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¿Talento o talón? Quién reparte los carnés de artista

Hay preguntas que contienen la respuesta, y hay preguntas que contienen otra pregunta escondida. Las dos que abren el estribillo de «La insignia de artista» son de la segunda clase:

«¿Eres talento o talón? / ¿Eres revolucionario o eres talonario?»

Parecen preguntas sobre el arte. Son preguntas sobre el dinero. Talón es el cheque, el que se extiende y se firma. Talonario es el cuadernito de cheques. Quien las hace no quiere saber si tienes algo que decir. Quiere saber si tienes con qué pagar, o si vas a dar dinero. El juego de palabras lo deja claro: en ciertos despachos, talento y talón suenan casi igual.

La ficha de «La insignia de artista» cuenta quién es el personaje y cómo funciona el estribillo como sentencia. Aquí quiero hablar de los porteros en general, de la idea misma de una insignia que alguien te puede dar o quitar, y de la parte más vulnerable de la canción, que no es la del jurado sino la de la admiración.

Alguien bastante importante

La canción no le pone nombre al personaje. Lo presenta así: alguien bastante importante, con contactos en el mundo de la música. Y luego va añadiendo ámbitos de influencia: la producción, la súplica, la extenuación, la pregunta.

Me gusta mucho ese «bastante». No es alguien importantísimo, ni el dueño de una multinacional. Es alguien bastante importante. Lo suficiente para tener una silla en la que sentarse a juzgar, no lo suficiente para que su nombre salga en ningún sitio. Es la figura intermedia que existe en todas las industrias, la que nunca falta: el que tiene contactos, el que conoce a alguien, el que puede hacer una llamada si le caes bien.

Y los ámbitos que se le añaden son una pequeña burla. Contactos en la producción, vale, eso es razonable. Pero en la súplica y en la extenuación son otra cosa. Son los contactos que tiene con la gente que le suplica y con la gente agotada de llamar a su puerta. Su poder no viene de lo que sabe hacer, sino de lo que los demás necesitan de él.

Cualquiera que haya intentado abrirse camino en un mundo creativo conoce a esta figura. Aparece en la música, en el cine, en la literatura, en el teatro. Tiene un despacho o una mesa en el bar adecuado. Escucha tu maqueta tres segundos. Te dice que le falta algo. Nunca sabe decirte qué. Si lo supiera, tendría que explicarlo, y explicarlo le obligaría a exponerse. Es más cómodo el veredicto vago, el «no termina de funcionar», el «le falta personalidad», que te deja sin nada que corregir y con todo por dudar.

La insignia

¿Por qué insignia y no título, o reconocimiento, o premio?

Una insignia es un objeto. Se lleva en la solapa, se cose en el uniforme, se enseña en la puerta. La dan los que tienen autoridad para darla: el ejército, los boy scouts, la policía, los clubes. Y sobre todo, se puede retirar. A un policía se le retira la placa. A un militar se le arrancan los galones.

La idea de que exista una insignia de artista me parece en sí misma ridícula, y por eso la puse en el título. Como si ser artista fuera un rango. Como si hubiera un tribunal que, tras examinarte, te concediera el derecho a llamarte así. Y como si ese tribunal pudiera, si dejas de gustarle, quitarte la insignia y dejarte en la calle sin ella.

Lo cierto es que no hay tal tribunal, pero hay mucha gente que se comporta como si lo fuera. Gente que dice quién es músico de verdad y quién no, quién es escritor y quién es un aficionado, quién hace arte y quién hace otra cosa. Esa gente necesita que exista una insignia, porque si no existe, su opinión es solo una opinión más.

El algoritmo

El estribillo tiene una estructura de silogismo: si tu música es un algoritmo, entonces no corazón. Si tu música es un algoritmo, entonces no alma. Si tu música es un algoritmo, entonces no distinto.

Fotogramas del videoclip oficial de «La insignia de artista», de Mike Sain't Louis

«Si tu música es un algoritmo / entonces no corazón».

La gramática está rota a propósito. Sin verbo en la segunda parte. «Entonces no corazón». Suena como una máquina hablando, como un programa que ha llegado a una deducción lógica. Y lo que dice ese razonamiento, precisamente, es que las máquinas no tienen corazón. La ironía está en que el juez habla como el algoritmo que desprecia.

