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Cantigas de escarnio y maldecir: Alfonso X, las Coplas de la Panadera, Mingo Revulgo y «Un político español»

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Hay quien piensa que meterse con los políticos en una canción es cosa de ahora, de la era de las redes, de los programas de humor y de los memes que corren por los grupos de la familia. Y sin embargo, cuando escribí «Un político español» con ese estribillo que no avanza, que espera y espera a un político honrado que nunca llega, estaba haciendo algo que en la península se lleva haciendo, como mínimo, ochocientos años.

Habrá que esperar y esperar A que aparezca un político honrado A quién votar

En otros artículos se ha hablado de esta canción desde la historia del turno de partidos, desde la desafección política y desde la barra del bar; si te interesa, el más completo es «La sospecha heredada». Hoy quiero ir mucho más atrás. Quiero contar que en la Edad Media un rey de Castilla escribió versos burlándose de los nobles que cobraban y no se presentaban a la guerra, que un poema anónimo puso en ridículo a los caballeros que huyeron de una batalla y que dos pastores de ficción sirvieron para criticar a todo un rey. Todo eso tiene un nombre: sátira política en verso. Y tiene una tradición muy nuestra que empieza con unas canciones de nombre precioso: las cantigas de escarnio y maldecir.

Qué eran las cantigas de escarnio y maldecir

Entre los siglos XIII y XIV, en los reinos del noroeste peninsular y en las cortes de Castilla y Portugal, se escribía poesía en una lengua que hoy llamamos gallego-portugués. Era la lengua lírica de moda, la que usaban incluso los poetas castellanos cuando querían escribir versos para ser acompañados de música. De esa época se conservan tres grandes tipos de cantigas: las de amor, en las que un hombre se queja de una dama inalcanzable; las de amigo, en las que habla una muchacha que espera a su amado; y las de escarnio y maldecir, que son, sencillamente, las de meterse con alguien.

Lo sabemos sobre todo gracias a unos cancioneros que se copiaron en Italia en el siglo XVI a partir de manuscritos más antiguos. Uno de ellos, el Cancionero de la Biblioteca Nacional de Lisboa, conserva más de 1.600 cantigas, y de ellas unas 400 son satíricas. Sumando todos los manuscritos, nos han llegado más de 450 poemas de burla. Es muchísimo. Quiere decir que una parte enorme de la poesía de esa época se dedicaba a reírse de alguien.

¿De quién? De todo el mundo. De los nobles cobardes, de los clérigos que no cumplían lo que predicaban, de los infanzones arruinados que presumían de linaje, de los malos poetas, de los médicos que no curaban, de los avaros, de los que se teñían el pelo. Y también, hay que decirlo, de mujeres y de hombres por su vida sexual, con una crueldad que hoy leeríamos con incomodidad. La sátira medieval no era amable. No tenía filtros.

Palabras cubiertas y palabras a las claras

Al principio del cancionero de la Biblioteca Nacional se copió un fragmento de una especie de manual de poesía, que los estudiosos llaman el «Arte de trovar». Y ahí aparece una distinción que me parece muy útil para cualquiera que escriba canciones hoy.

Según ese texto, las cantigas de escarnio son las que dicen mal de alguien con palabras cubiertas, es decir, con dobles sentidos, de manera que la burla se entienda sin que se diga a las claras. Las de maldecir, en cambio, dicen mal de alguien abiertamente, sin disimulo, con palabras que no admiten otra lectura. Los especialistas recuerdan que en la práctica la frontera no era tan clara y que los propios cancioneros suelen juntar las dos etiquetas. Pero como idea, funciona de maravilla: hay una sátira que guiña el ojo y otra que da el puñetazo.

«Un político español» tiene un poco de las dos. El estribillo es escarnio puro: no dice que los políticos sean ladrones, dice que habrá que esperar a que aparezca uno honrado, y deja que la conclusión la saque quien escucha. Pero luego llegan versos que son maldecir sin contemplaciones:

Estos políticos ladrones Me tocan mucho los cojones

Ahí no hay doble sentido que valga. Es la palabra a las claras, la que se suelta cuando ya no queda paciencia para la ironía. Y lo interesante es que la canción alterna los dos registros, como si dijera: primero me burlo con elegancia, y cuando ya me he cansado, digo lo que pienso.

