
Por Mike Sain't Louis ·
«Volver a confiar en alguien»: el verbo volver en mis letras
Hay verbos que se quedan quietos y verbos que giran.
En «De mito a vómito», del disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», hay un momento en que la canción deja de reírse del mito caído y se pone seria durante dos líneas. Dice que le va a costar mucho, muchísimo, con una u estirada hasta el infinito en la letra publicada, «volver a confiar en alguien». Y un poco después, con la gracia recuperada, avisa de que lo tiene claro: volver con esa persona, antes explota el Teide. (La letra completa está en gayfolkplanet.com.)
En pocas líneas el mismo verbo aparece dos veces con dos sentidos diferentes. Volver a confiar: repetir algo que se perdió. Volver contigo: regresar a un sitio del que uno ha salido. Y el resto de la canción habla de una tercera cosa que también es volver: el mito que se vuelve vómito, que se transforma en otra cosa.
Este texto va de ese verbo. De volver, que en mis canciones aparece por todas partes, casi siempre en la frontera entre lo que uno quiere y lo que uno sabe que no le conviene. Es un verbo pequeño y tramposo, y me parece que dice mucho de cómo funcionan las relaciones de las que cuesta salir.
Un verbo que da vueltas
Volver viene del latín volvere, que significaba hacer rodar, enrollar, dar vueltas. De la misma raíz salen un montón de palabras que usamos sin pensar en su parentesco: revolver, envolver, devolver, desenvolver. Incluso la palabra volumen, porque en la Antigüedad un volumen era un rollo de papiro o de pergamino que se enrollaba sobre sí mismo. Un libro que daba vueltas.
Me gusta mucho esa imagen original, la de algo que rueda. Porque cuando uno vuelve a un sitio, a una persona, a un hábito, lo que está haciendo es exactamente eso: dar la vuelta completa y quedarse donde estaba. Como una rueda de hámster. Mucho movimiento, ningún avance.
Y al mismo tiempo, volver puede ser lo contrario. Puede ser la vuelta a casa después de una guerra, el regreso del que estuvo perdido. El verbo guarda las dos posibilidades: el círculo que atrapa y el camino que devuelve. Depende de adónde se vuelva.
En mis letras, casi siempre se vuelve a un sitio peligroso. Por eso el verbo suele aparecer en negativo, como una advertencia o una promesa a uno mismo: no vuelvas, no pienso volver, no te vuelvo a mirar.
Las tres caras de volver
La gramática del español le da a este verbo tres trabajos muy diferentes, y los tres aparecen en mis canciones.
El primero es el más obvio: volver como regresar. Volver a casa, volver al pueblo, volver con el ex. Es un verbo de movimiento, de ir hacia un lugar donde ya se estuvo.
El segundo es más sutil. Volver a seguido de un infinitivo forma lo que los gramáticos llaman una perífrasis: dos verbos que funcionan juntos como uno solo. Volver a confiar, volver a llamar, volver a caer. Aquí volver ya no significa moverse. Significa repetir. Es la manera española de decir otra vez sin decir otra vez. En inglés hace falta añadir again; en español basta con anteponer el verbo.
El tercero es el pronominal: volverse. Volverse loco, volverse diferente, volverse otro. Aquí el verbo significa cambiar, transformarse. Es uno de los llamados verbos de cambio del español, junto con ponerse, hacerse, quedarse o convertirse, y cada uno tiene sus matices. Ponerse es pasajero (ponerse rojo). Hacerse suele ser voluntario o gradual (hacerse mayor). Volverse tiene algo de inesperado, de transformación que no se eligió del todo.
Tres verbos en uno. Regresar, repetir, transformarse. Y lo curioso es que en una relación que se tuerce pasan las tres cosas a la vez: uno vuelve con quien no debe, vuelve a caer en lo mismo y, poco a poco, se vuelve alguien que no reconoce.
Volver contigo: antes explota el Teide
Empiezo por el regreso.

En «De mito a vómito» la negativa a volver se formula con una exageración geológica que me sigue pareciendo de lo mejor del catálogo: «Antes explota el Teide.» No es un nunca. Es una condición imposible, o casi, porque el Teide es un volcán y los volcanes, tarde o temprano, hacen lo suyo. Pero la gracia está en la escala. Para que yo vuelva contigo tendría que reventar la montaña más alta de España.
Ese tipo de frase es muy castellana. Antes muerta que sencilla, antes me corto la mano, antes se congela el infierno. El español tiene una larga tradición de negar algo poniendo como condición una catástrofe. Y funciona muy bien en una canción de ruptura, porque convierte el no en espectáculo. No es solamente una decisión. Es una decisión con efectos especiales.
