
Por Mike Sain't Louis ·
«Me prometiste» y «he estado esperando»: los tiempos del pasado en mis letras
En una canción mía caben dos pasados que no se parecen en nada.
El primero aparece en la pregunta que abre «El concierto de Ismael Serrano», del disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk»: «¿Por qué me prometiste acompañarme al concierto de Ismael Serrano?». Me prometiste. Una acción terminada, con su fecha, con su momento exacto. Alguien dijo que vendría y aquello quedó dicho.
El segundo llega justo detrás: «Te he estado esperando en la fila desde bien temprano». He estado esperando. Esto ya no es un punto en el calendario. Es una línea que empieza por la mañana y llega hasta ahora, hasta el momento en que hablo. Y el remate va en el mismo tiempo: «Y he acabado solo escuchando Caperucita». (La letra completa está en gayfolkplanet.com.)
Cuando escribí esa canción no pensaba en gramática. Pensaba en la cola, en el frío de la espera, en la entrada que me sobraba. Pero al releerla me di cuenta de que la tristeza de la letra está en ese salto entre dos tiempos verbales. La promesa está cerrada, archivada en el indefinido. La espera sigue abierta, pegada al presente. El que prometió ya pasó página; el que esperó todavía no.
Este texto va de eso: de cómo usan mis letras los tiempos del pasado, qué dice cada uno sin decirlo, y por qué hay pasados que se quedan quietos y pasados que no terminan de irse.
Dos pasados en una cola: prometiste frente a he estado
En español tenemos, como mínimo, cuatro maneras de hablar de lo que ya ocurrió en el modo indicativo. La gramática académica de 2009 las llama pretérito perfecto simple (prometí), pretérito perfecto compuesto (he prometido), pretérito imperfecto (prometía) y pretérito pluscuamperfecto (había prometido). En el colegio a mí me enseñaron otros nombres, indefinido para el primero y perfecto a secas para el segundo, y son los que se me han quedado.
La diferencia entre los dos primeros es la que más juego da en una letra. El indefinido mira el pasado desde fuera, como una foto ya revelada. El perfecto lo mira desde dentro, como algo que todavía tiene consecuencias. Si digo me prometiste, hablo de un día concreto. Si digo me has prometido, sugiero que esa promesa sigue viva, que todavía me la debes.
En la canción la persona que falta a la cita vive en el indefinido y yo vivo en el perfecto. Esa asimetría no la planeé, pero explica muy bien la sensación de un plantón. El otro recuerda la promesa como una frase que dijo una vez. Yo la recuerdo como una cola en la que sigo de pie.
Me hace gracia pensar que una sola letra cambia el reparto de culpas. Prometiste es un dato. He estado esperando es una queja. Y una canción de despecho necesita las dos cosas: el dato que no se puede discutir y la queja que se escucha por encima de la base.
El hoy he de Madrid y el hoy fui de Canarias
Aquí hay una curiosidad que me encanta y que tiene que ver con dónde he crecido. En Madrid, y en buena parte del centro y el este de la península, el perfecto compuesto se usa para todo lo que ha pasado hoy. Hoy he ido al médico. Esta mañana he desayunado tarde. Ayer, en cambio, fui al médico. La frontera es el día.

En Canarias, en Galicia, en Asturias, en parte de León y en casi toda América la cosa funciona de otra manera. Allí lo normal es decir hoy fui al médico, con el indefinido, aunque haya sido hace una hora. El compuesto se reserva para cosas que de verdad siguen abiertas, o casi no se usa.
Ninguna de las dos formas es más correcta. Son normas distintas de la misma lengua, y la gramática las recoge las dos. Pero a mí, que escribo desde Madrid, me sale el compuesto sin pensar cada vez que algo es reciente. «Y he acabado solo escuchando Caperucita» es una frase muy madrileña: la escribí como si la cola hubiera sido esa misma tarde, como si acabara de volver a casa con la entrada sin usar en el bolsillo.
Si un letrista canario hubiera escrito la misma escena, probablemente habría puesto y acabé solo. Y la canción sonaría un poco más lejana, más contada. Esa pequeña diferencia de tiempo verbal es también una diferencia de distancia emocional.
Lo que sigue abierto: el perfecto como herida
Releyendo mis letras he encontrado el perfecto compuesto en casi todos los momentos en los que algo no está cerrado. En «Me mola Zeus» conviven los dos tiempos: «Me dijiste que odiabas el drama», en indefinido, y el resto de la historia, que se va desmontando delante de quien escucha. En «No te vuelvo a mirar más» aparece «Me dijiste que un día me iba a arrepentir», y otra vez la frase del otro queda encerrada en un pasado redondo, terminado.
