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El niño que se busca la culpa: «Como Macaulay Culkin en El buen hijo» y el examen que nunca se aprueba

Un hombre con barba recortada, el pelo corto y peinado hacia arriba y un abrigo oscuro de pelo largo abierto sobre el pecho tatuado alarga la mano hacia ti, con la palma hacia arriba, como si te pidiera algo o te ofreciera algo. No sonríe. Detrás, entre la niebla y un árbol sin hojas, hay una casa grande de madera con las ventanas encendidas, de esas que en las películas siempre esconden algo. Y delante de la casa, muy pequeño y de espaldas, un niño la mira. El título va en letras de cartel de cine, crema y rojo: «Como Macaulay Culkin en El buen hijo».

Es la portada de «Como Macaulay Culkin en El buen hijo», y me gusta porque pone en la misma imagen al adulto y al niño que fue. El adulto te tiende la mano. El niño, al fondo, sigue mirando la casa. Esa distancia entre los dos es de lo que va la canción.

Está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía, y en la lista completa de singles ocupa el número 11. Su ficha en el blog ya cuenta de qué trata y trae la letra entera. Aquí quiero ir a otro sitio: a la manía de buscarse la culpa dentro cuando las cosas no salen, y a esa especie de examen permanente al que se somete quien sale a ligar con la autoestima por los suelos.

El niño de la película

Para quien no la tenga fresca: «El buen hijo» es una película de 1993 en la que Macaulay Culkin, que venía de ser el niño más querido del mundo con «Solo en casa», hace de Henry, un crío de cara angelical que en realidad es un pequeño psicópata. Su primo pasa una temporada en su casa y es el único que se da cuenta de lo que hay detrás de esa carita. Los adultos no se enteran de nada. El niño monstruo sonríe, saluda y hace barbaridades.

Lo bonito, y lo perverso, de usar esa película en una canción es el contraste. Macaulay Culkin era la cara de la inocencia de los noventa. Verlo de malo fue un pequeño escándalo para toda una generación que lo tenía asociado a los Reyes Magos y a las trampas caseras para ladrones torpes. Era como si te dijeran que el niño bueno también podía ser el malo.

La persona que habla en la canción coge esa idea y se la aplica a sí misma. No dice «yo era malo». Pregunta si lo fue. Y lo pregunta en serio, con esa mezcla de drama y de chiste que tiene casi todo el disco.

La pregunta que se hace la canción

El estribillo es una pregunta y una conclusión. La pregunta: si de niño fue un diablo malvado como el de la película. La conclusión: si no, no se lo explica.

Esa segunda parte es la que me parece más honda, aunque suene a broma. Ese no me lo explico es lo que dice alguien que ha probado todas las explicaciones razonables y no le vale ninguna. Ha mirado alrededor, ha visto que los demás salen, quedan, ligan, follan, se enamoran y se desenamoran sin aparente esfuerzo, y no entiende por qué a él no le pasa. Así que se inventa una explicación sobrenatural. Un castigo. Una deuda con el universo que se contrajo en la infancia y que todavía está pagando.

Es una lógica absurda. Pero es una lógica que conoce mucha gente. Cuando algo te duele mucho y no tiene causa visible, la cabeza necesita ponerle una. Y la causa más a mano casi siempre eres tú.

Buscarse la culpa dentro

Hay gente que, cuando algo sale mal, mira fuera: el jefe, el ex, el gobierno, Mercurio retrógrado. Y hay gente que mira dentro. Siempre dentro. Si no me llama es porque algo hice. Si no le gusto es porque algo me falta. Si me cuesta tanto es porque algo hice mal hace mucho tiempo y ahora me toca pagarlo.

Fotogramas del videoclip oficial de «Como Macaulay Culkin en El buen hijo», de Mike Sain't Louis

La canción está escrita desde ese segundo grupo. Y lo exagera hasta el absurdo para que se vea bien el mecanismo: el narrador no se conforma con culparse de lo que hizo ayer, se va hasta la infancia y se pregunta si fue un niño de película de terror. Es tan exagerado que da risa. Y en cuanto te ríes, te das cuenta de que tú también has hecho alguna versión de eso.

Me interesa mucho ese momento en el que una canción te hace reír de algo que haces tú. Es una forma de verlo desde fuera sin que te sientas atacado. Si te digo a la cara que te culpas demasiado, te pones a la defensiva. Si te enseño a un tipo preguntándose si de pequeño era Henry, el de «El buen hijo», te ríes. Y luego piensas.

