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La IA como instrumento: lo que tiene en común con la caja de ritmos y el sintetizador

Cada generación de músicos ha tenido su máquina del diablo. La mía, por lo visto, es la inteligencia artificial. Yo la uso para producir la música de PLANETA GAYFOLK, concretamente Suno, y cada vez que lo cuento noto en alguien esa mirada de quien ha visto entrar a un perro mojado en el salón.

Lo entiendo. Pero tengo la sensación de que esta película ya la hemos visto, al menos un par de veces, y que conviene acordarse de cómo acabó.

La caja de ritmos

Cuando aparecieron las cajas de ritmos, mucha gente pensó que los bateristas tenían los días contados. Era una preocupación razonable. Por primera vez un aparato del tamaño de una caja de zapatos podía llevar el compás sin cansarse, sin pedir cerveza y sin llegar tarde al ensayo. Algunas de aquellas máquinas sonaban, para el oído de la época, bastante mal. Secas, rígidas, un poco de juguete.

Lo que pasó después es conocido. Aquellos sonidos de juguete acabaron siendo la base de géneros enteros. El hip hop, el house, el electro, buena parte del pop de los ochenta. Hubo gente que no sabía tocar la batería y que, con una de esas cajas, hizo discos que hoy se estudian. Y los bateristas siguieron existiendo. Algunos se pusieron a programar máquinas. Otros tocaron encima de ellas. Otros ni se enteraron.

Lo que me interesa de esa historia no es el final feliz, que tampoco fue tan feliz para todos. Me interesa que la máquina no traía la música dentro. Traía un sonido y una forma de trabajar. La música la puso quien decidió qué hacer con aquello.

El sintetizador

Con el sintetizador pasó algo parecido, y con más drama. En Reino Unido, el sindicato de músicos llegó a debatir a principios de los ochenta si había que restringir su uso, porque se temía que un señor con un teclado sustituyera a una sección de cuerda entera. Visto desde hoy suena exagerado. Visto desde dentro, con tu sueldo en juego, no tanto.

El sintetizador tenía otra cosa que me resulta muy familiar: al principio, lo que más se le reprochaba era que sonaba a sintetizador. Frío, artificial, sin alma. Esa palabra, alma, aparece siempre que llega una máquina nueva. Me hace gracia porque hoy hay gente que se emociona escuchando sintetizadores de 1983 y los describe como cálidos. El alma, por lo visto, tarda unos años en llegar.

Donde se parecen

Voy a ser concreto, porque las comparaciones bonitas a veces sirven para esconder diferencias.

En lo que la IA se parece a esas máquinas es en esto: amplía lo que una persona puede hacer sola. Antes de la caja de ritmos necesitabas a un batería. Antes del sintetizador necesitabas una orquesta o mucho dinero. Antes de estas herramientas, alguien como yo, que escribe letras y sabe muy bien qué canción quiere, necesitaba a varias personas para que esa canción existiera. Ahora puedo dirigir yo ese proceso. Decido, descarto y elijo. Muchas veces descarto bastante más de lo que me quedo.

También se parece en otra cosa, menos cómoda. Con cada una de esas máquinas llegó una avalancha de música hecha sin criterio, porque de repente era fácil. Hubo miles de discos con la misma caja de ritmos sonando igual. Hoy pasa lo mismo, multiplicado. Que algo sea fácil de producir no lo hace bueno. Lo hace abundante.

Y aquí viene la parte que no quiero esquivar.

Una caja de ritmos no sabe qué es una canción. Hace lo que le programas, golpe a golpe. Un sintetizador tampoco: hace sonar la nota que pulsas. La IA que uso yo hace otra cosa. Le doy indicaciones y me devuelve una propuesta entera, con melodía, con arreglo, con un carácter. No golpe a golpe. Todo de una vez.

Eso cambia la relación. Con una caja de ritmos, el músico está dentro de cada decisión pequeña. Con la IA, yo estoy en las decisiones grandes y en la elección final, pero hay muchas decisiones pequeñas que no tomo yo. Sería deshonesto decir que es lo mismo. No lo es.

Por eso no me gusta decir que la IA es «solo una herramienta», como quien dice que es un martillo. Es un instrumento raro, que te contesta. Se parece más a trabajar con un músico de sesión muy rápido que no se cansa nunca y que no tiene ninguna opinión propia sobre lo que hace. La opinión la tengo que poner yo. Si no la pongo, lo que sale es correcto y no dice nada.

Lo que me llevo de todo esto

Cuando miro atrás, lo que veo es que la pregunta «¿esto es música?» se ha hecho cada vez que ha llegado un aparato nuevo, y que la respuesta nunca la dio el aparato. La dieron las canciones. Algunas hechas con caja de ritmos se olvidaron en dos semanas. Otras siguen sonando en todas las bodas.

Con lo mío pasará igual. En unos dos años he publicado 273 singles. No todos aguantarán. Eso no depende de que estén hechos con IA, sino de si las letras dicen algo, de si el título te hace gracia, de si el estribillo se te queda. Cuando escribo «La dieta del cucurucho» o «La vecina cotilla», lo que me importa es que el título ya te ponga una sonrisa y una imagen en la cabeza. Eso no lo hace ninguna máquina por mí.

Tengo una duda que no he resuelto. Las cajas de ritmos y los sintetizadores acabaron teniendo un sonido reconocible, que la gente aprendió a querer por sí mismo. No sé si con la IA pasará eso, o si su gracia será justamente no sonar a nada en concreto. Si es lo segundo, el trabajo de dar carácter será todavía más mío. No me disgusta la idea.

Las canciones y sus letras están en mikesaintlouis.com.

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