Lo que me pasa a mí, en cambio, suele ir en compuesto. He pensado, he perdido, he acabado. Como si el yo de las canciones no tuviera todavía la distancia necesaria para convertir su propia experiencia en un recuerdo.
Creo que eso tiene una explicación sencilla. Lo que dijeron los demás ya lo tengo apuntado, es un hecho. Lo que me ha pasado a mí sigue pasando por dentro. No es casual que los manuales de gramática hablen de relevancia actual para describir el perfecto compuesto. Es el tiempo de las cosas que todavía pesan.
Hay una forma todavía más pegada al presente, que es la de la canción del concierto: he estado esperando. El perfecto progresivo. No solo dice que la espera ocurrió, sino que duró, que se alargó, que se hizo pesada. Si la letra dijera te he esperado, sería una frase seca. Te he estado esperando tiene cola, tiene reloj, tiene pies cansados.
Éramos la pareja del año: el imperfecto de la nostalgia
El imperfecto es otro animal. No cuenta acciones, describe escenarios. Es el tiempo del fondo, de lo habitual, de lo que se repetía sin que nadie contara las veces. Los cuentos empiezan con él por eso: érase una vez, había una vez.
En mis letras el imperfecto aparece casi siempre para hablar de una relación que ya no existe. En «Mi novio de Albacete» está «Éramos la pareja gay del año», una frase que contiene toda una época en un solo verbo. No dice cuándo empezó ni cuándo acabó. Dice que durante un tiempo fue así, que era el paisaje normal.
En «El panda del acoso sexual» el imperfecto sirve justo para lo contrario, para desmontar una imagen: «Tú y yo, ni comíamos juntos». Aquí el tiempo verbal describe una costumbre que no era de pareja, una convivencia de compañeros de piso. El imperfecto, que suele ser cálido, se vuelve frío.
Me gusta mucho lo que hace este tiempo con la memoria. Al decir éramos convierto algo que fue muy concreto, con días buenos y malos, en una postal uniforme. Por eso la nostalgia lo adora. Y por eso también hay que desconfiar un poco de él, porque borra los detalles que no encajan.
Pensaba que era parte del pasado: el imperfecto que se equivoca
Hay un uso del imperfecto que, para mí, es el más doloroso de todos. Es el de la creencia que resultó falsa. En «Karma» lo escribí así: «Pensaba que eso era parte del pasado», y la frase siguiente lo completa, «y ya estaba superado».

Pensaba. Era. Estaba. Tres imperfectos seguidos para describir un estado mental que se derrumba. Lo que la frase cuenta en realidad es que no era parte del pasado, que no estaba superado. El imperfecto aquí funciona como una trampa: describe una seguridad que el resto de la canción desmiente.
Pasa algo parecido en «Envejecer»: «Estaba tan seguro que juntos íbamos a envejecer». El imperfecto de estaba y el futuro dentro del pasado de íbamos a envejecer. Es un futuro que se pensó desde el pasado y que nunca llegó. La gramática lo llama a veces futuro del pasado, y es una de las formas más tristes que conozco, porque contiene un plan que ya sabemos fallido.
Lo bonito, si se puede decir así, es que el oyente entiende el desenlace solo por el tiempo verbal. Nadie necesita que le explique que la pareja no envejeció junta. Está en el estaba tan seguro. Cuando alguien cuenta lo seguro que estaba, es porque ya no lo está.
Había: el pasado de antes del pasado
El pluscuamperfecto tiene un nombre horroroso, del latín plus quam perfectum, más que perfecto, y una función muy concreta: sitúa algo antes de otro momento que ya es pasado. Cuando llegué, él ya se había ido. Primero se fue; luego llegué yo; y lo cuento desde hoy.
En mis letras no aparece tanto, pero cuando aparece suele marcar una sorpresa. En «Ese Pinocho nunca me comía el chocho» hay un «Te habías pensado» que mete al otro en un error anterior a la escena. En «Croquetas en el crucero» el había sirve de decorado, para describir lo que ya estaba en el buffet cuando llegamos.
Es un tiempo muy de novela negra. Sirve para reconstruir, para poner las piezas en orden después de que todo haya ocurrido. Y en una ruptura eso es exactamente lo que hace uno durante semanas: volver sobre lo que ya había pasado antes de que se notara, buscar el momento en que algo se había roto sin que nadie lo dijera.
Por eso creo que el pluscuamperfecto es el tiempo del detective aficionado que todos llevamos dentro después de un desengaño. No pregunta qué pasó. Pregunta qué había pasado ya.
