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Así empiezan mis canciones: el primer verso como puerta

«Hoy me levanté con glitter en la cara.»

Así empieza «Marica chill». Siete palabras y ya sabemos casi todo: que es por la mañana, que anoche hubo fiesta, que quien habla no se ha desmaquillado y que no piensa pedir perdón por ello. Todavía no ha llegado el estribillo. Todavía no sabemos de qué va la canción. Pero ya estamos dentro. (La letra completa de «Marica chill» está en gayfolkplanet.com.)

Hace poco escribí sobre cómo acaban mis canciones, sobre los portazos, los hasta nunca y los últimos versos. Esta es la otra mitad. Porque si el final es lo que te llevas a casa, el principio es lo que decide si entras. Una canción tiene muy poco tiempo para convencer a alguien que está pasando de un tema a otro en el móvil. El primer verso es la puerta. Y una puerta puede estar abierta de par en par, entornada o atrancada con una silla.

He vuelto a leer los arranques de mis letras publicadas, uno detrás de otro, sin el resto de la canción. Es un ejercicio raro, como mirar solo los primeros fotogramas de muchas películas. Y aparecen patrones que no se ven cuando cada canción va por su lado. Hay canciones que empiezan con la hora. Otras empiezan con una pregunta que nadie va a contestar. Otras con un insulto, con una lista de nombres, con un «y» que llega a mitad de conversación, con un gracias envenenado o con un sonido que todavía no es palabra.

Este texto recorre esas puertas. No para dar recetas, que cada canción pide la suya, sino para ver qué hace cada tipo de arranque con quien escucha.

Hoy, la palabra que más abre

Si tuviera que elegir la palabra con la que más veces empiezan mis canciones, sería «hoy».

«Hoy me levanté con glitter en la cara», en «Marica chill». «Hoy es el día de la liberación», en la canción que da título al tercer disco de la trilogía. «Hoy es el día montaña rusa», en «Montaña rusa». «Hoy vengo a darlo todo», en «Flash». «Hoy es uno de esos días que me llegan las ojeras al suelo de tanto llorar», en «Judith Bécker». «Hoy estoy celebrando un entierro en Madrid», en «Un puñetazo al día».

Seis canciones muy distintas. Una es pura fiesta de playa en spanglish, otra es un himno de ruptura, otra es una crisis de ansiedad contada como atracción de feria, otra es un subidón de discoteca, otra es un llanto en el sofá y la última es un funeral celebrado como una boda. Y todas abren con la misma palabra.

Creo que «hoy» funciona porque pone el reloj en marcha. No es «una vez», que suena a cuento. No es «siempre», que suena a queja. «Hoy» dice que esto está pasando ahora, que quien habla no ha tenido tiempo de ordenar lo que siente y que nos lo cuenta en caliente. Es la palabra del diario íntimo y la del parte de noticias a la vez.

Y hay otra cosa. «Hoy» implica que ayer fue distinto. Si hoy me levanté con glitter, ayer no lo llevaba. Si hoy es el día de la liberación, ayer no lo era. Una sola palabra crea un antes y un después, y la canción entera vive en ese después.

La hora exacta y la luz que hay

Muy cerca del «hoy» están los arranques que ponen la hora o la luz.

«El espejo de enfrente» empieza en la penumbra de la madrugada, con la luna escondiendo una sombra pálida. «Garrafón de China» empieza «esta mañana», con un desconocido en la cama. «Dark Corners» empieza en inglés con alguien que se despierta tarde y sin sol. «The Great Depression» empieza en octubre. «El abismo en mi cabeza» empieza con la noche, que vuelve a gritar un nombre.

Poner la hora al principio es una técnica que viene del teatro y del cine: antes de que nadie hable, el decorado dice si es de día o de noche. En una canción no hay decorado, así que el primer verso tiene que hacer de foco. Madrugada significa insomnio. Mañana significa resaca. Octubre significa que el verano se acabó y que algo se va a caer.

