
Por Mike Sain't Louis ·
Santa por comparación: la aureola de «María Teresa de Calcuta»
«Ahora mismo a tu lado soy María Teresa de Calcuta.»
Nadie me ha confundido nunca con una santa, y no creo que nadie lo haga. Y sin embargo hay una manera muy fácil de conseguir la aureola: ponerte al lado de alguien peor que tú.
De eso va «María Teresa de Calcuta». De la santidad por comparación. De esa bondad relativa que te cae encima sin haber hecho nada, solo porque la persona que tienes al lado ha dejado el listón tan bajo que hasta tú, con tus manías y tu mala leche, pareces una monja con sandalias repartiendo sopa.
Antes de seguir, lo de siempre en este tipo de canciones: el ex de la letra es un personaje. Tiene nombre y apellidos dentro de la canción porque las dedicatorias de radio los tienen, y porque un nombre completo hace reír más que un «tú» genérico. Pero es ficción. Aquí no hay ningún señor real esperando su turno en el confesionario.
Una aureola de segunda mano
Hay una cosa que me hace mucha gracia de las relaciones que salen mal: lo rápido que cambia el reparto de papeles.
Al principio los dos sois normales. Gente con defectos, con días buenos y días de mal café. Y de pronto, cuando aparece la primera mentira gorda, el mapa se recoloca. Uno se queda en su sitio y el otro baja tantos escalones que el que se ha quedado quieto parece que ha subido. Sin moverse. Sin hacer méritos. Por pura geometría.
Esa es la aureola de segunda mano. Te la ponen los demás, o te la pones tú, mirando a la persona que tienes al lado. No es que seas buena gente: es que la comparación te favorece.
Y a mí me pareció que la imagen más exagerada, más camp, más de estampita de mesilla de noche para esa sensación era la de la monja más famosa del siglo veinte. La señora del sari blanco con rayas azules. La que sale en todos los ejemplos de bondad de los libros de religión. Si te comparas con alguien malo, no dices «soy buena persona». Dices que eres ella. Es mucho más gracioso y mucho más desproporcionado.
La exageración es mi forma de ser precisa.
La santa que suelta tacos
Lo que de verdad me divierte de la canción es que la santa de la letra no tiene nada de santa.
Porque inmediatamente después de proclamarse María Teresa de Calcuta, la misma voz narrativa suelta la frase más profana posible. Se dirige al ex con un insulto en forma de pregunta retórica, con exclamaciones, con ese tono de bronca de patio que no se oye en ningún convento. La aureola dura exactamente un verso. Al siguiente ya está tirada en el suelo.
Me encanta ese contraste porque es mentira y verdad a la vez. Es mentira que el narrador sea un santo. Es verdad que, al lado de quien tiene, lo parece. Y el chiste está en que él mismo no se lo cree del todo: se pone la toca, se mira al espejo y se le escapa una carcajada y un taco.
Esto me pasa mucho cuando escribo. Me gustan los personajes que se proclaman algo y lo desmienten en la misma frase. El que dice que está tranquilo dando un portazo. El que dice que ya no le importa mientras escribe una canción de tres minutos sobre ello. Son personajes que se pillan a sí mismos en la mentira y no les importa. Me parecen mucho más humanos que los que lo tienen todo claro.
Hay gato encerrado
Hay un tramo de la letra que es pura frase hecha de toda la vida: «de repente te han cazado, hay gato encerrado».

Me gusta muchísimo meter refranes en las canciones, y este en concreto me hace gracia porque es una expresión que todo el mundo usa sin pensar en el gato. ¿Qué gato? ¿Encerrado dónde? Nadie lo sabe. Pero cuando lo dices, todo el mundo entiende que algo huele raro.
En la canción, el gato es la doble vida. El momento en que alguien encuentra lo que había debajo de la alfombra. Y la frase siguiente lo enumera sin adornos: malo, infiel, que te hace daño. Ahí la canción se pone seria durante un instante, porque lo que dice es grave aunque lo diga con ritmo de verbena.
Luego llega la reacción, que es la que me representa: «¡A mí me da mucho mucho asco!». El «mucho» repetido es lo más mío de toda la canción. No basta con un asco normal. Tiene que ser mucho mucho, como dicen los niños cuando algo les parece muy grande o muy malo. Es una forma de hablar infantil puesta en boca de un adulto muy enfadado, y esa mezcla me encanta.
