
Por Mike Sain't Louis ·
Me está salvando, no me ha salvado: los gerundios de «La música me está salvando»
Me está salvando. No me ha salvado. La diferencia cabe en dos palabras y para mí es toda la canción.
Cuando le puse título a «La música me está salvando», podría haber elegido otro tiempo verbal. La música me salvó. La música me ha salvado. La música me salvará. Cualquiera de esos títulos habría sonado más rotundo, más de frase para camiseta, más de póster con fondo de atardecer. Elegí el gerundio. Y lo elegí porque era verdad.
La canción está en el segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK». En la lista de singles de Planeta Gayfolk es la pista 61 de 273, entre «Can't Wait» y «Louvre». Una canción de impaciencia antes, una de museo después, y en medio esta, que va de algo que todavía está pasando.
En la ficha conté la lista de todo lo que no funcionó, de los psicólogos a los veterinarios, y el ajuste de cuentas con el ex. Aquí quiero hacer algo más raro, que es mirar la canción con lupa de profesor de Lengua. Contar sus gerundios. Porque esta letra, si te fijas, está escrita casi entera en presente continuo, y eso no es casualidad. Es una manera de estar en el mundo.
Primera lección: el gerundio no ha terminado
Te lo explico como me lo explicaron a mí en el instituto, con tiza y con poca paciencia.
El gerundio es la forma del verbo que indica algo en marcha. Estoy comiendo. Estás llorando. Está lloviendo. No dice cuándo empezó ni cuándo termina. Dice que ahora, en este momento, la cosa está pasando. Es un verbo con el motor encendido.
El pretérito perfecto, en cambio, es una puerta cerrada. Me ha salvado. Ya está. Final feliz, créditos, luces encendidas, todo el mundo a casa. Es el tiempo de los testimonios de autoayuda y de los anuncios de seguros. «La música me salvó la vida», dice el actor del anuncio mirando al horizonte, y tú te lo crees porque lleva un jersey de cuello vuelto.
Yo no tenía el jersey de cuello vuelto. Tenía una ruptura reciente, un ex mentiroso y una lista larguísima de cosas que no me habían servido. Y la música, que sí me estaba sirviendo. Pero todavía no había terminado de hacerlo. Por eso el gerundio. Porque escribir «me ha salvado» habría sido mentir. Habría sido adelantar el final de una película que todavía estaba rodando.
Me, el pronombre pequeño
Antes de seguir con los verbos, un pronombre. El «me» del título.
La música me está salvando. No dice «la música salva», que sería una frase de taza, de pared de academia de baile, de cartel de festival. Dice «me». A mí. En concreto. Es un rescate con nombre y apellidos, no una teoría general sobre el arte.
Me gusta mucho esa pequeñez. Hay canciones que se ponen a explicar el mundo y canciones que se conforman con explicar lo que le pasa a una persona un martes. Las segundas me interesan más. Si una canción me cuenta que la música salva a la humanidad, me encojo de hombros. Si me cuenta que a alguien concreto, con un ex mentiroso y una lista de remedios fallidos, le está sacando del pozo, me siento a escuchar.
Además, ese «me» deja fuera al otro. La música me salva a mí. A ti, no. A ti te deja por los suelos. El pronombre ya está haciendo la venganza antes de que llegue el estribillo.
Lo estoy flipando

«Lo estoy flipando»
La canción empieza en gerundio desde la primera palabra con verbo. Lo estoy flipando. Y en la línea siguiente, por si no había quedado claro, estoy alucinando.
Flipar es una palabra muy de Madrid, muy de los ochenta y los noventa, que luego se extendió a toda España. Flipar es quedarse pasmado, no dar crédito, alucinar en colores. Y en gerundio tiene todavía más fuerza, porque no es que haya flipado una vez, en un momento puntual. Es que estoy flipando. Ahora. Todo el rato. Es un estado, no un hecho.
Lo que me hace gracia de ese arranque es que no sabemos todavía de qué flipa el protagonista. Puede ser bueno o malo. Puede flipar de lo mal que le han tratado o de lo bien que le va. La canción lo resuelve enseguida: le va bien, y el otro va a flipar todavía más. Pero durante dos versos, el gerundio está suspendido en el aire, como un globo que todavía no sabes si se va a explotar o a escapar por la ventana.
Y luego viene una exclamación de una sola palabra, un insulto antiguo, de tebeo, de abuela enfadada en la cola del pan. Patán. Es lo único en la estrofa que no está en gerundio. Es un sustantivo seco, de piedra. Contra él choca todo el movimiento del principio.
