Saltar al contenido
← Canción a canciónEl dedo hacia arriba: «Can't Wait», la chaqueta de LED y el arte de no saber esperar

Por ·

El dedo hacia arriba: «Can't Wait», la chaqueta de LED y el arte de no saber esperar

Hay gestos que no necesitan explicación. Un brazo estirado, el índice señalando al techo, la cadera hacia un lado: cualquiera que haya pisado una discoteca, o que haya visto una película de los setenta, sabe lo que significa. Es el momento exacto en que la música te gana. Ese es el gesto que protagoniza la portada de «Can't Wait», y no podría encajar mejor con un título que dice «no puedo esperar».

Conviene aclarar algo desde el principio. Los versos de este single todavía no están a la vista: si entras en su ficha de letra en gayfolkplanet.com, verás que se anuncian como próximos. No me los voy a sacar de la manga. En este texto me agarro a lo comprobable: la imagen de la carátula, el título, el número que ocupa entre mis singles y lo que ya he contado en otras canciones.

Un pasillo de neones

El escenario es un espacio industrial oscuro, una especie de nave o pasillo enorme atravesado por tubos de luz de colores. Rosa, azul eléctrico, amarillo, violeta. Unos cuelgan en vertical como columnas, otros cruzan el techo en diagonal. El suelo está mojado, o pulido como un espejo, y devuelve cada línea de luz alargada hacia abajo, de modo que la imagen parece el doble de luminosa.

Es una estética muy reconocible: la de la discoteca de nave, la del club de madrugada, la de los videoclips de música electrónica y los carteles de ciencia ficción de los ochenta. No hay nadie más en la escena. Solo él, en el centro, bailando para una pista vacía o para una multitud que no vemos.

El título cruza la parte de arriba con trazos de brocha rápidos, como pintados con prisa: «CAN'T» en rosa fuerte y «WAIT» en amarillo. Abajo, en blanco y con la misma letra nerviosa, mi nombre subrayado por una línea rosa. Hasta la tipografía parece impaciente. No hay letras ordenadas ni márgenes limpios: hay manchas de pintura que no han tenido tiempo de secarse.

Una chaqueta que se enciende

El protagonista lleva una chaqueta negra de material brillante, como de charol o vinilo, abierta sobre el pecho desnudo. Lo que la hace especial son las tiras de luces LED cosidas a lo largo de las solapas y de las mangas, en rosa y azul, que se iluminan como los tubos del fondo. Es como si el chico estuviera hecho del mismo material que la discoteca. Como si la pista se hubiera vestido de persona.

Debajo de la chaqueta se ven los tatuajes del pecho y del vientre, una cadena fina con una cruz, un pendiente en la oreja. Tiene la cabeza inclinada, los ojos casi cerrados, la boca relajada. No mira a cámara. Está en otra parte, dentro de la música. Con una mano señala el techo; con la otra, a la altura de la cadera, parece marcar el ritmo.

Me hace gracia ese detalle de la chaqueta luminosa. Durante décadas, la ropa de fiesta ha intentado brillar: lentejuelas, lamé dorado, purpurina. La versión de hoy ya no refleja la luz, la produce. Es una forma muy literal de decir que alguien llega a la pista dispuesto a ser foco.

Hay también algo de armadura en esa ropa. Una chaqueta que brilla te protege de una manera curiosa: la gente mira la luz antes que la cara. Quien sale de fiesta con algo llamativo encima sabe que el atuendo habla primero, y que eso a veces da valor para entrar en un sitio donde no conoces a nadie. El chico de la portada no parece necesitar valor. Pero la chaqueta le acompaña igual.

El gesto de 1977

Ese dedo hacia arriba tiene una genealogía clarísima. En diciembre de 1977 se estrenó «Fiebre del sábado noche», con John Travolta en el papel de Tony Manero, un chico de Brooklyn que durante la semana vive una vida gris y el sábado se transforma en la pista. La imagen del cartel, con el traje blanco, la mano hacia el cielo y la cadera ladeada, se convirtió en uno de los iconos visuales de su época.

