
Por Mike Sain't Louis ·
La supuesta heterosexualidad: bisexualidad e invisibilidad bi en mis letras
«¿Y qué voy a hacer? Si me atrapa / cada día un poco más, su supuesta / heterosexualidad.»
Ese es el momento de «El anillo de casado» que más veces he releído. La canción está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía GAYFOLK, y cuenta una aventura entre el narrador y un hombre recién casado por la iglesia. (La letra entera está en gayfolkplanet.com.) Hay jarras de cerveza, hostales, un telefonillo con el cartel de completo y un anillo que no se quita. Pero la palabra que me interesa hoy es un adjetivo pequeño: supuesta.
En ese verso, el narrador habla desde el despecho y desde el deseo. Para él, la heterosexualidad del casado es una fachada. Puede que lo sea. Puede que no. La canción no lo resuelve, y me alegro, porque entre «heterosexual de verdad» y «gay que no se atreve» hay un espacio enorme que casi nunca nombramos. Ese espacio tiene nombre desde hace mucho: bisexualidad. Y está tan poco a la vista que hasta en una de mis letras, escritas para un planeta queer, hay un adjetivo que la borra.
De eso va este texto. De la bisexualidad, de lo poco que se ve, de los mitos que la persiguen y de lo que cuesta, también dentro del colectivo LGTBI, aceptar que alguien pueda querer a personas de más de un género sin estar confundido, mintiendo o de paso hacia otra parte.
Un adjetivo que decide por otro
Ya conté en el texto sobre el cartel de los hostales cómo funciona el mapa secreto de ese amor a escondidas. Aquí quiero mirar otra cosa: quién decide qué es el otro.
El narrador ve al casado en la cama, ve que disfruta, y concluye que lo del matrimonio es mentira. Es una conclusión muy humana y muy frecuente. Pensamos que si un hombre casado con una mujer se acuesta con hombres, entonces en el fondo es gay. Y si una mujer que ha tenido novias se casa con un hombre, entonces «ha vuelto al buen camino» o «lo suyo era una fase». En los dos casos alguien que no es la persona implicada decide qué es de verdad y qué es disfraz.
A eso se le llama borrado bisexual. No hace falta odiar a nadie para practicarlo. Basta con creer que solo existen dos casillas y que todo el mundo cabe en una.
Qué es la bisexualidad
La definición más usada en el activismo es sencilla: la bisexualidad es la atracción, sexual o romántica, hacia personas de más de un género. No dice «a partes iguales», ni «al mismo tiempo», ni «durante toda la vida con la misma intensidad». Una persona bi puede sentirse más atraída por hombres que por mujeres, o al revés, o vivir etapas distintas. Puede tener pareja estable de un solo género durante décadas y seguir siendo bisexual, igual que una persona heterosexual soltera no deja de ser heterosexual.
Hay personas que prefieren otras palabras, como pansexual, y otras que no quieren ninguna etiqueta. Me parece bien. Lo que me interesa defender es que la etiqueta, cuando alguien la elige, merece el mismo respeto que «gay», «lesbiana» o «heterosexual».
De la escala de Kinsey a la rejilla de Klein
La idea de que la orientación sexual no tiene solo dos polos no es una moda de las redes. En 1948, el biólogo Alfred Kinsey publicó «Sexual Behavior in the Human Male», con una escala del 0 al 6 que iba de exclusivamente heterosexual a exclusivamente homosexual, con todos los grados intermedios. Muchos de los hombres que entrevistó estaban en algún punto entre los extremos.
Treinta años después, en 1978, el psiquiatra Fritz Klein publicó «The Bisexual Option» y propuso una rejilla que medía por separado la atracción, la conducta, las fantasías, las preferencias emocionales y sociales, y cómo cambian a lo largo del tiempo. Lo que nos enseñan los dos es que lo que alguien hace, lo que desea y lo que dice ser no siempre coinciden, y que eso no convierte a nadie en un mentiroso.