La lista que no se mueve
En medio de tanto gerundio, la canción tiene un bloque que va al revés. La lista.
Ni psicólogos, ni amigos, ni hermanos, ni psiquiatras, ni médicos, ni novios, ni pediatras, ni veterinarios, ni la astróloga de la tele, ni rezar de rodillas, ni ayunos, ni políticos honrados. Es una enumeración enorme, que ya conté en la ficha, y que aquí me interesa por un motivo gramatical: no tiene verbos.
Es una lista de sustantivos, uno detrás de otro, todos con su «ni» delante. No se mueven. Están quietos, como los muebles de un piso del que te vas a mudar. Son todo lo que ya probaste y que no funcionó. Son el pasado. Y por eso no necesitan gerundio. Ya no están pasando. Ya pasaron.
Me parece bonita esa oposición. Por un lado, la lista inmóvil de los remedios fallidos. Por otro, el estribillo lleno de verbos en marcha. Lo que no te sirvió se queda quieto en una fila. Lo que te sirve se mueve.
Una nota seria, ya que estamos, y la pongo una sola vez. Que en la canción los psicólogos y los psiquiatras no me salvaran no quiere decir que no te puedan salvar a ti. La lista es una exageración de despecho, de esas que se dicen en caliente. Si estás en tratamiento, sigue. La música puede acompañar mucho. No sustituye a nadie que sepa lo que hace.
La música, sujeto
Otra cosa que me parece importante del título: quién hace la acción.
En la frase, el sujeto es la música. No soy yo. No digo «me estoy salvando con la música», que sería lo lógico si quisiera ponerme la medalla. Digo que la música me está salvando, como si fuera una persona, una amiga que viene a buscarte en coche a las tres de la mañana cuando la llamas llorando desde un portal.
Esa decisión tiene trampa, y la reconozco. Porque la música no hace nada sola. La música la pongo yo, la escucho yo, la escribo yo. Pero en los momentos malos se siente así, como algo que viene de fuera. No sientes que te estés salvando tú. Sientes que algo te está sacando. Y le das el mérito a eso, porque tú ahora mismo no te ves capaz de nada.
Me parece una forma honesta de describir esa sensación. Cuando estás muy abajo, no eres el protagonista de tu rescate. Eres el que se agarra a la cuerda. El que tira es otro. Aunque luego, con el tiempo, descubras que la cuerda la habías atado tú mismo, un día cualquiera, escribiendo una letra en el móvil en la parada del autobús.
El estribillo, una escalera mecánica
Y ahora sí, los gerundios del estribillo. La música me está salvando. Me está elevando. Me está subiendo.

Tres gerundios seguidos, y cada uno un poco más arriba que el anterior. Salvar es sacarte del agua. Elevar es levantarte del suelo. Subir es llevarte hacia arriba. Es una progresión, como una escalera mecánica de El Corte Inglés: primera planta, señora; segunda planta, caballero; tercera planta, cielo.
Y en la cuarta línea, por fin, un verbo que no es gerundio. La música me ha llevado al cielo. Pretérito perfecto. Puerta cerrada. Ya he llegado. Es el único momento de la canción en que el rescate parece terminado, y está justo en la cima, alargado con una vocal infinita que no se acaba nunca. Como si al llegar arriba no quisieras bajar.
Me encanta que el pretérito perfecto aparezca solo ahí, en el clímax. Es como si la canción dijera: durante un instante, mientras suena el estribillo, sí, ya estoy salvado. Ya estoy en el cielo. Pero solo durante el estribillo. Después, otra vez a los gerundios.
Y a ti te está dejando
«Y a ti te está dejando por los ¡suelos!»
La segunda mitad del estribillo es la que todo el mundo tararea en la ducha, y lo entiendo, porque es la venganza.
Y fíjate en el tiempo verbal. Gerundio otra vez. Te está dejando. No te ha dejado por los suelos. No te dejará. Te está dejando. Ahora. Mientras suena la canción. Es una venganza en tiempo real, en directo, como las retransmisiones de fútbol de la radio. El ex está cayendo mientras yo subo, y los dos movimientos ocurren a la vez, como en una balanza de mercado en la que pones la fruta en un lado y el otro plato sube.