El asco, por cierto, es una palabra que me sale en muchas letras. Da para un post entero.
Va dedicada a mi ex
El momento más teatral de la canción es la dedicatoria.
En mitad de la letra, como si estuviéramos en una sala de fiestas de los ochenta y alguien cogiera el micrófono entre canción y canción, el narrador anuncia que esta va dedicada a su ex. Y lo hace con una fórmula que me parece tronchante: «que como todos ustedes saben». Como si el público conociera la historia. Como si el ex fuera famoso. Como si toda la sala supiera de quién se está hablando y asintiera con cara de «uy, ese».
Esa fórmula es de verbena, de programa de radio de madrugada, de boda con orquesta. «Esta va para Mari Carmen, que cumple cuarenta.» «Esta se la dedico a mi madre, que está aquí en la primera fila.» Es la parte más entrañable de cualquier actuación de pueblo. Y yo la he puesto al servicio del rencor.
Luego viene el nombre completo del personaje, con sus dos nombres y su apellido, porque una dedicatoria sin nombre no es dedicatoria. Y a continuación, para rematar, un «para ti mi alma» que suena a bolero. Rencor dedicado con cariño de bolero. Así es como yo entiendo el despecho: con lazo.
Me interesa mucho la dedicatoria como forma porque transforma la canción en un acto público. Ya no es algo que el narrador piensa en su cuarto. Es algo que dice delante de todos, con el foco encima. Y eso tiene un punto de liberación y un punto de exhibicionismo que me resulta muy camp. No me escondo para decirlo: lo digo con micrófono.
Olvidar un te quiero de la noche a la mañana
Dentro de la dedicatoria hay una línea que no tiene nada de chiste, y es la que más me importa de la canción.
El narrador le dice al ex que le ha obligado a olvidar un te quiero de la noche a la mañana. Ahí se acaba la verbena. Lo que queda es la sensación de que algo que costó mucho construir se ha tenido que tirar de golpe, sin tiempo para despedirse.
Esa es la parte de las rupturas por traición que más duele y de la que menos se habla. El daño, claro. Pero sobre todo la prisa. Tener que dejar de querer a alguien en una noche, porque de pronto sabes algo que no puedes dejar de saber. El cuerpo todavía quiere y la cabeza ya ha cerrado la puerta. Y entre una cosa y otra pasan meses.
Me gusta que esa línea esté en medio de todo el griterío. Igual que en otras canciones mías, el chiste rodea a la herida para protegerla. Si la canción fuera solo esa frase, sería demasiado triste para soportarla. Con la santa malhablada alrededor, se puede escuchar sin llorar. O llorando un poco y riéndose a la vez, que es como a mí me gusta.
La palabra que se repite
Tengo que hablar de la palabra que más se repite en la canción. La que el estribillo grita una y otra vez, hasta que se queda sola, en eco.

Puta.
Ya sé que es una palabra fea. Ya sé que hay gente que la oye y aparta la cara. Y precisamente por eso la repito. Porque cuando una palabra se dice una vez, es un insulto. Cuando se dice diez, veinte, treinta veces seguidas, deja de serlo. Se gasta. Se convierte en sonido. Pierde el filo, igual que pierde el filo un cuchillo que se usa para todo.
En el colectivo sabemos mucho de eso. A nosotros nos han lanzado palabras durante toda la vida, y una de las cosas que hemos hecho es cogerlas y repetirlas hasta quitarles el veneno. Marica, maricón, loca, puta. Dichas por nosotros, en nuestra boca, con nuestra entonación, significan otra cosa. Ya hablé de eso en «Si soy una puta», que es casi la hermana mayor de esta canción en lo que tiene de reivindicación.
En «María Teresa de Calcuta», además, la repetición tiene un efecto cómico: cuanto más la oyes, menos te escandaliza y más te ríes de que alguien haya decidido gritarla tantas veces. Es como cuando un niño aprende una palabrota y la dice sin parar durante una tarde entera. Al final la madre se ríe. Siempre.
Lo de la PrEP
Hay un verso que me parece de los más interesantes de la letra porque mete en una canción de despecho algo muy concreto de la vida de los hombres gais de ahora.
El narrador sospecha que la preocupación del ex por la PrEP es puro fake.
