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El cartel de completo: «El anillo de casado» y el mapa secreto de un amor a escondidas

Dos hombres posan muy juntos delante de un portal antiguo. Llevan esmoquin color crema, pajarita blanca, camisa de chorreras y una flor blanca en la solapa. Uno apoya la mano en el pecho del otro y en esa mano brilla una alianza. Detrás, una puerta de hierro forjado, una placa con el número 38 y, en la pared de la derecha, un telefonillo dorado. A la izquierda, sobre fondo negro, el título en letras altas color arena, con un pequeño adorno en el centro, como una invitación de boda de las de antes.

Es la portada de «El anillo de casado», y me parece de las más tramposas de todo el catálogo. Porque enseña una boda entre dos hombres, elegantes, abrazados, mirando a cámara sin ningún miedo. Y la canción cuenta exactamente lo contrario: una boda por la iglesia con una mujer, y dos hombres que se quieren por los rincones. La portada es el final que la letra no se permite.

La canción está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía, y en la lista completa de singles es el número 159. Su ficha en el blog ya habla de la copla, del humor y del puntillo de las cinco jarras. Aquí quiero fijarme en otra cosa: en los sitios. En el mapa de Madrid que dibuja una relación que no puede ir de la mano por la calle. Porque esta canción, si te fijas, está llena de lugares.

Una cervecería como primera parada

La historia empieza en una cadena de cervecerías muy conocida, con cinco jarras sobre la mesa. Me encanta que el primer escenario sea un sitio tan normal. No es un bar de ambiente ni un local escondido. Es el tipo de sitio donde quedas con compañeros de trabajo un jueves, donde nadie se fija en nadie.

Y precisamente por eso funciona. Dos hombres tomando cañas en una cervecería no llaman la atención. Podrían ser amigos, compañeros, cuñados. El camuflaje es perfecto. Lo único que delata lo que pasa de verdad son las risas y las miradas, y la letra lo dice con un diminutivo precioso: bien escondiditos.

Ese diminutivo tiene mucha miga. Esconderse es serio, puede ser triste, puede ser peligroso. Esconderse con diminutivo es otra cosa: es casi un juego, una travesura. Es la forma en que la letra le quita dramatismo a algo que, contado de otra manera, pesaría muchísimo.

El anillo como objeto

El título de la canción no es el nombre de una persona ni una emoción. Es un objeto. Un anillo. Y ese objeto lo ocupa todo.

En la primera estrofa, lo que quiere el narrador es que el otro se lo quite. No que deje a su mujer, no que salga del armario, no que cambie de vida. Algo mucho más pequeño y mucho más inmediato: quitarse el anillo para irse juntos a la cama. Como si al quitárselo, durante unas horas, el compromiso dejara de existir.

Me interesa mucho esa fantasía, porque es muy humana. Pensar que basta con quitarse un objeto para dejar fuera todo lo que representa. Pero el anillo, aunque se quede en la mesilla, sigue ahí. Y la canción lo sabe, porque el estribillo no deja de nombrarlo. Lo repite una y otra vez, casi con obsesión: el anillo, el anillo de casado, de casado, el anillo.

En la portada también está. Es lo único que brilla en la mano que se apoya en el pecho del otro. La alianza en el sitio donde la verías en cualquier foto de boda. Solo que aquí la boda es otra.

El estribillo que parece una felicitación

El estribillo tiene algo de canción de boda. Habla de un hombre por siempre enamorado, que pasó por la iglesia, que luce su anillo, que cada día está más enamorado desde que lo lleva. Si lo escuchas sin el resto de la letra, podría sonar en el banquete.

Fotogramas del videoclip oficial de «El anillo de casado», de Mike Sain't Louis

Pero el contexto lo cambia todo. Quien dice esas cosas es el amante. Y entonces cada frase se vuelve irónica sin cambiar una sola palabra. Cada día más enamorado, sí, pero ¿de quién? La letra deja la pregunta en el aire, y yo no la voy a contestar aquí. Me gusta que se quede así.

Y luego llega el remate, el verso que lo resume todo con una ligereza casi descarada: «si pasa por mi cama y lo disfruto para mí es pasado». Es una manera de decir que no pasa nada, que lo que ocurre en la cama se queda ahí y que no hay que darle más vueltas. Una defensa. Porque si todo es pasado, nada duele.

