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Por mis muertos: el juramento a la española y la mentira que quiere salvar un amor

Te lo juro por mi madre. Por mis muertos. Por estas, y se besan los dedos en cruz. Que me caiga muerto ahora mismo. Palabrita del Niño Jesús. Te lo juro por lo que más quieras.

El castellano de España tiene un repertorio de juramentos que daría para un diccionario. Algunos son solemnes, otros infantiles, otros directamente macabros. Y casi todos tienen la misma función: que te crean cuando sospechas que no te van a creer. Nadie jura que el cielo es azul. Se jura cuando hay duda.

«Quien miente y jura» termina con uno de esos juramentos. El más pesado de todos, el que se reserva para lo importante: jurar por los padres. Y lo pone en boca de alguien que mintió. La ficha de la canción habla de la diferencia entre cariño y amor, que es el corazón emocional de la letra. Aquí quiero ir al otro extremo, al del lenguaje: a los juramentos, a la mentira dicha con buena intención y a esa primera frase, con forma de refrán, que dice que quien miente para salvar su amor lo está condenando.

Un refrán que no existía

La canción arranca con una sentencia que parece de toda la vida. Quien miente y jura para salvar su amor, en realidad lo está condenando. Al final, el engaño es el peor traidor, y solo deja un corazón llorando.

Suena a dicho de abuela, a refranero popular. Y sin embargo, que yo sepa, no es un refrán que existiera antes de la canción. Tiene la forma de uno: la estructura de «quien hace tal cosa, consigue tal otra», la rima, la moraleja. Pero está escrito para la canción, imitando ese molde.

Me gusta mucho trabajar así. El refranero es una de las grandes herencias del castellano, un almacén de sabiduría popular comprimida en frases cortas y rimadas. «Quien mucho abarca, poco aprieta». «Quien bien te quiere te hará llorar». «Quien siembra vientos recoge tempestades». Hay cientos que empiezan por «quien». Y todos tienen algo de sentencia judicial: si haces esto, te pasará aquello.

Escribir un refrán nuevo con el molde de los viejos es una forma de colarle una idea al oyente con la autoridad de la tradición. Suena a verdad porque suena a algo que ya hemos oído. Y la idea que cuela es bastante incómoda: que la mentira dicha por amor no salva el amor. Lo mata.

Mentir para salvar

Lo que más me interesa del arranque es el motivo de la mentira. No se miente por maldad, ni por interés, ni por esconder algo sucio. Se miente para salvar el amor.

Es la mentira más comprensible de todas. La de quien no quiere perder al otro. La de quien sabe que, si dice la verdad, la relación se acaba, y prefiere mentir para alargarla un poco más. Hay mil versiones. El que dice que está enamorado cuando ya no lo está. El que niega una infidelidad para que el otro no se vaya. El que promete que va a cambiar sabiendo que no va a cambiar. El que jura que no pasa nada cuando pasa de todo.

Desde dentro, esa mentira parece un acto de amor. Lo hago por ti, por nosotros, para no hacerte daño. Y la canción dice que no. Que esa mentira condena lo que pretende salvar. Porque una relación sostenida en una mentira no es una relación, es un decorado. Y los decorados se caen. A veces tardan años, pero se caen, y cuando lo hacen arrastran consigo todo lo que había detrás, incluidos los recuerdos buenos, que de repente parecen sospechosos.

Por qué la mentira condena

¿Por qué la mentira por amor acaba matando el amor? Creo que hay varias razones, y la canción las va sugiriendo.

Fotogramas del videoclip oficial de «Quien miente y jura», de Mike Sain't Louis

La primera es que el otro, casi siempre, lo nota. La letra lo dice: sé que no estás enamorado, se nota en las cosas que haces. Las palabras pueden mentir, pero los gestos suelen delatar. El que ya no quiere se olvida de detalles, mira el móvil cuando le hablas, llega tarde sin avisar. Y el que quiere percibe esas señales aunque no sepa nombrarlas.

La segunda es que la mentira obliga a mantenerla. Una mentira necesita otras para sostenerse, y cada una pesa más que la anterior. Al final, el mentiroso vive dentro de una construcción que le agota.

Y la tercera, la más grave, es que cuando la mentira sale a la luz, no solo se pierde el amor. Se pierde la confianza. Y sin confianza no se puede reconstruir nada, ni siquiera una amistad. Eso es lo que dice el final de la canción: nunca se volverá a confiar.