Cuántas personas bi hay
Las cifras sorprenden a quien todavía imagina la bisexualidad como algo raro. En la encuesta de Gallup de 2024 en Estados Unidos, el 9,3 % de los adultos se identificaba como LGBTQ+, y más de la mitad de ese grupo, el 56 %, decía ser bisexual. Es decir, hay más personas bi que gais y lesbianas juntos. Entre la generación Z y los milénicos LGBTQ+ el porcentaje supera la mitad; entre los mayores es mucho más bajo, lo que dice tanto de la época en que crecieron como de su deseo.

En España, la encuesta internacional de Ipsos sobre el Orgullo de 2023 situó en un 14 % a la población adulta que se declaraba LGTB+, una de las cifras más altas de los treinta países del estudio. El 6 % se definía como gay o lesbiana y el 5 % como bisexual. Son encuestas con sus límites, pero apuntan a lo mismo: la bisexualidad no es una rareza estadística, sino una de las orientaciones más frecuentes dentro del colectivo.
Pero casi nadie lo cuenta
Y aquí llega la paradoja. Hay muchas personas bi y se ven muy poco. En 2019, el Pew Research Center analizó datos de una encuesta de la Universidad de Stanford y encontró que solo el 19 % de las personas bisexuales decía que todas o casi todas las personas importantes de su vida conocían su orientación. Entre gais y lesbianas, la cifra era del 75 %. Una de cada cuatro personas bi, el 26 %, no se lo había contado a nadie importante.
Pew apunta un factor: la mayoría de las personas bisexuales que vivían en pareja, el 82 %, lo hacía con alguien de otro género. Cuando tu relación parece heterosexual desde fuera, nadie te pregunta. Y salir del armario se convierte en una explicación que nadie ha pedido y que, a menudo, se recibe con sospecha.
El anillo como camuflaje
Vuelvo al estribillo: «Y por la iglesia ha pasado, / ya luce el anillo de casado». En la canción el anillo funciona como un uniforme. Dice «heterosexual» antes de que su dueño abra la boca. Y por eso el narrador lo quiere fuera, sobre la mesilla, lejos de la cama.
Lo que la canción no dice es qué piensa el casado de sí mismo. No sabemos si se considera heterosexual, bi, gay o nada. Sabemos lo que hace, y sabemos lo que el narrador quiere creer. Me parece un buen recordatorio de que la orientación de alguien no se deduce de un anillo, ni de una cama, ni de una foto de boda con cuatrocientos invitados.
Esto no justifica el engaño. Si el casado tiene un pacto de exclusividad con su mujer, lo está rompiendo, y la persona más perjudicada de la historia es una que ni aparece en la letra. Ya escribí sobre las bodas de mis canciones en «El anillo y el exmarido». Pero mentir a la pareja y ser bisexual son dos cosas distintas, y mezclarlas es uno de los prejuicios más dañinos que existen.
Los mitos de siempre
Hay frases que casi cualquier persona bi ha oído. Las apunto porque nombrarlas ayuda a desmontarlas:

- «Es una fase.» Para algunas personas la manera de nombrarse cambia con los años, y eso vale para cualquier orientación. Para muchas otras, la bisexualidad es estable durante toda la vida. Que algo pueda cambiar no lo convierte en falso.
- «Lo que pasa es que no te decides.» No hay nada que decidir. Sentir atracción por más de un género no es una indecisión, igual que gustarte el mar y la montaña no es estar perdido.
- «Los bisexuales son más infieles.» No hay nada en la bisexualidad que haga a alguien menos capaz de cumplir un compromiso. La fidelidad depende de las personas y de los pactos, no de la orientación.
- «Es un paso antes de salir del todo.» Hay gente que se nombró bi antes de nombrarse gay o lesbiana, sí. Y hay muchísima que se nombró bi y lo sigue siendo. Las dos historias son válidas.
