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Mi cuaderno de letras: lo que he aprendido escribiendo canciones

Tengo un cuaderno donde apunto frases que oigo por la calle. No todas acaban en una canción. La mayoría se quedan ahí, esperando, y algunas caducan como el yogur. Pero de ese cuaderno han salido casi todas las letras de PLANETA GAYFOLK, y como este blog lo leen otras personas que escriben, quiero contar lo que me funciona y lo que no. Sin fórmulas mágicas. Con algunas manías.

Muchas veces empiezo por el título. Sé que hay quien lo pone al final, cuando la canción ya está hecha, como quien bautiza a un perro adulto. A mí me sirve al revés: si el título no me hace gracia, o no me pica, la canción tampoco va a picarle a nadie.

Un buen título, para mí, tiene que poder decirse en voz alta en un bar sin que suene a poema. «No quiero otro novio cojín» funciona porque cualquiera entiende la imagen sin explicación: sugiere un novio que está, que es blandito, que no molesta y que tampoco sostiene nada. No hace falta escuchar la canción para tener una opinión sobre él. Eso es un gancho. «La dieta del cucurucho» hace otra cosa: junta dos palabras que no deberían ir juntas y te obliga a preguntarte qué clase de dieta es esa. «Mi novio de Albacete» parece casi un dato del DNI, y justo por eso es concreto. Un sitio con nombre propio pesa más que «mi novio de una ciudad pequeña».

Mi prueba es tonta: escribo el título en un papel aparte y lo dejo encima de la mesa un día. Si al día siguiente me sigue apeteciendo leerlo, vale. Si me da vergüenza ajena, a la basura.

Las frases de todos los días

Las mejores frases no las invento yo. Las dice un camarero, o un amigo en un audio de WhatsApp de cuatro minutos. Lo que hago es reconocerlas. Una frase hecha que todo el mundo usa tiene una ventaja enorme: el oyente ya la tiene en la boca. Solo tienes que darle un pequeño giro para que suene nueva sin dejar de sonar familiar.

El peligro es el contrario. Cuando me pongo estupendo y escribo cosas como «la herida de tu ausencia», me doy cuenta enseguida de que eso no lo diría nadie. Ni siquiera yo, que me he dicho cosas muy dramáticas delante del espejo. Mi regla es preguntarme si esa frase podría salir en una conversación real. Si no podría, la reescribo hasta que pueda.

Ojo con la frase tan gastada que ya no significa nada. Lo cotidiano sirve cuando es preciso. Cuando es vago, aburre.

Rimar o hablar normal

Aquí tengo una contradicción que no he resuelto. Me encanta la rima. La copla, que está muy presente en lo que hago, vive de la rima, y una rima bien colocada da un gustito que no da nada más. Pero también he escrito versos horribles solo para que rimaran, y se nota. Se nota muchísimo. El oyente percibe cuándo una palabra está ahí porque tocaba y no porque tenía algo que decir.

Lo que hago ahora es ser flexible en las estrofas y estricto en el estribillo. En las estrofas me permito rimas asonantes, rimas a medias o ninguna, si la frase suena natural. En el estribillo, en cambio, quiero que todo encaje como una pieza de Lego, porque es la parte que se repite y que la gente va a decir sin pensar. Si hay que elegir entre una rima perfecta y una frase que alguien diría de verdad, elijo la frase. Casi siempre. Hay días en que gana la rima y no me arrepiento.

Un truco práctico: lee la letra en voz alta, de corrido, sin música. Si te trabas en una línea, cambia la línea. Tu lengua sabe más de métrica que tú.

Estribillos que no se van

Un estribillo pegadizo, en mi experiencia, tiene pocas palabras y una idea. Una sola. Cuando intento meter dos ideas en el estribillo, la gente se queda con ninguna. Repetir tiene mala fama, pero es lo que permite que alguien lo tararee en la ducha la segunda vez que lo oye.

También me fijo en dónde cae el título. Si la canción se llama de una manera, esa frase tiene que estar en el estribillo y en un sitio fuerte, al principio o al final. Parece obvio. Pues he tenido letras en las que el título aparecía en mitad de la segunda estrofa, escondido, y luego nadie sabía cómo buscar la canción.

Otra cosa que he aprendido: el estribillo tiene que contestar a algo que plantean las estrofas, aunque sea con una broma. Si las estrofas cuentan un problema y el estribillo habla de otra cosa, la canción se parte en dos y el oyente no sabe a qué mitad hacer caso.

Cortar

Esto es lo que más me cuesta y lo que más mejora mis letras. Escribo de más. Siempre. La primera versión de cualquier canción tiene versos que me encantan y que sobran. Mi método, si se puede llamar así, es tachar todo lo que explica algo que el oyente ya ha entendido. Si en la primera estrofa queda claro que el novio es un desastre, no necesito tres versos más diciéndolo con otras palabras.

Cortar duele porque a veces el verso que quitas es el más bonito. Lo guardo. Tengo una página entera de versos huérfanos que algún día encontrarán casa, o no. No pasa nada.

Escribo mucho, y cualquiera pensaría que por eso no corto nada. Me pasa lo contrario: precisamente porque escribo tanto, tengo que ser rápido con la tijera. Si una letra no se sostiene después de recortarla, no sale del cuaderno.

Si escribes canciones, mi consejo es el más aburrido: lleva siempre algo donde apuntar. El móvil vale, aunque yo prefiero el papel porque me deja tachar con rabia. Escucha cómo habla la gente y olvídate un rato de cómo hablan las canciones. Y cuando una letra te parezca terminada, quítale un verso. Luego otro. Si sigue en pie, ya está.

Yo sigo aprendiendo con cada canción, y algunas de las que ya están publicadas las escribiría hoy de otra manera. Me alegra. Significa que el cuaderno sigue abierto.

Las letras completas de mis canciones están en mikesaintlouis.com.

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