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«Te hubiera anotado en mi diario»: Anne Lister, Pepys, Kafka y para qué sirve escribir lo que duele

«Al fuego» es una canción de arrepentimiento con mucha sorna. La protagonista repasa todo lo que habría hecho de haber sabido a tiempo lo poco que le importaba a la otra persona, y en medio de esa lista aparece un verso que siempre me hace sonreír:

Si hubiera escuchado tu ojalá le parta un rayo Te hubiera anotado en mi diario echando pestes

Y al final del estribillo, la decisión:

Que ya me conozco el juego He tirado todo al fuego

Sobre la gramática de esos «si hubiera» ya escribí en «Si yo hubiera sabido», donde hablaba del condicional que usamos cuando nos sentimos tontos. Hoy quiero detenerme en un objeto que aparece de pasada y que, pensándolo bien, dice mucho: el diario. Ese cuaderno donde uno anota lo que le pasa, a veces con buena letra y a veces echando pestes. Una costumbre tan vieja como la escritura, que ha guardado secretos de Estado, amores prohibidos y noches de insomnio, y que hoy la psicología estudia con bastante interés.

Voy a contar algunas historias de diarios famosos, después repasaré lo que se sabe sobre escribir lo que duele y terminaré con ideas muy prácticas: cómo empezar, cómo proteger lo que escribes y qué hacer con las páginas cuando ya no quieres tenerlas cerca. Lo hago sin pretender dar consejos médicos; solo comparto lo que he leído y lo que a mí me ha funcionado.

Un funcionario que escribía en taquigrafía

El 1 de enero de 1660, un joven funcionario londinense llamado Samuel Pepys empezó un diario. Lo mantuvo casi a diario durante más de nueve años, hasta el 31 de mayo de 1669. En sus páginas hay de todo: la coronación de Carlos II, la gran peste de 1665, el incendio de Londres de 1666, las cenas, los celos, las discusiones con su mujer, los gastos, las infidelidades y hasta el queso parmesano que enterró en el jardín para salvarlo de las llamas.

Pepys escribió casi todo en un sistema de taquigrafía, el de Thomas Shelton, que era rápido y además ponía el texto fuera del alcance de cualquier criado curioso. Lo dejó porque escribir y leer a la luz de las velas le dañaba los ojos y temía quedarse ciego; no llegó a quedarse ciego, pero el miedo fue suficiente para cerrar el cuaderno. El diario pasó a la biblioteca que legó a su antiguo colegio de Cambridge, y allí durmió durante décadas, hasta que un estudiante, John Smith, se pasó tres años descifrándolo, entre 1819 y 1822. La primera edición, muy recortada, salió en 1825.

Lo que me fascina de Pepys es que escribía para nadie. No pensaba publicar aquello. Y precisamente por eso su diario es tan vivo: no hay pose, no hay intención de quedar bien, hay un hombre contándose a sí mismo su día. Esa es, creo, la primera función de un diario: ser el único sitio donde no tienes que actuar.

Anne Lister, la mujer que escribía en clave

Si Pepys usaba la taquigrafía para que no le leyeran los criados, Anne Lister inventó un código para protegerse de un mundo entero. Anne Lister fue una terrateniente de Shibden Hall, cerca de Halifax, en el norte de Inglaterra, que escribió diarios entre 1806 y 1840. Son entre cuatro y cinco millones de palabras. Aproximadamente una sexta parte está escrita en lo que ella llamaba «crypthand», una escritura secreta que mezclaba letras griegas y signos de álgebra. En esa parte cifrada, Lister contaba sobre todo su vida íntima: sus relaciones con mujeres, sus deseos, sus noches.

Décadas después de su muerte, a finales del siglo XIX, un descendiente, John Lister, y un amigo suyo, el anticuario Arthur Burrell, lograron descifrar el código. La pista fue una frase que encontraron entre los papeles, «In God is my hope», en Dios está mi esperanza, con la palabra «hope» escrita en clave. Lo que leyeron les asustó tanto que decidieron esconder los diarios en lugar de difundirlos. No los quemaron, y gracias a eso hoy los tenemos.

