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«Queremos más psicólogos ya»: el videoclip de «Como Macaulay Culkin en El buen hijo», la sala blanca y el cartel final

Hay videoclips que acompañan a una canción y videoclips que la terminan. El de «Como Macaulay Culkin en El buen hijo» pertenece al segundo grupo. Durante cuatro minutos y dieciséis segundos alterna dos mundos que parecen no tocarse, y en los últimos segundos aparece un cartel en letras amarillas y rojas que dice algo que la letra no dice en ningún momento:

El derecho a la salud mental debe ser considerado un derecho fundamental de todas las personas. Queremos más psicólogos ya

No es un rótulo de créditos ni una frase de relleno para cerrar. Es la última palabra del vídeo, y cambia cómo se lee todo lo anterior. Ya escribí sobre la letra en el niño que se busca la culpa, sobre la pregunta absurda de si uno fue de pequeño un diablo como el de la película. Esta vez me propongo algo distinto: ver el videoclip plano a plano, como quien vuelve a una película para fijarse en el decorado, y acabar en ese cartel, que es la parte de esta canción de la que nunca había hablado.

Lo que dice YouTube antes de darle al play

El vídeo se subió al canal en febrero de 2025 con un título largo en mayúsculas: «COMO MACAULAY CULKIN EN EL BUEN HIJO (VIDEOCLIP OFICIAL) – MIKE SAIN'T LOUIS | PLANETA GAYFOLK». Debajo va la letra completa y, después, una fila enorme de etiquetas. Merece la pena leerlas antes de ver nada, porque son la brújula del vídeo: #ConcienciaDeAbusoInfantil, #TraumasInfantiles, #SuperaciónDeTraumas, #BullyingEnLaInfancia, #SaludMental, #ApoyoPsicológico, #HistoriasDeSuperación, #PrevenciónDeAbuso, #BreakingTheSilence, #Resilience.

Ahí está dicho, sin rodeos, de qué va esta canción. La letra lo esconde en dos palabras, «inocencia interrumpida», que aparecen al principio y al final y no se explican nunca. Las etiquetas lo nombran: el daño que se recibe en la infancia, el acoso en el colegio, el silencio que viene después y la posibilidad de superarlo. Y en medio de esa lista hay una palabra que no es de dolor sino de salida: apoyo psicológico. El cartel final ya está anunciado ahí, en la descripción, antes de que empiece el vídeo.

Lo cuento porque a veces se lee esta canción solo por su lado de humor negro, por el chiste de compararse con el niño malvado de una película de los noventa. El humor está, y lo defiendo. Pero las etiquetas dejan claro que el chiste es una forma de poder mirar algo muy serio sin que te aplaste.

El primer plano: una luz en la mano

El vídeo empieza a oscuras. Una chica joven, de espaldas a medias, con una camiseta clara, sostiene en la mano una pequeña luz blanca, como si hubiera atrapado algo que brilla. Alrededor solo hay negro y un foco redondo. Sobre la imagen aparece el título de la canción en letras amarillas.

Es una imagen muy sencilla y me parece una buena puerta. La primera frase de la letra suena mientras tanto:

Mi mente está convencida De que hubiera llegado muy alto

Una luz pequeña en la mano y la idea de haber podido llegar muy alto. Las dos cosas hablan de lo mismo, de algo valioso que uno tenía y que no se sabe muy bien adónde fue. La chica mira esa luz con cuidado, como quien sostiene algo que se puede apagar. No hay todavía ni fuego ni lágrimas. Hay una promesa y una sombra alrededor.

Fuego, alas y un cielo azul

En los primeros veinte segundos el vídeo enseña sus cartas. Primero, un hombre vestido de rojo, con dos explosiones de fuego a los lados, en un escenario oscuro. Después, un plano que no se parece a nada del resto: una figura con alas abiertas suspendida sobre un cielo azul con nubes, como un Ícaro visto desde lejos.

