
Por Mike Sain't Louis ·
Cinco leyes de la exageración (y la canción que las cumple todas)
Uno y uno son dos. Así empieza. Con la primera suma que te enseñan en el colegio, la de los dedos y las manzanas de la cartilla Rubio.
Y en el verso siguiente ya me han robado veinte años de vida.
Me llaman exagerado, y la propia canción lo admite desde el título. Lo acepto. Lo que no acepto es que exagerar sea dejarse llevar, como quien se toma tres chupitos de Jäger y empieza a mandar audios. Exagerar, cuando escribo, es un oficio con normas. Tanto que tengo una canción que se llama «La ley de la exageración» y en la que me declaro culpable antes de que nadie me acuse.
Soy Mike Sain't Louis, el que escribe las letras de Planeta Gayfolk, y he decidido hacer lo contrario de lo que haría una canción: ordenar las normas, numerarlas y ponerlas en fila como en el BOE. Son cinco. Ninguna es científica. Todas salen de escribir cientos de letras. La ficha de la canción tiene su resumen y su letra; aquí va el reglamento.
Primera ley: empieza por lo más pequeño
La exageración no nace en lo grande. Nace en lo diminuto. Si empiezas a todo volumen, como una folclórica que sale al escenario dando el do de pecho, no tienes adónde subir. Si empiezas con una suma de primaria, el salto parece un vuelo sin motor desde las Torres KIO.
Por eso la canción abre con uno y uno son dos, sin adornos, y en la línea siguiente la suma ya ha perdido la inocencia. Escribí: «Dos ladrones me han robado / Veinte años de mi vida del tirón». De la tabla de sumar a dos décadas desaparecidas en dos versos. Ese desnivel es la exageración. Sin el escalón de abajo, el de arriba no impresiona.
Lo de «del tirón» me encanta, porque es de chorizo de Sol. Ni robo a mano armada ni estafa de guante blanco. Del tirón, como quien te quita el bolso en la Gran Vía. Veinte años arrancados así, de un golpe, sin que te dé tiempo a gritar. Es imposible, claro. Por eso funciona.
Segunda ley: ponte tú la etiqueta antes que nadie
La segunda norma es defensiva y es la más camp de todas. Si sabes que te van a llamar dramático, dilo tú primero. Y dilo con orgullo, a ser posible con tacones.
En la canción está así de claro: «Sí, yo soy la ley de la exageración». El «sí» del principio es lo mejor. Es un «sí» de alguien que ha oído un «no exageres» detrás de otro y ha decidido que ya está bien. Lo admite, lo asume y se lo pone como una corona de plástico del Carnaval de Santa Cruz.
Cuando te adelantas a la crítica, la desactivas. El que venía con su «estás exagerando» preparado se queda con la frase en la boca, como quien llega a una fiesta con el mismo vestido que la anfitriona. La cultura queer lleva décadas haciendo esto con los insultos: cogerlos del suelo, sacudirles el polvo y ponérselos de diadema. Lo conté en «Cateto: de insulto a bandera», y aquí pasa lo mismo con una palabra más inofensiva. Exagerado. Pues sí. ¿Y qué?
Tercera ley: clasifica como un catálogo de Ikea
Exagerar también es ordenar las cosas de forma absurda. En la canción aparecen dos personajes, los dos ladrones del principio, y en lugar de describirlos con detalle los clasifico como si fueran electrodomésticos en el folleto de Media Markt. Lo escribí así: «Uno víctima salvador / Y el otro la versión low cost».

Modelo premium y modelo de saldo. Los dos, eso sí, narcis de profesión, con su nómina y su cotización a la Seguridad Social del ego.
Clasificar es una herramienta de humor muy potente porque te obliga a mirar a la gente desde fuera, como a productos en una estantería. Le quita épica al dolor sin negarlo. Sigue doliendo que te hayan robado veinte años, pero el ladrón ahora lleva etiqueta de oferta, como los yogures que caducan mañana. Es más difícil temer a alguien que tiene precio rebajado.
La «víctima salvadora» es un tipo que me ha dado mucho que escribir: el que te rescata para luego cobrarte el rescate con intereses. Y la versión low cost es su imitación barata, el que copia el truco pero sin el presupuesto. Sobre esa manía mía de hacer fichas técnicas de ex escribí una pequeña tipología cómica de exnovios. La canción es la versión resumida, en formato prospecto.
Cuarta ley: despídete con solemnidad desproporcionada
Cuando ya lo has exagerado todo, la despedida tiene que estar a la altura. Y la altura aquí es la de un funeral de Estado con la Guardia Real.