En 2011, los diarios de Anne Lister entraron en el registro británico de la Memoria del Mundo de la UNESCO, que los reconoce por su valor cultural y por ser un relato franco de la vida de una mujer lesbiana en el siglo XIX. Su historia llegó al gran público con una serie de televisión, «Gentleman Jack», el apodo con que la llamaban en Halifax.

Cada vez que pienso en ella, pienso en todas las personas LGTBI que, durante siglos, solo pudieron ser ellas mismas dentro de un cuaderno. El diario como armario con cerradura propia. Un lugar donde decirse la verdad cuando fuera no se podía. Algo de eso hay también en «Las canciones como diario de una comunidad», donde pensaba en las canciones como registro de lo que nos ha pasado a muchos a la vez.

Ana Frank y la segunda versión

El 12 de junio de 1942, el día en que cumplía trece años, Ana Frank recibió como regalo un álbum de autógrafos de tapas a cuadros que decidió usar como diario. Pocas semanas después, su familia se escondió en la parte de atrás de un edificio de Ámsterdam. Allí siguió escribiendo, dirigiéndose a una amiga imaginaria, Kitty.

Fotogramas del videoclip oficial de «Al fuego», de Mike Sain't Louis

En marzo de 1944, Ana escuchó en la radio clandestina un mensaje del ministro de Educación del gobierno neerlandés en el exilio, Gerrit Bolkestein, que pedía a la población que guardara diarios y cartas para documentar la ocupación cuando terminara la guerra. Ana decidió entonces reescribir su diario pensando en publicarlo algún día. Empezó a pasar a limpio y a corregir sus propias entradas, en hojas sueltas. Por eso hoy hablamos de distintas versiones de su diario: la primera, escrita para ella; la segunda, escrita ya pensando en otros.

Esa doble vida del diario me parece muy útil para cualquiera que escriba. Hay un primer momento en que escribes para ti, sin filtro, para sacar lo que llevas dentro. Y puede haber un segundo momento, mucho después, en que miras aquello con distancia y decides si quieres convertirlo en otra cosa: un relato, una carta, una canción. Mezclar los dos momentos suele salir mal. Si escribes tu diario pensando en que alguien lo leerá, deja de ser un diario.

Kafka, Byron y la tentación del fuego

Y luego está el final del estribillo: «He tirado todo al fuego». La historia de la literatura tiene unos cuantos episodios de fuego, y dos me vienen siempre a la cabeza.

Franz Kafka llevó diarios entre 1910 y 1923, unos cuadernos en los que mezclaba apuntes de su día, sueños, borradores de relatos y una lucidez dolorosa sobre sí mismo. Antes de morir, en 1924, dejó a su amigo Max Brod una petición clara: que todo lo que dejara, diarios, manuscritos y cartas, fuera quemado sin leer. Brod no le hizo caso. Publicó «El proceso» en 1925, «El castillo» en 1926 y, más tarde, los diarios. Gracias a esa desobediencia leemos a Kafka. Y, a la vez, es imposible no preguntarse qué habría querido él.

El caso contrario es el de las memorias de Lord Byron. Byron había escrito unas memorias y se las había entregado a su amigo el poeta Thomas Moore, que las vendió al editor John Murray. Cuando Byron murió, en 1824, sus amigos y su familia temieron lo que contenían. El 17 de mayo de 1824, en la chimenea del salón de Murray, en el número 50 de Albemarle Street, en Londres, varias personas rompieron los manuscritos y los echaron al fuego. Nadie sabe ya con certeza qué decían.

Entre Kafka y Byron cabe toda la discusión sobre qué hacer con lo que uno escribe para sí mismo. ¿Guardarlo para que alguien lo encuentre? ¿Destruirlo para que nadie lo use? En la canción, la protagonista elige el fuego. Y lo hace sin dramatismo, casi con alivio: ya conoce el juego, no necesita más pruebas. Volveré a esa pregunta al final, porque tiene una respuesta práctica.