Yo hago música con inteligencia artificial. Las letras son mías, la composición, la producción y la dirección artística también, y la música y las voces se generan con IA. Lo digo siempre, en todas partes, porque creo que el oyente tiene derecho a saberlo. Lo explico en avisar al oyente.

Así que esta canción no habla de un juez imaginario. Habla de un argumento que escucho a menudo. Que la música hecha con IA no tiene alma, que no puede ser distinta, que el que la hace no merece llamarse artista. Lo que tengo claro y lo que no sobre la autoría lo he escrito con calma en inteligencia artificial y autoría, y no lo voy a repetir. Aquí me interesa otra cosa: la forma del argumento.

Corazón, alma, distinto

Los tres criterios del juez merecen mirarse uno por uno, porque no son iguales.

Corazón y alma son palabras grandes y vagas. Nadie sabe exactamente qué significan cuando se aplican a una canción. Si significan que la canción emociona, eso no lo decide quien la hace, sino quien la escucha. Hay canciones hechas con todo el sufrimiento del mundo que no emocionan a nadie, y canciones hechas en una tarde que hacen llorar a medio país. El corazón no se mide en el proceso. Se mide en el efecto.

El tercero es distinto, y lo digo con el juego de palabras incluido. Que la música sea distinta, que no se parezca a todo lo demás, sí es un criterio que se puede discutir con argumentos. Y aquí tengo que reconocer que la preocupación tiene fundamento: una herramienta que aprende de lo que ya existe puede tender a repetir lo que ya existe. Si todo el mundo usa la misma herramienta de la misma manera, todo puede acabar sonando igual.

Pero la herramienta no decide qué se dice. Eso lo decide quien escribe. Y lo que hace distinta una canción, casi siempre, es la letra, el punto de vista, el tema. Ninguna máquina iba a proponerme por su cuenta una canción titulada «Mitad Venezuela, mitad Pakistán», o una sobre la vecina cotilla del rellano, o una sobre un novio de Albacete. Esas rarezas vienen de mí. Hablo de títulos así en títulos largos y raros.

Así que de los tres criterios del juez, dos son humo y el tercero es una pregunta legítima. La canción los mete en el mismo saco para burlarse de todos a la vez. En este texto prefiero separarlos.

La forma de un viejo argumento

El argumento del algoritmo sin alma no es nuevo. Cambia la tecnología, pero la estructura es siempre la misma: si usas esta herramienta, lo que haces no es arte de verdad.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «¿Eres talento o talón? ¿Eres revolucionario o eres talonario?» de «La insignia de artista»

Se ha dicho de casi todas las herramientas nuevas que han llegado a la música. De los instrumentos eléctricos, de las cajas de ritmos, de los sintetizadores, de los samplers, de la grabación en casa, de los programas de edición, de los correctores de afinación. Cada vez que algo nuevo permitía hacer música a quien antes no podía, aparecía alguien a decir que eso no contaba. Sobre la parte técnica de esa historia, la de las herramientas, escribí en la IA como instrumento.

Lo que me interesa aquí es quién lo dice. Casi nunca lo dice el público. El público escucha, y si algo le emociona, le emociona, sin preguntar cómo está hecho. Lo dicen los porteros. Los que ya tenían la insignia, o los que la reparten. Porque cada herramienta nueva que abre la puerta a más gente amenaza su papel de porteros.

No digo que todas las críticas a la IA sean de porteros. Hay críticas serias, sobre derechos, sobre el trabajo de los músicos, sobre la homogeneidad. Las escucho y me las tomo en serio. Pero el «entonces no corazón» no es una de ellas. Es una sentencia sin pruebas, que da por hecho lo que tendría que demostrar.

La súplica y la extenuación

Vuelvo a esos ámbitos tan raros en los que el personaje tiene contactos: la súplica y la extenuación. Son los dos estados en los que te deja la industria cuando estás fuera.

La súplica es el correo que mandas a una lista de contactos sin saber si alguien lo abrirá. Es el mensaje a un programador de radio, a un curador de listas, a un periodista. Es pedir, una y otra vez, que alguien escuche. Y en ese pedir hay algo que desgasta la dignidad, porque te coloca siempre en posición de inferioridad.

La extenuación es lo que viene después de mucha súplica. El cansancio de quien lleva años llamando a puertas, de quien ha mandado cientos de maquetas, de quien ya no sabe si lo que hace es bueno o si simplemente nadie lo ha escuchado.