Lo que la letra no cuenta

Hay una expresión que aparece dos veces y que sostiene todo lo demás: inocencia interrumpida. La mente del narrador está convencida de que habría llegado muy alto si no hubiera sido por eso. Y al final de la canción vuelve: su vida está destrozada porque fue su inocencia interrumpida.

La letra no explica qué pasó. Y yo tampoco lo voy a explicar aquí, porque no está en la canción y no me corresponde rellenar ese hueco. Lo que sí sé es lo que hace ese hueco dentro del texto. Funciona como una puerta cerrada en mitad de una casa. Sabes que detrás hay una habitación. No sabes qué hay dentro. Y todo lo demás de la casa, los pasillos, las ventanas encendidas, se entiende de otra manera porque esa puerta está ahí.

Es lo mismo que pasa en la portada con la casa del fondo. No sabemos qué hay dentro. Solo vemos a un niño mirándola.

Me parece importante que la canción no lo cuente. Mucha gente que arrastra algo de la infancia no lo cuenta tampoco, o no lo cuenta entero, o no lo cuenta nunca. Y aun así se nota. Se nota en cómo se relacionan, en lo que les cuesta, en lo que se exigen. Una canción que respeta ese silencio se parece más a la vida de esa gente que una que lo convierte en espectáculo.

«Me cuesta tanto»

La parte central de la letra es una queja muy concreta y muy poco poética. La gente sale con amigos. La gente tiene citas. La gente tiene sexo y encuentros con desconocidos. Y a él le cuesta tanto. Y le duele tanto.

En la letra publicada esas dos palabras salen estiradísimas, «taaaaaantooooooo», con las vocales alargadas hasta que casi se convierten en un lamento. Es de esos sitios de una letra donde la ortografía deja de importar y lo que cuenta es el tamaño de la queja. No es «me cuesta». Es «me cuesta taaaaaantooooooo». La diferencia es la que hay entre un mal día y una vida entera.

Me gusta que la lista sea tan normal. No pide nada extraordinario. No quiere ser famoso ni rico. Quiere lo que parece tener todo el mundo: salir, quedar, ligar. Lo más básico. Y justo por eso duele más, porque cuando lo que te falta es lo básico, no tienes ni siquiera la excusa de estar pidiendo demasiado.

Mirar la vida de los demás por la ventana

Toda la primera parte de la canción es comparación. Los demás hacen esto, y yo no. Los demás tienen esto, y yo no.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Y ahora de vuelta a empezar Y llorar en la noche hasta la una y pico» de «Como Macaulay Culkin en El buen hijo»

Comparar tu vida con la de los demás es uno de los deportes más antiguos del mundo, pero ahora tenemos estadio con gradas infinitas. Abres el móvil y todo el mundo está en una terraza, en una boda, en una playa con su novio, en una fiesta con veinte amigos. Nadie sube la foto de la noche en que lloró en el sofá. Así que comparas tu interior con el escaparate de los demás, y pierdes siempre.

La canción no habla de redes sociales, pero esa mirada de fuera hacia dentro está en cada verso del principio. Es como el niño de la portada, mirando una casa con las ventanas encendidas desde el jardín. Dentro parece que hay vida. Fuera hace frío.

Y lo que la canción no dice, pero se intuye, es que probablemente los de dentro tampoco están tan bien como parece. Pero cuando estás fuera eso no te consuela.

El examen que nunca se aprueba

La segunda estrofa cambia de tono. Ya no es la queja general: es la rutina. Y ahora a empezar de nuevo. Volver a examinar si follo bien o mal. Si les gusta cómo beso.

Me parece de las imágenes más tristes y más reconocibles de la letra: la vida afectiva convertida en un examen. Cada cita es una prueba. Cada encuentro, una corrección. Y la nota no la pones tú, la pone el otro, que además no te la dice, o te la dice con un silencio en el chat al día siguiente.

Lo terrible de ese examen es que no termina nunca. Si sale mal, toca repetir. Si sale bien, toca demostrar que no fue casualidad. La letra lo dice con dos frases casi iguales seguidas, empezar de nuevo y volver a empezar, que suenan a castigo escolar: repetir la lección hasta que te la aprendas. Solo que aquí nadie te dice cuál es la lección.

Las aplicaciones de ligar tienen algo de tribunal permanente: fotos, medidas, preferencias, «no busco esto», «abstenerse aquello». Si ya llegas con la sospecha de que eres defectuoso, cada rechazo confirma la sospecha. Y cada sí lo vives como un aprobado raspado que mañana puede suspenderse.