Esa figura alada aparece justo cuando la letra habla de lo alto. Es la versión soñada de la frase «hubiera llegado muy alto»: alguien que vuela. Pero el plano dura muy poco, casi un parpadeo, y no vuelve. Lo que el vídeo hace a partir de ahí es bajar. Todo lo que viene después está a ras de suelo, entre paredes, en habitaciones cerradas o en patios de piedra. Me gusta leerlo así: el vuelo existe solo como posibilidad, como algo que la mente está convencida de que pudo pasar, y el resto del vídeo es la vida real, que transcurre abajo.

La sala blanca

El primer mundo del vídeo es una habitación blanca. Fluorescentes en el techo, paredes de azulejo verde agua, una cama con sábanas blancas, una ventana con luz lechosa. Parece un hospital o una clínica, aunque nadie lo dice. En ese espacio está siempre la misma chica, con el pelo oscuro largo y una camiseta de color verde agua que se confunde con las paredes.

Fotogramas del videoclip oficial de «Como Macaulay Culkin en El buen hijo», de Mike Sain't Louis

Lo que hace en esa sala es muy poco, y eso es lo que más impresiona. Camina por un pasillo. Se queda de pie junto a la ventana. Se sienta en la cama. Mira a cámara con una cara cansada. Se lleva las manos al cuello. Se tapa la cara con las dos manos. Junta las manos delante de la boca, como quien reza o como quien intenta no romperse. Llora apoyada en una puerta. En ningún momento entra nadie más en esa habitación.

Esa soledad es la clave del vídeo. La letra pregunta por qué los demás tienen una vida llena de gente, y la imagen responde enseñando a alguien que no tiene a nadie alrededor. La sala blanca es lo contrario de una fiesta: no hay ruido, no hay música en la escena, no hay nadie con quien hablar. Solo una persona y su cabeza, que según la primera frase está «convencida» de muchas cosas.

La pregunta que se hace en la sala

Mientras la chica camina por ese pasillo de azulejos llega el centro de la canción:

¿Por qué la gente sale con amigos, tiene citas Sexo y encuentros con extraños Y a mí me cuesta taaaaaantooooooo

En los subtítulos del vídeo se ve muy bien cómo está construida la frase. La parte de «la gente» va deprisa, casi atropellada, una lista de cosas que los demás hacen sin pensar: salir, quedar, ligar, conocer a alguien. Y luego llega el «tanto», y se estira durante varios segundos, mientras la imagen se queda quieta en la chica. La lista de los otros cabe en un suspiro; lo que le cuesta al narrador ocupa todo el espacio.

Esa diferencia de velocidad dice algo muy exacto sobre cómo se vive la comparación. La vida de los demás se ve resumida, como un tráiler en el que solo salen los mejores momentos. La propia se vive en tiempo real, segundo a segundo, con todas sus esperas. Por eso la comparación casi nunca es justa: se compara el resumen de otros con la película entera de uno mismo.

Hay un estudio de psicología social que encaja de una manera casi literal con esta estrofa. En 2017, Sebastian Deri, Shai Davidai y Thomas Gilovich publicaron en el Journal of Personality and Social Psychology un trabajo titulado, nada menos, «Home alone», «Solo en casa», como la película que hizo famoso a Macaulay Culkin. A lo largo de once estudios con más de tres mil participantes encontraron que la mayoría de la gente cree que los demás tienen una vida social más rica y más activa que la suya, sobre todo en cosas como el número de fiestas o lo cerca que se está del círculo de amigos más íntimo. Y apuntaron una explicación: cuando pensamos en «la gente», lo primero que nos viene a la cabeza son las personas más sociables que conocemos, y nos medimos con ellas.

No sé si a la canción le haría gracia la coincidencia del título, pero a mí me la hace. La pregunta del narrador, «¿por qué la gente sale con amigos?», es exactamente la que esos investigadores pusieron a prueba. Y su conclusión es una forma tranquila de decirle al narrador que «la gente» de su pregunta no existe tal como la imagina.