Lo que me interesa es el contraste entre esas dos mañanas. La de «Garrafón de China» es una mañana de comedia: la cabeza va a explotar, no se sabe quién es el pavo que está al lado, y la culpa es de un cachas de la barra que vendió alcohol malo. La de «El espejo de enfrente» es una madrugada que no hace gracia: alguien se mira y no consigue vivir el presente. La misma franja del día, dos géneros distintos. El primer verso no solo dice la hora. Dice qué tipo de hora es.

Abrir con una pregunta que nadie contesta

Otro grupo grande de canciones empieza preguntando.

Fotogramas del videoclip oficial de «Marica chill», de Mike Sain't Louis

«El concierto de Ismael Serrano» abre con un reproche en forma de pregunta: por qué me prometiste acompañarme al concierto. Y la repite. Y la repite otra vez. La respuesta no llega nunca, porque la persona a la que se lo pregunta no está en la fila. Ese es el chiste y esa es la pena: alguien que espera desde bien temprano, preguntando a un hueco.

«El impostor» empieza con una pregunta dirigida al público, casi de presentador: queréis saber por qué me enteré después de seis años de que nunca estuvo enamorado de mí. Aquí la pregunta es un truco narrativo. Quien habla sí sabe la respuesta, y la pregunta sirve para que nos acerquemos, como cuando alguien en una cena dice «¿sabéis lo que me pasó?» y todo el mundo deja el tenedor.

«Una obra de teatro» empieza con una pregunta incrédula: me estás diciendo que todo era una obra de teatro. «Ni un pimiento» empieza con una pregunta casi filosófica: por qué parece que nada importa ya.

Son cuatro tipos de pregunta. La que reprocha, la que engancha, la que no se lo cree y la que duda del mundo. Lo que comparten es que ponen a quien escucha en una posición incómoda. Una pregunta exige respuesta. Cuando una canción empieza preguntando, el oído se queda esperando algo que no va a llegar, y esa espera es lo que te hace seguir escuchando.

Entrar insultando

Hay canciones que no se molestan en saludar.

«Buscando el polvo perfecto» empieza con «Eres gordo, eres calvo». Dos insultos en cinco palabras, sin contexto, sin presentación. Quien escucha por primera vez se queda un segundo sin saber si eso lo dice el protagonista, si se lo dicen a él o si es una cita. Luego la letra aclara que es el idioma de las aplicaciones de ligar, el catálogo cruel de quien busca y descarta. Pero ese segundo de desconcierto es la gracia del arranque. La canción te pega antes de explicarte por qué.

«Antisocial» empieza con «Me llaman puta basura», y aquí el insulto viene de fuera: es lo que dicen otros, y la frase siguiente lo desmonta. «Dientes, dientes» empieza con una advertencia, «Ten cuidado que la envidia mata», que suena a amenaza de refranero. «Al fuego» empieza con un condicional que termina en taco: si yo hubiera sabido que te importaba un carajo.

Empezar con un insulto es arriesgado. Puede echar a alguien en el primer verso. Pero también tiene una ventaja: deja claro el tono desde el principio. Nadie que siga escuchando después de «Eres gordo, eres calvo» se va a escandalizar con lo que viene después. El primer verso funciona como un contrato. Si te quedas, ya sabes dónde estás.

Una lista de nombres a modo de telón

Un caso extremo es «La chusta nunca disgusta», que empieza directamente con una lista de nombres propios: Sergio, Martina, Elías, Iván, Carmen, Abel, Raquel, Julián, Noelia, Ernesto, Laia, Tatiana.

No hay verbo. No hay sujeto. No hay historia. Solo nombres, uno detrás de otro, como si alguien leyera el censo de una noche. Y eso es justamente lo que hace la canción: contar la noche por la gente que pasó por ella. Los nombres son inventados, personajes sin apellido que podrían ser cualquiera.

Este tipo de arranque tiene algo de lista de reparto al principio de una función. Antes de que empiece la obra, ya sabes cuánta gente hay en escena. Y la acumulación hace su trabajo sola: a partir del sexto nombre, quien escucha entiende que no se trata de ninguno en concreto, sino de la cantidad. El chiste está en el número.

Empezar con «y», a mitad de conversación

Algunos de mis arranques favoritos no son principios. Son continuaciones.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Hoy me levanté con glitter en la cara.» de «Marica chill»

«Bareback» empieza con «Y todavía no nos hemos emborrachado». «Tu mendigo» empieza con «Y tú, tan convencido de que sigo siendo tu mendigo». «Karma» empieza con «Y no me acordaba cuánto dolía que te den un puñetazo al día».

Ese «y» inicial es pequeño, pero cambia todo. Una frase que empieza con «y» presupone que antes hubo otra. Nos sentamos en mitad de una conversación que empezó sin nosotros. Es como entrar en un bar y escuchar a dos personas en la mesa de al lado: no sabes qué ha pasado, pero sabes que ha pasado algo, y quieres enterarte.

«Quien miente y jura» va todavía más lejos. Su letra publicada empieza con «para salvar su amor», que es la segunda mitad de una frase. La primera mitad está en el título. El título dice quién miente y jura, y el primer verso continúa: para salvar su amor, en realidad lo está condenando. Título y primer verso forman una sola oración partida en dos, como un refrán que alguien empieza y otro termina.

«Me rindo» y «Y sigo temblando siempre» comparten arranque: «Porque cuando abro mi corazón de verdad». Otro principio que es una respuesta. ¿Porque qué? ¿Quién ha preguntado? Nadie, en la letra. La pregunta se supone. Empezar con «porque» es empezar defendiéndose de algo que todavía no se ha dicho.

Gracias, pero con veneno

Hay un tipo de arranque que me hace gracia por lo educado que parece.

«Limón» empieza con «Muchas gracias por hacerme tan feliz». Y aquí el gracias es sincero, porque Limón es un perro, y la canción es una nana para dormirlo. La gratitud del primer verso no esconde nada: es la de alguien que habla con su animal antes de apagar la luz.

«Esperma» empieza casi igual de amable: la verdad es que me ha encantado lo mucho que te ha importado. Pero aquí la amabilidad es ironía pura. Lo que viene después lo deja claro, con un «me das asco» que llega a los pocos versos. El primer verso es una sonrisa de dientes apretados.

Poner esas dos canciones juntas enseña algo sobre los arranques. Las mismas palabras de cortesía pueden ser una caricia o una bofetada, y el primer verso no siempre te dice cuál de las dos. A veces la canción necesita unos segundos para revelar si el gracias iba en serio. Esa ambigüedad es útil: obliga a escuchar el segundo verso para saber cómo había que leer el primero.

Esta es la historia

Luego están los arranques de cuentacuentos.

«Doña Rogelia» empieza con «Esta es la historia de cómo una vez». «La empatía de la arpía» empieza con «Esta es la historia de la empatía de la arpía». «Como a mi chihuahua» empieza con «Te voy a contar por qué no veo las noticias». «Croquetas en el crucero» empieza con «Me apunté a un crucero por el Mediterráneo».

Este es el arranque más antiguo del mundo. Es el «érase una vez» de los cuentos y el «oíd, señores» de los romances de ciego que se recitaban en las plazas. Anuncia que viene una historia completa, de las que se cuentan de una sentada. Y crea una promesa: si escuchas hasta el final, sabrás cómo acaba.

Lo divertido es que en mis letras esa fórmula solemne suele presentar historias muy poco solemnes. «Doña Rogelia» usa el «esta es la historia» para contar cómo el arte deja en evidencia a un farsante. «Croquetas en el crucero» arranca como un folleto de vacaciones, con playas, sol y algún italiano, y termina en un buffet que no tiene nada de lo prometido. El tono de narrador serio hace que el tropiezo posterior duela más y haga más gracia.

Una tesis en el primer verso

Otras canciones empiezan como empieza un ensayo: con una afirmación general.

Collage con un detalle de la carátula de «Marica chill» y las carátulas de «El espejo de enfrente», «Garrafón de China», «El concierto de Ismael Serrano», «Buscando el polvo perfecto»

«El narcisista» empieza diciendo que el narcisista odia a quien le ama. «Mentes diabólicas» empieza con una frase entre comillas, el mundo es un teatro donde todos actuamos, que recuerda a la vieja idea del gran teatro del mundo. «Canguros» empieza con «Dicen que hay un límite en el mundo». «Un político español» empieza con una espera: habrá que esperar y esperar a que aparezca un político honrado.

Este tipo de arranque es una apuesta distinta. No sitúa una escena, no presenta a un personaje, no hace una pregunta. Pone una idea encima de la mesa y la canción se dedica a demostrarla, a matizarla o a reírse de ella. Es el arranque del sermón, del editorial y del refrán.

«Canguros» me gusta especialmente porque empieza con «Dicen». No soy yo quien lo afirma: es lo que dice la gente. Un límite en el mundo, un faro en la bahía, una estrella que seguir. La canción empieza con rumores, con lo que se cuenta, y desde ahí se lanza a imaginar un sitio más allá de ese límite. El primer verso es un mapa viejo que la canción está a punto de tachar.

Empezar por el estado de ánimo

Hay canciones que abren con un parte meteorológico interior.

«Otro bombardeo» empieza con «Estoy tan triste y no puedo parar de llorar». «No me aparece una ilusión» y «Entre cuatro paredes» empiezan con versos casi idénticos sobre no tener ganas de salir de la habitación. «Ruido en mi mente» empieza con ecos que chocan por dentro.

Aquí no hay truco. No hay pregunta, no hay ironía, no hay narrador que anuncia una historia. Hay alguien que dice cómo está, en la frase más directa posible. Y creo que eso también es una forma de oficio: saber cuándo una canción necesita un arranque ingenioso y cuándo necesita uno desnudo. Cuando alguien está así de mal, cualquier adorno en el primer verso sonaría falso.

Si alguno de esos primeros versos te describe a ti estos días, no lo dejes en una canción. Habla con alguien de confianza. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratis y a cualquier hora, o al 112 si hay una emergencia. Si estás fuera de España, llama al número de emergencias de tu país.

Cuando el primer verso es un sonido

Algunas letras publicadas empiezan antes de las palabras.

«Before the Bells» abre con un lamento alargado, ay mi pena, ay mi penita, escrito en la letra publicada con muchas aes y muchas íes seguidas. «Gofio de calcetín» empieza con un murmullo, mmmmmm, antes de entrar en la historia. «Dreams Drift Afar» empieza también con un murmullo y unos nananá.

Esos arranques funcionan como el carraspeo antes de hablar, o como el quejío con el que empieza tanto flamenco. No dicen nada y lo dicen todo: avisan del tono. Un «ay» alargado anuncia pena. Un «mmm» anuncia que alguien está pensando qué decir, o que está a punto de soltar algo que le cuesta.

Ojo, que aquí hay que tener cuidado: la forma en que aparecen escritas esas vocales en la letra publicada no siempre es una decisión mía de escritura. Lo que sí está en la letra es la idea de empezar con un sonido y no con una frase. Y eso dice algo de cómo se entra en una canción triste: antes de explicarse, se suspira.

Empezar en inglés

Una parte del catálogo empieza en inglés, y eso también cambia la puerta.

Ficha de la canción «Marica chill» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

«Barcelona» empieza con luces de ciudad a medianoche. «Not Your Supply» empieza con una frase seca: you call when you are empty. «The Great Depression» empieza con un octubre que muerde como ginebra barata. «Marica chill» empieza en español y en el segundo verso ya salta al inglés.

Cuando el primer verso está en otro idioma, quien escucha en España se pone en otro modo. Espera otra cosa: otra música, otro tipo de historia. Y eso permite jugar. «The Great Depression» usa ese inglés para contar un amor entre hombres en los años treinta, una época en la que no se podía decir, y el idioma extranjero añade distancia, como una foto antigua en blanco y negro. «Not Your Supply» usa el inglés para sonar a diagnóstico, con la frialdad de quien ya ha leído todo lo que hay que leer sobre el narcisismo.

