
Por Mike Sain't Louis ·
«Si yo hubiera sabido»: el condicional de los tontos y la hoguera de «Al fuego»
Si yo hubiera sabido. Cuatro palabras. Ninguna sirve para nada.
No hay frase más inútil en todo el idioma español. No arregla nada, no devuelve nada, no cambia nada. Es una máquina del tiempo que no arranca. Y sin embargo es la frase que más repetimos después de una ruptura: en la cola del Carrefour, en el sofá con la manta, en el grupo de WhatsApp de las amigas a las dos de la mañana. Si yo hubiera sabido.
Con ella empieza «Al fuego», una canción del tercer disco de la trilogía GAYFOLK que dura poco y dice mucho. La ficha de la canción ya cuenta la letra de arriba abajo, con su hoguera y sus expresiones de abuela. Aquí quiero hacer otra cosa: hablar del condicional compuesto como si fuera un género musical, del femenino con el que me insulto a mí mismo y de por qué, al final, lo único sensato que se puede hacer con un recuerdo así es quemarlo.
La gramática del arrepentimiento
Vamos a ponernos un momento de profesor de Lengua, que me pega poco, pero hoy me apetece.
El condicional compuesto, «hubiera sabido», «hubiera escuchado», «hubiera mandado», es el tiempo verbal de las cosas que no pasaron. No es pasado, porque el pasado pasó. No es futuro, porque ya no va a pasar. Es un tiempo fantasma. Un limbo. El lugar donde viven todas las versiones de tu vida en las que fuiste más listo.
La canción arranca así:
«Si yo hubiera sabido que te importaba un carajo / Te hubiera mandado con tu madre echando leches.»
Y lo que me gusta de esa frase, ahora que la miro con calma, es el contraste. La primera mitad es tristísima: alguien se entera de que le importaba un carajo a la persona que quería. La segunda mitad es una burrada de mercado de abastos: mandarle con su madre echando leches. Entre las dos no hay transición. No hay un «y entonces comprendí». Pasa de la herida al insulto en lo que se tarda en coger aire.
Así funciona el arrepentimiento de verdad, el de la calle, no el de las novelas. No es elegante. No se queda mirando la lluvia por la ventana con un violín de fondo. Llora un minuto y al minuto siguiente está diciendo barbaridades en voz alta mientras friega la sartén.
Y luego, la segunda vuelta del condicional: si hubiera escuchado aquel «ojalá le parta un rayo», lo habría anotado en el diario echando pestes. Fíjate que aquí ya no se trata de lo que el otro sentía. Se trata de lo que el otro dijo, en voz alta, y que yo no quise oír. El «ojalá le parta un rayo» estaba ahí. Lo dijo. Y yo lo dejé pasar, como quien deja pasar el aviso de que el ascensor está averiado y luego se queda encerrado entre el tercero y el cuarto.
Un diario echando pestes
Me hace gracia la imagen del diario, porque es muy antigua. Muy de adolescente con candado. Muy de película de los noventa en la que la protagonista escribe con boli de purpurina «Querido diario, hoy Javi me ha mirado en el recreo».

En «Al fuego», el diario no está para corazoncitos. Está para echar pestes. Para apuntar las señales, una detrás de otra, como en una libreta de reclamaciones. Hoja de reclamaciones del amor, con su copia para el cliente y todo.
Tengo mucha relación con los cuadernos, lo cuento en mi cuaderno de letras. Y una cosa que he aprendido es que lo que no se apunta, se olvida. O peor: se reescribe. La cabeza es una editora muy generosa con quien te ha hecho daño. Con los meses, va limando los bordes, suavizando las frases, convirtiendo el «ojalá le parta un rayo» en «bueno, estaba enfadado, todos decimos cosas». Si lo hubiera apuntado, dice la canción. Si lo hubiera tenido escrito, con su fecha y su hora, no habría habido manera de suavizarlo.
A veces pienso que todas mis letras son eso: un diario echando pestes que, en vez de quedarse en el cajón, sale a la calle con portada y videoclip. Hasta me escribí una vez una carta a mí mismo con dos años menos, que puedes leer en carta a mi mismo de hace dos años, y es básicamente un condicional compuesto con remite.
Lo digo medio en broma y medio en serio. Si alguien te dice algo que te deja helado, apúntalo. No para usarlo contra nadie. Para que tú, dentro de seis meses, no puedas decirte que te lo imaginaste.