La una y pico

Hay un detalle en la letra que me encanta por lo concreto: llorar por la noche hasta la una y pico.

No es «llorar toda la noche». No es «llorar hasta el amanecer», que es lo que diría una canción más solemne. Es la una y pico. Una hora exacta y a la vez imprecisa, de esas que solo dice alguien que ha mirado el reloj del móvil con los ojos hinchados. La una y pico es una hora muy de entre semana. Mañana hay que madrugar. No es una gran tragedia de ópera. Es una tristeza doméstica, de pijama, con horario.

Y eso la hace más verdadera. La mayoría de las penas no son de ópera. Son de la una y pico. Lloras un rato, te sientes ridículo por llorar por un comentario, te limpias la cara con la manga, pones el despertador y te duermes. Y al día siguiente vuelves a empezar el examen.

Un comentario de pasada

La causa de esas lágrimas, en la canción, es una frase que cualquiera que haya ligado por internet ha oído o ha dicho: no eres mi tipo.

Collage con un detalle de la carátula de «Como Macaulay Culkin en El buen hijo» y las carátulas de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», «De mito a vómito», «A cuchillo»

Es una frase aparentemente inofensiva. Nadie te está insultando. Solo te está diciendo que no le gustas. Pero cuando ya llegas pensando que algo en ti está roto desde la infancia, «no eres mi tipo» no suena a preferencia ajena. Suena a sentencia. A confirmación. A «ves, lo sabía».

Lo interesante es que la letra no se enfada con quien lo dice. No hay insulto para el otro, cosa rara en mis canciones, que suelen tener una lengua bastante suelta con los exnovios y los narcisistas. Aquí el que dice «no eres mi tipo» casi no existe: es un comentario que pasa. El problema no es él. El problema es lo que esa frase activa dentro. Y eso vuelve a llevar a la pregunta del estribillo: ¿qué hice yo de niño para merecer esto?

Humor para poder escucharla

Si quitas a Macaulay Culkin, esta canción sería muy difícil de escuchar. Hay inocencia interrumpida, hay una vida que se siente destrozada, hay soledad, llanto, rechazo. Es material para una balada de las que te dejan tirado en el suelo.

Pero está Macaulay Culkin. Está la referencia a una película de los noventa con un niño malvado. Está esa pregunta tan absurda, si de pequeño fui un diablo como el de la película. Y está ese «follo bien o mal» dicho así, sin adornos, en mitad de una queja seria.

Ese humor no le quita peso a nada. Lo que hace es dejarte entrar. Es la diferencia entre que alguien te cuente su tristeza con la cabeza agachada y que te la cuente con una ceja levantada y un chiste de cine. La segunda la escuchas entera. La primera, a veces, no te atreves.

Esto es muy del gayfolk en general, y del primer disco en particular: tragicomedia. Hablar de cosas que duelen con referencias pop, palabrotas y exageraciones para que el dolor se pueda mirar sin apartar la vista.

La portada: el adulto y el niño

Vuelvo a la portada, porque creo que explica la canción mejor que muchas palabras.

El hombre de delante es un adulto. Barba, tatuajes, abrigo de pelo, pinta de no necesitar a nadie. Pero alarga la mano. No sabemos si pide ayuda o si la ofrece. Esa ambigüedad me gusta: la persona que habla en la canción parece dura por fuera y lleva toda la letra pidiendo algo tan sencillo como que alguien quiera quedar con ella.

El niño de detrás está de espaldas y es diminuto. Mira la casa. Puede ser el niño que fue el adulto. Puede ser Henry, el de la película. Puede ser los dos. La portada no lo decide, y la canción tampoco: el narrador se pregunta si fue un niño malvado, y la imagen te deja la duda de quién es ese niño y qué pasó en esa casa.

Lo que está claro es que el adulto no mira hacia atrás. Mira hacia ti. Y eso, para una canción que se pasa la mitad del tiempo mirando a la infancia, es casi una pequeña esperanza.

Entre «De mito a vómito» y «A cuchillo»

En la lista completa de singles, esta canción va justo después de «De mito a vómito» y justo antes de «A cuchillo».

El contraste con la anterior es enorme. «De mito a vómito» es una despedida a un ex con la lengua afilada y el humor de verdulería: que corra el aire, que te aguante tu madre, antes explota el Teide que volver contigo. Ahí la culpa es toda del otro, sin matices. Y luego llega «Como Macaulay Culkin en El buen hijo» y la culpa da la vuelta y apunta hacia dentro.