Un rey que escribía contra sus nobles

De todos los autores de cantigas satíricas, hay uno que me parece especialmente sorprendente. Es Alfonso X, el Sabio, rey de Castilla y de León, el mismo de las «Cantigas de Santa María», de las tablas astronómicas y de las grandes obras de historia y de leyes. Además de esas cantigas religiosas, Alfonso escribió también cantigas profanas, y entre ellas hay algunas de escarnio de una mala uva extraordinaria.

Fotogramas del videoclip oficial de «Un político español», de Mike Sain't Louis

Mi favorita para este artículo es una que empieza «O que da guerra levou cavaleiros». Su estribillo dice «non ven al maio», que significa algo así como «no viene en mayo». Mayo era el mes en que se convocaba a las tropas para la campaña militar, porque el tiempo lo permitía. Y la cantiga es una lista, estrofa tras estrofa, de nobles que se llevaron los caballeros y el dinero para la guerra y luego no aparecieron. Uno se volvió a su tierra a guardar los dineros. Otro se fue a comprar una heredad. Otro huyó con miedo de la frontera y se volvió a casa a beberse los vinos. Otro presumía de estandarte, pero no traía ni comida para su gente. Y todos, al final de cada estrofa, la misma sentencia: no viene en mayo.

Los investigadores relacionan esta cantiga y otras parecidas con la rebelión de una parte de la nobleza contra Alfonso X entre 1272 y 1274. Aquellos grandes señores reclamaban al rey pagos atrasados; el rey acabó pagando, pero muchos siguieron sin acudir a la frontera contra Granada. Así que el rey, que no podía obligarles por las buenas, hizo lo que hacen los poetas: se rió de ellos en verso.

Lee ahora el final de la canción:

Se van turnando cada cierto tiempo Para mangar de lo que te sacan de impuestos

Ochocientos años de distancia y la queja es la misma: los que cobran de lo de todos y no cumplen. La forma también se parece muchísimo. Una lista de reproches y un estribillo que vuelve una y otra vez, como un martillo. «Non ven al maio». «Habrá que esperar y esperar». La repetición es el arma más antigua de la sátira, porque lo que se repite se queda.

El dinero, ese poderoso caballero

Si hay un tema que atraviesa toda la sátira política en castellano es el dinero. Y aquí hay que pararse en dos autores que cualquiera reconoce.

El primero es Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita, que en el siglo XIV escribió el «Libro de buen amor». En medio de ese libro, que es una mezcla deliciosa de aventuras amorosas, sermones y parodias, hay un pasaje dedicado a las propiedades del dinero. Empieza con un verso que todavía se cita: «Mucho faz el dinero, e mucho es de amar». Y a partir de ahí hace una enumeración demoledora de todo lo que el dinero consigue: convierte al torpe en persona respetable, hace correr al cojo, compra cargos, compra sentencias, abre todas las puertas. Es una sátira de la corrupción en toda regla, escrita por un clérigo que sabía de qué hablaba.

El segundo es Francisco de Quevedo, que dos siglos y pico después escribió la letrilla «Poderoso caballero es don Dinero». Todos la hemos estudiado en el instituto y todos recordamos el estribillo. Quevedo convierte el dinero en un personaje, en un caballero que nace en las Indias, muere en España y es enterrado en Génova, y que consigue lo que ningún mérito consigue. El dinero manda más que la sangre, más que la virtud, más que la ley.

«Un político español» no habla de dinero en abstracto, sino de algo muy concreto: lo que te sacan de impuestos. Pero el mecanismo es el mismo que en el Arcipreste y en Quevedo. Se señala que el poder y el dinero van juntos, y se hace con una frase que suena a refrán, la del narrador que finge enterarse ahora de que la honradez no entra en el oficio. Ese «no sabía yo» es la falsa ingenuidad que Quevedo dominaba como nadie: hacerse el sorprendido ante lo que todo el mundo sabe.