La duda que lo cambia todo

Esa defensa dura hasta el puente. Ahí la canción cambia de tono y aparece una pregunta repetida tres veces: ¿y qué voy a hacer? La respuesta, también repetida, es no lo sé.

Es el momento en que el juego se acaba. El narrador confiesa que con él está muy bien y que se está empezando a enamorar. Ya no es una aventura de cinco jarras. Es otra cosa. Y lo que lo atrapa cada día un poco más, dice la letra, es «su supuesta heterosexualidad».

Una sola palabra: supuesta

Si tuviera que quedarme con una sola palabra de toda la canción, sería esa: supuesta. Es la palabra más corta del verso y la que más carga.

Supuesta quiere decir que todos lo dan por hecho, pero que no es del todo verdad. Que hay una versión oficial y otra real. La oficial es la boda, la mujer, los invitados. La real es la cervecería, las miradas, el hostal. Y el narrador es la única persona que conoce las dos.

Lo curioso es que la letra dice que esa heterosexualidad es justo lo que le atrapa. No a pesar de ella, sino por ella. Hay algo en esa contradicción que es muy reconocible. El hombre que no está disponible, que no puede ser del todo tuyo, que tiene una vida a la que tú no perteneces. Esa imposibilidad, a veces, hace que el deseo crezca en lugar de apagarse.

No quiero sacar de aquí ninguna moraleja. La canción no juzga a ninguno de los dos. Solo pone delante la palabra y deja que cada uno piense lo que quiera.

Cuatrocientos invitados

La última estrofa tiene el contraste más fuerte de toda la canción. Por un lado, una boda por la iglesia, con la novia de blanco puro y cuatrocientos invitados. Por otro, dos hombres recorriendo Madrid de discretos.

Cuatrocientos invitados es una cifra enorme. Es una boda de las que se recuerdan, con todo el mundo mirando, con fotos, con familia de los dos lados, con brindis y discursos. Es la versión más pública posible de una relación. La que se anuncia, se celebra y se registra.

Y frente a eso, la otra relación no tiene ni un solo testigo. No hay invitados, no hay fotos, no hay nadie que sepa nada. Es la desproporción lo que duele: cuatrocientas personas para una historia y cero para la otra.

El mapa de los discretos

Aquí es donde la canción se convierte en un mapa. Los dos hombres no tienen casa donde verse. Él vive con su mujer, y se supone que el narrador no puede llevarle a la suya, o no quiere, o no se atreve. Así que la ciudad entera se convierte en su casa a ratos.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «buscando hostales que no tengan colgado en el telefonillo» de «El anillo de casado»

Recorren Madrid buscando un sitio. Y la letra da un detalle precioso: están «buscando hostales que no tengan colgado en el telefonillo» el cartel de completo. Es una imagen tan concreta que se ve. Dos hombres parados delante de un portal, mirando el letrerito junto a los timbres, pasando al siguiente si no hay sitio.

Y aquí la portada vuelve a hacer de las suyas. Porque detrás de los dos novios hay un portal con número y, a la derecha, un telefonillo. El mismo telefonillo de la letra. Lo que en la canción es el sitio donde se busca un cuarto por horas, en la portada es el portal de una boda. El mismo objeto con dos historias.

Los sitios del secreto

Me gusta pensar en esta canción como un recorrido por los sitios que usa quien vive un amor a escondidas. Primero, el sitio público donde nadie mira, la cervecería. Luego, el sitio privado alquilado, el hostal. Entre medias, la calle, que se atraviesa de discretos, sin cogerse de la mano.

Son sitios de paso. Ninguno es propio. Ninguno es un hogar. Y eso dice mucho de la relación. Es una historia que no tiene dirección postal, que existe en lugares ajenos y por horas.

Hay algo muy madrileño en eso, también. La ciudad tiene muchos hostales pequeños en pisos antiguos, con su placa en el portal y su cartel junto a los timbres. Cualquiera que haya paseado por el centro los ha visto. La letra los convierte en el escenario de una historia de amor que no tiene otro.

Lo que la portada se atreve a imaginar

Vuelvo a la portada porque me parece que es la mitad de la canción. La letra cuenta lo que pasa. La portada cuenta lo que podría haber pasado.

Dos hombres vestidos de novios, delante de un portal, mirando a cámara. No se esconden. No están en un hostal buscando sitio. Están en la puerta, a la vista, como cualquier pareja que sale de casarse y posa para la foto. Es la boda que la letra no tiene.