Para quien no lo sepa: la PrEP es la profilaxis preexposición, una medicación que se toma para prevenir la infección por VIH. En nuestro mundo es una palabra cotidiana, de consulta médica, de conversación entre amigos, de perfil de app. Y precisamente por eso me pareció importante que estuviera en la letra. Porque las canciones de desamor gay también tienen que hablar de las cosas que forman parte de nuestra vida real, y la salud sexual es una de ellas.
En la canción, la PrEP funciona como prueba del delito. La preocupación repentina por la prevención, en según qué contexto, es la pista de que hay gato encerrado. No hace falta explicar más: quien lo ha vivido lo entiende al momento, y quien no, se queda con la duda y una búsqueda pendiente en el móvil.
Me gusta escribir así: sin notas a pie de página dentro de la canción. La canción dice la palabra y sigue adelante. Si alguien quiere saber más, que pregunte. Y si alguien necesita información de verdad sobre la PrEP, que la pida a su médico o a su centro de salud sexual, que es lo sensato y lo que yo diría en una barra.
Comparar para existir
Si repaso los títulos de mi catálogo, me doy cuenta de que comparo muchísimo. Es casi una manía.

«Mejor que Ben Affleck». «Como Macaulay Culkin en el buen hijo». «Como en la matanza de Texas». «Soy la Shakira marica del Todo a un Euro». Y esta, en la que el narrador es una santa durante un verso. Parece que no sé explicar lo que siento sin ponerlo al lado de un famoso, de una película o de una tienda.
Creo que tiene que ver con una cosa que aprendí escribiendo: las emociones, dichas a pelo, no se entienden. «Me siento muy por encima de ti» no dice nada. «A tu lado soy María Teresa de Calcuta» lo dice todo, y además hace reír. La comparación es un atajo. Le da al que escucha una imagen que ya tiene en la cabeza y le ahorra el trabajo de imaginar.
Y tiene trampa, claro. Porque la comparación siempre exagera. Nadie es mejor que Ben Affleck en nada que se pueda medir, ni nadie se parece de verdad a una monja premiada con el Nobel de la Paz. Pero la exageración es justo lo que me interesa. Es la forma que tengo de decir que algo me importa mucho sin ponerme solemne.
Cuando me pongo solemne, me aburro. Cuando exagero, me entiendo.
Mucho mucho
Me quedo un momento con esa repetición de antes, el asco que tiene que ser mucho mucho, porque es una de mis muletillas favoritas y quiero defenderla.
Duplicar una palabra es lo que hace la gente cuando se queda sin vocabulario por la emoción. Los niños lo hacen todo el rato: es muy muy grande, está muy muy rico. Los adultos lo hacemos menos, porque nos han enseñado a buscar un adjetivo mejor. Pero cuando estás de verdad enfadado, el adjetivo mejor no aparece. Aparece el mismo, dos veces.
En una canción, esa duplicación tiene además una ventaja de ritmo. Le da al verso un golpe extra, un pequeño tartamudeo que se queda pegado. Y le da al personaje una cosa que me gusta mucho: lo hace parecer sincero. Nadie que está fingiendo indignación repite palabras. Lo hace quien no tiene tiempo de pensar.
Así que sí: mucho mucho. Sin vergüenza.
Lo que la canción no dice
Hay algo que me parece importante señalar, y es lo que esta canción deja fuera.
No cuenta cómo empezó la relación. No cuenta cuánto duró. No cuenta qué hizo exactamente el ex, más allá de las tres palabras gruesas de la letra. No hay escena del crimen, ni mensajes leídos a escondidas, ni amiga que avisa. Todo eso lo pone quien escucha.
Me gusta que sea así porque la canción no es un expediente. Es un arrebato. Es lo que se dice en los cinco minutos siguientes a enterarse, cuando todavía no hay relato ordenado, solo una aureola recién estrenada, un taco y un asco enorme. Las canciones que lo explican todo me cansan un poco. Prefiero las que te dejan el hueco para que metas tu propia historia.
Bondad relativa, maldad relativa
Me gustaría detenerme un momento en la idea de fondo de la canción, porque creo que va más allá del chiste.
La santidad por comparación es una trampa. Cuando sales de una relación con alguien que te ha hecho daño, es muy tentador colocarte en el papel de santo. Todo lo malo era del otro; todo lo bueno, tuyo. Y durante un tiempo esa narrativa te sirve, porque te da suelo bajo los pies.