Las Coplas de la Panadera: reírse de los que huyeron

Volvamos a la Edad Media, porque hay otro poema que me encanta. El 19 de mayo de 1445 se libró la primera batalla de Olmedo, en la que el rey Juan II de Castilla y su valido, don Álvaro de Luna, se enfrentaron a una coalición de nobles rebeldes y a los infantes de Aragón. Ganó el bando del rey.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Habrá que esperar y esperar A que aparezca un político honrado» de «Un político español»

Poco después empezaron a circular unas coplas anónimas que se conocen como las «Coplas de la Panadera». Cada estrofa se dirige a una panadera, como si el poeta le contara a una mujer del pueblo lo que vio en la batalla. Y lo que vio fue, sobre todo, a muchos caballeros de alto linaje huyendo, perdiendo el caballo, escondiéndose, haciendo el ridículo. Las coplas van nombrando a unos y a otros, señor por señor, con una mezcla de detalle y desprecio que hizo que se recordaran durante generaciones. Los estudiosos señalan que el poema trata con mucho más respeto al rey y a don Álvaro, de modo que también tenía su intención política: no era una burla neutral, sino una burla de parte.

Me gusta que el narrador escoja a una panadera como confidente. Es una manera de decir que la historia de los poderosos se cuenta mejor desde la tahona que desde el palacio. Es la misma elección que hace la canción cuando habla con la lengua de la calle, con tacos y con sorna, en lugar de hacerlo con el vocabulario de un analista político. Las dos se ponen del lado de quien compra el pan, no de quien cobra los impuestos. De esa lengua de la calle, con sus juramentos y sus exageraciones, hablé en «Por mis muertos».

Mingo Revulgo: criticar al rey disfrazado de pastor

Unos veinte años después, hacia 1464, en pleno reinado de Enrique IV, apareció otro poema satírico anónimo que se hizo famosísimo: las «Coplas de Mingo Revulgo». Esta vez la crítica era aún más arriesgada, porque apuntaba directamente al rey. Y para hacerlo sin jugarse el cuello, el autor recurrió a un disfraz literario: la égloga pastoril.

En las coplas hablan dos pastores. Uno, Gil Arribato, pregunta a otro, Mingo Revulgo, por qué anda tan desastrado, tan mal vestido, tan triste. Y Mingo le cuenta que el rebaño está abandonado, que el pastor que debería cuidarlo se pasa el día en otras cosas, que los lobos entran a sus anchas y que las ovejas no tienen quien las proteja. Todo el mundo entendía la clave: el rebaño es el reino, el pastor descuidado es el rey, los lobos son los que se aprovechan del desorden. Mingo Revulgo, con ese nombre de revoltijo, representa al pueblo llano.

El poema tuvo tanto éxito que, unos veinte años después, el cronista Hernando del Pulgar escribió una glosa, un comentario explicándolo estrofa a estrofa. Es decir, la sátira se convirtió en un clásico tan rápido que ya hacía falta explicarla.

Lo que me fascina de Mingo Revulgo es la estrategia. Cuando no puedes decir algo a las claras, lo dices en clave. Es el escarnio del «Arte de trovar» llevado a la política: palabras cubiertas que todo el mundo sabe destapar. Y es una estrategia que el arte ha usado siempre que ha habido censura, de las fábulas a las películas de ciencia ficción.

Por qué la sátira usa estribillos

Si te fijas, casi todas las sátiras que he mencionado tienen un estribillo o una fórmula que se repite. «Non ven al maio». Las estrofas dirigidas a la panadera. «Poderoso caballero es don Dinero». Y, en la canción, «habrá que esperar y esperar».

Collage con un detalle de la carátula de «Un político español» y las carátulas de «Vota Malena Gracia», «Esta canción es una mierda»

No es casualidad. La sátira política necesita circular. Tiene que poder recordarse, repetirse en la taberna, pasarse de boca en boca. En una época sin imprenta, o con muy poca, lo que se memoriza es lo que sobrevive. Y lo que mejor se memoriza es lo que se repite. Por eso tantas sátiras tienen forma de canción: porque una canción es una máquina de memoria.

