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Mil oyentes fieles: la fama de nicho y por qué me basta

Hay una teoría que se repite entre gente que crea cosas por su cuenta: no necesitas millones de seguidores, te bastan mil personas que de verdad te quieran. Mil personas que escuchen todo lo que haces, que vuelvan, que se lo cuenten a una amiga. Con eso, dice la teoría, un artista puede sostenerse.

No sé si la cifra es exacta. Me da igual. Lo que me interesa de la idea es el cambio de mirada. Deja de importar cuánta gente te ve pasar y empieza a importar cuánta gente se queda.

No voy a hablar de mis números, porque los números cambian cada semana y además no son el asunto de este texto. Quiero hablar de por qué me siento cómodo en un rincón, y de por qué ese rincón no me parece pequeño.

Hacer pop para una parte del mundo

Hago pop alternativo y queer, lo escribo en español, le pongo humor y camp, y le dejo un aire de copla. Si lo lees despacio, cada palabra de esa frase reduce el público posible. Pop, pero alternativo. En español, que deja fuera a quien no lo entiende. Queer, que a cierta gente le hace cambiar de canal. Con humor, que no a todo el mundo le hace gracia. Y con copla, que para muchos jóvenes suena a la radio de la abuela.

Podría haber limado esas aristas. Escribir letras más genéricas, quitar los exnovios, rebajar la pluma. Seguramente habría llegado a más gente durante un rato. Y habría perdido justo lo que hace que alguien se ría con «Mi novio de Albacete» y luego quiera escuchar otra.

El nicho no es un accidente. Lo elegí cada vez que decidí no suavizar un título.

Lo que da un oyente fiel

Hay una diferencia enorme entre alguien que escucha una canción tuya porque salió en una lista aleatoria y alguien que llega a tu web, busca una letra concreta y se descarga un disco entero. El primero te presta treinta segundos. El segundo te presta su tarde.

Con 273 singles publicados en dos años, sé que nadie va a escucharlo todo. Ni siquiera lo pretendo. Pero me hace muy feliz pensar que alguien se ha descargado la trilogía GAYFOLK y la ha escuchado en orden, del primer disco al último, como una historia en tres actos. Eso no lo hace un oyente de paso. Eso lo hace alguien que ha decidido quedarse un rato en mi planeta.

Por eso regalo los discos sin pedir registro. No quiero que el oyente fiel tenga que demostrar nada para entrar. Si ya te interesa, la puerta está abierta.

La fama grande me da un poco de miedo

Voy a ser sincero con una contradicción. Claro que me gustaría que más gente me escuchara. Cuando «Tan Cateto» empezó a circular por TikTok y tanta gente llegó a mí por esa canción, fue emocionante ver cómo una canción mía se movía sola por ahí. No voy a fingir que eso no me gustó.

Pero también noté otra cosa. Cuando una canción se mueve tan deprisa, mucha de la gente que llega no sabe nada de ti. Escucha quince segundos, se ríe o no, y sigue. Algunos se quedan, y esos son un regalo. La mayoría pasa. Y está bien que pase, no le pido nada a nadie. Pero aprendí a no confundir ese ruido con un público.

La fama grande, la de verdad, exige cosas que no sé si quiero dar. Exige agradar a mucha gente distinta a la vez. Exige que tus canciones funcionen en cualquier contexto, en un centro comercial o en un anuncio. Y mis canciones sobre la vecina cotilla o sobre la primera drag no están hechas para cualquier contexto. Están hechas para un tipo de persona que se reconoce en ellas.

Tampoco quiero romantizar la escasez. Un rincón pequeño también significa menos ayuda, menos ruido a favor y más trabajo de hormiga para que una canción llegue a quien la va a querer.

Hay artistas que cambian para crecer y les sale bien. No los critico. Simplemente no es mi camino, o al menos no lo es ahora.

Hay algo bonito en el nicho cuando cruza fronteras. Escribo en español para gente de Europa y de Latinoamérica. El grupo que se ríe de un exnovio cojín en Madrid tiene primos que se ríen de lo mismo en Lima o en Monterrey. No son muchos en cada sitio, pero juntos forman algo parecido a un barrio repartido por el mapa.

Eso me parece más interesante que salir en la portada de todo. Saber que, en ciudades que nunca he pisado, hay alguien que conoce el título de una canción mía y le hace gracia. No necesito que sea mucha gente. Necesito que sea gente de verdad.

Me basta porque puedo seguir haciendo lo que hago sin traicionarlo. Escribo las letras que quiero, con el humor que quiero, sobre los temas que me importan: el amor gay, el orgullo, la autoestima, la vida de todos los días. Dirijo los vídeos como me gustan. Llevo mi sello sin rendir cuentas a nadie.

Y me basta porque un oyente fiel cambia el sentido de todo el trabajo. Cuando escribo una canción nueva, no pienso en una multitud sin cara. Pienso en alguien concreto que la va a escuchar entera, que quizá se lea la letra y que a lo mejor se ría en el metro. Escribir para esa persona me sale mejor que escribir para todas a la vez.

Puede que un día cambie de opinión. No lo descarto, y si pasa lo contaré aquí mismo, con la misma franqueza. Hoy, el rincón me parece un buen sitio para vivir.

Mi música y mis letras están en mikesaintlouis.com, por si te apetece quedarte un rato.

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