En España dos hombres pueden casarse desde 2005. Así que la portada no imagina nada imposible. Imagina algo legal, normal, corriente. Lo que la hace tan potente es que, en la historia que cuenta la canción, eso que es perfectamente posible no ocurre. No por la ley, sino por el miedo, la costumbre o lo que sea que lleva a un hombre a casarse con una mujer de blanco ante cuatrocientas personas mientras se enamora de otro.

El tono de copla

La ficha de la canción ya apunta que tiene mucho de copla clásica, y estoy de acuerdo. La copla está llena de amores que no se pueden contar: la querida, el hombre casado, el amor que no se nombra en público. Es un género que se ha construido, en buena parte, sobre el secreto.

Lo que hace esta canción es coger ese molde y cambiar a los protagonistas. Aquí no hay una mujer esperando al hombre casado. Hay otro hombre. Y el escenario no es un cortijo ni una venta, sino una cervecería de cadena y un hostal del centro. Todo lo demás es el mismo dolor de siempre: querer a alguien que tiene otra vida.

Me gusta mucho esa continuidad. Que una historia queer se cuente con las herramientas de un género tan popular, tan de toda la vida, la mete en la tradición en lugar de dejarla fuera.

El humor como chubasquero

Una cosa que tiene esta canción es que no se pone trágica. Podría. Tiene todos los ingredientes para un drama: el amante, el secreto, la boda, el enamoramiento que no tiene futuro. Pero la letra prefiere el puntillo, el diminutivo, el contentillo, las cinco jarras.

Collage con un detalle de la carátula de «El anillo de casado» y las carátulas de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», «Ni con un palo», «Me gusta el verano»

Ese humor funciona como un chubasquero. No impide que llueva, pero hace que te mojes menos. El narrador se ríe de la situación porque, si no se riera, tendría que mirarla de frente. Y mirarla de frente sería admitir lo que dice en el puente: que no sabe qué va a hacer.

Me parece una forma muy honesta de contar algo así. Mucha gente que ha sido el secreto de alguien no lo vive como una tragedia continua. Lo vive a ratos bien, a ratos fatal, y casi siempre con un poco de cachondeo para soportarlo.

Ser el secreto de alguien

En el fondo, «El anillo de casado» habla de una posición muy concreta: la de ser el secreto de alguien. No el infiel, no el engañado, sino el que está fuera de la foto oficial.

Esa posición tiene sus propias reglas. No puedes llamar cuando quieras. No puedes aparecer en las fotos. No puedes contárselo a nadie que conozca al otro. Quedas en sitios donde nadie os conozca. Te adaptas a sus horarios, a sus excusas, a sus fechas señaladas, que nunca son contigo.

Y, sin embargo, a veces se está muy bien. La canción no lo niega. Con él está tan bien, dice. Esa es la trampa. No es una historia donde todo sea malo y la salida esté clara. Es una historia donde hay cosas buenas de verdad, y precisamente por eso cuesta tanto salir.

Lo que no dice la letra

La canción termina sin resolver nada. No sabemos si el narrador se va, si se queda, si el otro deja a su mujer o si todo sigue igual. El último estribillo vuelve a lo mismo: el anillo, el enamorado, el pasado.

Me gusta ese final abierto porque es fiel a cómo suelen ser estas historias. No acaban con una gran escena. Se alargan. Se repiten. Una cervecería más, un hostal más, otra vez el cartel. Y la pregunta del puente se queda flotando.

Lo que sí deja claro la letra es quién sabe la verdad. Cuatrocientos invitados se fueron a casa creyendo una cosa. El narrador sabe otra. Y eso, le guste o no, es suyo.

De discretos

La letra dice que recorren Madrid de discretos, y me gusta mucho esa expresión. Ir de discreto no es lo mismo que ser discreto. Es un disfraz. Es ponerse una actitud como quien se pone una gabardina para que no le reconozcan.

Ir de discretos por la calle significa caminar a un palmo de distancia, no tocarse, hablar de cosas neutras si alguien pasa cerca, mirar alrededor antes de entrar en un portal. Es un esfuerzo constante. Una especie de actuación que dura todo el trayecto entre la cervecería y el hostal.