Lo que dice la psicología sobre escribir lo que duele

En 1986, el psicólogo estadounidense James W. Pennebaker y su colega Sandra Beall publicaron un estudio que se convertiría en el punto de partida de toda una línea de investigación. Pidieron a 46 estudiantes universitarios que escribieran durante quince minutos, cuatro días seguidos. A unos les pidieron que escribieran sobre temas triviales. A otros, sobre una experiencia traumática o muy dolorosa de su vida, de distintas maneras: solo los hechos, solo las emociones o ambas cosas a la vez.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Si hubiera escuchado tu ojalá le parta un rayo Te hubiera anotado en mi diario echando pestes» de «Al fuego»

El resultado tuvo dos caras. Quienes escribieron sobre los hechos y las emociones juntos se sintieron peor justo después de escribir: más tristeza, más tensión, incluso la presión arterial algo más alta en el momento. Pero en los meses siguientes visitaron menos el centro de salud de la universidad que los demás grupos. Es decir, escribir sobre lo que dolía removía, pero a medio plazo parecía sentar bien.

Lo que vino después Desde entonces se han hecho cientos de estudios sobre lo que hoy se llama «escritura expresiva», con resultados que, en conjunto, apuntan a beneficios reales pero modestos y muy variables según la persona y la situación. No es una cura milagrosa ni sustituye a una terapia. A algunas personas les ayuda mucho; a otras, apenas nada; y a quien está atravesando un momento muy agudo puede removerle demasiado si lo hace sin acompañamiento.

Hay un detalle de esa investigación que me parece especialmente interesante. Los análisis posteriores del propio Pennebaker sobre los textos de los participantes sugirieron que no bastaba con desahogarse. Lo que más se relacionaba con la mejoría era que, con los días, la persona empezara a usar palabras de comprensión y de causa, del tipo «porque», «me doy cuenta», «entiendo que». Es decir, que el texto pasara de ser un grito a ser un relato. No se trata solo de echar pestes, sino de que esas pestes, poco a poco, se ordenen.

Echar pestes en el papel

Me gusta mucho la expresión de la canción: anotar a alguien en el diario «echando pestes». Hay algo muy sano en permitirse escribir con rabia, con palabrotas, sin ser justo, sin ser equilibrado. El diario es el único sitio donde puedes decir exactamente lo que piensas de alguien sin consecuencias para nadie.

Pero hay una diferencia entre desahogarse y quedarse dando vueltas. Si cada noche escribes lo mismo, con las mismas palabras, sobre la misma persona, quizá el diario se haya convertido en una noria. Es la diferencia entre la rabia que se mueve y la rabia que se estanca. Una pista sencilla: relee lo que escribiste hace un mes. Si notas que algo ha cambiado, aunque sea poco, el diario está trabajando. Si es exactamente igual, puede ser buen momento para hablarlo con alguien, en persona.

En las canciones me pasa algo parecido. Hay letras que nacen como pura descarga y que, al terminarlas, me dejan más ligero. Y hay temas a los que vuelvo una y otra vez porque todavía no he terminado de entenderlos. De dónde sale cada primer verso lo conté en «Así empiezan mis canciones».

Mis canciones fueron mi diario

Lo digo con cuidado, porque no es fácil contarlo, pero creo que viene al caso. Pasé muchos años de mi vida en dos relaciones con personas narcisistas. Cuando aquello terminó y se supo lo que había pasado, buena parte de mi entorno se puso de su lado y no del mío. Me quedé sin la posibilidad de contar mi versión. Las canciones fueron mi forma de contarla: el lugar donde, por fin, nadie me interrumpía.

Durante mucho tiempo no tuve un cuaderno con fecha en cada página. Tuve letras. Algunas eran, literalmente, como entradas de un diario escritas echando pestes. Otras eran el relato ya ordenado, meses después. Hoy estoy en tratamiento psiquiátrico y psicológico, con diagnósticos que tardé años en ponerle nombre, y escribir sigue siendo parte de cómo me cuido. Pero no lo es todo: la terapia y la medicación hacen un trabajo que una libreta no puede hacer sola. De lo que me ha aportado mi psicóloga hablé en «Gracias a mi psicóloga», y de cómo la música me sostiene sin hacer milagros en «La música me está salvando».

Si al escribir notas que lo que sale habla de no querer seguir, deja el cuaderno y busca a alguien. En España, el 024 es la línea de atención a la conducta suicida: gratuita, disponible a cualquier hora y también pensada para familiares y amigos que estén preocupados por alguien. Si hay un riesgo inmediato, el 112. Hay más recursos reunidos en «Salud mental sin tabú».

Cómo empezar un diario que te sirva

No hay una manera correcta de llevar un diario. Lo que sigue son ideas que he ido recogiendo, por si a alguien le sirven de punto de partida.