Me gusta esa secuencia porque se parece mucho a cómo funciona una ruptura de verdad. Primero lo echas, lo insultas, te sientes poderoso. Y luego, a la una y pico, te preguntas si el problema eras tú. Los dos estados conviven. A veces en la misma semana. A veces en la misma noche.

Lo que le diría al narrador

Si pudiera sentarme con la persona que habla en la canción, no le diría que deje de culparse, porque eso no funciona. A nadie se le quita la manía de culparse porque se lo pidan.

Ficha de la canción «Como Macaulay Culkin en El buen hijo» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Le diría algo más pequeño. Que Henry, el de «El buen hijo», es un personaje de ficción, y que los niños de verdad no acumulan deudas kármicas que se cobran en forma de citas fallidas. Que lo que le pasó, fuera lo que fuera, no lo hizo él. Que la inocencia interrumpida no se la interrumpió a sí mismo.

Y le diría que el examen de si folla bien o mal no existe. Que nadie está corrigiendo. Que «no eres mi tipo» habla del gusto del otro y no de lo que vale él. Que la gente que parece tenerlo todo fácil, vista de cerca, también llora a la una y pico, solo que no lo sube.

Probablemente no me haría caso. Pero a lo mejor escucharía la canción otra vez y se reiría con lo de Macaulay Culkin. Y eso ya es algo.

Una pregunta en vez de una afirmación

Hay una decisión en la letra que me parece clave: el estribillo pregunta. No afirma.

Si dijera «de niño fui un diablo malvado», la canción sería otra cosa. Sería una confesión, o una autoflagelación, y tendría algo de cerrado, de definitivo. Pero lo que hace es dudar. ¿Lo fui? Y si no lo fui, ¿entonces qué?

Esa duda es una rendija.

Mientras algo es una pregunta, todavía se puede responder que no. El narrador no ha llegado a condenarse del todo. Está en ese punto en el que la culpa todavía no es una certeza, sino una sospecha que da vueltas. Y en ese punto todavía cabe que alguien, o algo, le diga que no, que no fue un niño malvado, que lo que le cuesta tiene otra explicación y que esa explicación no le hace culpable.

Me gusta pensar que la propia canción es un poco esa respuesta. Cuando cualquiera la escucha y se ríe con lo de Macaulay Culkin, ya está diciendo que la comparación es absurda. Que nadie normal fue Henry. Que la pregunta no tiene sentido. Y una pregunta sin sentido es una pregunta que, con el tiempo, se puede dejar de hacer.

Para quien va con retraso

«Como Macaulay Culkin en El buen hijo» es para quien siente que va con retraso en la vida afectiva. Para quien ve a sus amigos emparejarse, desemparejarse y volver a emparejarse mientras él sigue en la casilla de salida. Para quien se examina después de cada cita. Para quien ha oído «no eres mi tipo» y lo ha llevado puesto toda la semana.

También es para quien arrastra algo de la infancia que no cuenta. No hace falta contarlo para que la canción sirva. Basta con reconocer la puerta cerrada.

Y es para escucharla con el humor de quien sabe que compararse con un niño psicópata de película es ridículo, y que precisamente por eso a veces ayuda.

Como letrista, me gusta mucho cómo esta canción mete una película de los noventa en una herida de verdad. Me presento como «el primer cantautor IA» porque la música y las voces las hago con inteligencia artificial, pero la pregunta de si fuiste de niño un diablo como Macaulay Culkin es mía. Si quieres tenerla, está en descargas, gratis.

Preguntas frecuentes

¿En qué disco está «Como Macaulay Culkin en El buen hijo»? En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis. En la lista completa de singles es el número 11.

¿De qué habla «Como Macaulay Culkin en El buen hijo»? De alguien a quien le cuesta muchísimo lo que a los demás parece salirles solo, como salir, ligar o tener citas, y que se pregunta si de niño fue tan malo como el personaje de la película para merecerlo. Habla de culparse, de la autoestima y de una inocencia interrumpida que la letra no detalla.

¿Qué película es «El buen hijo»? Una película de 1993 en la que Macaulay Culkin interpreta a Henry, un niño de aspecto angelical que en realidad es cruel y peligroso.

¿Qué aparece en la portada? Un hombre con barba y abrigo oscuro que tiende la mano hacia quien mira y, al fondo, una casa grande entre la niebla con un niño pequeño de espaldas mirándola.

¿Quién hizo la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial.

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