Fotogramas del videoclip oficial de «Can't Wait», de Mike Sain't Louis

Lo interesante de ese gesto es lo que dice. No es un saludo ni una amenaza. Es una forma de ocupar el espacio hacia arriba: «estoy aquí, y esta noche es mía». Tony Manero no sabe esperar a que su vida cambie. Lo que hace es vivir a fondo las pocas horas en las que la pista se lo permite. La portada de «Can't Wait» recoge esa misma energía, cambiando el traje blanco por una chaqueta que se enciende.

La banda sonora de aquella película, con los Bee Gees al frente, se convirtió en uno de los discos más vendidos de la historia y llevó la música disco a millones de casas que nunca habían pisado un club. Fue la consagración del género y, al mismo tiempo, el principio de su caída: lo que se pone de moda tan deprisa también se gasta deprisa. En pocos años, la industria pasó de vender bolas de espejos a esconderlas.

La pista nació nuestra

Hay algo que la película no contaba y que la cultura LGTBI sabe bien: la música disco no nació en las discotecas de Brooklyn de chicos heterosexuales, sino en espacios mucho más marginales. En Nueva York, a comienzos de los setenta, clubes como The Loft, que David Mancuso abrió en su propio piso en 1970, y después el Paradise Garage, donde pinchó Larry Levan entre 1977 y 1987, fueron refugios para hombres gais, sobre todo negros y latinos, y para mucha otra gente que no tenía sitio en el ocio de siempre.

En esos clubes la pista era más que diversión. Era el único lugar donde se podía tocar, abrazar o besar a quien quisieras sin miedo a la policía o a los vecinos. Por eso la música disco tiene ese impulso de urgencia: se baila como si la noche pudiera acabarse en cualquier momento, porque fuera de ese espacio la vida era mucho más dura. En 1978, Sylvester, un artista abiertamente gay y con una pluma gloriosa, convirtió «You Make Me Feel (Mighty Real)» en un himno que hoy sigue sonando en cualquier Orgullo.

De esa memoria escribí en «A las que bailaron cuando no se podía». Y de lo que necesita una pista hoy, en pleno Orgullo, hablé en «Qué pide una pista de baile en el Orgullo». La portada de «Can't Wait» es heredera de todas esas noches.

La noche que quemaron discos

El éxito de la música disco tuvo también una reacción violenta. El 12 de julio de 1979, en el estadio Comiskey Park de Chicago, un locutor de radio organizó la llamada «Disco Demolition Night»: el público podía entrar casi gratis si llevaba un disco de música disco para destruirlo. Entre dos partidos de béisbol, hicieron estallar un contenedor lleno de vinilos en mitad del campo. Miles de personas invadieron el césped y el segundo partido tuvo que suspenderse.

Con los años, muchos han señalado lo que había debajo de aquel lema de «disco sucks». Uno de los empleados del estadio contó después que mucha gente llevaba simplemente discos de artistas negros, aunque no fueran disco. Detrás del odio a un género había rechazo a quienes lo habían creado y lo bailaban: gais, personas negras, latinas, mujeres que se lo pasaban demasiado bien.

Me parece importante recordarlo cuando miramos una portada como esta. Un chico tatuado, con pluma, bailando solo bajo neones rosas, no es solo una imagen bonita. Es un gesto que durante mucho tiempo se intentó apagar.

Por qué se encienden los tubos

Un apunte de curiosidad, porque el fondo de la carátula lo pide. La iluminación de neón la presentó en público el ingeniero francés Georges Claude en el Salón del Automóvil de París, en diciembre de 1910. El gas neón, dentro de un tubo de vidrio y atravesado por una corriente eléctrica, brilla en un rojo anaranjado. Los demás colores salen de otros gases, como el argón con algo de mercurio, o de recubrimientos de fósforo en el interior del tubo.