Hay algo más. El estribillo en una sátira funciona como una carcajada que vuelve. Cada vez que reaparece, añade una capa de burla. La primera vez que oyes «habrá que esperar y esperar», es una queja. La tercera, ya es un chiste. La sexta, es casi una letanía, una oración laica de quien ya no espera nada. Sobre cómo funciona el estribillo cuando se exagera, escribí en «Cinco leyes de la exageración y la canción que las cumple», y sobre la manía española de exagerar al hablar, en «Me muero».

La palabrota como arma literaria

Hay quien piensa que un taco en una canción es un recurso fácil. Yo no lo creo, y la tradición tampoco. Las cantigas de maldecir están llenas de palabras gruesas, de alusiones sexuales, de insultos. El Arcipreste de Hita no se corta. Quevedo escribió versos que todavía hoy no se pueden leer en según qué sitios. La palabrota ha sido siempre una herramienta de la sátira, porque rompe el decoro, y la sátira existe precisamente para romper el decoro de los poderosos.

Pero tiene que estar bien colocada. En «Un político español» el taco llega después de la ironía, cuando la paciencia se ha agotado. Funciona porque hay contraste. Si toda la canción fuera insulto, el insulto no pesaría. Como en las cantigas, la palabra a las claras golpea más cuando antes ha habido palabras cubiertas.

Esto me lleva a algo personal. Las palabras gruesas tienen dirección. No es lo mismo usarlas contra quien tiene poder que contra quien no lo tiene. Durante siglos, la sátira también se usó contra los débiles, contra los diferentes, contra los que hoy llamaríamos personas LGTBI. Muchas cantigas medievales se burlan de hombres por su supuesta homosexualidad con una saña que da escalofríos. Por eso, cuando escribo humor, intento que apunte hacia arriba. Lo conté en «Hacer humor gay sin hacer daño» y en «Marica, con todas las letras», donde hablo de una palabra que durante años fue un insulto contra nosotros y que hemos convertido en bandera.

Sátira y libertad: lo que ha cambiado

Alfonso X podía burlarse de sus nobles porque era el rey. El autor de las Coplas de la Panadera escribía desde el bando vencedor. El de Mingo Revulgo se escondió detrás de dos pastores y del anonimato. En todas las épocas, la sátira política ha dependido de quién tenía el poder de castigarla.

Hoy, en España, la Constitución reconoce en su artículo 20 la libertad de expresión y, de forma expresa, el derecho a la producción y creación literaria y artística. Eso no significa que todo valga, porque esos derechos tienen límites, como el honor de las personas concretas. Pero sí significa que una canción puede decir que habrá que esperar sentado a un político honrado sin necesidad de disfrazarse de pastor.

Y hay un detalle de la canción que tiene que ver con eso. No nombra a nadie. El título habla de «un» político español, en singular y genérico. No señala a un partido ni a una persona. Es sátira de tipo, no de individuo, como Mingo Revulgo, que hablaba de un pastor y no de un rey con nombre y apellido. Eso le da libertad y, a la vez, la hace universal: cada cual le pone la cara que quiera.

Del pliego de cordel al videoclip

Entre las cantigas y la canción hay un camino largo que pasa por muchas formas populares de sátira. Los pliegos de cordel, que se vendían colgados de una cuerda en las ferias. Las coplas de ciego. Las chirigotas de Cádiz, que cada febrero repasan la actualidad política con una mala leche que Alfonso X habría aplaudido. Los sainetes, las revistas musicales, los monólogos.

Ficha de la canción «Un político español» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Todas esas formas comparten algo con la canción: son baratas, rápidas y circulan. No piden permiso. Y suelen estar hechas para reírse en grupo. Una sátira se disfruta más acompañado, porque la risa compartida tiene algo de complicidad, de saber que no eres el único que piensa lo mismo.

Hoy el pliego de cordel es el videoclip. Si quieres ver el de esta canción, está en la página de vídeos. Y si quieres ver cómo la política se cuela en otras canciones mías, en «Vota a Malena Gracia» la papeleta se la lleva una artista, y en «Votar a un personaje de ficción» conté por qué a veces apetece más votar a alguien inventado.