El personaje tiene contactos en esos dos mundos porque vive de ellos. Su poder se alimenta de la súplica ajena. Si nadie le suplicara, no tendría poder. Y la extenuación de los demás le conviene, porque gente agotada acepta peores condiciones. Ahí vuelve a aparecer el talonario: hay quien acaba pagando por que le escuchen, por que le incluyan, por que le den una oportunidad. Y hay quien cobra por darla.

Primera clase y turista

El estribillo se cierra con dos rimas que suenan a frase de taza de desayuno: no soy fatalista, soy realista. Yo en primera clase y tú en turista.

La segunda es la clave. El juez no habla de arte. Habla de clase. Primera y turista, como en los aviones. Él va delante, con las piernas estiradas y la copa de cava. Tú vas detrás, con las rodillas contra el asiento de delante. Y lo dice sin pudor, como si fuera lo natural.

Es la confesión que se le escapa al portero. Detrás de toda su retórica sobre el corazón y el alma, lo que defiende es su asiento. Su lugar en el avión. Si cualquiera puede hacer música, si la insignia deja de ser escasa, su primera clase vale menos.

Esto conecta con las preguntas del principio. Talento o talón, revolucionario o talonario. Al final todo se reduce a dinero y a posición. Y me parece importante que la canción lo saque a la luz, porque a menudo los debates sobre qué es arte de verdad esconden debates sobre quién cobra y quién no.

Vega

Y en mitad de todo esto, de repente, la canción cambia de tono. Aparece un nombre propio: Vega.

Collage con un detalle de la carátula de «La insignia de artista» y las carátulas de «Escupiré Sobre Tu Tumba», «No puedo desenchufar este ventilador que está esparciendo mierda»

Vega es una artista española a la que muchos conocimos en la primera edición de «Operación Triunfo», a principios de los dos mil, y que desde entonces ha hecho una carrera propia, con discos y canciones de autora. En la letra, el narrador dice que sus canciones le han acompañado toda la vida, que para él es una diva. Y luego, con una duda casi tímida, que tal vez a ella no le guste que use IA.

No sé lo que piensa Vega de la inteligencia artificial. No lo sé y no voy a inventármelo. La canción tampoco lo sabe, por eso dice «tal vez». Lo que la canción cuenta es otra cosa: el miedo a decepcionar a alguien que admiras.

Ese es el momento más vulnerable de toda la letra, y para mí el más importante. Porque el juez del principio da igual. Es un señor con contactos, y sus insignias no valen nada. Pero la opinión de alguien cuyas canciones te han acompañado durante años sí pesa. Si esa persona te dijera que lo tuyo no es arte, dolería de verdad.

El miedo del fan

Todo el que crea algo tiene a alguien a quien admira y cuya aprobación desearía. Un escritor tiene a su escritora favorita. Una pintora tiene a su maestro. Un letrista tiene a las artistas cuyas canciones ha escuchado en bucle durante años.

Y ese deseo de aprobación es, en cierto modo, más peligroso que el rechazo de los porteros. Porque los porteros se pueden ignorar, uno puede reírse de ellos en una canción, como hago yo. Pero a quien admiras no lo puedes ignorar. Le das un poder sobre ti que no le has dado a nadie más.

La canción no resuelve ese miedo. Lo deja ahí, a la vista. Y eso me parece honesto. No digo que la opinión de Vega me dé igual. Digo que la tengo en cuenta, que me importa, que me da miedo. Y que aun así sigo haciendo lo que hago.

Creo que esa es la única forma sana de relacionarse con los ídolos: admirarlos sin pedirles permiso. Saber que quizá no les guste lo que haces, y hacerlo igualmente.

La rendición

La canción termina con una frase que podría parecer derrotista: no sé, creo que ya me rindo.

Pero la ficha lo dice muy bien: es una rendición de mentira. Quien se rinde de verdad no publica la canción en la que se rinde. Si estás escuchando la frase, es que el que la dice no se ha rendido.

Me gusta esta forma de terminar porque es teatral. Es el suspiro de la diva que dice «no puedo más» y al día siguiente vuelve al escenario. Es el «me retiro» de las folclóricas que luego hacían diez giras de despedida. Rendirse en voz alta es una forma de quejarse, y quejarse es una forma de seguir. Las que se rinden de verdad no avisan. Simplemente, un día, dejan de aparecer.