Lo que no se ve desde la sala blanca

Hay otras dos ideas de la investigación que me parecen útiles para mirar esta escena. La primera es la llamada paradoja de la amistad, que el sociólogo Scott Feld explicó en 1991 en un artículo con un título que parece una broma: «Por qué tus amigos tienen más amigos que tú». La idea es matemática y sencilla. Las personas con muchos amigos aparecen en muchos círculos, y las que tienen pocos aparecen en pocos; así que, si miras a tus amigos, lo normal es que la mayoría tengan más contactos que tú. No porque tú estés mal, sino porque la muestra está sesgada desde el principio. Feld lo decía con todas las letras: entender esa paradoja debería ayudar a la gente a ver que su situación es mucho mejor de lo que su experiencia le hace creer.

La segunda viene de un trabajo de Alexander Jordan y otros investigadores de Stanford, publicado en 2011 con el título «Misery has more company than people think», algo así como «La tristeza tiene más compañía de lo que creemos». Encontraron que solemos subestimar cuántas emociones negativas tienen los demás, porque esas emociones se viven más en privado y se enseñan menos. Y esa subestimación se asociaba con más soledad y más rumiación.

Las dos cosas están en el vídeo sin que nadie las nombre. La chica de la sala blanca no ve a nadie más llorando, y eso no significa que nadie más llore. Simplemente no hay nadie en su habitación. El vídeo, por cierto, se encarga de enseñarnos a otra persona que también sufre, aunque ella no pueda verla: el hombre del otro mundo.

El hombre de rojo y oro

El segundo mundo del vídeo es todo lo contrario de la sala blanca. Es cálido, oscuro, lleno de fuego. Un hombre con barba y pelo largo aparece con distintos trajes: una chaqueta negra bordada en oro, un sombrero negro de ala ancha, una capa roja de terciopelo que abre con los brazos en alto, una camisa blanca con flecos. A veces está en un patio de piedra, como de castillo o de plaza antigua. A veces en un escenario con bengalas y llamaradas. Y en la parte final, en una taberna iluminada con velas, rodeado de gente que bebe y charla.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Mi mente está convencida De que hubiera llegado muy alto» de «Como Macaulay Culkin en El buen hijo»

Lo que hace ese hombre es gritar. Aprieta los puños, levanta los brazos, se lleva la mano a la frente, echa la cabeza atrás con la boca abierta, como si soltara de golpe algo que lleva mucho tiempo guardado. Es pura expresión del cuerpo, casi teatral, con una estética que recuerda a la copla y al melodrama.

Me gusta mucho que el vídeo no se quede solo con la chica callada. La canción tiene esas dos caras: el «me cuesta tanto», que es casi un susurro, y el «me duele tanto», que es un grito. La chica es el primero; el hombre de rojo es el segundo. Una persona que lo vive hacia dentro, sin hacer ruido, y otra que lo saca hacia fuera con todo el cuerpo.

Solo en medio de la taberna

El detalle más triste del vídeo, para mí, está en la taberna. El hombre de la camisa de flecos grita y abre los brazos en mitad de un local lleno de gente con copas. Y nadie parece mirarlo. Se ven figuras al fondo, desenfocadas, cada una en su conversación. Él está en el centro del plano, desgarrado, y alrededor sigue la noche como si no pasara nada.

Es la otra forma de la soledad que la canción cuenta. La chica está sola porque no hay nadie; el hombre está solo aunque haya mucha gente. Ya hablé de esa segunda forma en la soledad que se nota más en la fiesta, a propósito de otra canción. Aquí el vídeo la pone en imagen de una manera muy clara. «La gente sale con amigos», dice la letra, y la taberna está llena de esa gente que sale con amigos. Pero estar entre ellos no resuelve nada si lo que duele va por dentro.

Y aquí el vídeo hace algo que la letra no puede hacer: enseña que esa «gente» de la pregunta también tiene a alguien sufriendo en medio. La comparación del narrador da por hecho que los demás están bien. El vídeo coloca en mitad de los demás a un hombre que no lo está.

Volver a empezar

La segunda parte de la letra es la rutina de levantarse otra vez: arrancar de cero y someterse de nuevo a examen, esta vez sobre la cama y sobre los besos, como si cada cita fuera una prueba con nota.