Collage con un detalle de la carátula de «Al fuego» y las carátulas de «Tus fotopollas», «Me Gusta el Verano»

Elige el soporte que vayas a usar de verdad Un cuaderno bonito que te da pena estrenar no sirve de mucho. Tampoco una aplicación que nunca abres. Elige lo que tengas más a mano: una libreta barata que quepa en la mochila, un documento en el ordenador, las notas del móvil. Lo importante no es el formato, sino que escribir te cueste poco.

Pon fecha, siempre Puede parecer una tontería, pero la fecha convierte un desahogo en un registro. Dentro de un año querrás saber cuándo escribiste aquello, en qué época, qué estaba pasando. Pepys ponía la fecha en cada entrada, y por eso su diario es hoy una fuente histórica.

Escribe poco y a menudo El estudio de Pennebaker usaba quince minutos durante cuatro días. No hace falta escribir una novela. A veces bastan tres líneas. Hay quien escribe por la noche, para vaciar la cabeza antes de dormir, y quien prefiere la mañana, con el café. Prueba y quédate con lo que te funcione.

Cuenta lo que pasó y lo que sentiste Es la combinación que mejores resultados dio en aquel primer estudio: los hechos y las emociones juntos. No solo «hoy ha pasado esto», ni solo «estoy fatal», sino «hoy ha pasado esto y me he sentido así». Y, si te sale, un paso más: «creo que me ha afectado tanto porque…».

No corrijas Un diario no es un examen. No importan las faltas, ni la letra, ni que las frases queden a medias. Si empiezas a corregir, empiezas a escribir para alguien, y entonces pierde parte de su fuerza.

Cierra con algo concreto Hay días en que una entrada termina en un pozo. Me ayuda acabar con algo pequeño y tangible: qué voy a hacer mañana, a quién voy a llamar, qué voy a comer. No es positividad forzada; es dejar una cuerda colgando para subir al día siguiente.

Date permiso para dejarlo Si escribir te deja peor durante días, o te encierra en los mismos pensamientos, para. No pasa nada. El diario es una herramienta, no una obligación. Y si te pasa a menudo, es una buena señal para pedir ayuda profesional.

Que nadie lo lea: la privacidad del diario

Un diario solo funciona si te sientes libre al escribirlo, y solo te sientes libre si sabes que nadie lo va a leer. Pepys tenía su taquigrafía y Anne Lister su clave. Hoy tenemos otras herramientas.

Si escribes en papel, guárdalo en un sitio que sea solo tuyo. Si escribes en el móvil o en el ordenador, ponle contraseña al dispositivo y, si puedes, a la propia aplicación o al documento. Ten cuidado con las cuentas compartidas en la nube y con los ordenadores familiares. Y si alguna vez compartiste contraseñas con una pareja, cámbialas cuando la relación termine.

Leer el diario de otra persona sin su permiso no es una travesura. En una relación de control, revisar los cuadernos, el móvil o los mensajes de la pareja es una forma más de vigilancia. Además, en España, el artículo 197.1 del Código Penal castiga con penas de prisión de uno a cuatro años y multa a quien, sin consentimiento, se apodere de los papeles, cartas, mensajes de correo electrónico u otros documentos de otra persona para descubrir sus secretos o vulnerar su intimidad. Si alguien te obliga a enseñarle lo que escribes, eso dice mucho más de esa persona que de ti. Sobre la seguridad digital en otro terreno, el de las aplicaciones de citas, escribí en «No quiero ver tus fotos», a partir de una canción hermana de esta, «Tus fotopollas».

Un diario también puede ser un registro Hay situaciones en las que anotar con fecha lo que te pasa sirve además para algo muy concreto: tener memoria cuando otros intentan cambiar los hechos. Si alguien te repite que eso nunca ocurrió, que exageras o que te lo inventas, tener tus notas fechadas te devuelve la certeza de lo que viviste. Si estás en una situación de acoso o de violencia, los servicios de atención a víctimas y los profesionales que te acompañen sabrán orientarte sobre cómo y qué conviene anotar en tu caso.

Qué hacer con las páginas

Vuelvo a la pregunta de Kafka y Byron. Cuando un cuaderno se llena, o cuando una etapa termina, ¿qué hacemos con él? He visto que hay, más o menos, cuatro caminos.