Cariño, sí

En medio de la canción hay un verso que es, para mí, una pequeña obra de crueldad involuntaria:

«Que me tienes cariño sí»

El cariño aparece como premio de consolación. Me tienes cariño, sí. Pero no estás enamorado. La ficha habla de esa diferencia. Yo quiero fijarme en el «sí».

Ese «sí» es una concesión. El narrador le reconoce al otro que algo siente. No es odio, no es indiferencia. Es cariño. Y esa concesión, que podría parecer generosa, es en realidad lo que más duele. Porque el cariño es lo que se le tiene a un amigo, a un primo, a un perro. Que la persona con la que compartes cama te tenga cariño es casi peor que si te odiara. El odio, al menos, es apasionado.

La mentira de la canción, entonces, tiene una forma concreta: hacer pasar cariño por amor. Jurar que se está enamorado cuando solo se tiene cariño. Es la mentira más frecuente en las parejas que se apagan. No hay engaño con terceros, no hay escándalo. Solo una persona que ya no siente lo que dice sentir, y que lo jura para no tener que decir la verdad.

Tan insignificante

Hay una palabra en la letra que se me clava cada vez que la leo: insignificante. El narrador dice que, por las cosas que hace el otro, se siente tan insignificante para él.

Insignificante quiere decir, literalmente, que no significa nada. Que no tiene peso, que no deja huella, que da igual que esté o no esté. Y es una palabra terrible para describir cómo te sientes con alguien que te jura amor. Porque el juramento dice «eres lo más importante», y los gestos dicen «no significas nada». Entre las dos cosas, el que escucha se queda con los gestos.

Creo que esa sensación es la que de verdad mata las relaciones, más que la mentira concreta. Uno puede perdonar una mentira. Lo que no puede soportar mucho tiempo es sentirse invisible. Llegar a casa y que no se note. Contar algo y que no se escuche. Estar en la misma habitación y que el otro esté en otra parte.

Y lo peor de sentirse insignificante es que contagia. Al principio te sientes insignificante para el otro. Con el tiempo, si no te vas, empiezas a sentirte insignificante en general. Por eso la decisión del final es tan importante: irse es la forma de volver a significar algo, aunque sea para uno mismo.

Las mentiras pequeñas

No quiero que este texto parezca un alegato contra toda mentira. Hay mentiras pequeñas que forman parte de la convivencia, y que casi todo el mundo considera inofensivas. Decir que te encanta un regalo que no te gusta. Decir que estás bien cuando estás un poco cansado. Decir que la cena estaba buenísima cuando estaba normal.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Y por supuesto yo tengo mis defectos» de «Quien miente y jura»

Esas mentiras no condenan nada. Son lubricante social, cortesía. No afectan a lo esencial de la relación. Y no se juran. Nadie dice «te lo juro por mis muertos, la cena estaba buenísima».

La mentira de la canción es de otra clase. Afecta a lo esencial: si quieres o no quieres a la persona con la que vives. Y se jura. Ahí está la diferencia. La mentira pequeña se dice de pasada. La mentira grande necesita juramento, porque sabe que es grande y que no se la van a creer sin aval.

El repertorio de juramentos

Vuelvo a los juramentos, porque me fascinan.

En español de España tenemos una costumbre muy marcada de jurar en la conversación diaria. «Te lo juro» es casi una muletilla. Se jura para contar una anécdota, para defender una opinión, para asegurar que algo pasó como dices. Y cuanto más se jura, menos valor tiene cada juramento. Si juras por todo, tus juramentos se devalúan como una moneda en inflación.

Por eso existe una escala. Está el «te lo juro» simple, que casi no significa nada. Está el «te lo juro por mi madre», que ya pesa más. Está el «por mis muertos», que invoca a los familiares fallecidos y tiene algo de sagrado. Y están los juramentos de autocastigo, «que me muera si miento», «que me parta un rayo», en los que uno pone su propia vida como garantía.

Jurar por los padres está arriba en esa escala. Es poner como aval a las personas que te dieron la vida. Si mientes jurando por tus padres, estás usando su nombre para algo sucio. Por eso la ficha dice que es cruzar una línea que no tiene vuelta.

Jurar o prometer

Hay un detalle de la vida pública española que me hace gracia y que tiene que ver con esto. Cuando un cargo público toma posesión, se le pregunta si jura o promete cumplir con sus obligaciones. Puede elegir. Jurar tiene un eco religioso, porque históricamente se juraba ante Dios. Prometer es la versión laica, el compromiso sin testigo divino.

Esa distinción dice mucho. El juramento tradicional siempre invoca algo superior a quien jura: Dios, los padres, los muertos, la propia vida. Es como si la palabra de uno no bastara, y hubiera que apoyarla en algo más grande. La promesa, en cambio, se sostiene solo en la palabra de quien la hace.

Y aquí está la ironía de la canción. El que jura por sus padres necesita apoyarse en ellos porque su palabra sola ya no vale. Si su palabra valiera, le bastaría con decir «te quiero». Como no vale, tiene que jurar. Y el que necesita jurar tanto, probablemente está mintiendo.

No tomarás el nombre en vano

La tradición cristiana tiene un mandamiento sobre esto: no tomarás el nombre de Dios en vano. Es decir, no lo uses para jurar en falso, no lo uses para cosas sin importancia. El nombre sagrado se reserva para lo sagrado.

Jurar por los padres es una versión doméstica de lo mismo. Los padres son, para mucha gente, lo más parecido a lo sagrado que tiene en la vida. Usarlos para respaldar una mentira es tomar su nombre en vano. Y quien lo hace no solo engaña al otro: se degrada a sí mismo, porque demuestra que no hay nada que respete lo suficiente como para no mancharlo.

Por eso, creo, el narrador es tan tajante al final. Puede perdonar muchas cosas. Puede perdonar que el otro no le quiera, que solo le tenga cariño. Lo que no puede perdonar es el juramento en falso. Porque eso revela algo del carácter del otro que ya no se puede desver.

Tener defectos

Lo que más me gusta de la canción, igual que a quien escribió la ficha, es la última estrofa. Esa en la que el narrador reconoce sus propias faltas:

Collage con un detalle de la carátula de «Quien miente y jura» y las carátulas de «Llorar», «No te vuelvo a mirar más», «Vampiro emocional», «Perverso narcisista»

«Y por supuesto yo tengo mis defectos»

Y sigue: claro que no soy perfecto. Pero sintiéndolo mucho, este es el final.

Me parece importante que esté ese verso. Las canciones de ruptura tienden a dividir el mundo en buenos y malos: yo, la víctima inocente, tú, el villano cruel. Es cómodo, pero no es verdad. En casi todas las rupturas los dos tienen su parte. Y reconocerlo no le quita fuerza a la decisión. Al contrario, se la da.

El narrador no se va porque sea perfecto y el otro no. Se va porque, con todos sus defectos, merece a alguien que le valore. Y porque hay una cosa que no está dispuesto a aceptar: que le mientan jurando por los padres. Puede convivir con la imperfección. No con el juramento en falso.

Alguien que me quiera valorar

Justo antes del verso final, el narrador dice lo que necesita: alguien que le quiera valorar. Es una frase sencilla, casi de conversación con una amiga, y por eso me gusta. No pide un amor de película, ni un príncipe, ni una pasión arrebatadora. Pide que le valoren.

Valorar es dar valor. Reconocer lo que el otro aporta, lo que hace, lo que es. Es lo contrario de la insignificancia. Si con el otro se sentía insignificante, lo que busca ahora es alguien con quien significar algo.

Hay en ese verso una forma de madurez que me parece muy valiosa. Muchas canciones de ruptura terminan con el deseo de que el otro vuelva, o con el deseo de que sufra. Esta termina con un deseo hacia delante: que aparezca alguien que sí sepa ver. No hay rencor en esa frase. Hay una petición al futuro.

Y hay también una exigencia mínima, casi humilde. No necesito que me adores. Necesito que me valores. Que cuando haga algo, lo veas. Que cuando hable, me escuches. Que cuando jures, sea verdad. Si lo pensamos bien, no es pedir tanto. Y sin embargo, cuánta gente se queda años en relaciones donde no recibe ni eso.

Llorando, con muchas oes

El estribillo termina en un «llorando» que se estira, en la letra publicada, con muchas oes. Llorandoooooo. Como en otras canciones mías, la escritura se convierte en partitura: no dice solo la palabra, dice cómo se alarga.

Ese llanto estirado tiene algo de copla, de quejío. Y me gusta que esté justo después de la sentencia del refrán. Primero la moraleja, seca, casi judicial: el engaño es el peor traidor. Y luego, de repente, el corazón llorando, alargado, sin aire. La cabeza dice la sentencia. El cuerpo llora.

