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La doble cara: el armario, las máscaras de hierro y «Mentes diabólicas»

Hay una persona que te sonríe en el ascensor. Te pregunta por tu novio, te dice que qué bonita pareja hacéis, te sujeta la puerta. Y hay otra persona, que resulta ser la misma, que esa noche, en la cena de su familia, suelta lo de «yo no tengo nada en contra, pero que no me lo restrieguen». Dos caras. Un solo DNI.

«Mentes diabólicas» tiene una estrofa que lo resume mejor que yo:

Bajo el sol somos iguales, en la sombra se disfrazan

Ese verso es el centro de este post. La letra completa está publicada, y en la ficha de la canción ya hablé de cómo está construida, con frases célebres entre comillas y un estribillo que manda a la gente a donde la manda. Aquí quiero ir por otro lado. Quiero hablar de por qué la hipocresía, que es un defecto universal, nos toca de una manera tan particular a los maricas, a las bolleras, a las personas trans y a cualquiera que haya tenido que vivir una temporada con la cara cambiada.

Porque nosotras sabemos de máscaras. Las hemos llevado. Y quien ha llevado una sabe reconocer las de los demás a veinte metros.

Dos caretas que no pesan igual

Lo primero que hay que decir es incómodo: todos los que hemos estado en el armario hemos mentido. Hemos dicho «una amiga» cuando era un chico. Hemos inventado novias para la comida de Navidad. Hemos cambiado el pronombre de una anécdota en mitad de la frase, con ese frenazo mental que conoce cualquiera que lo haya hecho. Hemos sonreído ante el chiste de mariquitas del tío de turno para que nadie sospechara.

¿Eso es hipocresía? Técnicamente, es fingir. Pero no es lo mismo, y la diferencia es la clave de la canción.

La máscara del armario es una careta que te pones porque fuera hace frío. Te protege. No la usas para hacer daño a nadie; la usas para que no te lo hagan a ti. Es una mentira defensiva, y quien la lleva paga un precio altísimo por ella, porque vivir disfrazado agota. Cada día es una función que no has elegido, con un público que no sabe que está en un teatro.

La máscara de la que habla «Mentes diabólicas» es otra cosa. La letra habla de «máscaras de hierro». Y el hierro no se pone para protegerse del frío: se pone para golpear sin que te vean la cara. Es la careta de quien finge virtud para juzgar a otros, de quien predica una cosa y practica la contraria, de quien te da un abrazo para medirte la espalda antes de clavar algo.

Una careta te la pones por miedo. La otra, por conveniencia. Y cuando por fin te quitas la primera, cuando sales y respiras, la segunda se te vuelve insoportable. Has pagado demasiado por tu propia sinceridad como para aguantar la falta de la ajena.

El teatro de siempre

La canción abre con aquello de que el mundo es un teatro donde todos actuamos. Es una idea vieja, de las que llevan siglos dando vueltas por la literatura, y casi siempre se ha leído con cierta melancolía: todos representamos un papel, qué le vamos a hacer, así es la vida.

A mí esa frase, dicha por alguien queer, me suena distinta. Menos resignada y más acusadora.

Porque nosotras aprendimos muy pronto que el teatro existía. Aprendimos que había una forma correcta de cruzar las piernas, de mover las manos, de reírse. Aprendimos a vigilar el tono, a no decir «qué mono» de un jersey, a calibrar cuánta pluma se podía dejar salir en cada sitio. Mucha gente heterosexual no se da cuenta nunca de que está actuando, porque el papel que le tocó le queda cómodo. Nosotras sí nos dimos cuenta, porque el traje nos apretaba por todas partes.

Por eso, cuando alguien de ese público que nunca se enteró de la función te viene con lecciones de autenticidad, te entra la risa. O la rabia. O las dos cosas, que es más o menos de lo que está hecho el estribillo.

Lo que se abraza de noche

Hay un verso de la segunda estrofa que me parece de los más visuales de toda la letra:

Fotogramas del videoclip oficial de «Mentes diabólicas», de Mike Sain't Louis
Traición y mentira, en la noche se abrazan

Me gusta porque convierte dos abstracciones en una pareja. No dice que la traición y la mentira existan, o que vayan juntas. Dice que se abrazan. Que tienen intimidad. Que se buscan cuando se apagan las luces, como dos amantes clandestinos que de día fingen no conocerse.

Y eso es exactamente lo que hace el hipócrita con sus propios defectos: los tiene escondidos en una relación secreta. De cara a la galería, la mentira y él no se hablan. Él es un hombre de palabra, una mujer de principios, alguien de fiar. Pero cuando nadie mira, se encuentran en un portal y se dan el lote.