Collage con un detalle de la carátula de «Can't Wait» y las carátulas de «Ataúd de neón», «Cada cornada», «La música me está salvando», «Chihuahua»

Hoy casi todos los «neones» que vemos en bares y escaparates son en realidad tiras de LED que imitan el efecto. Como la chaqueta del protagonista. Lo que no ha cambiado es lo que comunica esa luz: noche, ciudad, algo que está abierto cuando todo lo demás ya ha cerrado. Un letrero de neón es, en cierto modo, una invitación a no esperar a mañana. Ya escribí sobre otro tipo de neón, uno que encierra en vez de invitar, en «Ataúd de neón».

No puedo esperar: dos sentidos

En inglés, «I can't wait» tiene dos lecturas, y las dos caben en esta portada. La primera es la alegre: estoy deseando que llegue algo. «I can't wait to see you», no veo el momento de verte. Es la emoción del viernes por la tarde, de la víspera de un viaje, del mensaje que estás a punto de recibir. La segunda es más literal y más dura: no soy capaz de esperar, no aguanto más, necesito que pase ya.

Las dos se parecen mucho por fuera. El cuerpo acelerado, la cabeza adelantándose, la dificultad para concentrarse en otra cosa. Lo que cambia es el tono por dentro. En un caso es ilusión. En el otro, urgencia o agobio. Y a veces son la misma noche: empiezas deseando que llegue el sábado y acabas sin poder estarte quieto porque la espera se ha vuelto insoportable.

En castellano tenemos algo parecido con «estoy que no puedo más», que según el tono puede significar entusiasmo o agotamiento. El título de este single juega en esa frontera. Y el gesto de la portada, con los ojos cerrados y el dedo hacia arriba, no termina de decirnos de qué lado está.

En castellano lo resolvemos con una palabra muy nuestra: ganas. «Tengo unas ganas…», decimos, y dejamos la frase en el aire porque no hace falta terminarla. Las ganas son impaciencia con buena cara. Cuando se quedan sin cumplir mucho tiempo, sin embargo, se agrian y se vuelven otra cosa: frustración, rabia, desánimo. Por eso conviene escucharlas a tiempo.

El cerebro también se adelanta

La neurociencia lleva décadas estudiando por qué esperar algo bueno nos activa tanto. En 1997, el neurocientífico Wolfram Schultz y sus colegas publicaron en Science un trabajo clave: en experimentos con monos, las neuronas de dopamina no solo respondían a la recompensa, sino que empezaban a dispararse ante la señal que la anunciaba. Es decir, el cerebro reacciona a la promesa de lo bueno casi tanto como a lo bueno en sí.

Eso explica parte de la emoción de la espera. La víspera de algo deseado puede resultar tan intensa como el propio momento. Pero también explica por qué la espera puede volverse adictiva o angustiosa: el cerebro anticipa, se acelera, quiere que la señal se cumpla ya. Si no llega, la frustración es más fuerte.

En 2014, la investigadora Alison Wood Brooks, de la Universidad de Harvard, publicó un estudio curioso. Antes de tareas estresantes, como hablar en público o hacer un examen de matemáticas, pidió a unos participantes que se dijeran «estoy emocionado» y a otros que se dijeran «estoy tranquilo». Los primeros rindieron mejor. Su idea era que la ansiedad y la emoción positiva comparten mucho a nivel físico, y que es más fácil reinterpretar ese acelerón como ganas que intentar calmarlo a la fuerza.

La golosina y el reloj

Cuando se habla de saber esperar, siempre sale el famoso experimento del malvavisco. A finales de los años sesenta y principios de los setenta, el psicólogo Walter Mischel ofreció en una guardería de la Universidad de Stanford un dulce a niños pequeños: podían comérselo ya o esperar unos minutos y recibir dos. Años después, sus seguimientos parecían mostrar que los niños que esperaban tenían mejores resultados en la vida.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Can't Wait», de Mike Sain't Louis

Durante mucho tiempo se usó como prueba de que la paciencia es una virtud que predice el éxito. Pero en 2018 un equipo dirigido por Tyler Watts repitió el estudio con una muestra mucho más amplia y diversa, y encontró que el efecto se reducía mucho al tener en cuenta el entorno familiar y económico. Un niño que ha aprendido que las promesas de los adultos no siempre se cumplen tiene buenas razones para comerse el dulce ya.