La canción se cierra con «Que dios os tenga en su gloria» y un adiós con exclamación. Es una despedida para difuntos ilustres, de las que se leen en la catedral de la Almudena, y se la dedico a dos señores que siguen vivos y probablemente desayunando tostadas en algún bar de Móstoles. Esa desproporción entre lo que se dice y a quién se le dice es la que hace reír.
Y tiene truco, porque además es una forma de cerrar. Si los entierras en la canción, dejan de ocupar sitio fuera de ella. Es un exorcismo con tono de esquela del ABC. No les deseo nada malo. Les deseo la gloria. Lejos.
Me reconozco en ese gesto, y me da un poco de vergüenza. En mis letras me despido de los ex como si despidiera a Lola Flores en la capilla ardiente. Pero prefiero eso a la despedida mustia por WhatsApp con un emoji de pulgar.
Quinta ley: repite como una tabla de multiplicar
La canción repite su estructura entera varias veces, casi idéntica, como se recitaban las tablas en el colegio, de pie y en voz alta, con la maestra marcando el ritmo con la regla. Uno y uno son dos. Uno y uno son dos.
La repetición hace dos cosas. Primero, convierte la acusación en algo que se aprende de memoria, como el dos por dos cuatro. Al final ya no es una opinión mía: es aritmética. Segundo, le quita gravedad. Una frase que repites mucho deja de ser un drama y pasa a ser una cantinela, y la cantinela es más soportable que el drama.
Es la ley que más me cuesta explicar a quien no escribe canciones. Parece pereza. Es lo contrario. Una repetición bien puesta es como un mantra de clase de yoga del Retiro: al principio te da risa, a la quinta vuelta ya estás dentro.
La aritmética del rencor
Hay algo que me gusta mucho de esta letra y que no es una ley, pero casi: los números. Uno, dos, veinte. La canción está llena de cuentas, y las cuentas tienen una ventaja sobre los adjetivos. No se discuten.
Si digo «me hicieron muchísimo daño», cualquiera puede responder que no será para tanto. Si digo veinte años, la cifra se queda ahí, plantada como un mojón en la carretera de Extremadura. Es exagerada, sí, pero es concreta. Y lo concreto, en una letra, vale más que cualquier lamento abstracto. Prefiero una cifra imposible a un sentimiento genérico.
Lo de sumar personas como si fueran manzanas también tiene su guasa. Uno y uno son dos ladrones. Uno y uno son dos narcisistas. La aritmética de primaria aplicada a los ex, como si el desamor se pudiera resolver en la pizarra con tiza y borrador. Ojalá. Media discografía de Planeta Gayfolk sobraría, y yo estaría escribiendo jingles para Pescanova.
En el fondo, contar es una forma de poner orden. Cuando todo duele a la vez, decir «son dos» ya es empezar a separar las cosas. Este es uno, este es otro, cada uno en su estante, con su etiqueta. El caos se convierte en inventario.
Una exclamación sin anestesia
En mitad de tanta aritmética y tanta solemnidad, hay un insulto que llega con su signo de exclamación y sin pedir perdón. Sale después de una frase muy concreta: el narcisista que va de víctima. Y lo que se le dice es la palabra más castiza y más directa que tiene el español para estos casos. Cabrón. Así, sin diminutivo ni eufemismo.

Me gusta que el insulto esté en el centro de la canción y no al final. Al final ya está la esquela, el adiós solemne. El insulto va en medio, como el relleno de un bocadillo de calamares de la Plaza Mayor: lo que le da sabor a todo. Si quito el insulto, la canción se queda en un ejercicio de estilo. Con el insulto, se convierte en un desahogo.
La palabra, además, tiene una ventaja sobre las técnicas. «Narcisista» suena a consulta de psicólogo, a libro de autoayuda del aeropuerto de Barajas. «Cabrón» suena a cocina, a portal, a abuela de pueblo. La letra usa las dos, una detrás de otra, como si la consulta y la cocina se pusieran de acuerdo.
El que va de víctima
Hay una frase en la letra que me parece el centro moral de todo, y no por exagerada sino por precisa: el narcisista que va de víctima cuando en verdad es otra cosa. Es un mecanismo que conoce cualquiera que haya salido de una relación así. El que te hizo daño se presenta ante los demás como el herido. Llora en el hombro de tus amigos. Cuenta su versión antes que tú.