- «Lo dices para llamar la atención.» Viendo lo poco que se cuenta, más bien parece lo contrario.
- «Si tienes pareja de otro género, ya no cuentas.» Tu orientación no la decide tu pareja actual.
Bifobia dentro de casa
Lo más duro de la invisibilidad bi es que no solo viene de fuera. Dentro del ambiente gay y lésbico también se oyen chistes sobre «los bi que acaban casados», recelos al ligar («seguro que me deja por una mujer») y la sospecha de que una persona bi en una relación con alguien de otro género «disfruta del privilegio hetero». Mi propia letra lo demuestra: en un verso, el narrador pone en duda la orientación de otro personaje.
En el ambiente sabemos bien lo que es que te digan quién eres. Nos lo han hecho familias, médicos, curas y presentadores de televisión. Por eso duele más cuando lo repetimos nosotros. En «No hay pastilla que cure lo que no es enfermedad» escribí sobre quienes pretenden cambiar la orientación ajena. El borrado bi no es lo mismo, por supuesto, pero tiene un aire de familia: alguien que no eres tú decide lo que de verdad sientes.
Lo que la invisibilidad le hace a la salud
La invisibilidad va más allá de las etiquetas. Tiene consecuencias medibles. En 2017, un equipo dirigido por la investigadora Lori Ross publicó en «The Journal of Sex Research» un metaanálisis de 52 estudios sobre depresión y ansiedad. El resultado fue claro: las personas bisexuales tenían tasas más altas que las heterosexuales y, en general, iguales o más altas que gais y lesbianas. Los autores señalaron tres causas que se refuerzan entre sí: la discriminación por orientación, el borrado bisexual y la falta de apoyo específico.
Otro metaanálisis, publicado en 2022 con datos de estudios poblacionales, encontró que el riesgo de depresión y de suicidio era mayor en las personas bisexuales que en gais y lesbianas. No porque la bisexualidad sea un problema, sino porque vivir sin sitio en ningún lado pasa factura. Si no encajas con los heterosexuales porque eres «demasiado gay» y no encajas con los gais porque eres «demasiado hetero», la soledad no es una metáfora.
Los hombres casados y la palabra que no usan
En salud pública existe una expresión técnica para hablar de una realidad que la canción retrata: hombres que tienen sexo con hombres, HSH. Se empezó a usar en los años noventa en la prevención del VIH justamente porque muchos de esos hombres no se identificaban como gais ni como bisexuales. Algunos están casados con mujeres. Otros nunca han tenido pareja. Algunos se reconocerían como bi si el mundo les dejara; otros no lo harían nunca.
No me corresponde ponerles nombre. Pero sí me interesa una cosa: cuando la única opción que se ofrece es «o eres heterosexual o eres gay», mucha gente elige el silencio. Y en ese silencio, además de mentiras, hay salud que no se cuida. Un hombre que no se reconoce en ninguna etiqueta difícilmente irá a hacerse las pruebas o a pedir la profilaxis que le corresponde. La visibilidad bi también es una cuestión sanitaria.
Freddie, una bandera y un 23 de septiembre
El 23 de septiembre es el Día de la Visibilidad Bisexual. Lo impulsaron en 1999 tres activistas estadounidenses, Wendy Curry, Michael Page y Gigi Raven Wilbur, y se celebró por primera vez en la conferencia mundial de ILGA en Johannesburgo. Eligieron septiembre en homenaje a Freddie Mercury, nacido ese mes, y el día 23 porque era el cumpleaños de Wilbur. Michael Page es también quien diseñó la bandera bisexual, presentada en diciembre de 1998: una franja rosa, una lavanda más estrecha en el centro y una azul.