Esa simultaneidad es lo que más me gusta de la canción. No espero a que el otro se hunda para empezar a estar bien. No hay secuencia. Las dos cosas pasan a la vez. Yo subo y él baja. Y lo único que hago para que eso pase es poner música.
La palabra suelos está separada del resto con exclamaciones. Es otro golpe seco, como el patán del principio. Después de tanto gerundio flotando, los suelos son lo único sólido. Y ahí es donde se queda él.
Mentiroso cabrón, ¿y tu plan?
En la siguiente estrofa, la canción se pone directa. Le pregunta al ex si esto lo esperaba en su plan de acción. Y le llama mentiroso cabrón, que es un insulto que no tiene nada de literario pero que suena maravillosamente bien.
Lo del plan de acción me hace mucha gracia porque es lenguaje de oficina. De powerpoint de empresa, de reunión de los lunes con café de máquina. El ex tenía un plan de acción, como si la relación fuera un proyecto con sus fases y sus entregables. Y en ese plan no estaba previsto que yo saliera adelante. Estaba previsto que me hundiera.
El plan ha fallado. Y entonces llega el consejo, otra vez en gerundio.
«Pues ve improvisando, que las cosas van cambiando»
Dos gerundios más. Improvisando. Cambiando. Y aquí el gerundio ya es una burla. Al que tenía un plan cerrado le digo que vaya improvisando, que es lo contrario de un plan. Al que lo tenía todo atado le digo que las cosas van cambiando, que es lo contrario de atado. El gerundio, que para mí era un refugio, para él es una amenaza. Lo que está en marcha no se puede controlar.
Gerundios contados
Me he puesto a contarlos, porque soy así de friki cuando se trata de mis propias letras.

En la canción, sin contar las repeticiones del estribillo, hay estos verbos en gerundio: flipando, alucinando, salvando, elevando, subiendo, dejando, improvisando, cambiando y, en el puente, haciendo. Nueve. Nueve verbos en marcha en una canción que dura lo que dura un single de los de antes.
Si lo comparas con los verbos en pasado, la diferencia es enorme. Casi todo lo que pasa en la canción está pasando. Casi nada pasó. Es una canción escrita desde dentro del rescate, con el agua todavía por la cintura, mientras alguien te tira una cuerda. No desde la orilla, con la toalla y el bocadillo, contándolo como una batallita.
Eso, para mí, es lo que la hace distinta de otras canciones de superación. No es una canción de superación. Es una canción de estar superándolo.
Gerundios y madrileñismo
Un apunte más, que me hace gracia. El gerundio se usa muchísimo en el habla de Madrid, a veces de formas que los profesores de Lengua no aprueban.
«Voy yendo», «estoy estando», «me lo estás diciendo en serio», «ve haciendo la cena que ahora voy». En Madrid hablamos en gerundio hasta para pedir una caña. Es un tiempo de calle, de movimiento, de ciudad que no para. Y esta canción, que es muy de Madrid aunque no salga casi ninguna calle, tiene esa música.
Cuando escribo, intento que las letras suenen a cómo se habla de verdad, no a cómo se escribe en los libros. Y en Madrid se habla en gerundio. Lo estoy flipando es una frase que podrías oír en cualquier terraza de Malasaña un sábado a mediodía, entre dos cañas y una ración de bravas. Por eso está ahí, en la primera línea, sin pedir permiso a la gramática.
Lo que no está en gerundio
Ya que he contado los gerundios, cuento también lo que se queda fuera.
Lo que no está en gerundio en esta canción son los insultos. Patán. Mentiroso cabrón. Pinocho. Los insultos son sustantivos, palabras quietas, etiquetas que se le pegan al otro en la frente como un pósit. No se mueven. No cambian. El ex es lo que es, y la canción no le da opción de transformarse.
Y tampoco están en gerundio las cosas del pasado: la lista de remedios fallidos, la crisis que se acabó. Todo lo que tiene que ver con él o con lo que ya pasó está quieto. Todo lo que tiene que ver conmigo y con la música está en marcha.
Esa es, si quieres, la gramática secreta de la canción. El movimiento es mío. La quietud es suya. Yo voy hacia algún sitio. Él se queda con su etiqueta.
El puente: se acabó
Y hay una frase en el puente que rompe con todo lo anterior, y la rompe a propósito. Se acabó la crisis.

Se acabó. Pretérito indefinido. Lo más cerrado que hay en español. Después de tantos gerundios, de repente, una sentencia de final. Hasta nunca, Pinocho. Se acabó la crisis.