Tonta, gilipollas y fracasada
Y llega el estribillo, que es un insulto. Contra mí.
Como soy tan tonta. He sido una gilipollas. Como soy tan fracasada.
Todo en femenino. Y no es un error de imprenta, ni un personaje inventado. Es como hablamos muchos maricas cuando nos reñimos a nosotros mismos delante del espejo del baño. «Hija, qué tonta eres». «Mira que eres gilipollas, nena». El femenino, entre nosotros, es un idioma de confianza. Te lo dice tu mejor amiga cuando te ve volver con el ex por cuarta vez. Te lo dices tú cuando ves el mensaje que le mandaste borracho.
Me reconozco en ese estribillo más de lo que me gustaría admitir. Tengo un historial de tonterías sentimentales que daría para un programa de sobremesa de Telecinco con Jorge Javier poniendo cara de pena. Y en lugar de esconderlo, me parece más sano dejar que lo grite una canción por mí, a todo volumen, con la ventana abierta y la vecina del cuarto asomada.
Hay una línea muy fina entre reírse de uno mismo y machacarse. El estribillo de «Al fuego» camina justo por esa línea y, creo, se queda del lado bueno. Porque no dice «soy tonta y merezco lo que me pasó». Dice «he sido una gilipollas, que ya me conozco el juego». El insulto es en pasado. La lección es en presente. Fui tonta. Ya no.
Esa diferencia, entre «soy» y «he sido», es toda la canción.
No es la primera vez que me llamo tonto en una letra. En «La casa de los mil cadáveres» me pregunto directamente cómo puedo ser tan tonto, tan fracasado. Y lo escribí sin ninguna vergüenza. La vergüenza, en mi oficio, es una herramienta: lo explico en la vergüenza ajena como herramienta para escribir. La propia, también.
No quiero ver tus fotopollas
Y en mitad del autoinsulto, una petición muy concreta, muy de este siglo:
«No me vengas con tus rollos / No quiero ver tus fotopollas.»
Me río cada vez. Y me río porque es verdad.
Hay un tipo de hombre, y en el mundo gay es casi una especie protegida, que cuando ve que te pierde no te manda un poema. No te manda flores. No te escribe una carta de tres folios a mano. Te manda una foto de su miembro. Como si eso fuera un argumento. Como si tú fueras a ver la imagen y decir «ah, bueno, visto así, olvidemos los dos años de desprecio».
Es el equivalente erótico de enseñarle a un acreedor el coche nuevo. No convence. Irrita.
Tengo otra canción entera dedicada a este género fotográfico tan nuestro, «Tus fotopollas», y no descarto un tercer capítulo, porque el material no se agota. En Grindr, en Instagram, en Telegram, por AirDrop en el metro de Madrid. Hay gente que, si pudiera, te la mandaba por burofax.
En «Al fuego», el verso funciona porque rompe el tono. Llevamos un rato con condicionales tristes, con autoinsultos, con diarios. Y de repente, zas, la fotopolla. Lo cotidiano y cutre metido en medio del drama, como un ticket de Mercadona en el bolsillo de un traje de boda. Así escribo yo. No sé hacerlo de otra manera, y la verdad es que tampoco quiero aprender.
Echando leches, echando pestes
Hay un pequeño mecanismo en la primera estrofa que me encanta y que creo que pasa desapercibido. Las dos frases terminan igual: echando leches, echando pestes. Es una rima, sí, pero es algo más divertido que una rima. Son dos expresiones de toda la vida que se parecen en la forma y no tienen nada que ver en el fondo.

«Echando leches» es salir pitando, a toda prisa, como alma que lleva el diablo. Mandar a alguien con su madre echando leches es echarlo de casa sin darle tiempo a coger la chaqueta. «Echando pestes» es hablar mal de alguien, con rabia, con la boca torcida. Una es velocidad. La otra es veneno. Y juntas, una detrás de otra, hacen el retrato completo de lo que me habría gustado hacer: echarle rápido y luego ponerle a parir con calma.
Este tipo de frases las tengo pegadas desde siempre. Son el español que se oye en las colas de la frutería, en los bares de menú del día, en las conversaciones de las tías en las bodas. Nadie las inventa: se heredan. Y meterlas en una canción es una forma de decir que la emoción de la gente corriente también tiene su vocabulario, y que ese vocabulario es mucho más rico que el de los libros de autoayuda. Escribí un texto entero sobre esto, sobre cómo exageramos al hablar los españoles y por qué eso me sirve para escribir: me muero, la exageración del habla cotidiana.