La exageración, aquí, sirve para romper esa trampa. Si el otro va de víctima con voz bajita, la canción le contesta a gritos. Si él tiene la versión triste, yo tengo la versión con trompetas y nubes doradas. No se trata de ganar la discusión, que eso nunca se gana con un narcisista. Se trata de que tu versión no quede en susurro mientras la suya se oye en todo el barrio.
Por eso la exageración no me parece un defecto en estos temas. Me parece un altavoz. Cuando llevas años bajando el volumen para no molestar, subirlo hasta el once es casi una obligación.
Cómo usar las cinco leyes en casa
Por si alguien quiere probar a escribir con estas normas, sin ánimo de dar clases, que para eso hay talleres en La Casa Encendida, dejo un ejercicio.
Coge algo que te haya pasado de verdad y que te dé rabia. Ahora empieza por lo más pequeño que se te ocurra, un objeto, una cifra, una suma. Ponte tú la etiqueta que te pondrían los demás, y póntela con orgullo. Clasifica al culpable como si fuera un producto de las rebajas. Despídete de él como si fuera un obispo. Y repite el arranque hasta que suene a canción infantil.
No va a salir una obra maestra, ni falta que hace. Pero vas a notar algo raro: la rabia se ordena. Y una rabia ordenada pesa menos que una rabia suelta por el pasillo, tropezando con los muebles. Ese es el único truco que conozco que funciona siempre, o casi.
Exagerar no es mentir
Aquí viene lo serio, y lo digo una vez. Exagerar, cuando funciona, no es mentir. Es subrayar.

Nadie me ha robado literalmente veinte años del tirón. Pero quien ha salido de una relación con un narcisista sabe que la sensación es esa: que alguien te arrancó un trozo de vida sin que te dieras cuenta y que, cuando miras atrás, falta tiempo. La exageración pone el rotulador fosforito sobre esa sensación para que se vea desde lejos. Si lo dijera en tono de informe médico, «he perdido varios años en una relación desequilibrada», nadie lo recordaría al día siguiente.
El habla de la calle en España hace esto todo el rato. «Me muero», «me mato», «te lo he dicho un millón de veces». Nadie llama al 112 cuando alguien dice que se muere de la risa. Le dediqué un texto entero a ese idioma en «Me muero: la exageración del habla cotidiana española y mis letras». Mis canciones no inventan nada. Copian a la vecina del cuarto, al taxista de la parada de Atocha, a cualquier madre española al teléfono con la tía de Cuenca.
La portada como ley visual
Las leyes no se quedan en la letra. También las apliqué a la carátula, que dirigí para que exagerara tanto como el texto.
Un hombre con gafas de sol de aviador, barba cuidada y túnica clara, con los brazos abiertos y las palmas hacia arriba, como un predicador de televisión de madrugada o una estampita de primera comunión. Detrás, un cielo de nubes doradas atravesado por rayos de luz. Abajo, el título en letras de serifa doradas y espaciadas, con aire de cartel de película bíblica de Semana Santa en La 1.
Es una imagen desmesurada a propósito. Toma la iconografía de la salvación y la pone al servicio de una canción que se burla del que va de salvador. La primera ley aparece invertida: la portada no empieza por lo pequeño, empieza por el cielo, lo más grande que hay. Y la cuarta ley, la de la solemnidad desproporcionada, se lleva al extremo con ese oro de retablo. Para un cabrón con versión low cost, rayos divinos. Me parecía lo justo.
Esa costumbre de que la imagen contradiga o exagere la letra la tengo en casi todas las portadas. Están todas juntas en la página de singles, por si quieres jugar a encontrar la ley en cada una.
Una canción que vive fuera de los discos
«La ley de la exageración» es un single fuera de la trilogía GAYFOLK. No está en ninguno de los tres discos. Vive suelta, como esos primos que no van a las bodas familiares pero aparecen en todas las fotos de Nochevieja.
En el catálogo completo de 273 singles es la pista 203. Justo antes va «Mi último ex era una IA disfrazada», que es otra forma de clasificar a un ex, esta vez como electrodoméstico averiado. Justo después, «La vecina cotilla». Una IA con el chip de la traición roto, dos narcisistas en versión premium y de saldo, y la vecina que lo ve todo desde la mirilla. Si eso no es un bloque de pisos de Carabanchel, que venga alguien y me lo explique.
Que una canción esté fuera de los discos no la hace menor. Hay canciones que necesitan su contexto, su disco, sus vecinas. Esta es tan autosuficiente que funciona como tarjeta de visita. Si alguien me pregunta qué tipo de letrista soy, podría ponerle esta y ahorrarme la entrevista.
