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Las canciones como diario de una comunidad

Los libros de historia cuentan las leyes, las manifestaciones, las fechas importantes. Está bien que lo hagan. Pero si dentro de cincuenta años alguien quiere saber cómo vivía un hombre gay en una ciudad cualquiera de habla hispana un martes por la tarde, no lo va a encontrar ahí. Lo va a encontrar, si tiene suerte, en las canciones.

Llevo un tiempo pensando en mis canciones así: como entradas de un diario que no es del todo mío. Un diario colectivo, desordenado, escrito a trozos, de una comunidad que durante mucho tiempo no tuvo quien apuntara sus cosas pequeñas.

Lo pequeño también es historia

Hay una idea muy extendida de que las canciones importantes tienen que hablar de cosas importantes. La libertad, la lucha, el amor con mayúscula. Y existen canciones así, y son necesarias. Pero el día a día de la gente queer no está hecho solo de grandes momentos. Está hecho de vecinas que miran, de novios que no ayudan con nada, de dietas que se abandonan el miércoles.

Cuando pongo un título como «La dieta del cucurucho» o «La vecina cotilla», estoy apuntando algo que no saldría en ningún periódico. Y precisamente por eso me parece valioso. Una comunidad no se entiende solo por sus victorias. Se entiende por sus manías, por sus bromas internas, por la forma en que se queja de los mismos problemas que todo el mundo, pero a su manera.

En los temas de PLANETA GAYFOLK aparece mucho el amor gay, los exnovios, el orgullo, la autoestima y la vida de cada día. Ese último punto, la vida de cada día, es el que más me interesa como cronista. Las otras cosas tienen ya muchas canciones. La vida de cada día de un hombre gay que hace la compra, discute con su pareja por el mando y se ríe de su propia suerte tiene bastantes menos.

273 páginas

En unos dos años he publicado 273 singles y más de 280 videoclips. Dicho así parece una cifra de producción, casi industrial. Yo prefiero verlo de otra manera: son 273 páginas de un diario. Algunas son largas y otras casi un apunte. Algunas me parecen ahora acertadas y otras me dan un poco de vergüenza, como pasa con cualquier diario cuando lo relees.

Un diario no se escribe para que cada página sea perfecta. Se escribe para que, juntas, cuenten algo. Si alguien escuchara las 273 de un tirón, cosa que no recomiendo a nadie con prisa, creo que tendría una imagen bastante fiel de lo que preocupaba, divertía y dolía en un momento concreto. Con sus contradicciones incluidas.

Esa cantidad tiene su lado malo, claro. Hay quien piensa que tanta producción le quita valor a cada canción. Lo entiendo. A veces yo también lo pienso. Pero un diario que solo se escribe en los días buenos acaba siendo un álbum de fotos, no un diario. Y yo quería algo más parecido a lo segundo.

Un archivo que se pueda consultar

Los diarios tienen un problema: se pierden. Se quedan en un cajón, se tiran en una mudanza, nadie sabe dónde están. Con las canciones pasa algo parecido. Se publican, se escuchan una temporada y luego desaparecen en el fondo de las plataformas.

Por eso me importa tanto que mikesaintlouis.com tenga una sección de letras de la A a la Z. Tiene su parte práctica, claro, pero sobre todo permite que ese diario se pueda leer, buscar y citar. Dentro de unos años, si alguien quiere saber qué decía una canción sobre un novio de Albacete o sobre una primera drag, podrá encontrarla escrita, sin tener que transcribirla de oído.

La trilogía GAYFOLK es otra forma de ordenar ese diario. Si los singles son las entradas sueltas, los tres discos son los capítulos. «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK» es el capítulo en que te enteras de que existe un lugar donde puedes ser quien eres. «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK» es el de las ganas. «El día de la liberación» es el de llegar. Una historia en tres actos que, en el fondo, también es la historia de muchas vidas.

Lo que se escribe para no olvidar

Hay comunidades que han perdido buena parte de su memoria porque nadie la apuntó o porque no se podía apuntar. La gente LGTB sabe mucho de eso. Generaciones enteras cuyas historias de amor se contaron en susurros, o no se contaron, y que hoy solo conocemos por fragmentos.

Las canciones han sido muchas veces el único sitio donde esa memoria se conservaba. Una letra que se cantaba en un bar, una canción que todos conocían pero que en apariencia hablaba de otra cosa. Me parece una herencia preciosa y un poco triste a la vez.

Yo tengo una suerte que otros no tuvieron: puedo escribir sin disimulo. Puedo poner «novio» donde antes había que poner otra cosa. Puedo hablar de exnovios, de dietas y de vecinas sin tener que esconder quién soy. Y creo que eso me obliga a algo. A no desperdiciar esa libertad escribiendo solo sobre lo grande. A apuntar también lo pequeño, porque lo pequeño es lo que primero se olvida.

No sé si dentro de cincuenta años alguien escuchará mis canciones. Probablemente no muchas personas, y me parece bien. Pero si una sola busca en ese archivo cómo se reía un hombre gay de sus problemas en esta época, me gustaría que encontrara algo. Aunque sea una vecina cotilla.

Las letras completas, ordenadas de la A a la Z, están en mikesaintlouis.com.

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