Un «ojalá le parta un rayo» dicho por una vecina vale más que tres párrafos de un psicólogo de Instagram. Por lo menos, se entiende.
Ya me conozco el juego
Hay un verso que lo cambia todo, y está justo antes del final del estribillo: ya me conozco el juego.
Esto es lo que diferencia a la persona que se arrepiente de la que se libera. La que se arrepiente se queda en el condicional: si hubiera, si hubiera, si hubiera. La que se libera da un paso más y dice: vale, ya sé cómo funciona esto. Ya he visto el truco. Ya sé dónde está la carta escondida en la manga.
Conocer el juego no te devuelve lo perdido. Pero te protege de la siguiente partida.
Por eso la canción está en el tercer disco, El día de la liberación. Lo suyo no es llorar. Es el día después, cuando ya has llorado lo tuyo y te has dado cuenta de que, si te vuelven a ofrecer la misma baraja, vas a decir que no. En el catálogo de gayfolkplanet.com aparece como la pista 239 de 273, entre «Toxina coreana» y «The Aftermath», que ya en el nombre te dice que es la resaca de algo.
He tirado todo al fuego
Y el final. La hoguera.

He tirado todo al fuego. No dice qué. No hace falta. Cada uno sabe qué tiene en el cajón. Las fotos impresas en el Carrefour cuando todavía se imprimían fotos. La sudadera que olía a él. Las entradas de aquel concierto. Los post-it de la nevera. El cepillo de dientes que se dejó y que nunca volvió a buscar.
Al fuego.
No es una venganza. A nadie le hace daño que quemes una sudadera vieja en el balcón (bueno, a tus vecinos, si el viento sopla hacia su tendedero, pero ese es otro tema). Es un ritual para uno mismo. Para ver con tus propios ojos cómo algo que pesaba tanto se convierte en ceniza, en humo, en nada. En un olor raro que se te queda en el pelo dos días.
Y si no tienes balcón, o te da miedo que venga la Policía Municipal, también vale la papelera del móvil. Seleccionar todo. Eliminar. Vaciar papelera. Es menos poético, pero tiene la ventaja de que no te chamuscas las cejas.
Me encargo yo, pero solo de lo mío
Hay una diferencia entre esta canción y otras de mi catálogo que hablan de ex y de cuentas pendientes, y me parece importante señalarla porque dice mucho de cómo cambia uno con el tiempo.
En «Karma», del primer disco, la venganza la delego. Que todo llega, y se llama karma: yo me siento a esperar y que lo haga el universo, que tiene más tiempo libre. En otras letras, la fantasía de revancha es de película de serie B, con explosiones y escopetas. En «Al fuego» no hay nada de eso. No le deseo nada al otro. No espero que le pase nada. No hay rayo, no hay castigo, no hay justicia poética.
Lo único que hago es encargarme de mis cosas. Mi cajón. Mis fotos. Mi diario. Mi papelera del móvil. Lo quemo yo, con mis manos, y lo que le pase al otro después me trae sin cuidado.
Me parece una forma mucho más adulta de terminar algo, y lo digo con la boca pequeña, porque adulto no soy casi nunca. Pero quemar lo tuyo, en vez de intentar quemar al otro, tiene una ventaja enorme: no necesitas su colaboración. No tienes que esperar a que se entere, ni a que sufra, ni a que te pida perdón. Basta con un mechero y una tarde libre.
Es el paso del primer disco al tercero. Del «ya le llegará» al «a mí qué me importa». Y para llegar ahí hacen falta muchas canciones por medio. En medio queda un disco entero, el segundo, Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK, con todas sus ganas de largarse a otro planeta.
La portada arde de verdad
Mira la portada del single, porque lo dice todo sin decir nada. Un hombre con traje rojo y la camisa abierta, de pie delante de un corazón gigante partido en dos y ardiendo, con llamas por todas partes y el título en letras de fuego naranja abajo: AL FUEGO.
Lo que me gusta de esa imagen es que el corazón está roto y en llamas, y el tipo está tan tranquilo. No corre. No grita. No tiene un cubo de agua. Está de pie, con su traje, mirando a cámara como quien posa en un photocall. Me parece la mejor manera de ilustrar el «ya me conozco el juego»: el incendio está detrás, y tú estás delante, entero y bien vestido.