También tiene algo de comodín. Como no pertenece a ningún disco, puede aparecer en cualquier lista sin romper ningún orden: entre dos baladas, en mitad de una sesión de electropop, al final de una noche de desahogo con amigas. Es la canción que entra en todas las fiestas sin invitación y a la que nadie se atreve a echar, porque viene con la lección aprendida y la exclamación preparada. Y su falta de disco le sienta bien al tema: los dos ladrones de la letra tampoco tienen sitio fijo en ninguna parte.
Lo que pone la máquina y lo que pongo yo
La letra es mía, de la suma del principio al adiós del final. La música y las voces salen de herramientas de inteligencia artificial como Suno, que uso para producir y arreglar, y yo decido qué versión se queda, qué ritmo tiene la tabla, cuántas veces vuelve el estribillo.

Lo que la máquina no podía saber es que «del tirón» suena a carterista de Sol y que eso es exactamente lo que necesitaba el verso. Tampoco sabe que una despedida de esquela funciona mejor que un insulto cuando ya has insultado en el estribillo. Esas decisiones son de oficio, y el oficio es lo único que no delego. Sobre esa frontera entre lo mío y lo de la herramienta escribí en «Inteligencia artificial y autoría: lo que tengo claro y lo que no».
La etiqueta que me pongo, «el primer cantautor IA», también cumple la segunda ley, por cierto. Me la pongo yo antes de que nadie me la ponga, con su parte de guasa. Todo lo demás está en mi página de presentación.
Lo que la exageración no puede hacer
Hay una cosa que estas leyes no arreglan: no te devuelven los años. Exagerar ayuda a contar, a reírse, a quitarle poder al que te hizo daño. Pero el tiempo perdido sigue perdido, y la canción, debajo de su cachondeo, lo sabe.
Por eso me interesa tanto el equilibrio entre el chiste y la herida. Si exagero sin herida, sale una gracieta de monologuista del Club de la Comedia, de esas que se olvidan en el metro de vuelta. Si hay herida sin exageración, sale una balada lacrimógena que nadie aguanta dos veces. Con las dos cosas a la vez, sale algo que se puede bailar llorando.
Hay quien piensa que reírse de algo así es quitarle importancia. Yo creo lo contrario. Reírse es la prueba de que ya puedes mirarlo de frente sin que te tiemblen las piernas. Mientras duele demasiado, no hay chiste posible. Cuando aparece la primera broma, la herida ha empezado a cerrar, aunque la cicatriz se quede para siempre, como las de las rodillas de cuando te caías en el patio del colegio jugando al rescate.
Veinte años. Del tirón.
No tiene gracia. Y tiene muchísima.
Instrucciones para escucharla
Dos maneras, que con cinco leyes ya hay bastante burocracia.
La primera, como una tabla de multiplicar. Ponla y repite en voz alta lo de uno y uno son dos, a ver a la tercera vuelta si no te sale solo. Si la escuchas en el coche por la M-30, mejor con las ventanillas subidas, que luego te miran.
La segunda, con la letra delante, en su página de letras. Ahí se ve el andamiaje: la suma inocente, el salto a los veinte años, la clasificación en premium y low cost, la esquela final. Las cinco leyes, cumplidas en una sola página. Para el resto del catálogo, el archivo de letras las tiene todas ordenadas.
Y si después de escucharla alguien te dice que exageras, ya sabes qué contestar. Sí. Yo soy la ley.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «La ley de la exageración» de Mike Sain't Louis? De dos narcisistas que, según la letra, le han robado veinte años de vida «del tirón». Uno es la «víctima salvadora» y el otro su «versión low cost». La canción se declara exagerada desde el título y se despide de ellos con solemnidad de funeral.
¿En qué disco está «La ley de la exageración»? En ninguno: es un single fuera de la trilogía GAYFOLK. En el catálogo de 273 singles de Planeta Gayfolk ocupa la pista 203, entre «Mi último ex era una IA disfrazada» y «La vecina cotilla».
¿Quién escribió «La ley de la exageración»? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor madrileño. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial como Suno, bajo su dirección.
¿Qué son las cinco leyes de la exageración? Empezar por lo más pequeño, ponerse uno mismo la etiqueta, clasificar a los personajes como productos, despedirse con solemnidad desproporcionada y repetir como una tabla de multiplicar. Son las normas que Mike Sain't Louis sigue al escribir sus letras.