Hay una ironía deliciosa en usar la imagen de los amantes clandestinos para hablar de hipocresía, precisamente en una canción escrita desde un planeta marica. Durante siglos, lo que se abrazaba de noche y a escondidas éramos nosotros. Nuestro amor era lo que había que tapar. Se nos acusaba de llevar una doble vida cuando era la sociedad la que no nos dejaba llevar una sola.

La letra le da la vuelta. Ahora lo que se esconde en la oscuridad no es el amor de dos chicos en un parque, sino la traición. Lo que tiene que esconderse no es quien ama distinto, sino quien miente. Es un pequeño ajuste de cuentas con la historia, metido en un verso que dura tres segundos.

La careta con filtro

Tampoco se puede hablar hoy de máscaras sin hablar del móvil. Si el mundo ya era un teatro, las redes sociales le han puesto focos, butacas numeradas y un contador de aplausos.

Todos editamos lo que enseñamos. Eso no es hipocresía, es sentido común: nadie sube la foto en la que sale con ojeras y el moño torcido, o casi nadie. El problema empieza cuando la versión editada se usa como arma. Cuando alguien que se pasa el día publicando frases sobre la bondad, el amor propio y la buena energía se dedica, fuera de cámara, a hacerle la vida imposible a quien tiene al lado.

Ese personaje lo conoce todo el mundo. Es el que pone un arcoíris en su foto de perfil en junio y el resto del año no mueve un dedo. Es la marca que se llena de banderas durante el Orgullo y retira la campaña en cuanto le escriben cuatro indignados. Es el gurú de la positividad que bloquea a cualquiera que le haga una pregunta incómoda.

La canción no habla de redes, pero su pregunta les sienta como un guante: bajo el sol somos iguales, sí, pero ¿qué pasa en la sombra? ¿Qué pasa cuando se apaga el directo?

El que predica de día

Hay una figura que aparece una y otra vez en las noticias, en cualquier país y en cualquier década, y que parece escrita a propósito para esta canción. El señor muy serio que se pasa la vida pública hablando de la familia de verdad, de la decencia, de lo que es natural y lo que no. El que vota en contra, el que firma manifiestos, el que sale en las tertulias a explicar que los niños necesitan un padre y una madre. Y que un día aparece en una foto, en un chat filtrado o en una sauna, haciendo exactamente aquello contra lo que predicaba.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Traición y mentira, en la noche se abrazan» de «Mentes diabólicas»

No hace falta poner nombres. Todo el mundo tiene alguno en la cabeza, y si no, basta con esperar unos meses.

La canción tiene una frase para ese personaje, de las que llevan siglos circulando: la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud. Lo que me fascina de esa idea es lo que dice en el fondo: el hipócrita necesita la virtud. Sin ella no tendría disfraz. Le hace falta que exista una norma para poder saltársela a escondidas mientras exige a los demás que la cumplan.

Y cuando la norma en cuestión es tu propia existencia, el homenaje se vuelve especialmente retorcido. Porque ese señor no solo miente. Ese señor usa su mentira para que tú no puedas vivir sin la tuya. Él se quita la careta de noche, en un sitio donde nadie lo ve, y de día se pone la de hierro para que a ti no te dejen quitártela nunca.

Si hay alguien a quien el estribillo va dirigido con nombre y apellidos, aunque no los diga, es a ese.

El lobo que sonríe en el grupo de WhatsApp

Sería muy cómodo quedarse ahí. El hipócrita como villano lejano, el político, el obispo, el tertuliano. Pero la canción no se queda ahí, y yo tampoco quiero.

Hay otra frase entre comillas en la letra, la del hombre como lobo para el hombre, y se aplica mucho mejor a la escala pequeña. Al compañero de trabajo que te llama «cielo» en la máquina de café y luego le cuenta al jefe que eres un poco intenso. A la amiga que te anima a dejar al novio y a la semana está quedando con él. Al grupo de WhatsApp donde todo son corazones hasta que te sales de la conversación y empieza el despiece. Al vecino del rellano que tiene la información de toda la escalera, del que ya escribí un retrato en La vecina cotilla, aunque aquella era más entrañable que diabólica.

Y, si somos honestas, también dentro del colectivo.

Porque haber llevado una máscara no te vacuna contra ponerte otra. Ahí están los perfiles de las aplicaciones que dicen «discreto, no plumas», escritos por gente que se pasó años sufriendo que le llamaran maricón por mover las manos. Ahí está el que va a la manifestación del Orgullo con purpurina y el lunes se ríe del compañero con pluma para caer bien en la oficina. Ahí está la que defiende la diversidad en una charla y luego, en petit comité, despelleja a la chica trans del grupo por cómo se viste.