Reírse también es una forma de memoria

Hay una idea que me ronda desde que empecé a leer estas sátiras viejas. De muchos de los nobles de los que se burlan las cantigas o las Coplas de la Panadera, hoy solo sabemos lo que dicen esas burlas. La crónica oficial les dedicó una línea, si acaso. La sátira les dedicó una estrofa entera que ha sobrevivido siete siglos. Es la venganza más larga de la historia de la literatura.

Escribí sobre la risa como forma de recordar en «Reírse del tirano». Allí hablaba de otra cosa, de la carcajada como manera de quitarle poder a quien ya no lo tiene. Aquí es casi lo contrario: la carcajada como manera de quitárselo a quien todavía lo tiene. En los dos casos, la risa deja huella.

Escribe tu propia cantiga de escarnio

Te propongo un juego, si te apetece. Escribe una cantiga de escarnio sobre algo que te saque de quicio en la vida pública: el bus que nunca llega, la obra eterna de tu calle, el formulario imposible de la administración. Pero sigue las reglas del «Arte de trovar».

  • Primero, en modo escarnio: di lo que piensas sin decirlo, con un doble sentido que se entienda sin explicarlo.
  • Después, en modo maldecir: dilo a las claras, en una sola línea, sin adornos.
  • Busca un estribillo que vuelva al final de cada estrofa, como el «non ven al maio» de Alfonso X.
  • No nombres a nadie concreto. Habla de un tipo, no de una persona.

Lo más probable es que te salga algo muy gracioso. Y que, de paso, descubras que la frontera entre el enfado y el humor es más fina de lo que parece. Muchas veces, escribir una burla es la mejor manera de que el enfado no se te quede dentro. Algo de eso conté en «Esta canción es una mierda», donde la burla se vuelve contra la propia canción.

Esperar sentado desde el siglo XIII

Termino con una imagen. Alfonso X, rey sabio, sentado en su corte en la primavera de algún año de la década de 1270, esperando a que lleguen los nobles a los que ha pagado para que vayan a la guerra. Mayo pasa y no llegan. Y el rey, en lugar de resignarse, coge la pluma y escribe: no viene en mayo, no viene en mayo, no viene en mayo.

Siete siglos y medio después, alguien en cualquier ciudad española espera a que aparezca un político honrado a quien votar. Y como no llega, escribe: habrá que esperar y esperar.

La sátira política es eso: la paciencia convertida en estribillo. No cambia el mundo de un día para otro, pero deja constancia. Y a veces, como en Olmedo, la constancia dura más que la gloria de los que huyeron.

Preguntas frecuentes

¿Qué son las cantigas de escarnio y maldecir? Son poemas satíricos de la lírica gallego-portuguesa de los siglos XIII y XIV. Se conservan más de 450 en los cancioneros medievales. Según el «Arte de trovar», las de escarnio critican con palabras cubiertas, con doble sentido, y las de maldecir lo hacen abiertamente, aunque en la práctica la distinción no siempre es clara.

¿Escribió Alfonso X cantigas satíricas? Sí. Además de las «Cantigas de Santa María», Alfonso X compuso cantigas profanas, algunas de escarnio. Una de ellas, «O que da guerra levou cavaleiros», con el estribillo «non ven al maio», se burla de los nobles que cobraron para la guerra y no acudieron, y se relaciona con la revuelta nobiliaria de 1272-1274.

¿Qué son las Coplas de la Panadera? Son unas coplas satíricas anónimas del siglo XV sobre la primera batalla de Olmedo, librada el 19 de mayo de 1445. Ridiculizan a los nobles que huyeron del combate, dirigiéndose en cada estrofa a una panadera, y tratan con más respeto a Juan II y a Álvaro de Luna.

¿«Un político español» critica a algún partido concreto? No. La canción habla de «un» político español en sentido genérico y no nombra a ningún partido ni a ninguna persona. Es una sátira de tipo, como las de la tradición medieval, centrada en el hartazgo ante la corrupción y en la espera de un político honrado a quien votar.