Es la parte más cruda de la canción y también la más reconocible. No habla de un gran drama, habla de una inseguridad pequeña y constante: la de quien sale a conocer gente con la sensación de que le van a poner nota. Mientras suena, el vídeo sigue alternando: la chica en la cama, el hombre con la chaqueta de oro en el patio de piedra, llevándose la mano a la cabeza como quien no puede más.

Después llega la línea de la noche, la del llanto que dura hasta pasada la una porque alguien ha soltado que no eres su tipo. Esa hora es un detalle muy de esta canción. No dice «toda la noche» ni «hasta el amanecer», que sería lo poético. Dice una hora concreta y un poco ridícula, la hora a la que de verdad se suele llorar por un comentario que a otro le costó dos segundos escribir. Es prima hermana de la hora del lobo de otra canción, aunque llega una hora antes. En el vídeo, en ese momento, la chica está junto a la ventana, con la luz blanca de fuera y la cara entre las manos.

La película del título

El título de la canción sale de una película de 1993, «El buen hijo», dirigida por Joseph Ruben, en la que Macaulay Culkin, que venía de ser el niño simpático de «Solo en casa», interpretaba a un niño que hace cosas terribles. La canción usa esa imagen como pregunta: ¿fui de pequeño un monstruo así para merecer lo que me pasó? De la película ya se habló a fondo en gayfolkplanet, así que aquí solo quiero señalar una cosa del vídeo.

Collage con un detalle de la carátula de «Como Macaulay Culkin en El buen hijo» y las carátulas de «Beat My Post-Traumatic Stress», «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk»

En el videoclip no aparece ningún niño. Ni uno. Las dos personas que vemos son adultas. Y me parece una decisión muy acertada, porque la pregunta de la canción no la hace un niño, la hace un adulto que mira hacia atrás. El niño está fuera de plano, en la memoria, como está fuera de plano todo lo que la letra resume en «inocencia interrumpida». El vídeo respeta ese silencio. No ilustra nada de lo que pasó. Enseña solo lo que queda después: la sala blanca, el grito, la noche.

El cartel final

Y entonces, en el minuto cuatro y diez, sobre un último plano de la chica tapándose la cara con las manos, aparece el cartel. Arriba, en letras pequeñas y rosas: «El derecho a la salud mental debe ser considerado un derecho fundamental de todas las personas». Debajo, enorme: «QUEREMOS», en amarillo; «MÁS PSICÓLOGOS», también en amarillo; y al lado, en rojo y gigantesco, «YA».

Lo que hace ese cartel es sacar la canción de la habitación. Durante cuatro minutos todo ha sido íntimo: una cabeza convencida de cosas, una pregunta, un llanto a la una y pico. Y de golpe el vídeo levanta la vista y dice que esto no es solo un problema de una persona, sino algo que tiene que ver con lo que una sociedad ofrece a quien lo está pasando mal. La chica de la sala blanca no necesita que le digan que la gente no es tan feliz como parece. Necesita que alguien entre por esa puerta.

Ese «ya» en rojo es lo más parecido a una manifestación que hay en todo el universo de Planeta Gayfolk. No es una sugerencia ni un deseo amable. Es una exigencia con prisa.

Por qué ese cartel tiene datos detrás

No es un eslogan inventado para quedar bien. En España la atención psicológica en la sanidad pública lleva décadas muy por debajo de lo que necesita la población. El Defensor del Pueblo abrió en 2018 una investigación de oficio con el Ministerio de Sanidad y todas las comunidades autónomas para saber si la atención psicológica pública se ajustaba a las necesidades reales. Según la información que le dio el Ministerio, en 2018 había aproximadamente 6 psicólogos por cada 100.000 habitantes en el Sistema Nacional de Salud. La referencia europea que se citaba entonces era de 18. Un informe del Senado de 2010 había calculado 4,3. Es decir, en casi una década la cifra apenas se había movido.