En «Ese Pinocho nunca me comía el chocho» el no volver aparece de forma más directa: que no piensa volver con él. Y en «Gofio de calcetín» hay una súplica parecida, que no le hagan volver a lo de antes. Ahí el verbo ya no habla de una persona sino de un estado, de una época entera a la que no se quiere regresar.
Todas estas negativas tienen algo en común: suenan muy firmes. Y precisamente por eso me hacen pensar. Uno no jura con tanta fuerza que no va a hacer algo que no le tienta en absoluto. Nadie dice antes explota el Teide que volver a comer acelgas. Cuando la negativa es tan rotunda, es porque la tentación existe. El volcán está ahí porque hace falta algo muy grande para tapar algo que tira mucho.
Volver a confiar: la repetición que da miedo
La segunda cara, la de la repetición, es la que más me interesa.
«Volver a confiar en alguien», dice la canción, y añade que le va a costar muchísimo. Aquí no se trata de regresar a nadie. Se trata de repetir un gesto que salió mal. Confiar fue lo que hizo posible el engaño, y ahora la idea de volver a hacerlo da vértigo.
En «Envejecer» esa misma perífrasis aparece en su versión más rotunda: ya no voy a volver a confiar en nadie, nunca más. La letra publicada la reparte palabra por palabra, una en cada línea, como si cada palabra pesara una tonelada. Y la canción entera gira alrededor de esa promesa, la de no repetir.
Lo que me llama la atención es que las dos canciones usan exactamente la misma estructura, volver a confiar, pero con matices distintos. En «De mito a vómito» es me va a costar. Hay una puerta entornada. En «Envejecer» es ya no voy a, nunca más. La puerta parece cerrada. Pero el verbo es el mismo, y eso me hace pensar que la segunda es la versión herida de la primera, o la primera es la versión curada de la segunda. Depende de en qué orden se escuchen.
En «Manual de escape de un narci» la repetición tiene otro nombre: volver a caer. No vuelvas a caer, aconseja la letra. Y caer es una palabra muy precisa, porque implica que uno no elige del todo. No se dice volver a saltar, sino volver a caer. Como si la relación fuera un agujero en el suelo que uno conoce perfectamente y en el que, sin embargo, sigue metiendo el pie.
Lo que vuelve solo
Hay otra repetición que no depende de uno: la de las cosas que vuelven sin que nadie las llame.

En «Forocoches» la letra dice que vuelve la melancolía, y más adelante que vuelve la locura al mirar un perfil. Aquí el sujeto de volver ya no es una persona sino un estado de ánimo. La tristeza es la que regresa, como una visita que tiene llave propia.
Es una construcción muy habitual en español y me parece muy honesta. No decimos yo me pongo triste otra vez, que sonaría a decisión. Decimos me vuelve la tristeza, como quien dice me vuelve el dolor de espalda. El verbo coloca la emoción fuera de uno, como algo que llega y se instala. Y eso tiene algo de verdad: hay estados que no se eligen, que vuelven con el cambio de estación, con una fecha, con una canción en la radio.
En «Canguros» la palabra vuelve aparece sola en una línea, desnuda, sin sujeto claro. Y en «La vecina cotilla» el verbo se usa para el deseo: hacer lo que sea para volverte a ver. Ahí volver no es un riesgo sino una ilusión, la del enamorado que espera en la ventana.
Volverse: el mito que se convierte en vómito
Y llegamos a la tercera cara, la de la transformación.
Todo «De mito a vómito» es la historia de un volverse. Alguien a quien se tenía idealizado se transforma, en cuanto sale a la luz su doble vida, en algo que da asco. La letra lo dice con un verbo hermano, convertirse: el mito se convierte en vómito. Y lo repite tantas veces que la palabra vómito acaba ocupando líneas enteras, una detrás de otra, como si la transformación necesitara insistir para hacerse real.
Me parece una descripción muy exacta de lo que pasa cuando uno se entera de que alguien le ha mentido durante mucho tiempo. No es que la persona cambie. La persona era la misma. Lo que cambia es la imagen que uno tenía, y ese cambio es tan brusco que parece una metamorfosis. De mito a vómito sin pasar por ningún punto intermedio.
En «La noche no es para mí» el volverse es de otro tipo: algo se vuelve diferente con la noche. Y en «Ruido en mi mente» cada paso dado vuelve a atrapar, una mezcla curiosa de repetición y encierro.
Volverse tiene algo de inquietante. Uno no se vuelve loco poco a poco, al menos en la manera de decirlo: se vuelve, de golpe, como quien gira la cabeza. Y por eso es el verbo perfecto para los descubrimientos. Para el momento en que alguien a quien querías se vuelve un desconocido, o tú mismo te vuelves alguien que no esperabas.
No te vuelvo a mirar más
Hay un título en el catálogo que es casi una lección de gramática: «No te vuelvo a mirar más».