Ninguno de mis singles sale sin su portada y su videoclip. Puedes verlos todos en la sección de vídeos, y verás que el fuego, el neón y el rojo aparecen mucho más de lo que sería razonable. Es que soy así. Si puedo meter una hoguera, meto una hoguera.
Dos vueltas y ni una más
Una última cosa sobre la forma, porque es una decisión que me tomé en serio.

La canción es muy corta: dos estrofas y un estribillo, y todo eso se repite dos veces. No hay puente. No hay una tercera parte que cambie de tono. No hay un final apoteósico con coros de gospel. Se dice dos veces y se acaba.
Dos veces porque así funcionan los conjuros. La primera vez lo dices para soltarlo. La segunda, para creértelo. Una tercera ya sería insistir, y la insistencia, en esto, es sospechosa. Si necesitas decirle a todo el mundo diez veces que ya lo has superado, es que no lo has superado.
Me pasa con muchas canciones que tengo la tentación de alargarlas, de meterles una estrofa más, otra imagen, otro chiste. Y a veces lo hago. Pero esta pedía lo contrario: decir lo justo, quemarlo y salir de la habitación antes de que el humo se ponga feo.
Si me lo hubieras dicho tú
Ahora me voy a poner serio un párrafo, que luego me vuelvo a reír.
El condicional es una trampa, y conviene saberlo. Ese «si yo hubiera sabido» presupone que podías saberlo. Que las señales estaban ahí, clarísimas, con luces de neón y una flecha, y que tú no las viste por tonta. Y a veces es así. Pero muchas otras veces no. Muchas veces la otra persona hizo un esfuerzo enorme para que no lo supieras. Te mintió bien. Te mintió con detalles. Te mintió con cara de ángel.
Así que, si estás en el condicional, haz una cosa: cámbiale el sujeto. En vez de «si yo hubiera sabido», prueba con «si tú me lo hubieras dicho». Verás qué rápido se reparte la culpa.
Y ahora sí, me vuelvo a reír.
Lo que no echo al fuego
Una hoguera tiene una parte peligrosa: que te vengas arriba y lo quemes todo. Hasta lo que no tenías que quemar.
Así que, para terminar, mi lista de cosas que no se tiran al fuego, aunque te lo pida el cuerpo. Las amigas que te aguantaron mientras estabas en el condicional, que esas no tienen la culpa de nada. Los sitios: el bar donde os conocisteis sigue siendo tu bar, y la playa sigue siendo tu playa, que no se las ha quedado él en el reparto. Las canciones que escuchabais juntos, porque eran tuyas antes. Y lo que aprendiste, que es lo único que te llevas gratis de todo el lío.
Lo demás, la sudadera, las fotos y las fotopollas, al fuego. Sin pena.
Y si te queda algo de rabia después de la hoguera, tampoco pasa nada. La rabia también se gasta. Lo que pasa es que se gasta despacio, como una vela de cumpleaños que alguien olvidó apagar.
Lo que se queda en las cenizas
Con todo esto no quiero decir que «Al fuego» sea una canción profunda. Es una canción corta, gamberra y con una fotopolla dentro. Pero creo que en lo pequeño también se dicen verdades, y que lo camp, lo exagerado y lo cotidiano son formas serias de hablar de la vida. Es la cuarta regla de la casa, la tengo apuntada en mi página de «Sobre», y esta canción la cumple a rajatabla.
La letra es mía. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial, y yo lo dirijo todo con mi propio sello. Si quieres la canción en tu móvil sin pasar por ninguna plataforma, está en descargas, gratis, como el resto del catálogo.
Póntela un día de esos. Uno de esos en los que te pillas pensando en condicional. Súbele el volumen, o simplemente escúchala dos veces, como pide.
Y después, abre el cajón.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Al fuego»? De alguien que se da cuenta, tarde, de que le importaba un carajo a su pareja. Repasa lo que habría hecho si lo hubiera sabido, se riñe a sí mismo en el estribillo y termina tirando todo al fuego.
¿Por qué el estribillo está en femenino? Porque es como muchos maricas nos hablamos a nosotros mismos cuando nos reñimos: «qué tonta eres», «he sido una gilipollas». Es un femenino de confianza y de autoparodia.
¿En qué disco está? En El día de la liberación, el tercer disco de la trilogía GAYFOLK. En el catálogo de gayfolkplanet.com es la pista 239 de 273.
¿Quién la escribió? La letra es de Mike Sain't Louis. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial, y el single sale con el sello MIKE SAIN'T LOUIS.