El lobo con sonrisa no tiene orientación sexual. Puede estar en cualquier sitio, también en el bar de ambiente al que vas cada viernes. La letra lo dice con una crudeza que me gusta: «cada uno en la farsa, su papel bien marcado». Nadie se libra de tener un papel. La pregunta es si lo usas para esconderte o para morder.

Mejor un crítico que te lo dice a la cara

Entre tanto insulto, hay un verso en «Mentes diabólicas» que va en dirección contraria y que, para mí, es el más importante de la canción. Viene a decir que mejor los críticos que se muestran honestos.

Collage con un detalle de la carátula de «Mentes diabólicas» y las carátulas de «hipócritas», «Dientes, Dientes»

Es una frase que podría pasar desapercibida entre tanto «hipócritas» y tanto «gente mísera», pero aclara algo fundamental: la canción no está en contra de la crítica. No es el berrinche de alguien que no soporta que le lleven la contraria. Es justo lo contrario. Prefiere mil veces a quien le dice a la cara que algo no le gusta que a quien le aplaude delante y lo despedaza detrás.

Esto lo entiende cualquiera que publique cosas en internet. A lo largo de estos años de sacar singles he aprendido a distinguir dos tipos de comentarios negativos, y lo conté con calma en Lo que aprendí de los comentarios negativos. Están los que te dicen claramente qué no les funciona, y de esos se aprende. Y están los que no te dicen nada a ti pero se lo dicen a todo el mundo, y de esos no se aprende nada, solo se sufre.

El crítico honesto te hace un favor aunque duela. El hipócrita te hace un daño aunque sonría. Y la canción elige bando sin ninguna duda.

Hay algo casi tierno en ese verso. Dentro de una letra tan furiosa, aparece de pronto una petición muy sencilla: dímelo a mí. No a mis espaldas, no en el grupo, no en la cena familiar. A mí. Con lo que sea. Lo voy a aguantar mejor que tu sonrisa.

Contestar sin modales

Y luego está el estribillo. Ese «meteros por el culo vuestras críticas» que no deja mucho margen a la interpretación.

Alguien podría preguntarse si hacía falta. Si no quedaría más elegante una canción sobre la hipocresía que se quedara en las citas célebres, en el teatro del mundo y en los espejos rotos. Y yo creo que no, que la grosería es justamente el argumento.

Pensadlo un momento. ¿Cuál es el idioma natural del hipócrita? Las buenas maneras. El hipócrita nunca grita. Nunca dice tacos. Es educadísimo. Te ataca con un «yo lo digo por tu bien», con un «no te lo tomes a mal», con un «qué valiente eres por ir así vestido». Su arma es la cortesía, porque la cortesía le permite herir sin dejar huella. Si tú le contestas en ese mismo registro, juegas en su campo y pierdes, porque él lleva toda la vida entrenando.

El estribillo se sale del campo. Rompe la vajilla. Dice exactamente lo que piensa con las palabras más gruesas que encuentra, y al hacerlo deja en evidencia el contraste: aquí hay alguien que habla claro, y enfrente hay alguien que no lo ha hecho nunca. La ordinariez se convierte en una forma de sinceridad. Es como decir: puede que yo sea basto, pero por lo menos no tengo dos caras.

Esa es una tradición muy española, por otro lado. El exabrupto como acto de honestidad, la bronca de patio de vecinos en la que por fin alguien dice lo que todo el mundo pensaba. Y es también una tradición muy marica, la del insulto devuelto con más gracia y más volumen que el original, que es algo de lo que hablo a menudo cuando digo que el camp no es un chiste aunque te rías.

Dos canciones con el mismo grito

Quien conozca bien mi catálogo habrá notado algo: el estribillo de «Mentes diabólicas» no vive solo en esta canción. Reaparece en «Hipócritas», un single de otro disco de la trilogía, «El día de la liberación».

Ficha de la canción «Mentes diabólicas» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

No es un despiste. Hay gritos que hay que dar más de una vez, y este es uno de ellos.

Lo interesante es lo que cambia entre una y otra. En «Mentes diabólicas», que forma parte del primer disco, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el estribillo está rodeado de filosofía. La canción observa desde una cierta distancia, con la biblioteca abierta: el teatro del mundo, el lobo, el homenaje del vicio a la virtud. Es casi un tratado, con exabruptos en los márgenes.

