a parte de tu gente. No es raro echarlo de menos aunque no quieras volver.
Ese duelo merece espacio. Hay personas que encuentran otros rituales: la comunidad del ambiente, la música, el Orgullo, una mesa de amigos. Para el narrador de la canción, el ritual nuevo es una pista de baile y unos auriculares.
Cuando tu amigo reza
Si tienes un amigo LGTBI creyente y tú no lo eres, quizá te cueste entenderle. Es normal. Lo útil es no convertir su fe en un tema de debate cada vez que os veis. No le preguntes cómo puede pertenecer a una institución que le rechaza como si no se lo hubiera preguntado él mil veces. Escúchale cuando quiera hablar de ello, respeta sus rituales y, si un día lo pasa mal en su comunidad, acompáñale sin decir «ya te lo dije».

Y si eres tú el creyente y tu amigo se burla de tu fe, puedes pedirle el mismo respeto que tú le das. Las amistades del colectivo han sobrevivido a cosas mucho más difíciles que una diferencia de creencias.
La música como liturgia
El estribillo funciona casi como una oración repetida: «¡La música me está salvando! / ¡La música me está elevando!». Hay algo religioso en esa repetición, en esa forma de subir. No lo digo como crítica: muchas de las formas de la música popular vienen de la iglesia, del góspel a las saetas, y no es casual que una canción sobre salir del pozo acabe hablando de llegar al cielo.
Ya escribí sobre los gerundios de esta canción en «Me está salvando, no me ha salvado» y sobre la ansiedad que hay detrás en este otro texto. Aquí me quedo con una idea: cada uno necesita algo que le eleve. Para unos es rezar; para otros, una canción. Lo importante es que nadie te quite el tuyo ni te imponga el suyo.
Dónde pedir ayuda
Puede que lo que te pese sea la culpa que te inculcaron, que tu parroquia te haya dado la espalda o que en casa no acepten a quien quieres. No tienes que resolverlo sin compañía. He comprobado cada uno de estos contactos en la web de su organización:
- La Línea Arcoíris de la FELGTBI+ atiende de forma anónima, confidencial y gratuita en el 913 604 605 y por WhatsApp en el 676 78 58 30.
- En Madrid, COGAM ofrece información LGTBI en el 91 523 00 70.
- Crismhom, si buscas una comunidad cristiana que te acoja como eres, tiene formulario de contacto en su web.
- La Fundación ANAR, para menores y su entorno, en el 900 20 20 10.
- El 112, ante cualquier emergencia.
Hay noches en que la culpa pesa tanto que alguien llega a pensar en morir. Si te pasa, en España marca el 024: es gratuito, no juzga y contesta a cualquier hora. Si estás en otro país, busca su teléfono de crisis o llama a su número de emergencias. Pedir ayuda funciona; lo explico en «Hablemos del suicidio sin tabú», y tienes más recursos en el índice de mi serie sobre salud mental.
Lo que queda en pie
La canción tacha casi todo y deja una cosa en pie. Me parece una buena imagen para terminar. Cuando la vida aprieta, cada persona se agarra a lo que puede: una terapeuta, una amiga, un rosario, un disco. Ninguna de esas cosas es ridícula si a ti te sostiene.
Lo que sí sobra es cualquier fe, o cualquier falta de fe, que se use para decirle a otra persona que su amor no vale. En mis canciones, la música hace de contrapeso. A otros les sirve rezar de rodillas. Que haya sitio para los dos, en Madrid y en cualquier parte, es lo que le pido al planeta que me inventé.
Preguntas frecuentes
¿Se puede ser creyente y LGTBI? Sí. Según el Pew Research Center (2025), el 48 % de los adultos LGTB de Estados Unidos se identifica con una religión. Hay comunidades cristianas, judías, musulmanas y de otras confesiones que acogen a personas LGTBI, como Crismhom en Madrid.
¿Qué es Fiducia supplicans? Es una declaración del Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicada el 18 de diciembre de 2023. Permite que los sacerdotes católicos bendigan de forma espontánea a parejas del mismo sexo, sin rito litúrgico y sin nada que se parezca a una boda.
¿Qué es Crismhom? Una asociación civil y comunidad cristiana ecuménica de Madrid, fundada en 2006 y declarada de utilidad pública, que acoge a personas LGTBIQ+ de cualquier confesión cristiana. Celebra una oración ecuménica abierta todos los jueves a las 20:30.
¿Puede una iglesia impedir el matrimonio igualitario en España? No. El artículo 16.3 de la Constitución establece que ninguna confesión tiene carácter estatal, y la Ley 13/2005 reconoce el matrimonio civil entre personas del mismo sexo. Las confesiones no están obligadas a celebrarlo, pero tampoco pueden impedirlo.
¿De qué habla «La música me está salvando»? De alguien que, tras una mala relación, enumera todo lo que no le ha servido y se queda con la música como lo único que le eleva. Es una canción de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK.
¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. Las voces y la música de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.