Y también tiene algo de sinceridad, claro. Hay días en los que uno está cansado de llamar a puertas, de leer comentarios, de explicar una y otra vez por qué hace lo que hace. Días en los que la tentación de rendirse es real. La canción lo reconoce. Y luego sigue sonando.

La puerta

Ahí tienes la puerta, fuera de mi vista: así echa el juez, en el estribillo, al que no merece la insignia.

Ficha de la canción «La insignia de artista» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Lo que no sabe el juez es que hay muchas puertas. La suya era una. Durante décadas, para hacer música y que alguien la escuchara, había que pasar por unas pocas puertas: las discográficas, las radios, los programas de televisión. Si te cerraban esas, no había otras.

Ahora hay muchas más. Publicar en todas las plataformas sin una discográfica detrás es posible, y lo cuento en la parte de publicar sin discográfica. Tengo mi propio sello, con mi nombre, y publico lo que decido publicar. No necesito que nadie me dé la insignia para poner mis canciones al alcance de quien quiera escucharlas.

Eso no significa que la gente vaya a escucharlas. Esa es otra batalla. Pero la puerta ya no la tiene un solo señor. Y eso cambia el poder de sus sentencias. Cuando te dice «ahí tienes la puerta», puedes contestarle: gracias, pero tengo otras.

Mil oyentes

Una de las cosas que más me ha liberado de los porteros es entender que no necesito a todo el mundo. No necesito la aprobación del sector, ni las portadas, ni las listas oficiales. Necesito a la gente a la que le dicen algo mis canciones, aunque sea poca.

Lo explico en mil oyentes fieles: la fama de nicho me basta. Es un nicho de maricas, de gente que se ríe de sí misma, de gente que se reconoce en canciones raras. No es primera clase. Es un vagón de tren lleno de gente que se conoce. Y yo prefiero mil veces ese vagón a un asiento de cuero al lado del juez.

Reírse del juez

Hay muchas maneras de responder a quien te niega la insignia. Se le puede ignorar, se le puede discutir, se le puede intentar convencer. La canción elige otra: ponerlo en escena y dejar que se ridiculice solo.

Todo lo que dice el juez en la canción son frases suyas, o de alguien como él. Yo no le contesto en ningún momento con argumentos. Le dejo hablar. Le dejo decir lo de la primera clase y lo de turista, lo de fatalista y realista, lo del talonario. Y como las frases suenan tan solemnes y tan huecas a la vez, el oyente ya saca sus propias conclusiones.

Es una técnica que uso a menudo. Poner las palabras del otro en una canción, con música y estribillo, es una forma de enseñarlas a la luz. Muchas frases que suenan importantes en un despacho suenan ridículas con base de pop. Y esa es una pequeña venganza, de las que no hacen daño a nadie concreto.

Sobre cómo aprendí a convivir con las críticas, las razonables y las que no, escribí en lo que aprendí de los comentarios negativos. Esta canción es, en parte, la versión musical de ese aprendizaje.

Para quién es

La ficha la dedica a cualquiera que haya recibido un «no eres suficiente» de alguien con despacho. Yo añadiría a quien todavía no lo ha recibido, pero lo teme.

Porque el miedo a los porteros paraliza antes de que lleguen. Hay gente que no enseña lo que escribe porque imagina lo que diría el señor con contactos. Gente que no publica porque no tiene la insignia. Gente que se llama a sí misma aficionada por miedo a que otro se lo llame antes.

A esa gente le diría lo que dice la canción, leída al revés: no hay insignia. Nadie la reparte. Los que dicen repartirla se la han inventado para sentirse importantes, bastante importantes. Y si alguien cuya opinión te importa de verdad te dice que lo tuyo no le gusta, escúchale, aprende lo que puedas y sigue.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «La insignia de artista»? De un personaje con contactos en la industria que decide quién merece llamarse artista, y de alguien que usa IA y se enfrenta a ese juicio. La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras.

¿Por qué aparece Vega en la letra? Porque el narrador la admira y sus canciones le han acompañado toda la vida. La letra expresa el temor de que a ella no le guste el uso de la IA, sin atribuirle ninguna opinión.

¿Qué significa «talento o talón»? Es un juego de palabras: talón es un cheque. La pregunta revela que al juez le interesa más el dinero que el arte.

¿Quién hace la canción? Mike Sain't Louis escribe la letra, compone, produce y dirige el proyecto. La música y las voces se hacen con inteligencia artificial.

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