Ahí están juntas la negación, la perífrasis de repetición y el más que remata. No te vuelvo a mirar más. Gramaticalmente sobra algo, porque volver a ya indica repetición y más insiste en lo mismo. Pero en el habla de todos los días esa redundancia es completamente normal, y tiene una función: reforzar. No es una frase lógica, es una frase enfadada. Y los enfados no se miden en economía de palabras.
Me encanta esa redundancia. Es la misma que hay en nunca jamás o en subir para arriba. La gramática escolar la corrige, pero la lengua viva la necesita, porque a veces una sola negación no basta para decir lo que se siente. Hay que cerrar la puerta y luego echar la llave.
Y fíjate en el verbo elegido: mirar. No dice no te vuelvo a hablar, ni no vuelvo contigo. Dice que no va a mirar. Es la forma más pequeña de contacto, la más involuntaria, la más difícil de controlar. Prometer no volver a mirar a alguien es prometer algo casi imposible, y quizá por eso hace falta reforzarlo tanto.
Por qué cuesta tanto no volver
Quiero salir un momento de la gramática y hablar de algo que está detrás de todas estas canciones.

Mucha gente que ha estado en una relación que le hacía daño ha vuelto más de una vez. Ha prometido no volver, ha jurado por el Teide, y ha vuelto. Y desde fuera eso se juzga mucho: ¿cómo puedes volver con alguien así? Como si fuera falta de carácter o de inteligencia.
Pero hay explicaciones que no tienen nada que ver con eso. En 1981 los investigadores Donald Dutton y Susan Painter describieron lo que llamaron vínculo traumático: un lazo emocional muy fuerte que se forma precisamente en relaciones donde se alternan los malos momentos con los buenos. Y la psicología del aprendizaje sabe desde hace décadas que el refuerzo intermitente, recibir recompensa a ratos y de forma impredecible, engancha mucho más que el refuerzo constante. Cuando alguien te trata mal y luego bien, y luego mal otra vez, lo que se crea no es un rechazo limpio, sino una espera.
Por eso en «Manual de escape de un narci» la letra avisa de lo que pasa si la otra persona vuelve con lágrimas pidiendo perdón. Porque ese momento existe y está diseñado, consciente o inconscientemente, para que uno vuelva a caer. En el mundo de las relaciones narcisistas se habla incluso de un nombre propio para ese regreso del que te hizo daño, y no es casualidad que haya hecho falta inventarlo.
Si estás en una situación así, si has vuelto muchas veces y te culpas por ello, quiero decirte que no es culpa tuya. Volver no te hace tonto. Te hace humano en una situación pensada para atraparte. Hablar con alguien de confianza o con un profesional puede ayudar a romper el círculo. Y si en algún momento sientes que no puedes más, o tienes miedo por tu seguridad, en España puedes llamar al 024, gratuito y disponible a todas horas, o al 112 si hay un peligro inmediato. Si estás fuera de España, llama al número de emergencias de tu país.
Contacto cero: el verbo en positivo
Pero volver no siempre es una amenaza. A veces lo que vuelve es uno mismo.
En «No Contact», una canción cuyo título es el nombre que se da a la práctica de cortar todo contacto con alguien que te hizo daño, hay una línea que da la vuelta al verbo de una manera preciosa: hoy mi vida vuelve a mí. Ya no soy yo quien vuelve a ti. Es mi vida la que regresa, como algo que me habían quitado y que ahora recupero.
Me parece una de las formas más bonitas de usar el verbo. Porque invierte la dirección. Durante toda la relación el movimiento iba hacia la otra persona: volver con él, volver a llamarle, volver a caer. Y de repente el movimiento cambia de sentido y apunta hacia dentro.
«De mito a vómito» también lo hace, a su manera. La lista de cosas que se cierran (ni por teléfono, ni por correo, ni por mensaje) va acompañada de una frase que es casi una orden: «No quiero que me vuelvas a decir nada.» El verbo pasa a la otra persona. Ahora es ella la que no debe volver. Y el que habla se queda quieto, en su sitio, sin dar más vueltas.
Veinte años no es nada
No puedo escribir sobre este verbo sin mencionar dos obras que llevan su nombre, aunque sea de pasada.
Una es el tango «Volver», de Carlos Gardel con letra de Alfredo Le Pera, de 1934, el de la frase que todo el mundo conoce: que veinte años no es nada. Es el tango del regreso a una ciudad y a un amor después de mucho tiempo, con miedo al encuentro. Y lo que me parece más interesante de esa letra es que el regreso no es triunfal. Se vuelve con la frente marchita, con las sienes plateadas por la nieve del tiempo. Volver, en el tango, es volver cambiado.
La otra es la película «Volver» de Pedro Almodóvar, de 2006, donde lo que regresa es una madre a la que se daba por muerta. Ahí el verbo se carga de fantasmas, de pueblo, de cosas sin resolver que vuelven a la superficie.