Hay además un pariente casi olvidado, el pretérito anterior: apenas hubo llegado, cuando hubo terminado. Hoy solo sobrevive en textos muy cuidados o en parodias de lenguaje antiguo. Nunca lo he usado en una letra, y me parece justo así. Es un tiempo que necesita un narrador tranquilo, alguien que cuenta desde muy lejos, y mis canciones casi nunca tienen esa calma.
Antepresente y copretérito: los nombres de Bello
Hay una manera de llamar a estos tiempos que me parece mucho más bonita que la académica, y es la de Andrés Bello. En su gramática de 1847, pensada para los hablantes de América, el venezolano les puso nombres que explican cómo se relacionan unos con otros.
Al indefinido lo llamó pretérito, sin más. Al perfecto compuesto, antepresente, porque es un pasado que mira hacia el presente. Al imperfecto, copretérito, porque es el tiempo que acompaña a otra acción pasada, el que pone el fondo mientras ocurre lo importante. Al pluscuamperfecto, antecopretérito, el pasado anterior al fondo.
Me encanta lo de copretérito. Explica muy bien por qué el imperfecto es el tiempo de los decorados. En «Te vi varias veces en Chueca», una frase de «La dieta del cucurucho», el verbo va en indefinido porque son apariciones concretas. Si quisiera pintar el ambiente de aquellas noches, necesitaría un copretérito: en Chueca siempre había gente, la música sonaba alta, tú estabas en la barra.
Y antepresente le va como un guante a la canción del concierto. He estado esperando no es un pasado cualquiera; es un pasado que llega hasta el presente y se sienta a mi lado.
Pasado y presente en la misma frase
Hay algo que hago mucho y que no sé si es un tic o un recurso. Mezclo el pasado y el presente sin avisar dentro de la misma estrofa. Cuento algo que ocurrió y de pronto lo cuento como si estuviera ocurriendo.

Los gramáticos llaman a eso presente histórico. Es el que usan los libros de texto cuando dicen que en 1492 Colón llega a América, o los amigos cuando cuentan una anécdota en el bar: y entonces va y me dice. El presente da urgencia, coloca al oyente dentro de la escena.
En una letra, el cambio de tiempo funciona como un cambio de plano en el cine. El pasado es el plano general; el presente es el primer plano. Cuando paso de me prometiste a eres un tirano, en la misma canción del concierto, no hay ninguna regla gramatical que lo pida. Es el enfado, que tira del verbo hacia el ahora.
Creo que por eso me cuesta escribir canciones enteras en pasado. Siempre hay un momento en que la rabia o la tristeza vuelven al presente. El pasado sirve para contar; el presente sirve para quejarse.
Cualquiera tiempo pasado: Manrique y la nostalgia
En la literatura en castellano hay una frase sobre el pasado que todo el mundo cita mal. Viene de las «Coplas por la muerte de su padre», de Jorge Manrique, del siglo XV, y dice que cualquiera tiempo pasado fue mejor. Pero si se lee el verso entero, lo que dice es otra cosa: cómo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor. A nuestro parecer. Manrique no afirma que el pasado fuera mejor; señala que nos lo parece.
Esa pequeña coletilla es una lección de oficio. La nostalgia no es un dato, es una ilusión de perspectiva. Y mis letras, que tienen bastante de nostálgicas, intentan no olvidarlo. Cuando digo éramos la pareja del año, la propia exageración avisa de que estoy mirando con el filtro del recuerdo.
La palabra nostalgia, por cierto, es mucho más moderna de lo que parece. La inventó un estudiante de medicina suizo, Johannes Hofer, en una tesis de 1688, juntando dos palabras griegas: nóstos, regreso a casa, y álgos, dolor. La describió como una enfermedad de los soldados que estaban lejos de su tierra. Durante mucho tiempo se consideró un trastorno, y hoy la psicología la estudia más bien como una emoción mixta, agridulce, que puede consolar o puede atrapar.
Me gusta pensar que mis canciones de despecho son también pequeños tratados sobre esa ambivalencia. Echo de menos algo y, a la vez, sé que no debería volver a ello. El imperfecto pone la nostalgia; el indefinido pone los hechos que la desmienten.
Cuando el pasado no se cierra: rumiar
Hay un momento en el que hablar del pasado deja de ser literatura y se convierte en un problema. Los psicólogos tienen una palabra para eso: rumiación. Es la tendencia a darle vueltas una y otra vez a lo que pasó, a por qué pasó, a lo que uno podría haber hecho distinto, sin llegar a ninguna conclusión. La psicóloga estadounidense Susan Nolen-Hoeksema estudió este estilo de respuesta a partir de los años noventa y lo relacionó con una tristeza que dura más y pesa más.