Me gusta esa corrección, porque cambia el juicio sobre la impaciencia. A veces no saber esperar no es un defecto de carácter. Es lo que aprende quien ha esperado mucho y no ha recibido nada. Sobre las promesas que nos dejan esperando ya escribí en «Me prometiste y he estado esperando».

Esperar derechos

Hay una espera colectiva que conozco bien como persona LGTBI. En España, la homosexualidad estuvo perseguida por la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social hasta la reforma de diciembre de 1978, que quitó de su texto los actos homosexuales. Hubo que esperar hasta el 3 de julio de 2005 para que entrara en vigor el matrimonio entre personas del mismo sexo. Y hasta 2023 para una ley estatal con nombre propio para las personas trans y LGTBI.

A quienes pedían esos derechos se les dijo muchas veces que esperaran. Que no era el momento. Que la sociedad no estaba preparada. Que había cosas más urgentes. Esa paciencia que se exige siempre a los mismos tiene algo de trampa. Por eso «Can't Wait» me suena también a eso: a no querer esperar más para vivir con normalidad, para bailar, para besar en la calle. Ese impulso tiene una dimensión política que no hay que olvidar.

Entre «Cada cornada» y «La música me está salvando»

En la lista de singles, este tema es el número 60 de 273, y no está incluido en ninguno de los tres discos de la trilogía: se publicó como single suelto. Justo antes va «Cada cornada», con su rechazo a la violencia de la plaza. Y justo después, «La música me está salvando», una de mis canciones más eufóricas.

Esa vecina sí tiene letra publicada, y su estribillo es casi una descripción de la portada de «Can't Wait»:

¡La música me está elevando! ¡La música me está subiendo!

El dedo apuntando al techo, la cabeza echada hacia atrás, la luz que sube por la chaqueta. No sé qué dirán los versos de «Can't Wait» cuando se publiquen, y no lo voy a adelantar. Pero las dos canciones están una al lado de la otra en la lista, y la imagen de una explica muy bien la sensación que la otra pone en palabras.

En esa misma letra hay otra frase que me gusta recordar cuando la impaciencia aprieta:

Pues ve improvisando, que las cosas van cambiando.

Bailar solo en una nave vacía

Vuelvo a la imagen, porque hay un detalle que no quiero pasar por alto: está solo. No hay más bailarines, no hay barra, no hay público. Una nave enorme llena de luces para una sola persona. Puede ser una fantasía de poder, la de tener la discoteca entera para ti. Puede ser también la imagen de alguien que ha llegado demasiado pronto, que no ha sabido esperar a que llegue la gente y ya está bailando.

Ficha de la canción «Can't Wait» con su carátula: disco «Single fuera de la trilogía», letra y producción de Mike Sain't Louis

Me gusta pensar en las dos. Hay algo muy liberador en bailar sin testigos, sin miedo a hacer el ridículo, sin pensar en cómo te ven. Y algo un poco melancólico en una fiesta que solo existe para uno. En «Chihuahua» escribí una pista para dos, un chico y su perro, que dice:

Under the disco light, we're running free,

Aquí no hay perro, pero la luz disco y la sensación de libertad son las mismas.

Y hay un tercer sentido en esa soledad: el de quien baila para sí mismo porque, en ese momento, no necesita a nadie más. Muchas personas cuentan que su mejor rato de la semana es poner música en casa, con la puerta cerrada, y moverse sin que nadie mire. No es tristeza. Es una pequeña fiesta privada, una forma de soltar la tensión del día sin tener que esperar al sábado ni a que abran ningún local.

Cuando las ganas se vuelven ansiedad

Hablemos de la cara menos brillante del título. Hay personas para las que «no puedo esperar» no es una emoción pasajera sino un estado casi permanente: inquietud constante, dificultad para estarse quieto, necesidad de que todo pase ya, irritabilidad cuando algo se retrasa. A veces es carácter. A veces es ansiedad. A veces forma parte de un TDAH sin diagnosticar, algo que muchos adultos descubren tarde.