Durante muchísimo tiempo, para muchos hombres gais, ir de discretos no era una opción sino una obligación. La canción no habla de eso directamente, pero la expresión arrastra toda esa historia. Hoy dos hombres pueden ir de la mano por casi cualquier calle de Madrid. Y aun así, en esta historia, no pueden. No porque la ciudad se lo impida, sino porque uno de los dos lleva un anillo.

La tercera persona de la historia

Hay alguien en esta canción que casi no aparece y que, sin embargo, está en el centro de todo: la mujer de blanco puro. Sale en un solo verso, como parte de la boda. No tiene nombre, no habla, no sabe nada.

Ficha de la canción «El anillo de casado» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Me parece importante no olvidarla. La canción está contada desde el punto de vista del amante y, lógicamente, se centra en lo que él siente. Pero la boda de cuatrocientos invitados también es la boda de ella. El anillo también es suyo. Y la historia que se vive por los hostales de Madrid también le afecta, aunque no lo sepa.

La letra no la juzga ni la pone de víctima ni de villana. Simplemente la deja ahí, de blanco, como un recordatorio de que en un secreto así casi nunca hay solo dos personas.

El otro también se esconde

Y luego está él, el del anillo. La canción no nos deja entrar en su cabeza. No sabemos por qué se casó, qué siente por su mujer, qué siente por el narrador. Solo sabemos lo que se ve desde fuera: que pasó por la iglesia, que luce el anillo y que, aun así, pasa por otra cama.

Me interesa ese silencio. Porque él también vive escondido, aunque de otra manera. Su escondite no es un hostal: es su propia boda. Toda esa vida pública, con sus cuatrocientos invitados, es también una forma de no enseñar algo. Y eso, aunque la letra no lo diga, debe de pesar.

No quiero justificarle ni condenarle. La canción tampoco lo hace. Pero me parece honesto reconocer que en esta historia nadie está del todo libre.

No hay habitaciones

El cartel de completo es, también, una metáfora muy sencilla. Es lo que se encuentra el narrador cada vez que intenta hacer sitio a esta relación: no hay hueco.

No hay hueco en la vida oficial del otro, que ya está llena con su boda y sus invitados. No hay hueco en las fotos, en las cenas familiares ni en los planes de futuro. Lo único que queda son habitaciones por horas, y a veces ni eso. Hay noches en que todos los hostales están llenos y toca seguir andando.

Entre un palo y el verano

En la lista de singles, «El anillo de casado» va justo después de «Ni con un palo» y justo antes de «Me gusta el verano». Me hace gracia el vecindario: una canción con un título que suena a rechazo rotundo, luego esta, que habla de no saber decir que no, y luego una que suena a vacaciones.

Puestas en fila parecen casi una secuencia. Primero el no tajante. Luego el sí que no debería ser. Y luego el verano, que es cuando muchas de estas historias empiezan o se acaban. No lo planeé así, pero me gusta cómo quedan juntas.

Para quien ha buscado un hostal libre

«El anillo de casado» es para quien alguna vez ha sido el secreto de alguien. Para quien ha quedado en una cervecería sin poder coger la mano del otro. Para quien ha mirado el cartel junto al telefonillo esperando que pusiera que había sitio.

Y es también para quien ha estado del otro lado, con el anillo puesto y otra vida en la cabeza. La canción no le señala con el dedo. Solo le pone delante un espejo y una pregunta: ¿y qué vas a hacer?

Como letrista, me gusta mucho haber metido en la misma canción una cadena de cervecerías, una boda de cuatrocientos invitados y un cartel de completo. Me presento como «el primer cantautor IA» porque la música y las voces las hago con inteligencia artificial, pero ese mapa de Madrid lo dibujé con palabras. La letra está en letras y la canción, gratis, en descargas.

Preguntas frecuentes

¿En qué disco está «El anillo de casado»? En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis. En la lista completa de singles es el número 159.

¿De qué habla «El anillo de casado»? De un hombre que se enamora de otro que acaba de casarse por la iglesia con una mujer. Cuenta su relación a escondidas por cervecerías y hostales de Madrid, con humor de copla y una duda que no se resuelve.

¿Qué aparece en la portada? Dos hombres vestidos de novios, con esmoquin color crema y flor en la solapa, delante de un portal con el número 38 y un telefonillo. Uno lleva una alianza en la mano que apoya en el pecho del otro.

¿Los personajes son reales? No. Los personajes de la canción son inventados.

¿Quién hizo la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial.

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