
Por Mike Sain't Louis ·
Marica, con todas las letras: una palabra que me devolvieron
«I won maricón.»
Así acaba la pelea. No con un portazo ni con una canción triste: con un trofeo. En «Gaslighting» el protagonista se pasa la letra entera desmontando las mentiras de alguien que le decía que nada había pasado, que lo había soñado, que todo era culpa suya. Y cuando por fin gana, cuando el juego se ha terminado, lo celebra con tres palabras en las que la última es la que hace todo el ruido. Gané, maricón. Con la tilde que el inglés no tiene y que yo pronuncio igual.
Esa palabra, en mis letras, está por todas partes. Marica, maricón, maricones, mariposón, la Shakira marica, el marica sideral, el marica chill. La uso como quien usa la sal: en casi todo, a veces de más, y sabiendo que hay gente a la que le sube la tensión.
Este texto va de eso. De una palabra que durante mucho tiempo sirvió para señalarnos, y que ahora, en mis canciones, sirve para casi cualquier cosa menos para eso.
Gané, maricón
Empiezo por la victoria porque es lo que más me gusta de esa palabra en boca de quien la ha sufrido.
En «Gaslighting» la luz de gas se acaba cuando el protagonista confía en lo que vio: «Pero sorry, yo sé bien / Lo que vi, lo que sentí también». Toda la canción es una recuperación de la propia versión de los hechos. Y al final, como remate, el insulto convertido en celebración. «Gaslighting, gaslighting, I won maricón.» No es un insulto contra el otro. Es una palmada en la espalda a uno mismo. Es lo que te dice una amiga en la puerta de la discoteca cuando le cuentas que por fin lo has dejado: maricón, lo has conseguido.
Hay una forma de decir maricón que es abrazo. Quien la ha oído en una barra de Chueca a las tres de la mañana sabe de qué hablo. «Ay, maricón, qué guapo vienes.» «Maricón, cuánto tiempo.» Es la misma palabra que te gritaban desde un coche, pero dicha por otra boca y con otra música. Y esa música es la que intento meter en las letras cuando la uso así.
Hazlo tú, maricón
Luego está la otra forma. La de dardo.
En «Discutiendo con la IA» le contesto a quien me dice que hacer canciones con herramientas de inteligencia artificial es darle a un botón: «Hija mía si usar IA es / dar a un botón / hazlo tú maricón». Ahí la palabra no abraza. Ahí empuja. Le planta el bolígrafo en la mano al que critica y le dice: venga, guapo, a ver qué haces tú.
Lo interesante es que el dardo funciona porque viene de dentro. Si un señor de fuera llama maricón a alguien, es una agresión. Si un marica le dice maricón a otro marica que le está tocando las narices, es una discusión de familia. Tiene otra temperatura. Es como cuando una madre llama a su hijo «sinvergüenza»: lo dice en serio, pero no le está echando de casa.
Esa línea, la de quién puede decir qué, la tengo muy presente cuando escribo. No uso la palabra para reírme de nadie por ser marica. La uso para reírme de alguien que, además, resulta que lo es. La diferencia parece pequeña. No lo es.
Mariposón, señor de León
Me encanta jugar con la palabra. Estirarla, encogerla, ponerle sufijos, cambiarle el animal.

En «El segundo exacto» hay una despedida que es un trabalenguas de taberna: «A otra cosa mariposa, / a otra cosa mariposón». La frase hecha de toda la vida, la de cambiar de tema, se transforma en otra cosa en cuanto le añado tres letras. La mariposa, que era un insecto inocente en un refrán, se convierte en mariposón, que es como nos llamaban en el patio a los que corríamos raro. Y yo se lo devuelvo al que me critica, con su «señor de León» y su «cordial saludo», como quien devuelve una carta a su remitente.
El español tiene una colección enorme de palabras para nosotros. Mariposa, mariposón, mariquita, mariquilla, sarasa, loca, pluma, plumero. Muchas suenan a chiste de los ochenta. Y yo las recojo como quien recoge vasos después de una fiesta: no las elegí, pero ya que están aquí, alguna me la quedo.
¿Y tú quién eres, maricón?
Hay una frase que no es mía y que me ha marcado más que muchas que sí lo son. Es de La Veneno.