Sobre llorar he escrito mucho, porque me parece un tema que las canciones de hombres han evitado demasiado tiempo. Tengo una canción entera, «Llorar», que funciona como permiso. En «Quien miente y jura» el llanto no necesita permiso. Simplemente sale, al final de cada estribillo, como consecuencia natural de la mentira.

Bronca de cocina

La ficha dice que el final tiene algo de bronca de cocina española. Me gusta esa imagen, y quiero desarrollarla.

Ficha de la canción «Quien miente y jura» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

En muchas casas españolas, las discusiones importantes pasan en la cocina. No en el salón, que es para las visitas, ni en el dormitorio, que es para otras cosas. En la cocina, de pie, mientras se friega o se cocina. Y en esas broncas de cocina aparecen siempre las mismas frases, heredadas de generación en generación. «Por mis muertos que…». «Te lo juro por tu padre». «Que me muera aquí mismo si…».

Mi canción recoge ese lenguaje y lo pone en una historia de dos hombres. Me interesa esa mezcla. Las parejas gais heredamos el mismo idioma sentimental que las parejas de nuestros padres. Juramos igual, discutimos igual, nos mentimos igual. Y las canciones que hablan de nosotros pueden usar el mismo refranero y los mismos juramentos que las coplas de toda la vida. No hace falta inventar un idioma nuevo para contar nuestras broncas. El de la cocina de nuestras madres sirve perfectamente, y además tiene la ventaja de que todo el mundo lo entiende a la primera. Lo explico más en la copla dentro del pop queer.

La confianza no vuelve

El último verso de la canción es una sentencia definitiva, casi sin esperanza:

«Nunca se volverá a confiar / En quién miente y jura por sus padres».

Fijaos en la forma. No dice «nunca volveré a confiar en ti». Dice «nunca se volverá a confiar», con esa forma impersonal que convierte la frase en ley general. Es otra vez el refrán. La canción empieza con una sentencia y termina con otra. Lo que hay en medio es la historia particular. Pero el marco es universal: esto le pasa a cualquiera que jure en falso.

¿Es verdad que la confianza no vuelve nunca? No lo sé. Hay parejas que se reconstruyen después de una mentira grande. Hay amistades que sobreviven a una traición. Pero la canción no habla de lo que es posible. Habla de lo que siente el narrador en ese momento. Y en ese momento, la confianza está rota sin remedio.

Creo que eso es lo que distingue una canción de un ensayo. El ensayo matiza. La canción sentencia. La canción tiene derecho a decir «nunca» aunque mañana el narrador cambie de opinión, porque recoge la verdad de un instante.

Otras canciones de la misma familia

En mi catálogo hay otras canciones que se cruzan con esta. «No te vuelvo a mirar más» habla también de alguien que juró algo, en ese caso respeto, y devolvió lo contrario. «Vampiro emocional» habla de quien te chupa la energía. Y «Perverso narcisista» se mete en el terreno de las etiquetas psicológicas.

«Quien miente y jura» es quizá la más sencilla de todas. No hay diagnósticos ni metáforas de vampiros. Hay un refrán, un juramento y un corazón que llora. Es una copla de las de antes, con lenguaje de ahora.

Una invitación a no jurar

Si tuviera que sacar una lección de todo esto, sería muy simple: jura menos.

No porque jurar sea malo, sino porque cada juramento innecesario devalúa tus palabras. Si dices la verdad, no hace falta jurar. Si tienes que jurar, quizá ya no te crean, y entonces el juramento no va a arreglarlo. Y si juras en falso, por tus padres o por lo que sea, has perdido algo que no se recupera.

Mejor una frase dicha sin aval, con la propia palabra como única garantía. «Ya no estoy enamorado». Duele, pero es limpia. Y deja al otro libre para irse a buscar a alguien que le quiera valorar, como dice el narrador. Esa es, al final, la verdadera forma de salvar algo: no el amor, que ya no está, sino el respeto.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Quien miente y jura»? De alguien que se da cuenta de que su pareja le tiene cariño pero no está enamorada, y que no puede perdonarle que haya mentido jurando por sus padres. La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras.

¿El arranque es un refrán tradicional? Tiene la forma de un refrán, pero está escrito para la canción imitando el molde del refranero.

¿Por qué es tan grave jurar por los padres? Porque es de los juramentos más serios del castellano: poner como aval a quienes te dieron la vida. Hacerlo en falso rompe la confianza.

¿Quién hace la canción? Mike Sain't Louis escribe la letra, compone y produce. La música y las voces se hacen con inteligencia artificial.

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