Me gusta que el día naciera con espíritu de fiesta, pero su razón era seria. Wilbur lo explicó así: desde Stonewall, la comunidad gay y lésbica había ganado fuerza y visibilidad, y la bisexual también había crecido, pero seguía siendo invisible en muchos sentidos. Veinticinco años después, el diagnóstico sigue vigente.
Las parejas que se leen mal
Una pareja de un hombre y una mujer que pasea de la mano por Madrid es, a ojos de todos, heterosexual. Una de dos hombres, gay. Pero cualquiera de esas cuatro personas puede ser bi. Lo dijo Wilbur en la misma frase: incluso ella misma estaba condicionada a etiquetar automáticamente a una pareja según el género que percibía.
Eso tiene efectos prácticos. Una mujer bi casada con un hombre puede sentir que no tiene derecho a ir al Orgullo. Un chico bi con novio puede oír que «por fin se ha aclarado». En «El arcoíris no se alquila» hablé del Orgullo como protesta. Me gustaría que esa protesta tuviera sitio para quien no viene de la mano de alguien de su mismo género.
El lenguaje también borra
Cuando decimos «matrimonio gay» para hablar de dos mujeres o de dos hombres, estamos dando por hecho que ambas personas son homosexuales. Cuando decimos que alguien «se ha vuelto hetero» porque se casa con alguien de otro género, lo mismo. Son atajos cómodos y, a veces, inofensivos. Pero sumados construyen un mundo en el que la bisexualidad no tiene palabras.
Ya escribí sobre cómo el idioma puede incluir o dejar fuera en «Todas y todes». Aquí la solución es más fácil todavía: decir «matrimonio igualitario», «pareja del mismo sexo» o, simplemente, preguntar en lugar de suponer.
Si tú eres bi y no lo has contado
No tienes ninguna obligación de contarlo, y tampoco de tenerlo claro. Salir del armario es un proceso que cada persona decide cuándo, cómo y ante quién hacer. Algunas pistas que a mucha gente le han servido:
- Empieza por una persona de confianza que no vaya a convertir tu orientación en un debate.
- Prepara una frase breve, sin justificarte: «Me gustan personas de más de un género».
- Si tienes pareja y hay un acuerdo de exclusividad, que seas bi no lo cambia. Contarlo puede ser un acto de confianza, no una confesión de culpa.
- Busca grupos donde no tengas que explicarte. Varias asociaciones LGTBI tienen espacios específicos para personas bisexuales; en Madrid, COGAM organiza un grupo de bisexuales.
- Si alguien te dice que es una fase, puedes contestar que todo en la vida es una fase y que esta te queda bien.
Y si lo que sientes es el miedo a perder a tu familia, tu matrimonio o tu trabajo, merece la pena hablarlo con alguien preparado. Sobre lo que cuesta salir del armario en el trabajo escribí en «El armario de la oficina».
Si alguien te lo cuenta a ti
Si una amiga, un hermano o tu pareja te dice que es bi, lo más útil es lo más sencillo: creerle. No le preguntes si está seguro, no le pidas porcentajes, no hagas chistes sobre tríos. Pregúntale qué necesita, si quiere que lo sepa alguien más y cómo puedes acompañarle.

Si eres su pareja y te asusta lo que eso significa para la relación, es normal tener preguntas. Hazlas desde la curiosidad, no desde la sospecha. Su orientación no dice nada sobre su fidelidad; lo que habléis y pactéis entre los dos, sí.
Lo que me enseñó mi propio verso
El adjetivo sigue en la canción, y está bien que siga: el narrador tiene derecho a su rabia y a sus conclusiones precipitadas. Es un personaje, no un tratado. Pero el verso sirve para mirar los atajos que tomamos todos cuando damos por hecho lo que otro es. Y en el planeta que me inventé para que cupiéramos todos, la bisexualidad merece algo mejor que una sospecha.
En «La doble cara» escribí sobre las máscaras del armario. La invisibilidad bi es una máscara que a veces ni siquiera elige quien la lleva: se la pone la mirada de los demás.