Las dos obras entienden algo que mis canciones también intentan decir: que nadie vuelve igual. Uno puede regresar al mismo sitio, a la misma persona, pero ya no es el mismo que se fue. El volver como regreso siempre lleva dentro un volverse. Por eso tantas veces es mejor no volver. Y por eso, cuando se vuelve a algo bueno, a una amistad, a una ciudad querida, a uno mismo, el regreso puede ser tan hermoso.
Devolver, revolver, envolver
Antes de terminar quiero mirar a la familia del verbo, porque los parientes de volver también se cuelan en las historias de ruptura, aunque no siempre con su nombre.

Devolver es lo que se hace con las cosas cuando una relación termina. Las llaves, los libros, la sudadera que olía a la otra persona. En «De mito a vómito» hay un eco de eso cuando la letra dice que los animales ya se han repartido, cada uno por su lado. Es un reparto, una devolución de lo compartido. Y es curioso que devolver contenga volver dentro: lo que se devuelve es lo que vuelve a su dueño, lo que regresa al punto de partida.
Revolver es lo que hace el que sospecha. Revolver cajones, revolver mensajes, revolver fechas. Mirando las fechas, dice la letra de «De mito a vómito» cuando habla del momento en que todo encaja, y ese mirar es un revolver, un dar vueltas a lo que ya pasó hasta que aparece lo que estaba escondido. También se revuelve el estómago, que es justo lo que le pasa a quien convierte un mito en vómito. La canción no usa la palabra, pero el cuerpo la conoce.
Envolver es lo que hace el que seduce. Envolver con palabras, envolver con regalos, envolver con promesas. El que engaña bien no miente a pelo: envuelve. Pone un papel bonito alrededor de algo que no lo es. Y desenvolver, claro, es el momento de abrir el paquete y ver lo que había dentro.
Y luego está la vuelta. Dar una vuelta, dar vueltas a algo, darle la vuelta a la tortilla. Esta última expresión me hace mucha gracia en el contexto de una ruptura, porque describe justo lo que pasa en canciones como «No Contact»: la situación se invierte, el que mandaba deja de mandar, y la que esperaba deja de esperar.
Toda una familia de palabras que gira alrededor de la misma rueda latina. Hablar de volver es hablar de todas ellas.
Escribir con un verbo que gira
Termino con el oficio.
Cuando reviso mis letras me doy cuenta de que volver es uno de esos verbos que aparecen sin que uno los llame, como la melancolía de «Forocoches». No es una palabra que yo eligiera para un tema concreto. Está ahí porque las historias que me interesa contar son historias de círculos: de gente que sale y entra, que promete y recae, que se transforma sin quererlo.
Y lo que he aprendido es que el verbo, por sí solo, ya construye la historia. Basta con escribir no vuelvas para que quien escucha entienda que alguien ya ha vuelto antes. Basta con escribir volver a confiar para que se sepa que hubo una confianza rota. El verbo trae su pasado consigo. Es una palabra con memoria.
Quizá por eso funciona tan bien en las canciones, que también son cosas que vuelven. Un estribillo es, literalmente, una parte que vuelve. Cada vez que suena, regresa al mismo sitio. Y cada vez que lo escuchamos, nosotros ya somos un poco distintos que la vez anterior.
La canción gira. El verbo gira. Uno gira. Y la única pregunta que importa es hacia dónde.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa volver a + infinitivo? Es una perífrasis verbal que indica repetición: volver a confiar es confiar otra vez. El español la usa donde el inglés necesita añadir again.
¿Qué diferencia hay entre volver y volverse? Volver significa regresar o, con a + infinitivo, repetir. Volverse es un verbo de cambio que indica transformación, a menudo inesperada: volverse loco, volverse diferente.
¿De dónde viene el verbo volver? Del latín volvere, hacer rodar o dar vueltas. De la misma raíz vienen revolver, envolver, devolver y volumen.
¿Qué canciones de Mike Sain't Louis usan el verbo volver? Entre otras, «De mito a vómito» (volver a confiar en alguien), «Envejecer» (ya no voy a volver a confiar en nadie), «No te vuelvo a mirar más», «Manual de escape de un narci» (no vuelvas a caer), «Forocoches» (vuelve la melancolía) y «No Contact» (hoy mi vida vuelve a mí).
¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.
¿Por qué cuesta tanto no volver con alguien que te hizo daño? En relaciones que alternan maltrato y afecto se puede formar un vínculo traumático, descrito por Dutton y Painter en 1981. No es culpa de quien vuelve. Pedir ayuda profesional ayuda; en España, 024 (24 horas) o 112 si hay peligro inmediato. Fuera de España, al número de emergencias local.