Ficha de la canción «Al fuego» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Guardarlo Es lo más habitual. Guardar el diario permite releerlo con distancia, comprobar cuánto has cambiado y, a veces, encontrar material para escribir otra cosa. Muchas de mis letras han salido de releer cosas que había apuntado meses antes y que ya no me dolían igual.

Releerlo con cuidado Releer puede ser muy útil, pero también puede abrir heridas. Si vas a releer una época dura, elige un buen momento: un día tranquilo, con tiempo, sin prisas, y quizá con alguien a quien llamar después. No hace falta leerlo todo de golpe.

Destruirlo Es lo que hace la protagonista de la canción, y es una opción legítima. Hay quien siente un alivio enorme al deshacerse de un cuaderno que representa una etapa que quiere cerrar. Si eliges el fuego, hazlo con sentido común: al aire libre, donde esté permitido, lejos de cualquier cosa que pueda prender, con agua cerca, y nunca en épocas o zonas de riesgo de incendio. Romper las hojas en trozos pequeños o pasarlas por una trituradora tiene el mismo efecto simbólico y ningún peligro.

Convertirlo en otra cosa El cuarto camino es el que acabé eligiendo yo: transformar lo escrito en algo distinto. Una carta que no se envía, un relato, una canción. En «Cartas que no se envían» conté lo que aprendí escribiendo una carta que nunca iba a llegar a su destinatario. Convertir el diario en otra cosa no significa contarle al mundo tus secretos. Significa coger la emoción y darle una forma nueva, en la que ya no eres solo la persona herida, sino también la que cuenta.

Lo que me enseña «Al fuego»

Vuelvo al principio. La protagonista de la canción no anotó a tiempo a esa persona en su diario. No escuchó las señales. Se llama a sí misma tonta, y luego decide tirarlo todo al fuego. Lo que me gusta de esa letra es que no se queda en la culpa. El «si hubiera» dura una estrofa; el fuego es una decisión.

Creo que un diario, bien llevado, ayuda justo a eso: a no tener que decir tan a menudo «si yo hubiera sabido». Porque cuando escribes lo que te pasa, con fecha y con sinceridad, empiezas a ver patrones que en el día a día se te escapan. La frase que se repite, el desprecio que vuelve, el «ojalá le parta un rayo» que oíste y preferiste no oír. Leído en tu propia letra, cuesta más hacerse el despistado.

Y si un día decides quemarlo, que sea como en la canción: porque ya te conoces el juego, no para borrar lo que viviste. Lo que aprendiste no arde con el papel. Se queda contigo. Esa idea de llorar sin pedir perdón y de dejar por escrito el permiso para hacerlo la desarrollé en «Llorar en infinitivo», y la de escribir lo pequeño de cada día en «Café amargo y un cohete inventado».

Preguntas frecuentes

¿Escribir un diario mejora la salud mental? La investigación sobre escritura expresiva, iniciada por James W. Pennebaker en 1986, sugiere beneficios reales pero modestos y variables. Escribir sobre algo doloroso puede hacerte sentir peor justo después y aliviar a medio plazo. No sustituye a la terapia ni a la medicación, y si te deja peor durante días conviene dejarlo y hablar con un profesional.

¿Cuánto tiempo hay que escribir al día? No hay una cifra mágica. El estudio original de Pennebaker y Beall pedía quince minutos durante cuatro días seguidos. Muchas personas escriben unas pocas líneas cada noche. Lo importante es que te resulte sostenible y que combines lo que pasó con lo que sentiste.

¿Es delito leer el diario de otra persona? En España, el artículo 197.1 del Código Penal castiga a quien, sin consentimiento y para descubrir secretos o vulnerar la intimidad de otro, se apodere de sus papeles, cartas, correos electrónicos u otros documentos personales. Más allá de lo legal, revisar el diario de la pareja es una forma de control.

¿Qué dice exactamente la letra de «Al fuego» sobre el diario? El verso es «Te hubiera anotado en mi diario echando pestes», dentro de una estrofa de arrepentimiento por no haber escuchado a tiempo. El estribillo termina con «Que ya me conozco el juego / He tirado todo al fuego». La letra completa está en la ficha de la canción.

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