Pero a la larga, la aureola prestada pesa. Porque no te deja ver tus propios errores, ni tus propias manías, ni lo que tú también hiciste mal. Te convierte en un personaje plano, y nadie es plano.
Por eso me gusta que la santa de la canción suelte tacos. Es mi forma de decir que el narrador no es perfecto, que se enfada, que grita, que dice cosas feas. Que tiene razón, pero no tiene alas. La canción le da la aureola y se la quita en el mismo verso, y esa contradicción es más honesta que cualquier canción de víctima pura.
No hay santos en mis canciones. Hay gente que se compara.
La estampita de mesilla
Tengo una relación curiosa con la imaginería religiosa, y en esta canción se nota.

En España la imaginería religiosa está en todas partes, vayas o no a misa: estampitas, vírgenes en el recibidor, rosarios colgados del retrovisor del coche. Esa iconografía forma parte del vocabulario visual de casi todo el mundo. Y cuando escribo, la uso como uso los programas de la tele o las marcas del supermercado: como material de todos, reconocible al momento.
La monja del sari es una de esas imágenes que todo el mundo identifica sin necesidad de explicación. Por eso funciona en un estribillo. Si hubiera puesto el nombre de una santa menos conocida, la gente se habría quedado pensando. Con ella, no. Con ella el chiste entra a la primera.
Y me hace gracia el choque entre esa figura, que representa la renuncia total, el sacrificio y la pobreza, y un narrador que está en plena bronca sentimental en una pista de baile. Es el tipo de choque que me gusta provocar: lo más sagrado al lado de lo más profano, sin pedir permiso a ninguno de los dos. También lo hice con los rosarios de rodillas de «La música me está salvando», aunque allí el tono era otro.
Cómo suena una santa con prisa
Una última nota sobre la forma, porque las letras que escribo tienen mucho que ver con cómo luego las produzco.
La letra de esta canción es muy repetitiva. El estribillo vuelve una y otra vez, con su santa y su palabrota. La dedicatoria aparece varias veces, siempre igual. Y entre medias, versos cortos que se pueden gritar con los brazos en alto. Es una letra pensada para la pista, para que el que la oye por segunda vez ya la pueda corear.
Yo escribo las letras sin IA. La música y las voces las hago con herramientas de inteligencia artificial, eligiendo, descartando y dirigiendo hasta que la canción suena como la tengo en la cabeza. Lo explico con más detalle en Sobre mí. En un tema así, lo que buscaba era energía de verbena desbocada: algo que suene a orquesta de pueblo a las dos de la mañana, cuando la orquesta ya ha perdido la vergüenza y el público también.
La canción forma parte de «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el primer disco de la trilogía. Es el disco de la llegada, del descubrimiento, de los primeros portazos. Si quieres ver qué más hay en ese planeta, la página del proyecto lo cuenta, y en la discografía completa tienes todas las canciones ordenadas.
La aureola, devuelta
Si tuviera que quedarme con una idea de esta canción, sería esta: la aureola hay que devolverla.
Durante un tiempo te sirve. Te protege. Te deja sentirte bien después de algo que te hizo sentir fatal. Pero un día te das cuenta de que no la necesitas, de que no hace falta ser santo para merecer que te traten bien. Que se puede ser una persona normal, con tacos y manías, y aun así merecer lealtad.
Ese día te quitas la toca, la dejas en la mesilla junto a la estampita, y sales a la calle con tu cara de siempre.
Y si alguien te pregunta qué tal te va desde la ruptura, le dices la verdad: que fatal al principio, que mejor ahora, y que ya no te comparas con nadie. Ni con el ex, ni con la monja.
Bueno. Con la monja, a veces. Cuando me porto muy bien. Que es poco.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «María Teresa de Calcuta»? De la santidad por comparación: el narrador se siente santo solo por estar al lado de un ex que le ha engañado. Mezcla un estribillo exagerado, una dedicatoria de verbena al ex y una línea triste sobre tener que olvidar un te quiero de la noche a la mañana. La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras/maria-teresa-de-calcuta.
¿El ex de la canción es una persona real? No. El ex, con su nombre y apellidos, es un personaje de ficción, como el resto de la historia.
¿En qué disco está? En «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el primer disco de la trilogía GAYFOLK.
¿Quién ha hecho la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.