Lo cuento porque reconozco ese mecanismo en la gramática de algunas canciones. El perfecto compuesto, el que mantiene las cosas abiertas, es también el tiempo de la rumiación: he estado pensando, he estado esperando, he estado dándole vueltas. Y el condicional del pasado, del que ya hablé en «Si yo hubiera sabido», es su compañero inseparable.
Escribir me ha ayudado a convertir parte de ese pasado abierto en pasado cerrado. Al ponerlo en una letra, la espera de la cola se convierte en una historia con principio y final. No digo que una canción sustituya a nada; digo que a mí ordenar las cosas en verbos me ha servido. En la serie salud mental sin tabú cuento con más calma cómo me ha ayudado la terapia.
Si a ti el pasado no te deja dormir, si hay algo que no consigues dejar atrás y te sientes al límite, no tienes que resolverlo a solas. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita, confidencial y disponible las 24 horas, también si llamas por alguien que te preocupa. Si hay un peligro inmediato, llama al 112. Si estás fuera de España, llama al número de emergencias de tu país o busca la línea de crisis local.
Volver al pasado sin quedarse a vivir en él
El tema del regreso lo traté en «Volver a confiar», y no quiero repetirme. Pero hay una diferencia entre volver a alguien y volver a un tiempo verbal. Se puede volver al pasado para contarlo sin instalarse en él.
La clave, creo, está en saber qué tiempo usar en cada momento. Cuando algo está cerrado de verdad, merece un indefinido limpio: fue, pasó, se acabó. Cuando sigue doliendo, el perfecto compuesto es más honesto. Y cuando se trata de recordar con cariño lo que estuvo bien, el imperfecto tiene derecho a existir, siempre que no se use para pintar de rosa lo que no lo fue.
En la canción del concierto me quedo con una pequeña victoria gramatical. Todo lo que hace la otra persona está en pasado o en futuro: prometió, se enamora rápido, el año que viene estará separado. Lo único en presente es mi juicio: eres un tirano. Es una manera de decir que mi opinión sobre lo que pasó es lo que de verdad sigue vigente.
Y al final de la canción ya no espero en la fila. Estoy en casa, escuchando a Ismael Serrano por mi cuenta. Sobre eso escribí también en «Hoy toca escuchar a Ismael Serrano», porque a veces la mejor manera de cerrar un plantón es disfrutar a solas del plan que te prometieron.
La espera como tiempo verbal
Si tuviera que resumir este texto en una sola idea, sería que cada tiempo del pasado cuenta una relación distinta con lo que ocurrió. El indefinido archiva. El perfecto compuesto mantiene la herida al aire. El imperfecto pinta el decorado y, a veces, miente un poco. El pluscuamperfecto investiga.
Escribiendo canciones he aprendido a elegir el tiempo verbal con la misma atención con la que elijo una palabra fuerte o un insulto. Porque la misma historia, contada en otro tiempo, es otra historia. Me prometiste y nunca viniste es una crónica. Me has prometido y no has venido es un reproche. Me prometías siempre que vendrías es un retrato de alguien que no cumplía.
Y he estado esperando en la fila desde bien temprano es, me temo, todo lo que hay que saber sobre aquella tarde. Una espera larga, con el reloj en contra, que dura hasta el momento en que la cuento. Lo bueno de las canciones es que, al terminar, la espera también termina. La base se apaga, la cola se disuelve y el pasado, por fin, pasa.
Preguntas frecuentes
¿Qué diferencia hay entre el pretérito perfecto simple y el compuesto? El simple (prometí) presenta una acción terminada en un momento del pasado. El compuesto (he prometido) la presenta conectada con el presente, por ser reciente o por seguir teniendo efectos. En Madrid se usa el compuesto para lo ocurrido hoy; en Canarias y en gran parte de América se prefiere el simple.
¿Qué es el pretérito imperfecto? Es el tiempo que describe acciones habituales, estados o el fondo de una escena en el pasado, como en éramos la pareja del año. Andrés Bello lo llamó copretérito porque suele acompañar a otra acción pasada.
¿De dónde viene la palabra nostalgia? La acuñó el médico suizo Johannes Hofer en una tesis de 1688, con las palabras griegas nóstos, regreso, y álgos, dolor. Al principio se describía como una enfermedad de quienes estaban lejos de casa.
¿Qué canción de Mike Sain't Louis habla de un concierto de Ismael Serrano? «El concierto de Ismael Serrano», del disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». Cuenta la espera en la fila de alguien a quien prometieron acompañar y que termina el día solo.
¿Dónde pedir ayuda si el pasado no te deja vivir? En España, en el 024, gratuito, confidencial y disponible las 24 horas. Si hay un peligro inmediato, en el 112. Fuera de España, en el número de emergencias local o en la línea de crisis de tu país.
¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.