En el texto de «Kaaa miga», mi homenaje a ella, la recojo tal cual, como la decía: «¡Yo soy La Veneno, y tú quién eres, maricón!». Es la mejor respuesta a un insulto que conozco. Porque no se defiende. No dice «no soy lo que dices» ni «no me insultes». Dice quién es ella, con nombre y artículo, y le devuelve la pregunta al otro. Tú, que me señalas, ¿quién eres? ¿Qué has hecho tú?
Esa frase es una lección de escritura. Le das la vuelta al insulto sin negarlo. No te escondes detrás de una palabra más bonita. Te plantas con la palabra fea y la conviertes en pedestal. A esa pregunta le he dado muchas vueltas en otros textos, así que aquí solo apunto una cosa: en esa frase la palabra maricón ya no es mía ni de ella. Es del que pregunta. Se la quedamos prestada a él, para que la lleve puesta un rato.
Soy marica sideral
A veces la palabra sale de mis letras y se convierte en título. En apellido. En identidad entera.
«Soy marica sideral» es una de esas. No es «soy gay», que suena a formulario del ayuntamiento. No es «soy homosexual», que suena a consulta médica. Es marica, con todo su ruido, y además sideral, que es como decir que mi pluma llega hasta otras galaxias. En esa letra hay dos versos que para mí resumen cómo me planto con la palabra: «Soy silencio con tacones, / soy marica sideral». Silencio y tacones. Lo que menos esperas al lado de una palabra tan sonora.
Y luego viene el giro que más me importa: «Y si no sabes mirarme, / no es mi pluma el problema». Ahí está todo. Durante años la pluma fue el problema. Lo que había que esconder, corregir, bajar de volumen. En la canción, el problema cambia de sitio. Ya no está en quien tiene pluma. Está en quien no sabe mirar.
Esa letra no suena a rabia. Suena a una calma muy rara en mí: la de alguien que ya no tiene que explicarse.
Exagerada, teatral y emocional
La palabra marica nunca viaja sola. Lleva detrás una maleta de adjetivos, casi todos en femenino.

En «Soy marica sideral» hay un verso que es un expediente completo: «Me han llamado exagerada, / teatral y emocional». Exagerada, con a. Así nos lo decían, en femenino, aunque fuéramos chicos, porque el insulto de verdad no era el adjetivo. Era la terminación. Llamarte exagerada era quitarte el masculino, que en este país se reparte como un carné que hay que merecer.
Y en la misma letra, justo después, la respuesta: «Pero nadie dice nada / del puto narci de manual». A mí me llamaban exagerada. Al otro, que mentía de manual, nadie le llamaba nada. Esa asimetría me la sé de memoria. La pluma se nota a cien metros. La crueldad discreta pasa por educación.
Por eso en mis letras juego tanto con el género gramatical. En «No quiero otro novio cojín» la letra arranca con un «Despierto sola» que nadie corrige. En «Discutiendo con la IA» al crítico le llamo «hija mía». En «Marica chill» me llaman loca y lo convierto en marca. En «La dieta del cucurrucho» el novio grita «como una loca». El femenino, que era el castigo, en mis canciones es un sitio donde estoy cómodo. Me muevo entre el él y el ella como quien cambia de zapatos según la fiesta.
No lo hago para teorizar sobre nada. Lo hago porque así hablamos muchos de nosotros entre nosotros. «Ay, hija, qué cansada estoy.» «Mira esa, qué guapa viene.» Y si así hablamos en la barra, así tienen que hablar las canciones. Lo raro sería lo contrario: escribir letras de maricas en un español de notario.
Marica chill
Y si soy marica sideral, también puedo ser marica de andar por casa.
«Marica chill» es el retrato de un día sin drama: glitter en la cara, un café solo, unos tacones para bajar a la playa, la vecina criticando desde el balcón y el frutero regalando un mango. La palabra aquí ya no es ni trofeo ni dardo. Es una etiqueta de estilo de vida. Como quien dice «vegano» o «madrugador». Marica chill. Así, como una marca de ropa.
En esa letra hay un verso que es casi un manifiesto, aunque parezca una frase de taza: «Que me llamen loca, that's my brand». Loca era otro de los insultos de siempre. Y aquí se convierte en marca registrada. Si me lo vas a llamar de todas formas, al menos que me sirva para vender camisetas.
Me gusta que la palabra pueda ser tan pequeña. Que no siempre tenga que llevar una pancarta detrás. Que haya canciones donde marica es solo el que baja a la playa con abanico y no piensa pedir perdón por ello.