No hace falta etiquetarse para pedir ayuda. Si la impaciencia te hace daño, te estropea el sueño, te lleva a decisiones impulsivas de las que luego te arrepientes o te deja agotado, vale la pena hablarlo con tu médico o con un profesional de la salud mental. Hay herramientas que funcionan, desde la terapia hasta técnicas sencillas de respiración y de organización.

Y si en algún momento la desesperación se vuelve demasiado grande o aparecen ideas de hacerte daño, en España puedes llamar al 024, que atiende sin coste a cualquier hora del día y de la noche. Si la situación es de peligro inmediato, el 112. Para quien lea esto desde otro país, lo mejor es localizar la línea de crisis local o el número de emergencias. En «Salud mental sin tabú» he juntado más recursos.

Escribir para la pista

Como letrista, las canciones de pista tienen para mí un reto propio. Hay que pensar en el cuerpo antes que en la cabeza, en frases que se puedan corear, en palabras que encajen con un golpe de bajo. Lo conté en «Escribir para que te bailen y escribir para que te lean»: no es lo mismo una letra que se escucha en el sofá que una que suena a las tres de la mañana con las luces encendidas.

Un título como «Can't Wait» está hecho para lo segundo. Tres sílabas que se pueden gritar con el puño en alto. Y una portada que lo deja claro: aquí no se viene a reflexionar, se viene a soltar. La reflexión, si acaso, para el día siguiente.

Para quien ya está en la pista antes de que abran

Para quien cuenta las horas hasta el viernes. Para quien llega a la fiesta antes que nadie y empieza a bailar con la nave vacía. Para quien se ha cansado de que le digan que espere su turno.

Para quien confunde a veces las ganas con los nervios, y está aprendiendo a distinguirlos. Para quien necesita una pista para sentirse libre y para quien baila en la cocina porque no tiene otra. Para quien sabe que el dedo hacia arriba es una forma de decir «aquí estoy».

Y para quien todavía se emociona con los neones, los suelos mojados y las chaquetas que brillan. Hasta que la letra salga a la luz, puedes poner el tema en cualquier plataforma o descargarlo gratis, sin registro, en la página de descargas. En cuanto los versos estén publicados, los subiré enteros y sin una sola corrección.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Can't Wait»? La letra no se ha publicado todavía, así que este post no cita ningún verso suyo. La portada muestra a un chico con una chaqueta negra con luces LED, bailando con el dedo hacia el techo en una nave llena de tubos de neón. El post lee el título desde la impaciencia, la música disco y la diferencia entre las ganas y la ansiedad.

¿En qué disco está? En ninguno de los tres discos de la trilogía Gayfolk: es un single independiente. En la lista de singles ocupa el número 60 de 273, entre «Cada cornada» y «La música me está salvando».

¿De dónde viene el gesto del dedo hacia arriba? Es un gesto clásico de la música disco, popularizado por el cartel de «Fiebre del sábado noche» (1977), con John Travolta. La música disco, sin embargo, nació antes en clubes neoyorquinos frecuentados por hombres gais negros y latinos.

¿Qué fue la Disco Demolition Night? Un acto celebrado el 12 de julio de 1979 en el estadio Comiskey Park de Chicago en el que se destruyeron miles de discos. Hoy se recuerda también como una reacción contra la comunidad gay y las personas negras que habían creado esa música.

¿Qué hago si la impaciencia me genera ansiedad? Si te afecta al sueño, al trabajo o a tus relaciones, coméntalo con tu médico o con un profesional. En España, el 024 atiende gratis a cualquier hora y el 112 ante un peligro inmediato. Fuera de España, busca la línea de crisis de tu país.

¿Quién hace esta canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que se presenta como el primer cantautor IA. Escribe las letras y dirige la producción; la música y las interpretaciones se generan con inteligencia artificial.

Compartir