Para trabajar como psicólogo clínico en la sanidad pública hay que pasar el PIR, una residencia de cuatro años parecida al MIR de los médicos, y las plazas que salen cada año son pocas: en 2024 se ofertaron 274, según un estudio publicado en 2025 en la revista Human Resources for Health, que también recuerda las grandes diferencias entre comunidades.

Lo que significa todo esto en la vida real es fácil de imaginar para cualquiera que haya pedido cita: listas de espera largas, consultas muy separadas en el tiempo, y mucha gente que termina pagando una consulta privada si puede o quedándose sin atención si no puede. Por eso el cartel no pide «más salud mental» en abstracto. Pide psicólogos, personas concretas, y las pide ya.

Mi parte de esta historia

Yo sé lo que es necesitar esa puerta abierta. Pasé veinte años en dos relaciones con personas narcisistas que, cuando quedaron al descubierto, consiguieron poner a mi gente en mi contra. Las canciones fueron la manera que encontré de contar mi versión cuando nadie quería escucharla. Llegué a estar muy cerca del suicidio, y si hoy puedo escribir esto es porque pedí ayuda y la encontré; por eso insisto tanto en hablar del suicidio sin tabú. Tengo diagnosticados trastorno de estrés postraumático (del que nació «Beat My Post-Traumatic Stress»), depresión mayor grave, fobia social, trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad, y estoy en tratamiento psiquiátrico y psicológico. De la terapia ya escribí en gracias a mi psicóloga y del momento en que todo eso tuvo nombre en diagnóstico a los 41.

No cuento esto para que esta canción se lea como un diario mío. La canción tiene su propio narrador y su propia historia, y no la voy a explicar más allá de lo que ella misma dice. Lo cuento porque el cartel final no lo escribí desde fuera. Sé lo que cambia tener a alguien preparado al otro lado de la mesa una vez por semana, y sé también que muchísima gente no lo tiene porque no puede pagarlo o porque la lista de espera es eterna.

Si estás leyendo esto desde tu propia sala blanca, quiero que sepas que hay salida y que no tienes que encontrarla a solas. En España, el 024 es la línea de atención a la conducta suicida: es gratuita, funciona a todas horas y también orienta a familiares y amigos. Si hay un peligro inmediato, llama al 112. Si eres menor de edad o te preocupa un niño, la Fundación ANAR atiende en el 900 20 20 10. El Teléfono de la Esperanza está en el 717 003 717. Y si vives fuera de España, en findahelpline.com puedes buscar la línea de tu país. Tienes todo reunido en la serie de salud mental sin tabú.

Dos mundos que al final se juntan

Vuelvo al montaje, porque hay algo que solo se nota viendo el vídeo entero. Durante casi todo el clip la chica y el hombre se alternan, pero nunca comparten plano. Ella en lo blanco, él en lo rojo. Ella callada, él gritando. Uno podría pensar que son dos historias distintas.

Ficha de la canción «Como Macaulay Culkin en El buen hijo» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Pero el vídeo empieza y acaba con ella, y el cartel final aparece sobre su cara. Mi lectura es que el hombre de rojo es lo que ella lleva dentro. Todo ese fuego, esos trajes de copla, esa taberna llena de gente, son el ruido interior de alguien que por fuera solo está sentada en una cama mirando la pared. A veces la persona más tranquila de una sala de espera es la que más está gritando por dentro.

Y por eso el cartel tiene sentido justo ahí. Porque desde fuera nadie ve el fuego. Solo ve a una chica callada. Hace falta alguien formado para saber mirar y preguntar qué pasa dentro, y eso es lo que se pide en letras rojas.

Cómo lo hacen otros vídeos del planeta

En los más de trescientos ochenta videoclips del canal hay de todo, y ya conté en los criterios con los que pienso un vídeo que muchos funcionan como una segunda letra. Este es uno de los pocos que termina con un mensaje directo al espectador. Otros vídeos se ríen, se disfrazan, bailan. Este pide algo.

Me parece importante que conviva con todo lo demás. El mismo universo que tiene canciones de croquetas y de bañadores tiene esta, con su habitación blanca y su cartel. No es una contradicción. Es la forma en que muchos maricas hemos sobrevivido: el humor para poder hablar, y debajo del humor, cosas muy serias que tienen que ver con las heridas de la infancia que estallan de adulto.

La lista de lo que no sirve

En otra canción, «La música me está salvando», hay una lista larga de cosas que no salvan al narrador, y escribí sobre ella en el arte de la lista. Esa canción exagera a propósito, dice que ni los psicólogos sirven, y en la vida real yo sigo en tratamiento. «Como Macaulay Culkin en El buen hijo» hace casi lo contrario: no dice que la música salve a nadie, no promete nada, y termina pidiendo justamente psicólogos.

Me gusta que las dos convivan en el mismo planeta. Una es el desahogo de un día en que nada parece funcionar. La otra es la conclusión de alguien que ha entendido que el dolor de esta escala no se arregla solo, ni con canciones, ni con fuerza de voluntad, ni comparándose menos con los demás.

Lo que le pediría a quien vea el vídeo

Que lo vea entero, hasta el último segundo. Mucha gente quita los vídeos cuando acaba la música, y en este caso lo más importante está justo ahí, en el cartel.

Que se fije en la chica más que en el hombre. El hombre llama la atención, con su capa y su fuego. Ella no. Y precisamente por eso hay que mirarla. En la vida real también hay mucha más gente como ella, callada en una habitación, que gente gritando en medio de una taberna.

Y que si se reconoce en la pregunta, «¿por qué la gente sale con amigos y a mí me cuesta tanto?», sepa dos cosas a la vez. Una, que «la gente» no es tan feliz como parece desde la sala blanca, y que hay estudios que lo demuestran. Y dos, que eso no le quita importancia a lo que le pasa. Que le cueste tanto merece atención, y la atención se pide.

Una pregunta y una respuesta

La canción está hecha de preguntas. ¿Por qué la gente sale con amigos? ¿Fui de niño un diablo? ¿Me porté tan mal? Ninguna tiene respuesta dentro de la letra; el narrador termina como empezó, con la inocencia interrumpida y sin explicación.

El vídeo sí da una respuesta, aunque no a esas preguntas. No dice por qué pasó lo que pasó ni quién tuvo la culpa. Dice qué hace falta ahora. Y lo dice con tres palabras que cualquiera puede repetir: queremos más psicólogos. Ya.

Preguntas frecuentes

¿Qué dice el cartel del final del videoclip de «Como Macaulay Culkin en El buen hijo»? En los últimos segundos aparece sobre la imagen de la protagonista la frase «El derecho a la salud mental debe ser considerado un derecho fundamental de todas las personas» y, en letras grandes, «Queremos más psicólogos ya», con el «ya» en rojo.

¿Quiénes aparecen en el videoclip? Dos personajes adultos que nunca comparten plano: una chica joven sola en una habitación blanca que parece de hospital, y un hombre con barba vestido con trajes de rojo, negro y oro que grita entre llamas, en un patio de piedra y en una taberna llena de gente. No aparece ningún niño.

¿De qué trata la canción según la descripción del vídeo? La letra solo habla de una «inocencia interrumpida», sin detalles. Las etiquetas de la descripción en YouTube sitúan el tema en la conciencia sobre el abuso y el acoso en la infancia, los traumas infantiles, el apoyo psicológico y la superación.

¿Es verdad que en España faltan psicólogos en la sanidad pública? Sí. Según los datos que el Ministerio de Sanidad dio al Defensor del Pueblo, en 2018 había unos 6 psicólogos por cada 100.000 habitantes en el Sistema Nacional de Salud, frente a una referencia europea de 18. En 2010 el Senado había calculado 4,3.

¿Dónde pedir ayuda si me siento como el narrador? En España, el 024 atiende la conducta suicida gratis y a todas horas, y también orienta a familiares y amigos; en una emergencia, el 112. La Fundación ANAR atiende a menores en el 900 20 20 10 y el Teléfono de la Esperanza está en el 717 003 717. Fuera de España, findahelpline.com.

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