La Shakira marica del Todo a un Euro
La palabra también me sirve de adjetivo. Y como adjetivo es una maravilla, porque cambia todo lo que toca.
En «La Shakira y el Piqué de Todo a 1 Euro» me retrato como «la Shakira marica del Todo a un Euro». Fíjate en el orden. Primero la estrella del despecho. Luego la palabra que la convierte en nuestra. Y al final la tienda de bazar que la pone en su sitio, que es el mío: el de la diva low cost con bolsa de plástico. Si quitas marica, la frase es solo una burla. Con marica, es un autorretrato.
Eso pasa mucho con la palabra cuando la usamos nosotros. No resta. Añade un brillo concreto. Lo marica es lo que pone lentejuelas en una frase que no las tenía. Es el filtro rosa. Y en un catálogo como el mío, que se ríe de sí mismo antes que de nadie, ese filtro está puesto casi todo el tiempo.
El arte marica que lo empezó todo
Hay una frase que escribí en la presentación de «El calcetín» y que me sigue gustando mucho: «Grabado en Móstoles, con toda la ironía y el arte marica que lo empezó todo».

Arte marica. Lo dije así, sin pedir permiso, en un texto que acompaña a una canción sobre un ex que se quedó a la altura de un calcetín. Y lo dije en Móstoles, que no es Chueca ni Nueva York ni un museo con aire acondicionado. Es un sitio donde la gente vive, trabaja y coge el Cercanías. Me gusta esa combinación: la palabra más pintona del diccionario queer al lado de una ciudad que no sale en las postales.
Para mí, el arte marica es eso. No es una corriente ni un estilo con manual. Es una forma de mirar las cosas pequeñas con lupa y purpurina a la vez. Coger un calcetín, un cojín, un bazar de todo a un euro, un buffet de crucero, y convertirlo en drama de tres minutos con la peluca bien puesta. Es reírse del que te hizo daño en vez de darle el gusto de verte hundido. Es la ironía como forma de supervivencia, que es exactamente lo que dice la presentación de la canción cuando habla de quien sobrevive a la manipulación y aprende a reírse de ella.
Si tengo que ponerle un nombre a lo que hago, ese me vale. Arte marica de Madrid y de su extrarradio.
Con miedo a Chueca
Y ahora la parte sin chiste.
En «La despedida» hay una lista larguísima de momentos de mi vida acompañados por las canciones de Camela, todo en mayúsculas, como se escribe cuando uno grita de alegría o de nervios. El primer beso. La vez que casi me caso. Los veranos de fiesta. Y en mitad de todo eso, un verso que me costó dejar escrito: «CAMELA, LA PRIMERA VEZ QUE FUI YO SOLO CON MIEDO A / CHUECA PENSANDO QUE ME IBAN A PEGAR».
Ese miedo es la otra cara de la palabra. Antes de que marica fuera un trofeo, un apodo o una marca, fue una amenaza. Era lo que te podían gritar justo antes del golpe. Era lo que oías en el patio, en el vestuario, en la parada del autobús. Y para muchos de nosotros, ir por primera vez a un barrio donde esa palabra se dice con cariño fue también ir con el cuerpo encogido, mirando por encima del hombro, por si acaso.
No me hace gracia esa línea. No la escribí para que hiciera gracia. La metí en mitad de una canción festiva, entre besos y laca de L'Oréal, porque así es como pasan las cosas. El miedo no avisa ni tiene su canción aparte. Aparece en mitad de una lista de recuerdos buenos y luego se va. Y la canción sigue.
Lo pienso ahora y me doy cuenta de que esa primera vez en Chueca, tal como la cuenta la canción, es el momento exacto en que la palabra empieza a cambiar de dueño. Fuera del barrio, marica era lo que te podían gritar. Dentro, era lo que te decían al darte dos besos. Mismo idioma, misma ciudad, unas cuantas calles de distancia. Y tú en medio, con el miedo todavía pegado a la nuca y una amiga desconocida que te llama «maricón» con una sonrisa mientras te pide fuego.
No sé cuánta gente ha vivido esa transición en una sola noche. Yo la escribí en una línea, en mayúsculas, entre una canción de Camela y otra. Me pareció el único sitio donde cabía sin convertirse en sermón.
Cada vez que uso la palabra marica en una letra, por mucho que me ría, esa línea está debajo. Es lo que le da peso. Si no hubiera dolido nunca, no tendría gracia devolverla.