Dónde pedir ayuda
Si la bifobia, el armario o el rechazo de tu entorno te están pesando, no tienes que llevarlo en solitario. Estos son recursos comprobados en las webs de cada organización:
- Línea Arcoíris de la FELGTBI+: servicio anónimo, confidencial y gratuito de atención al colectivo LGTBI, en el 913 604 605 y por WhatsApp en el 676 78 58 30.
- COGAM, en Madrid: información LGTBI en el 91 523 00 70, con grupos específicos para personas bisexuales.
- Fundación ANAR, si eres menor de edad o te preocupa un menor: 900 20 20 10.
- 112, si hay una emergencia o peligro inmediato.
Si en algún momento la tristeza se vuelve tan espesa que aparecen pensamientos de suicidio, en España puedes llamar al 024, la línea del Ministerio de Sanidad, gratuita y confidencial, abierta a cualquier hora. Si vives fuera de España, busca la línea de crisis de tu país o marca su número de emergencias. Pedir ayuda funciona, y hablar del suicidio sin rodeos protege: lo cuento en «Hablemos del suicidio sin tabú», y tienes todos los recursos reunidos en el índice de mi serie sobre salud mental.
Me estoy empezando a enamorar
La letra tiene un verso que lo cambia todo: «Me estoy empezando a enamorar de él». Ahí la aventura deja de ser un juego. El narrador ya no quiere solo la cama; quiere al hombre entero, con su historia, su boda y lo que sea que sienta por su mujer. Y para quererlo entero tendría que aceptar algo que el verso de la supuesta heterosexualidad no acepta: que el otro puede ser más complicado de lo que le conviene.
Quizá esa sea la lección para todos. Querer a alguien, o simplemente respetarle, implica no decidir por él lo que es. Ni hetero de pega ni gay reprimido: lo que diga, cuando quiera decirlo. Y si dice bi, que la palabra no le cueste más que a nadie.
Hay otra cosa que me gusta de ese final: el narrador no pide que el casado se defina. Pide quedarse cerca. Es una forma torpe y egoísta de pedirlo, porque hay una tercera persona que no sabe nada, pero en el fondo es la petición de cualquiera que se enamora: que el otro siga siendo quien es mientras tú aprendes a conocerlo. A las personas bisexuales se les exige muchas veces lo contrario, que se definan antes de que nadie las conozca. Me gustaría un mundo con menos exigencias de ese tipo y más conversaciones de verdad.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la bisexualidad? Es la atracción sexual o romántica hacia personas de más de un género. No tiene que ser a partes iguales ni al mismo tiempo, y una persona sigue siendo bisexual aunque tenga una pareja estable de un solo género.
¿Qué es el borrado bisexual? Es la tendencia a negar o ignorar la bisexualidad: dar por hecho que alguien es heterosexual o gay según su pareja, decir que es una fase o sospechar que miente. Lo practican tanto personas heterosexuales como gais y lesbianas.
¿Cuándo es el Día de la Visibilidad Bisexual? El 23 de septiembre. Lo crearon en 1999 Wendy Curry, Michael Page y Gigi Raven Wilbur, y se celebró por primera vez en la conferencia mundial de ILGA en Johannesburgo. Michael Page diseñó también la bandera bisexual, rosa, lavanda y azul.
¿Hay más personas bisexuales que gais y lesbianas? Según la encuesta de Gallup de 2024 en Estados Unidos, el 56 % de las personas LGBTQ+ se identificaba como bisexual. En España, Ipsos (2023) halló un 5 % de adultos bisexuales y un 6 % de gais y lesbianas.
¿De qué habla «El anillo de casado»? De una aventura entre el narrador y un hombre recién casado por la iglesia, a escondidas por los hostales de Madrid, y del momento en que el narrador empieza a enamorarse. Es una canción de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía GAYFOLK.
¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. Las voces y la música de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.