En «Hipócritas» la distancia desaparece. Escribí una presentación para su videoclip en YouTube que dejaba claro el tono, y de la que me sigue gustando sobre todo el final: «Esto no es rabia. Es libertad.» En aquel texto hablaba de los que van de seres luminosos mientras esconden toda la mierda detrás de una sonrisa, y decía que en el planeta Gayfolk no hay espacio para sus caretas.

Si escuchas las dos seguidas, se nota el paso de una cosa a otra. Primero entiendes al hipócrita, lo estudias, lo pones en su contexto histórico. Después ya no tienes paciencia para estudiarlo más y simplemente le señalas la puerta. Es un recorrido que reconoce cualquiera que haya tenido cerca a una persona de dos caras: al principio intentas comprenderla, y llega un día en que comprenderla deja de ser asunto tuyo.

Si te apetece escuchar la trilogía entera con ese tipo de conexiones en la cabeza, tengo una guía sobre cómo escuchar la trilogía Gayfolk de principio a fin.

El precio de quitarse la careta

Hay una cosa que no quiero dejar fuera, porque es lo que hace que esta canción sea algo más que un ajuste de cuentas.

Cuando alguien sale del armario, hace algo que el hipócrita no hará jamás: renuncia a la comodidad de la máscara. Asume que va a perder cosas. Algún amigo, algún familiar, algún trabajo, alguna tranquilidad. Hay gente que lo pierde casi todo. Y aun así lo hace, porque vivir con dos caras le resulta más caro que cualquier pérdida.

Esa decisión te da una autoridad muy concreta. No una superioridad moral, cuidado, porque nadie es mejor persona por ser gay. Pero sí un conocimiento de primera mano de lo que cuesta ser sincero. Y desde ahí, el hipócrita deja de parecerte un personaje complejo y empieza a parecerte, sencillamente, alguien que no ha querido pagar el precio. Alguien que quiere todos los beneficios de la máscara y ninguno de sus costes.

Por eso el desprecio de la canción no es gratuito. Viene de alguien que conoce el peso del disfraz y se lo ha quitado, mirando a alguien que podría quitárselo y prefiere usarlo para hacer daño.

Si estás todavía en el armario y has llegado hasta aquí, que sepas que nada de esto va contigo. Tu careta es de cartón, es para el frío, y te la quitarás cuando puedas y si quieres. Te escribí una carta hace tiempo, por si te sirve: Carta a quien todavía no se lo ha dicho a nadie.

Espejos rotos

La última imagen fuerte de la letra es la de las mentiras que se demuestran en espejos rotos. Me gusta mucho como cierre, porque devuelve la canción al principio: al teatro, a las máscaras, a la cara que uno pone delante.

Un espejo roto no miente, pero tampoco devuelve una imagen entera. Te enseña a trozos, con grietas, desde ángulos raros. Es lo que pasa cuando a alguien se le cae la careta: no aparece de golpe una persona nueva y completa, sino fragmentos. Un comentario que no encaja. Una foto que contradice un discurso. Un mensaje enviado al grupo equivocado. Poco a poco, las piezas se juntan y lo que ves ya no se puede desver.

La hipocresía casi nunca se desmonta de una vez. Se desmonta a pedazos, y cada pedazo corta un poco.

Supongo que por eso el estribillo tiene que ser tan bruto. Porque después de recoger tantos cristales del suelo, a una ya no le quedan ganas de hablar con finura. Le quedan ganas de decir la verdad bien alto, con las palabras exactas, y de seguir con su vida.

Las letras completas de esta y de todas mis canciones están en Letras, y el universo donde viven todas, con sus personajes inventados y sus planetas, en Planeta Gayfolk.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Mentes diabólicas»? Trata de la hipocresía: de la gente que se comporta de una manera a la luz y de otra en la sombra, que finge virtud mientras juzga a los demás. Mezcla frases célebres sobre el teatro del mundo y las máscaras con un estribillo muy directo contra los hipócritas y sus críticas.

¿En qué disco está «Mentes diabólicas»? Forma parte de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía Gayfolk de Mike Sain't Louis. Está disponible en Spotify y en el resto de plataformas.

¿Qué relación tiene con la canción «Hipócritas»? Comparten estribillo. «Hipócritas» pertenece a «El día de la liberación» y retoma el mismo grito desde un tono más personal y directo, mientras que «Mentes diabólicas» lo rodea de citas y reflexión.

¿Quién hace la música de «Mentes diabólicas»? Mike Sain't Louis es letrista, compositor y productor musical, y se presenta como el primer cantautor IA: escribe las letras y dirige la producción, y la música y las interpretaciones vocales se generan con inteligencia artificial.

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