Tienes pluma y eres afeminado
Hay un uso de la palabra que me duele más que el del señor del coche. El que viene de dentro para hacer daño.

En «Buscando el polvo perfecto» pongo la letra en boca de un tipo de usuario de aplicaciones de ligue que todos hemos visto. Y ese usuario, que es gay, rechaza a otros gays con los mismos argumentos que usaría cualquier homófobo de barra: «Tienes pluma y eres afeminado, / Yo soy deportista y un buen macho». No dice la palabra marica. No le hace falta. La pluma es suficiente para descartar.
Esa es la versión más triste del asunto. Que después de devolverle la palabra al que nos insultaba, haya quien la siga usando entre nosotros como criterio de exclusión. Como si tener pluma fuera un defecto de fábrica. Como si «discreto» fuera un mérito.
Por eso la canción, al final, se va a otro planeta. A uno donde nadie tiene que esconder la muñeca para que le contesten un mensaje. Y por eso también uso tanto la palabra en las demás letras: para que se oiga mucho, en todas partes, con todos los tonos. Para que deje de ser algo que se susurra con asco en un chat.
Quién puede decirla
Es una pregunta que cae sola, con más o menos tacto: si no me da miedo que alguien use mis canciones como permiso para decir marica a la ligera. Si no estoy normalizando un insulto.
Lo pienso. Claro que lo pienso. Y mi respuesta es que la palabra ya estaba normalizada mucho antes de que yo escribiera nada. Normalizada para hacer daño. Lo que intento es que también esté normalizada para lo contrario: para el abrazo, para la victoria, para el autorretrato con brillo. Que la palabra tenga tantos usos que el insulto se quede en uno más, y no en el único.
Hay una regla que no está escrita en ningún sitio pero que en mis letras se cumple. La palabra marica nunca va contra alguien por ser marica. Va contra el mentiroso, el que critica sin hacer, el que descarta por pluma, el que se cree mejor. Y va a favor de casi todo lo demás. Si eso se entiende al escuchar las canciones, me doy por contento. Si no se entiende, la culpa es mía y lo arreglaré en la siguiente.
Y luego está el tono, que en una canción lo es todo. Escrita en un papel, la palabra puede parecer agresiva. Escuchada, con su música, su ritmo y su contexto, se entiende de otra manera. Por eso me gusta tanto que mis letras estén publicadas enteras, una por una, con su canción al lado. No quiero que nadie se quede con una palabra suelta sacada de su sitio. Quiero que se vea la frase completa, el verso de antes y el de después, el chiste y la herida. Solo así se entiende por qué un «maricón» puede ser lo más bonito que le dices a alguien en toda la noche.
Con todas las letras
Repaso lo que he escrito y me sale una lista que no sé muy bien cómo terminar. Marica como trofeo. Maricón como dardo. Mariposón como juego de palabras. Maricón como pregunta de La Veneno. Marica sideral como identidad. Marica chill como estilo de vida. Marica como adjetivo de bazar. Marica como recuerdo de miedo. Pluma como excusa para descartar.
Todas caben en la misma palabra. Eso es lo que más me fascina del idioma: que algo tan corto pueda pesar tanto y tan distinto según quién lo diga y cómo.
Hubo un tiempo en que esa palabra me la tiraban. Ahora la escribo yo, en mayúsculas si hace falta, en títulos, en remates, en canciones de playa y en canciones de pelea. Me la devolvieron sin querer, a base de gritármela tanto. Y ya que me la dieron, me la quedo.
Todas las letras que cito están en el archivo de letras. Y la de la victoria, la del «I won maricón», la tienes entera en gayfolkplanet.com.
Maricón el que lo lea. Con cariño.
Preguntas frecuentes
¿Por qué Mike Sain't Louis usa la palabra «marica» en sus canciones? Porque es una palabra que durante mucho tiempo se usó para insultar a la gente gay, y en sus letras la recupera como celebración, apodo cariñoso, autorretrato o dardo contra mentirosos y críticos. Nunca la usa contra alguien por ser gay.
¿De qué va «Gaslighting»? De salir de una relación en la que el otro negaba lo que había pasado y hacía dudar al protagonista de su propia memoria. Acaba con una victoria: «I won maricón». La letra es de Mike; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.
¿En qué canción aparece el miedo a ir a Chueca? En «La despedida», una lista de recuerdos acompañados por canciones de Camela, del primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK».