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Llorar, en infinitivo: un catálogo de lágrimas y un permiso por escrito

Una cara roja, iluminada como por una bombilla de cuarto oscuro. Pelo negro, cejas pobladas, barba de tres días. Los ojos fijos en la cámara, sin apartarse. Y dos lágrimas bajando por las mejillas, una por cada lado, sin que nadie las seque. A la derecha, en letras altas y estrechas, una sola palabra: «LLORAR».

No dice «llorando». No dice «lloré». No dice «no llores». Dice llorar, en infinitivo, como quien lee una entrada de diccionario o una instrucción de manual.

Esta es la portada de una de mis canciones, y la elegí para escribir sobre algo que, si echas cuentas, ocupa medio catálogo: las lágrimas.

Antes de nada

La letra de «Llorar» todavía no está publicada en la página de letras de la web, así que no voy a contar lo que dice. La ficha de la canción habla de la portada y del título, y yo voy a tirar de ese hilo para hablar de las otras canciones mías donde se llora, que son muchas y que sí puedes leer completas.

Los chicos no lloran

A muchos chicos les han enseñado lo mismo, con palabras o sin ellas: los chicos no lloran. Lo decía el padre, lo decía el entrenador del equipo del colegio, lo decía el abuelo, lo decían los dibujos animados. Si te caías de la bici, «venga, que no ha sido nada». Si te pegaban en el patio, «no seas nenaza». Si se moría el perro, llorabas en el cuarto con la puerta cerrada.

Para un niño que además era un poco distinto, con más pluma de la que convenía, llorar en público era doble peligro. Era darle la razón a los que ya te llamaban mariquita. El llanto era la prueba de lo que todos sospechaban. Así que aprendías a tragártelo. A apretar la mandíbula. A esperar a estar solo.

The Cure lo cantaban en inglés a finales de los setenta, «Boys Don't Cry», con ironía y con pena. Y hubo una película con ese título, años después, sobre un chico trans asesinado en un pueblo de Nebraska, que convirtió la frase en una de las más tristes del cine de los noventa.

La portada de «Llorar» es la respuesta a todo eso. Un hombre llorando de frente, en primer plano, sin esconderse, mirando a quien lo mira. Sin vergüenza. Casi desafiante.

Un infinitivo como permiso

La ficha dice que el título suena a instrucción o a permiso, y es la mejor forma que conozco de describirlo.

El infinitivo en español tiene un uso muy curioso: el de las órdenes impersonales. «No fumar.» «Prohibido aparcar.» «Empujar.» Son los carteles de los sitios públicos, las instrucciones de los electrodomésticos, las señales de tráfico. Nadie te habla a ti en concreto; habla la norma.

Poner «Llorar» de título es colgar un cartel de esos, pero al revés. No prohíbe, autoriza. Como si en la puerta de un baño público hubiera una placa que dijera «Llorar» igual que dice «Caballeros». Aquí se puede. Aquí está permitido. Pasa y suéltalo.

Me encantaría que existiera esa placa de verdad, en todos los baños de todas las discotecas de Chueca. Que es donde más se llora de Madrid, por cierto, aunque nadie lo diga.

Llora, que así meas menos

Las madres españolas tienen una frase para todo, y para el llanto de los niños tienen una que es una obra maestra de la crueldad cariñosa: «Llora, que así meas menos».

Fotogramas del videoclip oficial de «LLORAR», de Mike Sain't Louis

La habrás oído. Se dice cuando el niño monta un drama por algo pequeño, un juguete que no le compran, una galleta que se le ha caído al suelo. Es una manera de quitarle importancia a las lágrimas con un chiste escatológico, de los que hacen que el niño, en mitad del berrinche, no sepa si seguir llorando o echarse a reír.

Me fascina esa frase porque dice dos cosas a la vez. Por un lado, desprecia el llanto: no es más que agua que sale por otro sitio. Por otro, lo permite: llora, venga, si quieres, que no pasa nada. Es el permiso con desdén, la autorización con la ceja levantada.

La portada de «Llorar» quita el desdén y deja el permiso. Llora. Sin más. Sin chiste detrás que lo rebaje.

Aunque, si me preguntas, la frase de las madres tiene su parte de razón. Después de llorar, uno se queda más ligero. Algo sale del cuerpo. Ya sea por los ojos o por donde sea.

Lágrimas de cocodrilo

No todas las lágrimas que rondan estas historias son del narrador. Algunas son del otro, y son de las que no se creen.

Los narcisistas lloran también, cuando les conviene. Lloran cuando les pillas, lloran cuando amenazas con irte, lloran cuando necesitan que vuelvas. Son lágrimas de cocodrilo, como decían las abuelas, por aquella leyenda de que los cocodrilos lloraban mientras devoraban a sus presas. Lágrimas que no expresan nada más que estrategia.

Distinguir unas lágrimas de otras es una de las cosas más difíciles de aprender. Al principio te las crees todas, porque te enseñaron que quien llora sufre. Después de un par de experiencias, empiezas a desconfiar incluso de las tuyas. Y esa desconfianza también es una herida.

Por eso me gusta tanto la portada roja. Esas lágrimas no piden nada. No están ahí para conseguir que vuelvas, ni para que te sientas culpable. Están ahí porque salen. Son las lágrimas contrarias a las del cocodrilo: las que no buscan presa.

El baño de la discoteca

Y ya que lo menciono, el baño de la discoteca merece un apartado, porque es el gran confesionario de la vida gay.

Ahí se llora por un ex que acabas de ver en la pista con otro. Por un mensaje que no llega. Por un chupito de más. Por una canción que te pilla desprevenido. Ahí se consuela uno con desconocidos que te dan papel higiénico y te dicen «tía, no merece la pena». Ahí se retoca el rímel, se respira hondo y se vuelve a salir como si nada.

En mis canciones no siempre sale el baño con nombre, pero está detrás de muchas lágrimas. Es el escenario natural de la mezcla que más me gusta contar: la fiesta por fuera, el llanto por dentro. El mismo hombre que diez minutos antes estaba bailando con los brazos arriba está ahora sentado en la tapa del váter con la cara entre las manos. Y diez minutos después estará otra vez bailando.

Eso no es contradicción. Es una noche normal.

Lloro porque no entiendo nada

De todas las lágrimas de mi catálogo, las que más me pesan son las de «El castigo más duro». Ahí el narrador lo dice con una frase muy simple que se repite como un estribillo roto: «lloro porque no entiendo nada».

No llora por pena, o no solo. Llora por desconcierto. Porque alguien a quien quería le ha hecho dejar de quererle de la noche a la mañana, y él no consigue entender cómo. Es el llanto de quien busca una explicación lógica a algo que no la tiene. El más agotador de todos.

En esa canción, la última vocal de «nada» se alarga muchísimo, como si el llanto no cupiera en la palabra. Esa letra larga, escrita con veinte aes seguidas, es probablemente la forma más honesta que encontré de dibujar un sollozo en una página.

Y lo que viene después en la letra es la explicación de por qué duele tanto: el castigo de hacerte creer que no vales nada. Es una canción para llorar. Y está bien que la haya.

El segundo exacto

Hay otra pregunta en mi catálogo que tiene que ver con las lágrimas, y que se ha convertido en una de las líneas que más me gustan. Está en «El segundo exacto», en medio de una canción que se ríe de los haters que desprecian la música hecha con IA. De repente, sin avisar, la burla se detiene: «¿Será que podrá la inteligencia artificial escoger el segundo exacto donde rompiste a llorar?».

Collage con un detalle de la carátula de «LLORAR» y las carátulas de «El castigo más duro», «El segundo exacto», «Un invitado VIP cortando cebolla», «La música me está salvando»

Esa pregunta, para mí, es el centro de todo lo que hago. Las máquinas ponen el sonido. Pero el segundo exacto en el que alguien se rompe, el momento preciso en el que la voz se quiebra y salen las lágrimas, eso no lo elige ninguna máquina. Lo elige quien ha llorado. Lo elijo yo, cuando escribo dónde va cada verso y en qué palabra cae el golpe.

Ese segundo exacto es lo único que no se puede fabricar. Por eso las canciones de llorar son, paradójicamente, las que más defiendo cuando alguien me dice que lo mío no tiene alma.

Llorar, hoy no quiero llorar

Y en otra canción, el verbo del título aparece casi tal cual, pero en negativo. En «Un invitado VIP cortando cebolla» hay un verso que dice: «Llorar, hoy no quiero llorar». Y justo después, las lágrimas vuelven igual, «siempre lágrimas», como una marea que no hace caso de lo que uno decide.

El título de esa canción ya es un chiste sobre el llanto. Cortar cebolla es la excusa universal. «No, no estoy llorando, es que estoy cortando cebolla.» Lo ha dicho todo el mundo alguna vez, con los ojos rojos y un cuchillo en la mano, aunque en la tabla no hubiera ni media cebolla. Un invitado VIP en la cocina, con la cebolla como coartada, es la imagen perfecta de alguien que no quiere que le vean llorar.

«Llorar», la canción de la portada roja, sería la respuesta a ese invitado: suelta el cuchillo. Ya no hace falta la cebolla.

Rojo y no gris

La ficha insiste en el color, y tiene razón. Toda la portada es roja. La cara, el fondo, las letras.

Si alguien me pidiera que pintara la tristeza, probablemente la pintaría gris, o azul. Es lo que hace casi todo el mundo. La lluvia en el cristal, la luz de invierno, el café frío. El llanto como algo apagado, sin energía.

El rojo dice otra cosa. Dice que las lágrimas pueden ser de rabia. Que se llora de furia cuando te han tomado el pelo, cuando te han mentido a la cara, cuando por fin entiendes lo que te hicieron. Se llora de amor, de un amor tan grande que no cabe en el cuerpo. Se llora de alivio cuando algo que temías por fin ha pasado y has sobrevivido. Todas esas lágrimas son rojas, no grises.

Y la mirada lo confirma. El chico de la portada no está hundido. Está mirando a cámara con los ojos llenos de agua y la mandíbula firme. Es un llanto que se planta delante de ti. No te pide consuelo. Te pide que lo veas.

Mirar a cámara

Hay un detalle técnico de la portada que lo cambia todo, y es la dirección de la mirada.

Más fotogramas del videoclip oficial de «LLORAR», de Mike Sain't Louis

En la mayoría de las fotos de gente llorando, la persona mira hacia abajo, o hacia un lado, o se tapa la cara con las manos. Es la postura natural de la vergüenza: no quiero que me veas así. Los fotógrafos de prensa lo saben, y por eso las fotos de funerales y desgracias casi siempre tienen a alguien con la cabeza gacha.

El chico de «Llorar» mira a cámara. A ti. Directamente. Con las lágrimas cayendo y los ojos abiertos. No baja la vista ni un milímetro.

Esa mirada convierte la escena en otra cosa. Ya no estás viendo a alguien que llora a escondidas y al que has pillado por casualidad. Estás viendo a alguien que ha decidido que lo veas llorar. Hay una diferencia enorme entre que te pillen y que te enseñes. La primera es vergüenza. La segunda es una declaración.

Si tuviera que resumir en una imagen lo que me gustaría para los chicos que crecieron tragándose las lágrimas, sería esa: llorar mirando a cámara.

Mis lágrimas de pega

Ahora, un momento de autoparodia, que esto se está poniendo muy intenso.

En mis letras se llora muchísimo, pero también se llora de mentira. Se llora como en las telenovelas, con música de violines y el rímel corrido. Se llora a gritos, alargando las vocales hasta que parece un aullido de perro abandonado en una gasolinera. «Siempre lágrimaaaaas.» Hay llantos en mi catálogo que son pura sobreactuación, puro drama de folclórica en el último acto.

Y me parece bien que convivan. Las lágrimas de verdad y las de teatro. A veces, para llegar a las de verdad, primero hay que pasar por las de teatro. Te pones a llorar exagerando, como haciendo el payaso delante del espejo, y de repente, sin saber muy bien cuándo, el payaso se ha ido y lo que queda es un llanto que no estaba en el guion.

Con las canciones pasa algo parecido. «El segundo exacto» empieza burlándose de los haters y, a mitad de camino, suelta la pregunta del llanto que te deja quieto. La broma abre la puerta; lo de dentro ya no es broma.

Las lágrimas no son un defecto de fábrica

Hay una idea que circula mucho y que me parece peligrosa: que llorar es un síntoma de debilidad, un fallo de fabricación que hay que corregir. La versión moderna de esa idea ya no dice «los chicos no lloran», pero dice cosas parecidas con otras palabras: «hay que ser fuerte», «tienes que pasar página», «no te regodees en el dolor».

No digo que haya que pasarse la vida llorando. Digo que llorar es lo que hace el cuerpo cuando algo le desborda, y que tratar de impedirlo es como tratar de impedir un estornudo. Se puede, pero sale por otro sitio, y casi siempre peor. Por la mandíbula apretada, por el insomnio, por la mala leche con el camarero que no tiene la culpa.

La portada roja no hace un discurso sobre esto. Simplemente lo enseña: un hombre que llora y no se ha roto. Sigue ahí, entero, con su barba y su mirada. Las lágrimas no lo han deshecho. Lo han dejado a la vista.

Escribir llorando

Se dice mucho, y lo creo, que las canciones tristes no se escriben llorando. Cuando estás en pleno llanto no puedes escribir: no ves la página, no encuentras las palabras, todo te parece demasiado grande. Las canciones tristes se escriben después, cuando ya has llorado y te queda la resaca. En ese estado de calma rara, con los ojos todavía hinchados, es cuando puedes mirar lo que te ha pasado con cierta distancia y encontrar la frase.

Quizá por eso muchas de mis canciones más tristes tienen un punto de humor. No porque me tome a broma lo que duele, sino porque se cuentan desde la orilla, cuando ya se ha salido del agua. Desde ahí se puede contar la tormenta sin ahogarse.

Lágrimas con banda sonora

España es un país que llora mucho con música. La copla está hecha de lágrimas. Las rancheras que se escuchaban en los bares de carretera, también. Los boleros, las baladas de los ochenta, las canciones de desamor del verano. Durante décadas, la música fue el único sitio donde muchos hombres se permitían llorar. En el coche, con la radio alta, donde nadie los veía.

Ficha de la canción «LLORAR» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Hay quien llora con Rocío Jurado. Hay quien llora con Camilo Sesto. Hay quien llora con Isabel Pantoja, aunque luego no lo confiese en la cena de empresa. Las canciones tristes funcionan como un permiso: si la canción llora, yo puedo llorar con ella. No soy yo el que se derrumba, es la canción, y yo solo la acompaño.

Por eso me parece tan importante tener canciones así en mi catálogo, aunque la mayoría de la gente me conozca por los chistes. Son la puerta trasera por la que alguien que no se permite llorar puede entrar sin que nadie se dé cuenta.

La música me está salvando

En mi catálogo hay una canción cuyo título resume muy bien lo que pasa con todo esto: «La música me está salvando». No voy a citarla aquí, pero su título es casi un diario. Escribir, componer, producir, publicar: todo eso sirve para muchas cosas, y una de ellas es tener dónde poner las lágrimas.

Una canción es un sitio. Cuando algo te desborda, metes las lágrimas en una letra, le pones música, le haces una portada roja, y de repente ya no están solo dentro de ti. Están fuera, en un archivo, en una plataforma, en los auriculares de un desconocido que también las necesitaba. Es una forma de sacarlas de casa.

No digo que la música cure. No me gustan esas frases. Digo que ayuda a ordenar. Y a veces, con ordenar, basta para levantarse al día siguiente.

Un hombre que llora en la portada

Quiero volver a la imagen una última vez, porque creo que es una de mis portadas más valientes, aunque no tenga nada de escandaloso.

En mi catálogo hay portadas con plumas, con arneses, con acordeones, con columnas de forma dudosa, con trajes de torero rosas. Esta no tiene nada de eso. Es una cara. Un hombre llorando. Y, sin embargo, me parece más atrevida que muchas de las otras, porque enseña algo que todavía se esconde mucho más que el cuerpo: la vulnerabilidad.

Lo explico de otra manera en carta a quien todavía no se lo ha dicho a nadie. Salir del armario es, entre otras cosas, aprender a dejar que te vean. Con lo que eres, con lo que deseas, con lo que te duele. Llorar delante de alguien es una pequeña salida del armario cada vez.

Para quien la necesite

La ficha propone escucharla cuando necesites soltarlo todo. Me parece bien. Y añado: escúchala también cuando no lo necesites, para acostumbrarte a la idea de que se puede.

Y si tienes cerca a algún chico, de los de mandíbula apretada y «no ha sido nada», pónsela sin decirle por qué. A lo mejor no llora. A lo mejor sí. En cualquier caso, habrá visto una portada en la que otro hombre lo hace sin pedir perdón.

Con eso, para empezar, ya vale.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Llorar»? La portada muestra a un chico llorando de frente sobre fondo rojo, y el título es un verbo en infinitivo que funciona como permiso. La letra todavía no está publicada en la web en el momento de escribir este artículo.

¿En qué otras canciones de Mike Sain't Louis se habla de llorar? Entre otras, en «El castigo más duro», «El segundo exacto» y «Un invitado VIP cortando cebolla». Sus letras están en gayfolkplanet.com/letras.

¿Por qué la portada es roja? Porque las lágrimas de la canción no son solo de pena: el rojo apunta también a la rabia, al amor y al alivio.

¿Quién hace la canción? Mike Sain't Louis escribe la letra, compone y produce. La música y las voces se hacen con inteligencia artificial.

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