En «Marica chill» el cambio de idioma en el segundo verso es casi el chiste: una mañana de resaca madrileña que de repente se pone a hablar como un vídeo de redes, y que dos versos después vuelve al castellano para pedir «Un café solo, sin leche y sin drama». El primer verso pone el pie en casa y el segundo ya está en la playa.

Lo que el título ya ha dicho

Hay un último tipo de arranque que solo se entiende junto al título.

«Ese chulito» empieza con «Ese chulito me gusta demasiado». «Voy a olvidarme de ti» empieza con «Voy a olvidar un te quiero». «Montaña rusa» empieza con «Hoy es el día montaña rusa». «Hoy es el último adiós» empieza con «yo solo he venido a decirte que hoy es el último adiós».

Repetir el título en el primer verso es como poner el nombre en la puerta. No hay sorpresa, y no la busca. Lo que busca es que, cuando llegue el estribillo, ya te lo sepas. En una canción de baile o en una canción de ruptura muy directa, esa repetición tiene sentido: quien escucha necesita agarrarse a algo rápido.

La alternativa contraria es la de «Quien miente y jura», donde el primer verso continúa el título en lugar de repetirlo. Las dos fórmulas tratan el título como parte de la letra, no como una etiqueta aparte. La diferencia es que una lo dice dos veces y la otra lo termina.

Lo que deciden los primeros segundos

Después de leer todos estos arranques seguidos, saco unas cuantas conclusiones.

La primera es que el primer verso decide el género antes que la música. «Eres gordo, eres calvo» dice comedia salvaje. «En la penumbra de la madrugada» dice drama. «Esta es la historia» dice cuento. Antes de saber de qué va la canción, ya sabemos cómo hay que escucharla.

La segunda es que los mejores arranques dejan algo sin explicar. El «y» que presupone una conversación anterior. La pregunta sin respuesta. El gracias que no se sabe si es sincero. La lista de nombres sin verbo. En todos esos casos el primer verso abre un hueco, y el resto de la canción es lo que tarda en llenarse.

La tercera es que hay canciones que no necesitan ingenio en el primer verso, sino honestidad. «Estoy tan triste» no es un arranque ingenioso en el sentido técnico. Es un arranque verdadero, y eso pesa más.

Y la cuarta es que, a fuerza de leerlos juntos, los primeros versos de un catálogo acaban siendo un retrato de quien los firma. Mucho «hoy», mucha pregunta, mucho insulto de entrada, mucha historia que se anuncia con solemnidad para luego tropezar. Si alguien solo leyera los primeros versos de mis canciones, creo que se haría una idea bastante exacta de cómo hablo cuando entro en una habitación.

La puerta que dejo abierta

Termino con una canción que no empieza con palabras mías, sino con las de otra persona. «Toxina coreana» abre con la amiga del alma que dice: oye, tía, tienes mala cara.

Es un arranque prestado. Lo primero que oímos no es a quien protagoniza la canción, sino a alguien que lo mira desde fuera y le suelta una verdad incómoda. Y a partir de ahí la canción es la respuesta. Me parece una buena forma de cerrar este repaso, porque recuerda que el primer verso no tiene por qué ser una confesión. Puede ser lo que otro te dice, y la canción, lo que tú contestas.

Si tuviera que resumir todo esto en una frase, diría que un buen primer verso no explica la canción. La abre. Y luego se aparta, para que pase quien quiera pasar.

Preguntas frecuentes

¿Con qué palabra empiezan más canciones de Mike Sain't Louis? Con «hoy». Abren así «Marica chill», «El día de la liberación», «Montaña rusa», «Flash», «Judith Bécker» y «Un puñetazo al día», entre otras.

¿Qué canciones empiezan con una pregunta? «El concierto de Ismael Serrano», «El impostor», «Una obra de teatro» y «Ni un pimiento» abren con preguntas que la canción no contesta de forma directa.

¿Por qué «Quien miente y jura» empieza a mitad de frase? Porque su primer verso, «para salvar su amor», continúa el título. Título y primer verso forman una sola oración: quien miente y jura para salvar su amor, en realidad lo está condenando.

¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.

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