¿Contradice esto todo lo que he dicho? Un poco, sí. Y me gusta que lo haga. Porque en un proceso de recuperación hay días en los que te sientes curado del todo, en los que dices «se acabó» con la boca llena, y al día siguiente vuelves al gerundio. Esa frase es uno de esos días. Un subidón. Un momento de euforia en el que te crees que ya está.
Lo que viene después, en el puente, lo conté en la ficha y no lo repito: hay un insulto muy gordo, una referencia a la afición del ex, y un consejo de salud sexual metido entre risas, el de hacerse las pruebas. Ese consejo, por cierto, lo doy también fuera de la canción y sin risas: hacérselas es una forma de cuidarse a uno mismo y a los demás, y en España se hacen de forma gratuita y confidencial en muchos centros.
Por qué el gerundio es honesto
Vuelvo al principio. ¿Por qué me importa tanto el gerundio?
Porque creo que la mayoría de las canciones sobre superar algo mienten un poco en el tiempo verbal. Te hablan desde un después muy limpio, muy arreglado, en el que ya está todo resuelto. Y la vida rara vez es así. La vida es gerundio casi siempre. Estás saliendo de algo. Estás aprendiendo. Estás intentando. Estás volviendo a reírte, poco a poco, con recaídas.
Lo conté en las canciones como diario de una comunidad: mis letras son muchas veces apuntes de un momento concreto, escritos mientras pasan las cosas, no después. Esta es el ejemplo perfecto. Es una entrada de diario escrita en gerundio, con la tinta todavía fresca.
Y por eso sigue sirviendo. Si la hubiera escrito en pasado, sería una canción sobre mí. Al estar en gerundio, puede ser sobre cualquiera que esté pasando por lo mismo ahora. El gerundio es un tiempo hospitalario. Siempre tiene sitio para uno más.
Quién escribe los gerundios
La letra es mía, escrita sin IA. La música y las voces se producen con herramientas de inteligencia artificial, como Suno, que yo dirijo; lo tienes explicado en Sobre Mike. Y en una canción que se llama como se llama, la pregunta es casi obligada: ¿te salva la música si la haces con IA? Pues sí. Porque lo que me salva no es apretar ningún botón. Es escribir la letra, elegir entre versiones, escucharla cien veces hasta que el estribillo sube como tiene que subir. Eso lo cuento en la IA no me ahorra trabajo, me lo cambia de sitio. El trabajo también salva.
Para cuándo es
Ponla en gerundio. Es decir, mientras estás haciendo algo.
Mientras vas andando al trabajo. Mientras estás fregando. Mientras estás subiendo la cuesta de la calle de Segovia con la bolsa de la compra. Mientras te estás arreglando para salir la primera noche después de mucho tiempo. No la pongas cuando ya esté todo arreglado. Ponla cuando todavía estés en ello.
Y si un día te sorprendes diciendo «la música me ha salvado», en pretérito perfecto, con la puerta cerrada, avísame. Será que ya no la necesitas. O será que te toca escribir la tuya.
La letra completa está en gayfolkplanet.com y en el archivo de letras de esta web. Y si buscas más canciones para ese momento, en el catálogo tienes «Un invitado VIP cortando cebolla», que es la noche anterior a esta mañana.
Y si estás en el otro lado, si eres tú el que se ha quedado por los suelos, también tengo algo para ti: el gerundio funciona igual en las dos direcciones. Nada de lo que está pasando ha terminado de pasar. Tampoco tu caída. Ve improvisando, que las cosas van cambiando. Te lo digo sin rencor, que hoy me he levantado generoso y con ganas de repartir gerundios.
Sigo en gerundio. Y me gusta.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «La música me está salvando»? Es una canción de recuperación tras una relación con un mentiroso. Enumera todo lo que no ayudó, de los psicólogos a los rezos, y celebra que la música sí lo está haciendo, mientras al ex lo deja «por los suelos». Termina con un ajuste de cuentas gamberro y un consejo de salud sexual.
¿En qué disco está? En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. En la lista de singles de Planeta Gayfolk es la pista 61 de 273.
¿Quién escribe la letra y cómo se hace la música? La letra es mía, escrita sin IA. La música y las voces se producen con herramientas de inteligencia artificial, como Suno, que dirijo yo. Soy letrista, compositor y productor musical madrileño.
¿Dónde puedo leer la letra y escucharla? La letra completa está en la ficha de la canción y en gayfolkplanet.com. Puedes escucharla en Spotify.